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El Corsario Negro

Emilio Salgari

Editorial:

Valdemar

Precio:

12.50 €

Páginas:

504

ISBN:

9788477026457

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El Corsario Negro

Al oír aquella orden, un inmenso grito de terror se había alzado no sólo entre la multitud de curiosos, sino también entre los soldados. Sobre todo los vecinos, y no sin razón, porque si volaba la casa del notario también se derrumbarían las que ellos ocupaban, gritaban a voz en cuello, como si ya sintieran que saltaban por los aires por la explosión.

            Ciudadanos y soldados se habían apresurado a dispersarse, poniéndose a salvo en el otro extremo de la callejuela, mientras los vecinos se lanzaban a ciegas por las escaleras, tratando de llevarse consigo al menos los objetos más valiosos. Todos tenían ya la certeza de que aquel hombre, loco, según algunos, en verdad podía poner en ejecución su terrible amenaza.

            Sólo el teniente había permanecido valerosamente en su puesto, pero, por las ansiosas miradas que dirigía hacia la casa, se podía comprender que si hubiera estado solo, o no hubiera tenido aquellos galones de comandante, no se habría quedado allí.

            –¡No! ¡Deteneos, señor! –gritó–. ¿Estáis loco?

            –¿Deseáis alguna cosa? –le preguntó el Corsario, con su habitual voz tranquila.

            –Os digo que no pongáis en ejecución vuestro triste proyecto.

            –De buen grado, con tal que me dejéis tranquilo.

            –Poned en libertad al conde de Lerma y los demás y prometo no importunaros.

            –Lo haría gustoso, si antes quisierais aceptar mis condiciones.

            –¿Cuáles son?

            –Antes que nada, que retiréis las tropas.

            –¿Y luego?

            –Que a mis compañeros y a mí nos procuréis un salvoconducto firmado por el gobernador, para que podamos dejar la ciudad sin que nos molesten los soldados que baten los campos.

            –¿Pero quién sois vos para necesitar un salvoconducto? –preguntó el teniente, cuyo estupor aumentaba con las sospechas.

            –Un caballero de ultramar –respondió el Corsario, con noble fiereza.

            –Entonces no necesitáis ningún salvoconducto para dejar la ciudad.

            –Al contrario.

            –Pues en ese caso vos tenéis algún delito sobre vuestra conciencia. Decidme vuestro nombre, señor.

            En ese momento, un hombre que llevaba alrededor de la cabeza una pieza de tela manchada de sangre y que avanzaba penosamente, como si tuviera una pierna lisiada, llegó hasta donde estaba el teniente.

            Carmaux, que se había mantenido todo el tiempo detrás del Corsario, espiando a los soldados, lo vio y se le escapó un grito.

            –¡Rayos! –exclamó.

            –¿Qué te pasa, valiente? –preguntó el Corsario, volviéndose enérgicamente.

            –Estamos a punto de ser traicionados, comandante. Ese hombre es uno de los vizcaínos que nos asaltaron con las navajas.

            –¡Ah! –dijo el Corsario, encogiéndose de hombros.

            El vizcaíno, que era precisamente uno de aquellos que habían presenciado el duelo de la taberna y que luego habían atacado a los filibusteros con sus desmesurados cuchillos, se dirigió al teniente y le dijo:

            –¿Queréis saber quién es el caballero vestido de fieltro negro, verdad?

            –Sí –repuso el teniente–. ¿Tú lo conoces?

            –¡Caray! Uno de sus hombres ha sido el que me ha dejado tan malparado. Señor teniente, ¡procurad que no escape! ¡Es uno de los filibusteros!

            Un grito, pero en esta ocasión no de miedo, sino más bien de furia, estalló por todas partes, seguido de un disparo y de un grito de dolor.

            Carmaux, a una señal del Corsario, levantó rápidamente el mosquetón, y con una bala certera derribó al vizcaíno.

            ¡Era demasiado! Veinte arcabuces se alzaron hacia la ventana ocupada por el Corsario, mientras la multitud se desgañitaba gritando:

            –¡Matad a esos canallas!

            –¡No, apresadlos y ahorcadlos en la plaza!

            –¡Asadlos vivos!

