El hombre que corrompió a Hadleyburg y otros relatos
Mark Twain
Cuando tenía veintisiete años era empleado de un agente de minas en San Francisco y un experto en todos los detalles del tráfico de esos valores bursátiles. Estaba solo en el mundo y no contaba más que con mi talento y una reputación limpia, pero éstos estaban situándome en el camino que lleva finalmente a la fortuna y me encontraba satisfecho con las perspectivas.
Disfrutaba de tiempo libre los sábados después de la sesión vespertina de bolsa y acostumbraba a pasarlo en un pequeño barco de vela en la bahía. Un día me aventuré demasiado lejos y fui arrastrado a alta mar. Justo al anochecer, cuando había perdido toda esperanza, me recogió un pequeño bergantín que se dirigía a Londres. Fue un largo y tormentoso viaje y me hicieron pagar el pasaje trabajando sin salario de marinero raso. Cuando puse pie en tierra en Londres mis ropas estaban raídas y hechas jirones y no tenía en el bolsillo más que un dólar. Este dinero me alimentó y albergó durante veinticuatro horas. Las siguientes veinticuatro las pasé sin comida ni cobijo.
Hacia las diez de la mañana siguiente, hambriento y desarrapado me arrastraba por Portland Place cuando un niño que pasaba remolcado por una niñera tiró una pera deliciosa y enorme -sólo la había dado un bocado- a la alcantarilla.
Por supuesto me detuve y fijé unos codiciosos ojos en aquel embarrado tesoro. Se me hacía la boca agua, el estómago lo ansiaba y todo mi cuerpo lo mendigaba. Pero siempre que me dirigía a ella para cogerla, alguna mirada pasajera detectaba mis intenciones y, entonces, por supuesto, me enderezaba y ponía aspecto indiferente pretendiendo que no había pensado en la pera para nada. Esto mismo ocurrió una y otra vez de forma que no podía hacerme con la pera. Estaba ya desesperándome lo bastante como para desafiar toda vergüenza y cogerla, cuando se abrió tras de mí una ventana y un caballero habló desde ella diciendo:
-Entre, por favor.
Me abrió la puerta un criado en vistosa librea que me introdujo en una habitación Suntuosa donde estaban sentados un par de caballeros mayores. Mandaron marchar al criado y me hicieron sentarme. Acababan de terminar su desayuno y la vista de los restos casi me abrumó. Apenas si pude mantener el ánimo en presencia de aquel alimento, pero como no me pidieron que lo probara. tuve que sobrellevar mi molestia lo mejor que pude. Pues bien, un poco antes había estado sucediendo allí algo de lo que no Supe nada hasta muchos días después, pero que les contaré ahora. Aquellos dos viejos hermanos habían mantenido una discusión muy acalorada un par de días antes y habían terminado acordando zanjada por medio de una apuesta que es la manera inglesa de decidirlo todo.
Recordarán ustedes que el Banco de Inglaterra emitió una vez dos billetes por valor de un millón de libras cada uno que iban a ser utilizados con un fin especial relacionado con cierta transacción pública con un país extranjero. Por una u otra razón sólo uno de los billetes había sido utilizado y anulado, el otro aún yacía en los sótanos del Banco. Bueno, pues los hermanos, charlando, dieron en preguntarse cuál sería la suerte de un forastero cabalmente honrado e inteligente que apareciera por Londres sin un amigo y sin más dinero que ese billete de un millón y sin ninguna razón que explicara por qué estaba en su poder. El hermano A decía que se moriría de hambre. El hermano B decía que no. El hermano A decía que no podría presentado en un banco, ni en ningún otro sitio porque le arrestarían allí mismo. Y así siguieron discutiendo hasta que el hermano B dijo que apostaría veinte mil libras a que, en cualquier caso, viviría durante treinta días de aquel millón, además sin ir a la cárcel. El hermano A le tomó la palabra. El hermano B bajó al Banco y compró el billete como un inglés de pies a cabeza, ya sabes, con muchas agallas. Luego dictó una carta que uno de sus empleados escribió en una letra redondilla preciosa y después los dos hermanos se sentaron a la ventana todo el día en busca del hombre adecuado a quien dárselo. Vieron pasar muchos rostros honrados que no parecían lo bastante inteligentes, y 1l1uchos inteligentes que no eran bastante honrados; muchos que eran las dos cosas, pero cuyos propietarios no eran lo bastante pobres, o si pobres, no eran forasteros. Siempre fallaba algo hasta que llegué yo, entonces estuvieron de acuerdo en que yo cumplía todos los requisitos plenamente, así que me eligieron por unanimidad y allí estaba yo entonces esperando a saber por qué me habían mandado entrar allí. Empezaron a hacerme preguntas sobre mí y muy pronto sabían toda mi historia. Finalmente me dijeron que respondía a sus propósitos. Yo dije que me alegraba mucho y pregunté de qué se trataba. Luego uno de ellos me dio un sobre diciendo que dentro encontraría la explicación. Yo iba a abrirlo, pero dijo que no, que lo llevara a mi pensión y lo revisara cuidadosamente sin prisas ni precipitaciones. Estaba perplejo y deseaba discutir el asunto algo más, pero ellos no quisieron, así que me marché sintiéndome dolido y vejado al ser el blanco de lo que parecía algún tipo de broma, y que, no obstante, me veía obligado a soportado al no estar en condiciones de lamentar ofensas de los ricos y poderosos.
