El duelo cruel por los muertos ajenos

hada
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Es uno de esos días en que todas las canciones tristes hablan de ella. Temprano empezaron a llegar los muertos. Jueves, y no hace más que morir gente.

Baja las escaleras del Gregorio Marañón sofocada por tanta carrera de batas blancas, tanta camilla y tanta sirena. La gente se agolpa, buscando parientes o amigos, con las baterías de los móviles ya cansadas de llamar a gritos a sus hijos, hermanos, a sus maridos.

Una muchacha con un micrófono y mucha prisa le detiene.

—Señora, un minuto. ¿Está buscando a algún familiar?

—No… Mi marido ha muerto.

—¿Entonces lo ha encontrado aquí? ¿Estaba en Atocha…?

—No. Un accidente de tráfico. Eso me han dicho…

—Ésta no vale —dice la periodista con un mal disimulado gesto de frustración. Ella y su cámara escolta van a preguntar a otra mujer que lleva horas buscando un nombre entre las listas de heridos o de muertos, inventario funesto hecho con más bondad que celo profesional, mejor para el consuelo que para la información, que crece de hora en hora. Ella no busca, “ella no vale”, ella sabe dónde está el cadáver de su marido, sabe incluso dónde ha estado de viaje esa semana, y los fines de semana del mes pasado, y las vacaciones de el último verano cuando no pudieron ir a Calpe porque él tenía “un jaleo enorme en la sucursal de Lisboa”. Lo ve ahora, descubierto al desaparecer todas esas ausencias y excusas medio creídas con un timbre de teléfono que sonó a campanario tocando a muertos.

Esa puta debía tener veinte años, veinte.

—Su marido se estrelló anoche contra la mediana de la autopista, a mucha velocidad —dijo el médico—. Hacemos lo que podemos por él, pero no quiero darle falsas esperanzas; está muy grave —eso fue de madrugada. Tres segundos después el medico, a punto de escapar en pos de sus tareas pasillo abajo, se volvió y dijo:

—Ah, la chica que le acompañaba. No la hemos identificado aún. No hemos podido hacer nada por ella…

Y luego empezaron a llover muertos. Durante tres segundos había rezado por la vida de su marido, luego, tal vez por indiscreción de los facultativos, supo que habían encontrado parte de él en la laringe de ella, y pidió que no sobreviviera, y al final todo se llenó de muerte y le costaba esfuerzo recordar muy bien qué hacía allí, saber cual era la actitud apropiada en esa situación. Permaneció estorbando y preguntándose cómo debía comportarse, intentando encontrar el sentimiento correcto. Muy difícil encontrar ese punto medio entre el desconsuelo y la dignidad. Las gafas de sol y la postura tensa siempre ayudan.

A cada minuto tropezó con alguien que sufría o que aguardaba, o que pedía auxilio o que rezaba, mientras ella no veía su lugar. No se sentó, ni quedó en pie, ni sufrió un desmayo, ni rió, ni lloró como lo hacían todos allí. Se limitó a permanecer. Tenía años suficientes como para conocer bien la muerte y los efectos que produce en los vivos. La amargura de los que acuden a un sepelio no es como ésta que ahora le rodeaba, no chilla tanto, no invade, no avergüenza una vez, y otra vez más, por sentir vergüenza de la vergüenza sentida.

Salió el médico.

—Lo siento mucho, pero ya llegó muy mal aquí. Demasiada velocidad, no llevaba cinturón y el volante… además de varias amputaciones, no solo la de… En fin, en estos casos es muy poco lo que podemos hacer. Discúlpeme, ya ve como están las cosas, hay que atender a mucha gente… —se fue tras los muertos de otros, ignorando en la premura los ruegos de una y otra enfermera que le recordaban sus obligaciones burocráticas para con el cadáver, olvidando por siempre a su marido en el marasmo de urgencias que le desbordaban. Y ella quedó molestando, recibiendo codazos y disculpas apresuradas de enfermeros y voluntarios. Mirando el montón de gasas sangrando en el suelo, sobre la cama, sin querer concretar la vista en sus restos. Restos amputados. Por un instante que le supo a dicha, a felicidad ante el retorno de sus emociones que en la boba espera de antes creía haber perdido, sus ojos se humedecieron. Un poco, sin llegar a llorar. Qué dolor tan pequeñito, en medio de todo aquello.