            –¡Matadlos! ¡Matadlos!

            El teniente, con un rápido gesto, hizo que bajaran los fusiles y, dirigiéndose a la ventana, dijo al Corsario, que no se había movido de su sitio, como si todas aquellas amenazas no tuvieran que ver con él:

            –Caballero, la comedia ha terminado, ¡rendíos!

            El Corsario respondió encogiéndose de hombros.

            –¿Me habéis entendido? –gritó el teniente, rojo de cólera.

            –Perfectamente, señor.

            –Rendíos o haré derribar la puerta.

            –Hacedlo –respondió fríamente el Corsario–. Sólo os advierto que el barril de pólvora está preparado y que haré volar la casa junto con los prisioneros.

            –¡Pues volaréis también vos!

            –¡Bah! Morir en medio del retumbar de las humeantes ruinas es preferible a la muerte ignominiosa que vos me daríais si me rindiera.

            –Prometo salvaros la vida.

            –No sé qué hacer con vuestras promesas, porque sé lo que valen. Señor, son las seis de la tarde y yo todavía no he desayunado. Mientras decidís qué hacer, iré a tomar un bocado junto al conde de Lerma y su sobrino y procuraremos vaciar un vaso a vuestra salud, si la casa no salta antes por los aires.

            Dicho esto, el Corsario se quitó el sombrero, saludándolo con perfecta cortesía, y volvió a entrar, dejando al teniente, los soldados y la multitud más asombrados y desconcertados que nunca.

            –Venid, mis valientes –dijo el Corsario a Carmaux y Wan Stiller–. Creo que dispondremos del tiempo necesario para cenar y charlar un rato. 

            –¿Y esos dos soldados? –preguntó Carmaux, que no estaba menos sorprendido que los españoles por la sangre fría y la audacia, absolutamente fenomenales, del comandante.

            –Dejémosles que griten si quieren.

            –Vayamos pues a preparar la cena de la muerte, mi capitán.

            –¡Bah! Nuestra última hora está mucho más lejos de lo que crees –repuso el Corsario–. Espera a que caigan las tinieblas y verás que ese barril de pólvora hace milagros.

            Entró en la estancia sin dar más explicaciones, cortó las cuerdas que aprisionaban al conde de Lerma y al joven y los invitó a que se sentaran a la mesa improvisada, diciéndoles:

            –Hacedme compañía, conde, y también vos, joven, pero cuento con vuestra palabra de que no intentaréis nada contra nosotros.

            –Sería imposible emprender nada, caballero –repuso el conde, sonriendo–. Mi sobrino está desarmado y yo ya sé cuán peligrosa es vuestra espada. ¿Y qué están haciendo mis compatriotas? He oído un jaleo ensordecedor.

            –Por ahora se limitan a asediarnos.

            –Lamento decíroslo, pero me temo, caballero, que terminarán derribando la puerta.

            –Yo creo lo contrario, conde.

            –Pues os asediarán y tarde o temprano os obligarán a rendiros, ¡vive Dios! Os aseguro que me disgustaría ver en manos del gobernador a un hombre tan valeroso y amable como vos. Ese hombre no perdona a los filibusteros.

            –Wan Guld no me tendrá en su poder. Es necesario que yo viva para saldar una vieja cuenta pendiente con ese flamenco.

            –¿Lo conocéis?

            –Lo he conocido, para mi desventura –dijo el Corsario, con un suspiro–. Ha sido un hombre fatal para mi familia y si me he convertido en filibustero se lo debo a él. Venga, no hablemos más de ello; siempre que pienso en él, siento que mi sangre se satura de un odio implacable, y me pongo triste como un funeral. Bebed, conde. Carmaux, ¿qué hacen los españoles?

            –Están confabulando entre ellos, comandante –respondió el filibustero, que volvía entonces de la ventana–. Parece que no se deciden a asaltarnos.

            –Lo harán más tarde, pero quizá entonces ya no estemos aquí. ¿El negro sigue vigilando?

            –Está en el desván.

            –Wan Stiller, llévale algo de beber a ese hombre.

            Una vez dicho esto, el Corsario pareció sumergirse en profundos pensamientos, mientras seguía comiendo. Estaba más triste y preocupado que nunca, tanto que ya ni oyó las palabras que le dirigía el conde.

