Cuando escribíamos como Larra

mascarasOro

El mundo apestaba a CO2 y la vida transcurría deprisa como en una película americana.

En consonancia con las medidas del gobierno, el Servicio de Correos Nacional decidió reemplazar los viejos buzones amarillos por buzones humanos en movimiento, que recorrían la ciudad a pié, sin ruta fija, en función de los encargos que recibían. De éste modo, llegabas a echar una carta y se la dabas a un tío con barba y gorra, con sus filtros nasales correspondientes, vestido de amarillo corporativo, que pasaba por tu lado silbando coplas ahogadas tras la mascarilla, con un saco a la espalda y que iba de la Calle Melchor Almagro a la Calle Relatores para entregar una misiva reciente o de la Calle Palas de Reis a los fangales de ácido de la calle Campomanes para llevar un paquete postal blindado.        

Los buzones había que pillarlos al vuelo cuando se te cruzaban por la calle. Las cartas podían tardar muchos días en llegar a su destino, dependiendo de las rutas previas que el buzón humano tuviera que recorrer y los sitios que tuviera que visitar para hacer las entregas. Después de todo, escribir cartas era un lujo decadente, una reminiscencia de los tiempos antiguos propia de espíritus excéntricos o demasiado nostálgicos. Costaba una fortuna enviar cada carta. Era un lujo al alcance de sibaritas, estetas y amantes de la antigüedad que aún pagaban por hacer las cosas a la vieja usanza. La gente añoraba los tiempos del cielo azul y las nubes atravesando el cielo. Los tiempos en que Larra escribía a pluma sus artículos para La Revista Española y sus cartas de amor no correspondido.

Si había suerte y al cartero-buzón le pillaba de paso, tu carta se entregaba pronto, si todos los encargos eran por el sur de la ciudad y tu, pongamos por caso, escribías una carta dirigida a un barrio del cantón norte, lo llevabas claro. Ya no se hacían intercambios en la central, sino en plena vía pública, de mano a mano, entre colegas, al viejo estilo de los carteros de los primeros tiempos… y con riesgos parecidos, porque los asaltos estaban a la orden del día.

Era todo muy problemático.        

Por no decir los envíos de una ciudad a otra, cuyos trayectos se realizaban andando, pues el gobierno había establecido que los ciudadanos camináramos varios kilómetros al día y que se gastaba demasiado dinero en transporte público y privado, incluso en fabricar goma para neumáticos o suelas para zapatos.          

Habría apenas dos centenares de buzones-cartero en todo el país y se repartían el trabajo como podían. En Madrid no pasaban de veinte.Uno de esos veinte era el que yo me encontré.                 

Por aquel entonces, yo intentaba recuperar a Rosamari, mi novia de hacía seis años, que no contestaba a mis llamadas de videofón ni a mis mensajes de móvil por un quítame allá esas pajas relacionado con el olvido de su cumpleaños y unas flores naturales de arrepentimiento que no llegaron a tiempo a su casa.        

Recurriendo al viejo recurso de las cartas de enamorado, escribí una disculpa arrebatada de amor y lamento, que era lo mejor que yo había escrito en toda mi vida de escritor de tercera regional sin derecho a lápiz. Escribí la carta en papel de verdad, con tinta de verdad y caligrafía de verdad, como los poetas románticos. Puse en el papel unas gotas de loción para después del afeitado, compré un sello holograma que me costó un dineral y mandé la carta.        

Convencido de que así al menos ella transigiría en verme y me daría otra oportunidad, entregué la misiva al primer buzón humano que ví por la calle y le dije: mira amigo, es para la calle Espalter, el número 4, tercero centro. Es para la chica que quiero, no me falles. El barbudo que hacía los envíos se encogió de hombros y me dijo que iba para Aluche y que Espalter no le pillaba de paso ni de lejos, así que le dije que no me importaba esperar porque sabía que la entregaría de todos modos. Asintió con la cabeza apretando la carta contra su pecho, levantando la palma y sujetando su pistola. La profesión de buzón humano se desempeñaba bajo juramento e implicaba la responsabilidad de entregar los envíos a cualquier precio. Con suerte, el tipo se encontraría por la calle con otro cartero-buzón que fuera para esa zona y le entregaría la carta. Sin suerte, tardaría unas cuantas semanas en cumplir mi encargo.        

