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Masones que cambiaron la historia: 18 semblanzas masónicas

Gustavo Vidal Manzanares

Editorial:

Edaf

Precio:

14.00 €

Páginas:

304

ISBN:

9788441419537

Puedes comprar Masones que cambiaron la historia: 18 semblanzas masónicas en:

Masones que cambiaron la historia: 18 semblanzas masónicas

HASTA 1940 la historia del mundo resultaría concebible sin el masón Winston Churchill.

            Sí, excluiríamos a una personalidad efervescente. Orador, historiador, biógrafo, humorista, corresponsal de guerra, pintor, artista, albañil, novelista, aviador, jugador de polo, guerrero, aficionado a las carreras de caballos y... bebedor de buen güisqui.

            Ciertamente, hasta 1940 podríamos eliminarlo.

            Sin embargo, a partir de ese año Churchill se convirtió en el hombre del siglo XX.

            En esas fechas, casi culminada la victoria nazi, sir Winston Churchill se interpuso en el camino de Hitler.

            Gracias a Churchill, el fascismo ya no es una fuerza política relevante. El liberalismo y el socialismo, ambos en el teatro demócrata, se disputan la escena. Sin Churchill resulta concebible un Hitler septuagenario gobernando un gran Estado pangermánico que se extendería desde el océano Atlántico hasta los montes Urales. La democracia, posiblemente, sería una idea nociva para el sano sentir del pueblo, miles de policías harían resonar sus botas lustrosas en las calles y las cárceles rebosarían por el bien de la ley y el orden.

            Pero, al existir Winston Churchill, la historia universal cambió.

            ¿Quién fue, por tanto, este ilustre Hijo de la Viuda?

            Winston Leonard Spencer Churchill vino al mundo el 30 de noviembre de 1874 en el palacio de Blenheim, residencia regia circundada por jardines, parterres, estanques, riachuelos, bosques y parques con estatuas.

            Descendiente de los guerreros y nobles Mariborough, Winston era descrito como un niño de corta estatura, pecoso, chato y desesperadamente voluntarioso.

            Voluntad que parecía haber heredado de su padre, lord Randolph.

            Lord Randolph, durante bastantes años, fue uno de los políticos más incisivos de Inglaterra. Su fama venía cimentada por los duelos parlamentarios con el primer ministro Glandstone, adversario de dialéctica mortalmente agresiva.

            Muchos años después, en los convulsos tiempos de entreguerras, Churchill calcaría el estilo parlamentario ágil y mordaz de su padre.

            El joven Winston inició su vida estudiantil en el colegio de Ascot. El clima de fervor protestante se combinaba con los malos tratos. La capilla para los sermones lindaba con el santuario de las palizas, donde el director del centro, de sólido corte puritano, repartía correazos con furor religioso. Winston Churchill se convirtió en un asiduo del santuario de las palizas.

            Al poco, se trasladó a la Escuela Brighton, regentada por dos ancianas respetables, donde superó las pruebas para ingresar en el colegio Harrow.

            Harrow olía a riqueza.

            Hijos de reyes, duques, condes, herederos de las grandes fortunas, eran pulidos hasta transformarse en los arquetípicos gentlemen.

            Muchos años después y convertido en primer ministro, Churchill visitó Harrow y obsequió a los estudiantes con estas palabras:

            « ¡No cedáis jamás! ¡No cedáis jamás ante ninguna cuestión sea grande o pequeña, importante o secundaria! ¡No cedáis jamás si no es cuando el honor o el sentido común estén en juego, no cedáis jamás ante la fuerza y el poder aparentemente avasallador del enemigo!».

            Winston Churchill asumió el estereotipo de los gentlemen, pero su carrera de estudiante en Harrow era tan gris que, siguiendo las recomendaciones paternas, ingresó en la Escuela Militar de Sandhurst.

            Entre sables, balas de cañón, fusiles y uniformes, jugó un papel más brillante que en Harrow. El 19 de febrero de 1895 pudo enrolarse en el 4 ° Regimiento de Húsares de Aldershort. Una tarde, espetó a un superior: «El ejército británico no ha disparado un solo tiro a un soldado blanco desde la guerra de Crimea, es decir, desde hace cuarenta años... ¡y yo necesito una guerra!».

            En un mundo sumido en una transitoria pax británica, aquel joven vivaz y reventado de entusiasmo buscaba una guerra. Tras manosear un mapamundi fijó sus ojos en el Caribe.