            La cena terminó en silencio, sin que hubiera ninguna interrupción. Parecía que los soldados, a pesar de su rabia y del muy vivo deseo que tenían de colgar y quemar vivos a los filibusteros, no sabían tomar decisión alguna. No era que carecieran de valor, todo lo contrario, o que temieran la explosión del barril, porque les importaba poco que la casa saltara por los aires, sino que temían por el conde de Lerma y por su sobrino, dos personas ilustres de la ciudad a las que querían salvar a toda costa.

            Ya habían caído las tinieblas, cuando Carmaux advirtió al Corsario de que una patrulla de arcabuceros, reforzada por una docena de alabarderos, había bloqueado la salida de la callejuela.

            –Eso significa que se están preparando para emprender alguna cosa –repuso el Corsario–. Llama al negro.

            El africano, después de unos minutos, se presentó ante él.

            –¿Has revisado cuidadosamente el desván? –le preguntó.

            –Sí, patrón.

            –¿Hay algún tragaluz?

            –No, pero he hundido una parte del techo y podemos pasar por ahí.

            –¿No hay enemigos?

            –Ni siquiera uno, patrón.

            –¿Sabes por dónde podemos bajar?

            –Sí, y después de un breve camino.

            En ese momento, una descarga formidable retumbó en la callejuela, haciendo temblar todos los cristales. Algunas balas, después de atravesar las persianas de las ventanas, penetraron en la casa, horadaron las paredes y desconcharon las cubiertas de las habitaciones.

            El Corsario se puso en pie y desenvainó la espada con un rápido movimiento. Aquel hombre, instantes antes tan tranquilo y comedido, al notar el olor de la pólvora, se había transfigurado: sus ojos relampagueaban y un leve rubor había aparecido de improviso en sus pálidas mejillas.

            –¡Ah! ¡Ya empiezan! –exclamó con voz burlona.

            Luego, dirigiéndose al conde y a su sobrino, continuó:

            –Os he prometido que salvaréis vuestras vidas y, pase lo que pase, mantendré la palabra dada; pero debéis obedecerme y jurarme que no os rebelaréis.

            –Hablad, caballero –dijo el conde–. Lamento que los asaltantes sean mis compatriotas; si no lo fueran, os aseguro que combatiría de buen grado a vuestro lado.

            –Vos debéis seguirme si no queréis saltar por los aires.

            –¿Va a derrumbarse la casa?

            –Dentro de pocos minutos no quedará en pie ni una sola pared.

            –¿Queréis arruinarme? –chilló el notario.

            –¡Callaos, avariento! –gritó Carmaux, que desataba al pobre hombre–. ¿Se os salva y aún no estáis contento?

            –Es mi casa lo que no quiero perder.

            –Que os indemnice el gobernador.

            Una segunda descarga retumbó en la callejuela y algunas balas atravesaron la estancia, haciendo añicos una lámpara que estaba en el centro.

            –¡Adelante, hombres del mar! –tronó el Corsario–. Carmaux, ve a prender la mecha.

            –Estoy preparado, comandante.

            –Procura que el barril no estalle antes de que hayamos abandonado la casa.

            –La mecha es larga, señor –respondió el filibustero, bajando apresuradamente la escalera. El Corsario, seguido por los cuatro prisioneros, por Wan Stiller y por el africano, subió al desván, mientras los arcabuceros seguían con sus descargas, apuntando sobre todo a las ventanas y ordenando, con gritos agudos, que se rindieran.

            Las balas penetraban por todas partes, con ciertos maullidos que daban escalofríos al pobre notario; desconchaban amplios tramos de pared y rebotaban contra los ladrillos. Pero ni los filibusteros, y ni siquiera el conde de Lerma, que también era hombre de armas, se preocupaban mucho.

            Cuando llegaron al desván, el africano mostró al Corsario una gran abertura irregular que daba al tejado, y que él había hecho sirviéndose de un travesaño que había arrancado de un tabique.

            –Adelante –dijo el Corsario.

            Envainó la espada un momento, se agarró a los bordes desgarrados del boquete y en un instante se encaramó al tejado, echando una rápida mirada a su alrededor.