Pero pasaron dos, tres meses y Rosamari no contestaba. La misiva era tan sincera, tan de corazón, el detalle de escribir una carta a la antigua tan del gusto antañón y romántico de ella, que me extrañaba que mi ex novia, amante de los viejos libros, las viejas películas y las viejas historias de amor que nunca fenece, no se dignara a contestar cuando la hubiera leído. Sabía valorar esta clase de regalos.        

Pero pasaron otros tres meses sin noticias de ella.Convencido de haber malgastado mi tiempo y mi dinero, decidí acercarme por el domicilio de Rosamari con la esperanza de que al verme ella aceptara hablar conmigo.Armado con una tranca eléctrica atravesé media ciudad caminando entre nubes tóxicas, reemplazando mis filtros nasales en algún bar y volviendo a las aceras atestadas de humo y productos químicos corrosivos. Un traje de calle podía durarte una semana antes de ceder a la corrosión de los gases. La tranca eléctrica espantó a los pocos buscavidas que quisieron acercarse a pedirme o robarme algo.Finalmente, rodeando la cúpula de El Retiro, llegué hasta su barrio y me aproximé hasta la esquina de su casa.         

Con gran estupor comprendí que mi carta nunca había sido entregada, pues el propio cartero, un rijoso miserable, la andaba cortejando y requebrando de amores en aquellos mismos momentos en el portal. ¿Cuánto tiempo llevaban juntos? Con un retorcijón de angustia en el estómago, los vi salir al descansillo, cogidos de la mano, con el mono de calle puesto, a él se le iban los ojos hacia su trasero respingón y ella, distraída, le reía las gracias tras la máscara, sin ser consciente de que estaba a punto de caer en las fauces de un depredador postal, malversador de recados y fariseo de envíos, que había traicionado lo más sagrado de su profesión por echar un polvo con mi antigua novia.        

Sentí que el estómago me ardía. Reclamar al Servicio Postal no era de recibo y partirle la cara a un tipo armado con una pistola tampoco. Pasarían meses antes de que un tribunal electrónico resolviera el caso y las armas cortas de proyectiles estaban reguladas por la normativa municipal, a mi solo me permitían tener una tranca eléctrica o un repelente sarnoso en spray. Para cuando surgiera una solución, Rosamari podía estar ya muy lejos.        

Decidí urdir un plan. Por medio de una amiga del trabajo, que accedió a confabularse conmigo cuando supo las circunstancias del incidente y consintió en escribir lo que la dicté de su propio puño y letra, redacté otra carta manuscrita dirigida a Rosamari en la que la supuesta novia del cartero tramposo, una tal JuliaVanesa, llorosa y con el corazón roto, le informaba en confidencia de que el depravado de su novio, de profesión buzón humano del Servicio Postal, solía frecuentar a jovencitas incautas de las que terminaba abusando como había abusado de ella durante la friolera de ocho años de relación sadomasoquista.        

Mi amiga entregó la carta a un cartero amigo suyo que, bendita casualidad, vivía en el mismo barrio que mi ex y no tardaría mucho en hacer la entrega. Nos pusimos de acuerdo con él y vestidos con el mono de andar por la calle le seguimos en su jornada hasta que entregó la carta en el portal de Rosamari. Esperamos enfrente escondidos varias horas, acudiendo por turnos a las cabinas públicas para rociar nuestros trajes con bactericidas. El cartero tramposo no tardó en presentarse para salir con ella a primera hora de la tarde y vimos como Rosamari, aleccionada por la epístola de la tal JuliaVanesa que acababa de recibir hacía unas horas, lo echaba de allí con cajas destempladas, poco menos que a empujones.        

El plan funcionó.        

Cuando se marchaba humillado, el tramposo nos vió, semiocultos tras una farola, muertos de risa y comprendió que era yo quien lo había urdido todo. Me fulminó con la mirada. Sus ojos tras las gafas ahumadas antipolución se volvieron carbones al rojo. Tuve miedo de que desenfundara el arma, pero eso le hubiera delatado ante sus superiores y decidió aguardar.         