            Cuba.

            Tomó su decisión y consultó a su buen amigo y compañero Barnes.

            —¿No te interesaría ir a Cuba y conseguir algún ascenso?

            —¿Y si nos matan?

            —Es un riesgo, que duda cabe, pero ¿qué es la vida sin riesgo?

            —De acuerdo, preparemos el equipaje.

            Esa misma tarde, el joven Winston se presentó en la redacción del Daily Graphic.

            Nadie lo conocía.

            A los pocos minutos había convencido al redactor jefe y embarcó hacia Cuba como corresponsal de aquel medio. Por la noche, en la despedida del regimiento, el joven pronunció unas palabras proféticas: «La mayoría de nosotros no hemos cumplido los veinte años, pero yo os aseguro que de aquí a veinte años, nosotros dirigiremos los destinos del Imperio británico».

            Pronto empezó a sonar el nombre de Winston Churchill ligado a las crónicas enviadas desde Cuba. Los archivos quedan para demostrar la calidad literaria del joven. Que sus crónicas fueran ciertas... ya es otra historia. De Cuba regresó con la medalla al Mérito Militar de primera clase recogida de manos del general español Valdés.

            Reincorporado al 4.° Regimiento de Húsares, es destinado a las fuerzas coloniales de India. El viaje hacia la India duró veinticuatro días. Apenas había desempaquetado, el campamento recibió una noticia inquietante: Los patanes comienzan a rebelarse en la frontera septentrional. Churchill se ofreció voluntario para acudir a primera línea de fuego. Enseguida recogió un telegrama. No hoy vacante para más oficiales. Venga en calidad de corresponsal. Trataremos de utilizar sus servicios.

            Corresponsal del Daily Telegraph, Churchill se incorporó a las tropas comandadas por el prestigioso militar Bidón Blood. Una mañana, los patanes, poseídos de una furia enceguecida, se lanzaron contra las tropas británicas. Numerosos soldados y oficiales ingleses cayeron heridos. Churchill, en mitad de aquel fragor, observó que un patán iba a rematar con la espada a un oficial británico. En ese momento, olvidando su condición de mero corresponsal, desenvainó el sable, lanzó al aire el grito de guerra de Harrow y se abalanzó sobre el enemigo.

            Con el sable en una mano y el revólver en otra salvó la vida del oficial.

            Aquel comportamiento le valió una distinción militar y una laudatoria nota de prensa. Poco tiempo después, sus artículos como reportero fueron publicados nuevamente. La ganancia por aquellos derechos de autor equivalía a dos años de sueldo en las fuerzas armadas. El dinero le permitió viajar a más lugares y escribir artículos que incrementaban su fama.

            La envidia floreció a su alrededor.

            Y los envidiosos comenzaron a conspirar.

            Esta ralea de individuos, maestros en el arte del sabotaje y la traición, de momento se salieron con la suya y Churchill fue obligado a reincorporarse a su regimiento destacado en Bangalore.

            Su tenacidad y afán de mejora, que pronto cristalizarían en su iniciación masónica, supieron sacar partido de la aparente adversidad. En la monótona vida de guarnición culminó Savrola, crónica de la revolución de Lauranie, su primera novela extensa. Largas noches frente al papel, la vela, la pluma, la tinta... y el güisqui, fraguaron en aquella obra que le reportó mil dólares de la época. Cantidad estimable a finales del siglo XIX.

            En aquellas fechas, Mohammed Ahmed se proclamó Mahdi del Sudán. Tras su proclamación, se alió con los derviches y asesinó numerosos ingleses de la colonia. El general C. G. Gordon organizó una expedición de represalia.

            Y Churchill se presentó voluntario en el 21 de Lanceros.

            Aquí tampoco faltaron quienes, celosos de sus éxitos, conspiraron. De modo que a Churchill solo se le confío el mando de la cantina. Demasiado poco para desanimarlo. Mejor, así podré disponer de todo el güisqui que quiera, exclamó al conocer la injusticia.

            En esa cantina Churchill escribió una extensa novela sobre aquella campaña. La fama del general C. G. Gordon se debe, en gran parte, a lo escrito, entre vapores de güisqui, por el joven Winston. Así, describió las asfixiantes marchas por desiertos sin límites, las cargas de caballería, los ataques de los derviches, los soldados cubiertos de tierra y sangre que, atravesados por una jabalina, llegaban a las líneas inglesas y caían muertos... todo eso pudo escribirlo en aquella destartalada cantina militar rebozada en arena del desierto.