            Descubrió de inmediato, tres o cuatro tejados más adelante, unas plantas altas, unas palmeras, una de las cuales crecía junto a una muralla, lanzando sus espléndidas y gigantescas hojas sobre las tejas.

            –¿Vamos a bajar por allí? –le preguntó al negro, que había llegado hasta él.

            –Sí, patrón.

            –¿Podremos salir por aquel jardín?

            –Eso espero.

            El conde de Lerma, su sobrino, el criado y también el notario, impulsado hacia arriba por los robustos brazos de Wan Stiller, estaban ya en el tejado cuando Carmaux apareció, diciendo:

            –Rápido, señores; dentro de dos minutos la casa se hundirá bajo nuestros pies.

            –¡Estoy arruinado! –lloriqueó el notario–. ¿Quién me resarcirá después por...?

            Wan Stiller truncó la frase, empujándolo rudamente hacia delante.

            –Venid o saltaréis por los aires también vos –le dijo.

            El Corsario, una vez que se hubo asegurado de que no había enemigos, había saltado a otro tejado, seguido por el conde de Lerma y su sobrino.

            Ahora las descargas se iban sucediendo unas a otras y columnas de humo se alzaban hacia la callejuela, desvaneciéndose lentamente por los tejados. Parecía que los arcabuceros estaban decididos a agujerear la casa del notario antes de derribar la puerta, a la espera quizá de obligar a los filibusteros a rendirse.

            Quizá el temor de que el Corsario se decidiera a ejecutar su terrible amenaza, haciéndose enterrar entre los escombros junto a los cuatro prisioneros, los retenía aún de intentar un asalto general a la casa.

            Los filibusteros, arrastrando con ellos al notario, al que las piernas ya no le sostenían por el temor que sentía, en unos instantes, pasando de tejado en tejado, llegaron a la última casa, junto a la palmera.

            Por debajo se extendía un vasto jardín rodeado por un alto muro y que parecía prolongarse hacia el campo.

            –Conozco este jardín –dijo el conde–. Pertenece a mi amigo Morales.

            –Espero que no nos traicionéis –dijo el Corsario.

            –Al contrario, caballero. Todavía no se me ha olvidado que os debo la vida.

            –Rápido, bajemos –dijo Carmaux–. La explosión puede lanzarnos al vacío.

            Apenas había terminado esas palabras, cuando un gigantesco resplandor iluminó la noche, seguido de inmediato por un horrible estruendo. Los filibusteros y sus compañeros sintieron que el tejado temblaba debajo de sus pies, luego cayeron los unos sobre los otros, mientras a su alrededor llovían cascotes, fragmentos de mobiliario y jirones de tejidos en llamas. Una nube de humo se extendió sobre los tejados, oscureciéndolo todo unos minutos, mientras hacia la callejuela se oían desplomarse muros y pavimentos entre gritos de terror y blasfemias.

            –¡Truenos! –exclamó Carmaux, que se había visto impulsado hasta el canalón del tejado–. Un metro más y me caigo al jardín como un montón de trapos.

            El Corsario Negro se puso en pie con presteza, tambaleán¬dose entre el humo que lo rodeaba.

            –¿Estáis todos vivos? –preguntó.

            –Eso creo –repuso Wan Stiller.

            –Pero... aquí hay alguien inmóvil –dijo el conde–. ¿Lo habrá matado algún cascote?

            –Es el vago del notario –repuso Wan Stiller–. Pero tranquilizaos, sólo se ha desmayado a causa del miedo.

            –Dejémoslo ahí –dijo Carmaux–. Saldrá de estas dificultades como pueda, si el dolor por haber perdido su casucha no le causa la muerte.

            –No –repuso el Corsario–. Veo surgir llamas entre el humo y, si lo dejamos aquí, correría el peligro de morir abrasado. La explosión ha incendiado las casas vecinas.

            –Es cierto –confirmó el conde–. Veo una vivienda en llamas.

            –Aprovechemos la confusión para largarnos, amigos –dijo el Corsario–. Tú, Moko, te encargarás del notario.