Ahora sí que habría cogido la pera y me la habría comido delante de todo el mundo, pero había desaparecido, así que la había perdido por culpa de aquel desafortunado negocio y el pensar en ello no alivió mis sentimientos respecto de aquellos hombres. Tan pronto como estuve fuera de la vista de aquella casa abrí el sobre y vi que contenía ¡dinero! Mi opinión de aquella gente cambió, se lo puedo asegurar. No perdí un instante, sino que metí la nota y el dinero en el bolsillo del chaleco y salí hacia la casa de comidas barata más cercana. ¡Bueno, cómo comí! Cuando al fin no pude comer más, saqué mi dinero y lo desdoblé, le eché un vistazo y casi me desmayo. ¡Cinco millones de dólares! Vaya, la cabeza me daba vueltas.
Debo de haber estado sentado atontado y pestañeando ante el billete todo un minuto antes de recuperar completamente el sentido. Lo primero de que me di cuenta entonces fue del dueño. Tenía la vista puesta en el billete y quedó petrificado. Estaba adorándolo en cuerpo y alma, pero daba la impresión de no poder mover manos ni pies. Representé al momento mi papel haciendo lo único racional que se podía hacer. Le alargué el billete diciendo con todo cuidado:
-Deme la vuelta, por favor.
Entonces recuperó su estado habitual y presentó mil disculpas por no poder cambiar el billete y no logré que lo tocara. Quería mirado y seguir mirándolo. Parecía no tener bastante para apagar la sed de la vista, pero se retraía de tocado como si fuera algo demasiado sagrado para que lo manoseara la pobre arcilla vulgar. Le dije:
-Siento la molestia, pero debo insistir. Por favor, cámbielo, no tengo nada más.
Pero dijo que eso no era ningún problema. Estaba completamente dispuesto a dejar aquella minucia para otra ocasión. Le dije que podía no volver por la vecindad en mucho tiempo, pero él repuso que no tenía importancia, que podía esperar, y, además, que podía tomar lo que quisiera y cuando quisiera y dejar que la cuenta se hiciera lo grande que me apeteciera. Dijo que esperaba no tener miedo de confiar en un caballero tan rico como yo, sólo porque fuera de un carácter alegre y me gustara bromear con la gente en asuntos de vestido. Por entonces entraba otro cliente y el dueño me sugirió que retirara al monstruo de la vista. Luego me hizo reverencias por todo el camino hasta la puerta y yo salí derecho hacia aquella casa y aquellos hermanos para corregir el error que se había cometido antes de que la policía me cazara y me ayudara a hacerla. Estaba muy nervioso, de hecho, terriblemente asustado, aunque, desde luego no había cometido ninguna falta, pero conocía lo suficiente a los hombres para saber que cuando han dado a un vagabundo un billete de un millón de libras cuando creían que le daban uno de una libra les da una rabia frenética contra él, en lugar de pelearse con su propia miopía, como deberían. Según me aproximaba a la casa mi excitación comenzó a disminuir pues allí estaba todo tranquilo, lo que me hizo sentir con mucha seguridad que aún no habían descubierto el error. Toqué el timbre. Apareció el mismo criado. Pregunté por aquellos caballeros.
-Se han marchado. -Esto, dicho de la manera orgullosa y fría de los individuos de esa tribu.
-¿Marchado? ¿Adónde?
-De viaje.
-Pero ¿adónde?
-Al continente, creo.
-¿El continente?
-Sí, señor.
-¿En qué dirección? ¿Por qué ruta?
-No lo sé, señor.
-¿Cuándo volverán?
-Dentro de un mes, dijeron.
-¡Un mes! ¡Oh, eso es espantoso! Déme alguna idea de cómo ponerme en contacto con ellos. Es de la mayor importancia.
-No puedo, verdaderamente. No tengo idea de adónde han ido, señor.
-Entonces he de ver a algún miembro de la familia.
-La familia también se ha marchado. Llevan meses en el extranjero... en Egipto y en la India, creo.
-Oiga, se ha cometido un error inmenso. Estarán de vuelta antes de la noche. ¿Quiere decirles que he estado aquí y que seguiré viniendo hasta que lo corrijamos, y que no tienen nada que temer?
-Se lo diré si vuelven, pero no espero que lo hagan. Dijeron que usted vendria aquí en una hora a hacer preguntas, pero que yo tenía que decide que todo estaba bien, que volverían a tiempo y que le esperaban a usted.
Así que tuve que dejado y marcharme. ¡Qué enigma era todo aquello! Estaba como para perder la cabeza. Volverían aquí «a tiempo». ¿Qué podía significar eso? Oh, la carta quizá lo explicara. Había olvidado la carta. La saqué y la leí. Esto es lo que decía:
Es usted una persona inteligente y honrada, como se puede ver en su cara. Nos imaginamos que es pobre y forastero. Adjunta encontrará una suma de dinero. Se le presta por treinta días sin intereses. Preséntese en esta casa al finalizar el plazo. He hecho una apuesta sobre usted. Si la gano, dispondrá usted de cualquier puesto que esté en mi mano... cualquiera, es decir, con el que pueda demostrar que está familiarizado y para el que sea competente.
Inagotable
Parece que la obra de este escritor es inagotable, ¿no? Gracias a Valdemar hemos visto cuentos que ni siquiera sabíamos que existían. Cuesta al bolsillo pero hay que rascárselo porque aquí hay cuentos que seguro que si no los coges ahora, no los volverás a ver editados en español en vida.