            Al terminar la sangrienta campaña, el joven Churchill se había convertido en un soldado curtido y en un escritor y periodista célebre. Tostado por el sol de tres continentes, decidió abandonar el ejército y probar fortuna en la política.

            Tenía ante sí una enorme piedra bruta que, a lo largo de su prolongada vida, iba a tallar golpe a golpe.

            Afiliado al Partido Conservador, decidió ingresar en el Parlamento. Eligió la localidad industrial de Oldham para desarrollar la campaña electoral. Tras la derrota, se limitó a exclamar: Pues no voy a desanimarme, precisamente ahora el mundo va hablar más aún de mí.

            Para no caer en el olvido, regresó a África. En la remota Ciudad de El Cabo, Paúl Kruger, líder de los bóers, aseguraba mantener línea directa con Dios. En realidad, tan solo era otro protestante retorcido que alcoholizaba a los trabajadores indígenas para sabotear el comercio y la industria inglesa. Enseguida estalló la guerra entre el Imperio británico y los bóers.

            Churchill embarcó hacia Sudáfrica como corresponsal de guerra del Moming Post.

            En aquella campaña cayó prisionero al quedar rezagado defendiendo un convoy atestado de heridos. Con el rifle brillante de un bóer apuntándole, fue conducido a un campo de prisioneros.

            A los pocos días consiguió escapar.

            En medio de la capital enemiga, y sin hablar ni una sílaba del idioma local, el joven saltó los muros de la prisión. Sin mapa, y con tan solo dos tabletas de chocolate en los bolsillos, vagó durante días por Karroo. Saltó a un tren de mercancías en marcha y se escondió en una mina, haciéndose pasar por ingeniero inglés. Para mayor ironía, aseguraba proceder de Oldham, su distrito electoral. Finalmente, llegó al neutral Mozambique escondido entre las montañas de antracita de un tren carbonero... Aquella historia dio la vuelta al mundo.

            Seis años más tarde, convertido en subsecretario de Estado, recibió a una comitiva de diplomáticos sudafricanos... entre ellos, el bóer que lo había apresado. «¡Si llego a saber que solo ofrecerían 25 libras de recompensa por mi captura, me habría pensado mejor eso de escaparme!», exclamó Churchill ante los diplomáticos.

            De cualquier modo, en aquella guerra lejana multiplicó su popularidad. En julio de 1900 regresó a Inglaterra convertido en el joven más famoso del mundo.

14 Comentarios en el foro sobre Masones que cambiaron la historia: 18 semblanzas masónicas

Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: No puede ser



2007-12-20 15:57:16

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Un ejemplo de concisión y simplicidad de formas:

Dios no es único,
¿cómo lo he de ser yo?

De Pessoa, claro. Toda su teoría de los heterónimos en dos versos.

Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: No puede ser



2007-12-19 22:50:16

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En mi tierna preadolescencia leí Corazón al menos un par de veces: había sido el libro con que mi padre aprendió a leer en la escuela, allá por los años fuertes del tío Paco en el poder, así que el hombre le guardaba un especial cariño que casi consiguió transmitirme... Pero os aseguro que hoy no lo cogería ni con pinzas. Truculento, sensiblón, facha por los cuatro costados, y con un tono de arenga que ríete tú de los sermones de Rouco (en mi opinión, que para gustos están los colores) Vamos, que yo no recuerdo el libro de Amici como un ejemplo de concisión y pureza de formas.

Eso sí, para estilo esquemático y condenadamente bueno, un autor de la América profunda que me fascina: Tom Spanbauer. Sus historias no tienen nada que ver con la temática de este foro... Pero yo me daría con un canto en los dientes si algún día fuera capaz de escribir la mitad de bien que este tío.

Re: Re: Re: Re: Re: Re: No puede ser



2007-12-19 13:18:08

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Asia a un lado, al otro Europa y al frente Estambul...

Re: Re: Re: Re: Re: No puede ser



2007-12-19 09:53:41

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Nunca mejor dicho.

Re: Re: Re: Re: No puede ser



2007-12-18 22:15:49

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Volviendo a los Vidales, y a Transgótico, me viene a la memoria aquella frase de Manolo Gómez Bur: Tantarantán que te han visto Pepe, tantarantán que te han visto Juan.....

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