            Se acercó al borde del tejado, se agarró al tronco de la palmera y se deslizó hasta el jardín, seguido después por los demás. Estaba a punto de tomar un sendero que conducía al muro de cerca, cuando vio a algunos hombres, armados con arcabuces, que salían de unos matorrales gritando:

            –¡Quietos o hacemos fuego! 

            El Corsario había empuñado la espada con la diestra, mientras que con la zurda había extraído una pistola, decidido a abrirse paso; el conde lo detuvo con un gesto, diciendo:

            –Dejadme a mí, caballero.

            Después, dirigiéndose hacia aquellos hombres, agregó:

            –¿Así que ya no conocéis al amigo de vuestro patrón?

            –¡El señor conde de Lerma! –exclamaron los hombres, atónitos.

            –Bajad las armas, o me quejaré a vuestro patrón.

            –Perdonad, señor conde –dijo uno de aquellos criados–, nosotros ignorábamos con quién estábamos tratando. Habíamos oído una espantosa explosión y, como sabíamos que en los alrededores unos soldados estaban asediando a los corsarios, hemos venido aquí para impedir la fuga de esos peligrosos bandidos.

            –Los filibusteros ya han huido, así que podéis marcharos. ¿Hay alguna puerta en el muro de cerca?

            –Sí, señor conde.

            –Abridme a mí y a mis amigos y no os preocupéis de nada más.

            El que había hablado despidió con un gesto a los hombres armados, luego se dirigió hacia un sendero lateral y, llegados ante una portezuela de hierro, la abrió.

            Los tres filibusteros y el negro salieron al aire libre, precedidos por el conde y su sobrino. El criado, que sostenía en sus brazos al notario, que seguía desvanecido, se detuvo junto al del propietario del jardín.

            El conde guió a los filibusteros unos doscientos pasos, adentrándose en una callejuela flanqueada solamente por murallas. Después, dijo:

            –Caballero, vos habéis salvado mi vida y me complace haber podido devolveros este pequeño servicio. Los hombres valerosos como vos no deben morir en la horca, y os aseguro que el gobernador no os habría perdonado si hubierais caído en sus manos. Seguid esta callejuela que lleva a campo abierto, y volved a bordo de vuestra nave.

            –Gracias, conde –repuso el Corsario.

            Los dos caballeros se dieron la mano cordialmente y se separaron quitándose el sombrero.

            –He aquí un buen hombre –dijo Carmaux–. Si volvemos a Maracaibo, no dejaremos de ir a verlo.

            El Corsario se puso rápidamente en camino precedido por el africano, el cual conocía, quizá mejor que los mismos españoles, todos los alrededores de Maracaibo.

            Diez minutos después, sin que nadie los molestara, los cuatro filibusteros estaban fuera de la ciudad, en el margen de la selva en medio de la cual se encontraba la cabaña del encantador de serpientes.

            Al mirar hacia atrás, vieron elevarse entre las últimas casas una nube de humo rojizo, rematada por un penacho de chispas que el viento arrastraba sobre el lago. Era la casa del notario, que, quizá junto a alguna otra, se consumía por completo.

            –Pobre diablo –dijo Carmaux–. Se va a morir del disgusto: ¡su casa y su bodega! ¡Es un golpe demasiado fuerte para un avariento como él!

            Se detuvieron unos minutos bajo la oscura sombra de una gigantesca simaruba, por el temor de que en los alrededores pudiera encontrarse alguna unidad de españoles que hubiera sido enviada para explorar los campos; después, cuando el profundo silencio que reinaba en la selva les hubo tranquilizado, se introdujeron bajo las plantas marchando con rapidez.

            Veinte minutos fueron suficientes para salvar la distancia que los separaba de la cabaña. Ya les faltaban pocos pasos, cuando un gemido llegó a sus oídos.

            El Corsario se detuvo, tratando de identificarlo entre la profunda oscuridad que proyectaban las altas y densas plantas.

            –¡Truenos! –exclamó Carmaux–. ¡Es el prisionero que dejamos atado al tronco de un árbol! ¡Ya no me acordaba de ese soldado!

            –Es verdad –murmuró el Corsario.

            Se acercó a la cabaña y vio al español que seguía atado.