¿Y por qué va a sufrir? ¿Con qué derecho? Unos hijos de puta han reventado trenes llenos de gente por todo Madrid y, al tiempo, una zorra de veinte años se metió la polla de su marido en la boca mientras él conducía un deportivo ridículo y lo ha matado. ¿Cómo se puede sentir nada por un patético adultero muerto y su golfa, mientras el aire se llena de tanto dolor y de tanta rabia? En una ciudad inundada de viudas indignadas, de viudas aterradas, ¿qué luto puede lucir ella?

Nadie le molestó mientras miraba sin mirara el cadáver. Nadie hacía caso a su muerto. Alguien de autoridad soltó un: “¡sacad esa camilla!” que no fue atendido, la sanidad madrileña se veía superada, ninguna previsión hospitalaria podía esperar esto.

Se acercó. Miró un segundo el rostro entubado y contuso, y se fue. No lo reconoció, apenas tenía rostro que ver, cara a la que recriminar. Ni llanto, ni risa, ni gritos.

Ahora está fuera del hospital, y el tumulto al que es ajena sigue torturándola. De muy niña, recuerda, llegó a un nuevo colegio y se esforzó como dijo Mamá por tener amigas, por ser agradable y buena. Pronto descubrió que todas las niñas eran partícipes de algún secreto pueril, en un idioma adolescente y privado, frontera infranqueable, aduana estricta hacia su amistad, un enigma que ni conocía ni se le brindó la oportunidad de conocer. Y se quedó sola, por miedo a preguntar. Igual que entonces, esa gente en la calle, esa ciudad, comparte un sentimiento. Afectados o buenas personas impulsadas por la caridad padecen el mismo dolor; y ella tiene otro, más pequeñito. Qué dolor tan pequeñito.¿Es dolor u otra cosa? ¿No es más ira que pena?

—Dicen que son más cien muertos —dice una señora, llorosa, que le agarra por el brazo. La gente se aborda sin protocolo alguno, unidos por la desdicha universal que a todos conmueve menos a ella—. ¿A usted le han dicho algo…?

—Sí… mi marido… no ha muerto en el tren… tuvo un accidente de tráfico.

La mujer se aparta, mirándola por un momento como quien mira a un intruso. Éste no es su lugar, hoy no es su día. Hoy sufrimos por las víctimas del horror, no por el sinvergüenza de su marido, señora, haga el favor de no mezclar sus mezquindades con el dolor limpio de la buena gente.

—Hijos de puta —dice alguien entre dientes, y claro que lo son. Tan hijos de puta que a bombazos le han arrebatado la pena por su esposo difunto, han transformado su legítimo duelo en burla. No cabe esa estúpida desgracia entre tanta bolsa de plástico alineada. Tan cabrones son que le han quitado la rabia por esa puta, que vaya usted a saber desde cuando se acostaba con él. Desde siempre. Veintidós años de matrimonio suenan ahora a penitencia de no sé qué pecado, a condena, a muerte sin resurrección. No sabe estar sola, y lo ha estado siempre. Él permaneció junto a ella por lástima, o por costumbre. Si no, ¿cómo se explica que tenga que irse con niñas a la cama? Si la quiso un poco, si sintió un mínimo afecto por la persona que dormía junto a él, era por hábito, ahora lo veía bien. Ella quiso ser su novia, ella pensó que debían casarse, ella decidió tener a los niños; él sólo se encogía de hombros. Siempre estuvo sola.

