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La clínica

Chris Waltz

Dicen que el amor es un deseo, y por tanto, la intensidad disminuye cuando se consigue el lo deseado. Quizá por eso, porque cuando iba a ser suyo, cuando lo tuvo en la yema de los dedos y se le resbaló, ahora estaba en la clínica. Y hacía ya cuatro años del accidente de coche. Ella salió completamente ilesa, al menos en lo físico. Él, murió en el acto. Y es como si ella la hubiesen enterrado en el mimo sepulcro, o al menos, así lo sentía ella. Fue por esto que cuando vio el anuncio de la clínica, aunque al principio tuvo ciertos recelos, se decidió a ir. Y desde ese mismo día. Y desde ese mismo día ahí estaba, en la habitación que le habían preparado.

La habitación era como todas en la clínica, o eso le habían dicho: paredes blancas, una gran ventana que mostraba un mar que se unía al cielo por el horizonte. Dentro de la estancia, una cómoda cama, una mesa que hacía de escritorio, una silla y un armario pequeño de madera de roble. Y dentro del armario, 7 pares de trajes, todos blancos, resplandecientes idénticos. Al ser aceptada en la clínica le dijeron que no podría entrar nada del exterior, aunque con sus recuerdos harían una temporal excepción. Nada ni nadie entraba en la clínica. Ni salía, claro.

Al principio todo le parecía extraño en aquel edificio. Era grande como un castillo, pero todas las salas eran blancas y tenían grandes ventanas, que curiosamente daba al mismo paisaje, un mar infinito y manso, y un cielo azul cerúleo, a veces acompañado de nubes que se le antojaban montañas flotantes. No había zona en la clínica desde la que no se pudiese ver el mar y el cielo, ni si quiera en aquellos inescrutables pasillos, ya que si se fijaba bien, lo podía ver allí al final. Los pasillos eran uno de los tres únicos tipos que había en la clínica. Los otros dos eran las habitaciones con escritorio y cama u un tercer tipo, una especie de sala de reuniones, con montones de sillas y una mesa en el centro. En estas habitaciones, en ocasiones, había personas; curiosamente siempre más de una, aunque ahora se encontraba solo ella. Si tan solo él estuviese aquí...

“¡Hola!”

Al parecer, sin darse cuenta, mientras estaba ensimismada en sus pensamientos, había entrado en la sala un niño de unos 5 ó 6 años. Le resultaba familiar pero no sabría decir exactamente a quién le recordaba. En cualquier caso, se sobresaltó al sentir que la abrazaba, aunque al instante siguiente se sintió como en casa entre aquellos brazos tan suaves. Además, olía muy bien, como a hierva mojada, días de lluvia en casa, antes de conocerle y que pasase todo. Mamá y papá, el jardín. Y de repente, aquel abrazo. La última persona que le había abrazado fue él. Pero por alguna extraña razón, este nuevo abrazo le parecía mejor, como si se pudiese medir el valor de un abrazo.

“Te estaba esperando, ¿por qué has tardado tanto?”

¿Tardado? ¿Cómo sabría que vendría? Y de todos modos, ¿cuánto tiempo llevábamos aquí? Porque en la clínica no había relojes, y aunque al principio había intentado contar las noches pasadas, pronto se dio cuenta que era algo innecesario.

“No demasiado, pero como ya te has dado cuenta, aquí no hay tiempo, así que no te preocupes.”

Aquel niño le sonreía con una sonrisa gigante, haciendo que toda la cara sonriese. La verdad es que tenía un sonrisa preciosa, y junto con aquel tono de voz, que parecía acariciar cada palabra, le quitó toda la duda, aunque seguía preguntándose cómo sabía lo que estaba pensando, pero supuso que lo debió expresar con la cara. ¿Quién sabe?

Pronto entablaron conversación como si se conociesen de toda la vida, hablando de trivialidades al principio para poco a poco tratar las causas de su estancia en la clínica. El niño le contó que no recordaba mucho de su pasado, sólo que tenía una hermana mayor y que le había abandonado hacía algún tiempo, desde entonces se encontraba en aquel lugar, odiando a todos y a todo. Cuando supo la historia de aquel pequeño ángel, la chica se sintió muy triste y a la vez, grande mente contrariada; con ella se comportaba de forma tan cariñosa que le costaba imaginar al niño odiando, le parecía que ese sentimiento era demasiado horrible para si quiera existir en tan puro e inocente.

¿Así que odias a todo el mundo? Realmente no te puedo creer.
Pues así es.
¿Puedo preguntarte por qué?
Porque la única persona que me quería me abandonó.
Pero el mundo es muy grande, y aunque sé que habrá momentos duros, también puedo asegurarte que otros buenos vendrán ¡ya verás!
¿De verdad? ¿Estás segura?
¡Si!
Pues entonces, abre los ojos.

Y entonces los abrió. Una fluorescente luz blanca le cegaba y por primera vez desde hacía mucho sintió su cuerpo, cada una de las partes de su carne. Y le dolía. De nuevo se encontraba en el coche. De nuevo, él estaba a su lado. Y ahora sabía que no era el final, si no el principio.

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