Aquella misma semana me echaron del trabajo. Mi jefe recibió una carta manuscrita con sello holográfico en la que se le informaba de buena tinta que yo mantenía relaciones sexuales con JimenaJamona, su mujer. No había pruebas, pero ante la sospecha, como tenían que recortar personal en mi departamento, el elegido para salir volando del negociado y sin derecho a subsidio, fui yo. Era la venganza del cartero por lo de Rosamari, del que a su vez me vengué informando a su comunidad de vecinos de que era un pederasta que convencía a los niños para subir a su piso de soltero con la oferta de chucherías, juegos de videoconsola e inocentes obsequios. A resultas de mi anónimo, el buzón humano tuvo que cambiarse de barrio y casi de empleo.

Luego vino la carta en la que, en represalia, él me denunciaba a la Inquisición de la Hacienda Pública por evasor fiscal en mi declaración del 2074 y a la Policía de Asfalto por camello y chulo de putas. Pasé unos meses de lo más entretenido tratando de aclararlo todo en la Central Electrónica de Juicios, torturado por Inquisidores Dominicos del Ministerio de Hacienda y policías de la Dopa con implantes nasales detectores de droga empeñados en hacerme inspecciones rectales día si y día también.

Nos estábamos gastando una fortuna en aquella guerra postal.Después vino la carta en la que yo informaba al Servicio de Correos de la existencia sin declarar de un enfermo de peste naranja de Ganímedes entre sus empleados de reparto, y que el enfermo, no solo no había confesado padecer la enfermedad desde sus vacaciones como turista sexual en los lupanares de Mare Serenitatis en Lunaburgo, donde había yacido con genoputas durante seis días sin interrupción, sino que solía mearse en los paquetes de envío y toser encima de las cartas y los escritorios de los compañeros, con la esperanza de contagiar su mortífera enfermedad a cuantos pudiera antes de morirse, cosa que sucedería en el plazo de un año a lo más tardar.

Le expedientaron y trasladaron de centro mientras esclarecían el tema.         

Y desde entonces, dos años ya de lucha, cada vez que entro al portal de mi casa temo mirar en el cajetín de correos, esa antigualla de los tiempos en que escribíamos cartas, por lo que pueda encontrarme. Porque todas las cartas, las pocas cartas que recibo, no me hablan de cosas buenas sino al contrario, traen citaciones, alegatos, acusaciones, anónimos, disgustos y solo problemas que cada vez me cuesta más resolver.        

Me he enterado de que Rosamari se ha casado con otro, un gilipuertas con pulmones antihumo y cerebro portátil que la dice que sí a todo, que se acuerda siempre de su cumpleaños (ella, paradójicamente, es de las que lo olvidan aunque no te perdona si lo haces tu) y que la trata como a una reina y la hace la pelota para no perder su amor… supongo que tiene mucho miedo de que ella le abandone.        

La verdad es que da un poco de asco verlos por la calle, con sus monos de geoplax tan blancos y tan impolutos, cogidos de la mano mientras la ciudad languidece gris, llena de roña y de suciedad. No les escribo una carta a su casa porque se que mi rival el cartero, que también la pretende y no renuncia a su amor, lo hará tarde o temprano y me ahorrará el pastón de tener que enviarla yo. Entre abogados y Servicio de Correos llevo años sin ahorrar un céntimo.        

Pero la verdad es que me gustaba más cuando los buzones no eran tan hijos de puta, las novias te amaban de verdad y las cartas y el amor circulaban por el mundo como dios manda; los tiempos en que uno podía suicidarse y pasar a la posteridad con un pañuelo enamorado de tuberculósis y el aroma de las malvas y los crisantemos por almohada.        

Ahora mismo estoy escribiendo una epístola a tinta azul en la que denuncio al cartero tramposo a la Policía del Humo, por fumar tabaco rubio en cigarrillos, droga dura que es ilegal desde la ley Ozono del 2052. Con suerte le meten treinta años por contaminador y toxicómano y me libro de él para siempre. De ésta si que le va a costar escaparse. Que se folle niños, a ojos del sistema tiene un pase, pero que fume, ah, que fume… eso no se lo van a perdonar jamás.

Interplanetaria

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