Tampoco es justo, no tiene derecho a temer esa soledad cuando cientos de personan lo han perdido todo. Quién sabe cuantos deseos y esperanzas se han roto esta mañana de modo más contundente que los suyos.

Hijos de puta. Tan hijos de puta que como remate hasta le han despojado el bochorno de la cornuda. Ni siquiera provocará risa entre sus conocidos el saber que su marido, ese hombre tranquilo, repartidor de juicios morales y católico practicante, frecuentaba putas quinceañeras. Quién se reirá hoy. Los asesinos han volado trenes de cercanías en la hora punta y a la pobre Julia, a la patética Julia, la ponían los cuernos; no hay corazón que se indigne o sufra, o sienta odio o malestar por eso. Una cerilla en medio de un incendio.

Dios mío, qué sola está. Qué vacía. Tendría que llamar… a su hermana, a su hija. Señor, tiene que contárselo a su hija.

—María, cariño. Papá…

—¿Iba en…? Ay…

—No, no. Es otra cosa —otra cosa muy distinta. Se arregla el traje, no está mal, para haberse vestido tan aprisa. Se seca lágrimas que no tiene y vuelve sobre sus pasos. En el maremágnum de policías y ambulancias ve al médico que lo atendió y se dirige a él.

—Doctor, mi marido… ¿tengo que…?

—Señora, por Dios, estamos muy ocupados… mire, vaya a allí, donde están los de Protección Civil y ellos le indicarán, no puede estar aquí… comprenda… —no la ha reconocido. El hombre anda salvando vidas y certificando muertes, ¿cómo va a recordar a la viuda cornuda esa? Por Dios, señora, con lo que ha pasado, algo terrible, importante. Por Dios.

Sigue camino hacia el hospital. Policías y demás personal tratan de organizar. Aún resta mucho caos, suficiente para que ella entre. No intenta estorbar ni entrar por donde no debe; camina sin que nadie la toque ni la mire. Es la mujer invisible, no tiene derecho a estar allí, y nadie la ve, nada la interrumpe.

Él sigue igual. Tendido, solo, muerto. Vuelve a mirar su rostro, empieza ya a olvidarlo y esa máscara de sangre no ayuda. Tiene la chaqueta en el suelo, rasgada. La recoge. La cartera. Una foto de ella y los niños. Otra de María ya mayor. Qué felices parecen. En el pasillo, tras los biombos que aíslan al adultero de el resto de los muertos dignos, empiezan a abundar las camillas con cuerpos inertes, bolsas negras, muchas bolsas negras, otros cubiertos solo por sábanas decoradas con espantosas manchas. Muchos de esos hombres, alguno al menos, puede que también mientan a sus mujeres, ¿no? Alguno sería una mala persona, claro que sí, alguno habría engañado a sus novias, robado… puede que violado o matado, ¿por qué no? Por que esa puta de la muerte absuelve a todos menos a su marido. Si te vuela una bomba de un hijo de puta eres un santo, si una puta te arranca la polla de un bocado eres despreciable, no importa… Suena su móvil. Es del trabajo.

—¡Julia! Por fin lo coges. Estaba asustada. Te he llamado lo menos…

—Las líneas deben estar colapsadas. Con lo que ha pasado.

—Por eso estábamos tan preocupados aquí. ¿No has pasado por Atocha, verdad?

—¿Eh…? —coge la camilla, aparta los biombos.

—Que no venías en RENFE, digo, como a veces… Diego no se llevó el coche.

—¿Eh…? —las ruedas hacen un ruido extraño al moverse, uno pequeñito, como su dolor.

—¿Qué te pasa? Te noto rara, claro, con lo que ha pasado. ¿Diego ha llegado ya? ¿Has hablado con él?

—No… él… venía en tren.

—No me digas… Dios, Julia. No puede ser. No… no estaba…

—Sí.

Interplanetaria

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