            –¿Queréis que me muera de hambre? –preguntó el infeliz–. Teníais que haberme ahorcado de inmediato.

            –¿Ha venido alguien a rondar por estos alrededores? –le preguntó el Corsario.

            –No he visto nada más que vampiros, señor.

            –Ve a por el cadáver de mi hermano –dijo el Corsario, dirigiéndose al africano.

            Después se acercó al soldado, que se había puesto a temblar, temiendo que fuera a llegarle su última hora y lo liberó de las cuerdas que lo aprisionaban diciéndole con voz sorda:

            –Podría vengar en ti, antes que en todos los demás, la muerte de aquel al que voy a sepultar en el fondo del océano, y de sus desgraciados compañeros, que aún siguen colgados en la plaza de esa maldita ciudad, pero he prometido que seguirías con vida y el Corsario Negro no ha faltado nunca a la palabra dada. Eres libre, pero tienes que jurarme que en cuanto llegues a Maracaibo irás a ver al gobernador y le dirás en mi nombre que yo, esta noche, en presencia de mis hombres, formados en el puente de mi Rayo, y de los restos mortales del que fue el Corsario Rojo, haré un juramento que lo hará temblar. Él ha matado a mis dos hermanos y yo le destruiré a él y a todos cuantos llevan el nombre de Wan Guld. Le vas a decir que lo he jurado por el mar, por Dios y por el infierno y que pronto volveremos a vernos.

            Después, agarrando al prisionero, que se había quedado estupefacto, y empujándolo por los hombros, agregó:

            –Vete y no vuelvas atrás, porque podría arrepentirme de haberte perdonado la vida.

            –Gracias, señor –dijo el español, huyendo precipitadamente, por el miedo de no salir vivo de la selva.

            El Corsario lo estuvo mirando mientras se alejaba, luego, cuando lo vio desaparecer en medio de la oscuridad, se dirigió a sus hombres, diciéndoles:

            –Vámonos: el tiempo apremia.

           

23 Comentarios en el foro sobre El Corsario Negro

Re: Continuación del Corsario Negro



2010-01-05 14:15:15

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[ Responder ]

[Enviar privado]

Probablemente sea el mismo, pero las editoriales tenían la mala costumbre de cortar los libros y luego ponerles el título que les daba la gana. Además, si la edición es lo bastánte antigua, es muy posible que entrase en juego la autocensura y cambiasen "Venganza" por  "Vuelta" por aquello de que no hay que "tramatizar" a los lectores.

Ignacio

Continuación del Corsario Negro



2010-01-05 13:50:05

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[ Responder ]

Hola, en mi versión del Corsario Negro dice que la continuación es La Vuelta del Corsario Negro. Estoy buscando esa edición, pero no la consigo. En cambio, ví que existe La venganza del Corsario Negro. Alguien sabe si son lo mismo? O algo al respecto? Muchas gracias...

Ignacio

Aura

Re: Re: Re: Re: Re: Re: pregunta al publico



2009-08-19 03:44:26

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[ Responder ]

Hola Javier...

Pues en el libro de Yolanda, la hija del Corsario Negro te dice que ocurrio con Honorata...pero igual te lo puedo decir. Honorata se casa con el Corsario Negro, y muere al dar a luz a su hija Yolanda. Y el corsario que no puede superar la perdida de su amada esposa, se lanza a la guerra, donde despues de un año, tambien muere... en lo particular no me gusto ese fin que tuvieron ambos...si Salgari viviese, le reclamaria...je je je

javier

Re: Re: Re: Re: Re: pregunta al publico



2009-07-27 00:29:41

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[ Responder ]

alguien me puede decir k pasa al final de La reina de los caribes??? k al final no se sabe nada sobre la querra ni nada sobre honorata van guld ,y despues en el libro k viene (Yolanda, la hija del Corsario Negro) no dicen nada sobre lo k ocurrio. me kede metido en ese libro y kiero saber k pasa  ;)

josegnaciom

Re: Re: Re: Re: pregunta al publico



2007-06-19 18:57:57

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[ Responder ]

Muchas Gracias por la referencia, pero llegué ya tarde. No lo tenían en la librería. En cualquier caso seguiré buscando.
Un abrazo.
Nacho.

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