El escritor de diarios

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Imaginemos una ciudad. De noche. Muchos edificios a diferentes distancias y distintas alturas. Los más altos evitan que veamos a los más bajos. Uno pequeño queda encajonado dentro de otro mayor. Una ciudad desordenada pero rectilínea. Dividimos los edificios en ventanas, también cuadradas. La mayoría oscuras, con las persianas bajas o distinguiéndose, tenues, las cortinas. En otras ventanas, las menos, hay luz.

Centramos la mirada en una de éstas. Es un quinto piso de una gran torre. Una mujer sentada en una mesa camilla, con la mirada perdida en el salón de su propia casa. Los niños duermen, el marido duerme. Se levanta, mide la altura del sofá y toma nota en un folio doblado aproximadamente por la mitad.

También en primer plano, en otro edificio que hace esquina, un gran ventanal iluminado permite observar a un hombre de mediana edad, con ropa de calle y con zapatillas de andar por casa. Se inclina con una regla sobre una gran mesa blanca también desnivelada. Con la mano izquierda coloca la tablilla y con la derecha traza una línea.

Al fondo se ve otra ventana. Abierta y con luz intermitente. Dentro una joven repasa unas natillas mientras ve la televisión. Los compañeros de piso duermen. Ella ha decidido, por segunda noche consecutiva, levantarse de su cama e ir a la sala. Trata de conciliarse así con el mundo, para ver si éste le contagia, de algún modo, su sueño.

A la izquierda, otra luz. Una habitación pequeña, donde una raquítica mesa de escritorio da cobijo a un escritor de diarios. La luz la aporta un flexo. El escritor de diarios enciende la iluminación de la mesa y después, poco a poco, las demás se van apagando. Queda útil tan sólo una esfera de algo más de un metro, donde se sumerge en su propia realidad. Las notas se precipitan vertiginosas sobre la libreta. El escritor de diarios siempre llega hasta el borde del abismo. No puede ser de otro modo. Llega hasta el límite y se asoma. Decide tirarse y vuela sin pensar que algún día puede dejar de hacerlo.

El escritor de diarios tiene una ventana que da a la calle. Desde ella se arroja a la acera como un fantasma. Divaga. Invisible, camina con la compañía de los que cada vez están más lejos: Los coches, los peatones, los perros, los neones…

En toda ciudad hay siempre un escritor de diarios. Por la mañana camina escuchando música con los cascos en las orejas y la mirada perdida. Dentro del autobús le gotea el lagrimal. Por la noche escribe lo que sólo son capaces los más grandes. Bipolar, se debate entre ser uno de ellos o el mayor de los ingenuos.

Cierra la libreta, se asoma a la ventana, la mete en un cajón, enciende la luz de toda la habitación, apaga el flexo, se mete en la cama, ve unos segundos hacia el techo y, por último, estira la mano para accionar de nuevo el interruptor que le deje, por completo, a oscuras.

Interplanetaria

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