El putañero integral

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Apasionado por la lectura desde niño, George MacDonald Fraser fue saltando en su aprendizaje desde clásicos como La época escolar de Tom Brown hasta novelas históricas y de aventuras que despertarían una llama de pasión en su espíritu. Pero pronto descubriría –sin haber cumplido aún los veinte años– cómo su experiencia real de soldado en la India durante la Segunda Guerra Mundial distaba mucho de la de aquellos héroes recios y honorables que le habían seducido. La vida real resultaba no ser circular como en aquellas lejanas novelas y, para colmo, tuvo que ver cómo la durísima campaña de su regimiento frente a los japoneses era casi olvidada por la Historia frente a otros episodios inmortalizados una y otra vez en novelas y películas.

Estaba claro que si el Imperio andaba sobrado de héroes y cantos a sus victorias, le faltaba alguien que diese fe de sus derrotas, un testigo para esos héroes que sucumben en guerras que se olvidan y que sacase a la luz a todos los sinvergüenzas que medran en los conflictos.

Si había que retratar el momento de mayores miserias del imperio, ¿qué mejor que buscarlas durante su mayor apogeo? Decidida así la época victoriana, un marco inmejorable para narrar aventuras en casi cualquier rincón del globo bajo la sombra de Union Jack, quedaba moldear la figura del protagonista y testigo.

Afín a lo vivido, y sabiendo que los más valientes suelen ser los primeros en caer, Fraser necesitaba a alguien con dotes de supervivencia. Ya que había visto cuán fácilmente podía rebajarse un hombre a la condición de bestia, buscó por entre el reino animal y extrajo las características más comunes a todo buen superviviente: instinto de conservación, capacidad reproductora y velocidad de fuga.

No era necesario más para salir de una pieza de las peores peripecias, aunque sean en parte provocadas por el inoportuno empleo de estas cuestionables virtudes. El ímpetu reproductor puede acarrear muchas aventuras cuando hay de por medio maridos orgullosos, amantes celosos o reinas salvajes y ninfómanas.

Si siglos de novelas habían popularizado la figura del héroe de gallarda figura, nuestro protagonista sabría muy bien aprovecharse de que la ignorancia general diese el opuesto por seguro: que los hombres con planta de héroe necesariamente lo son. Si ante la sociedad no sólo era necesario ser honesto, sino era más importante demostrarlo, nuestro hombre economizaría esfuerzos y se limitaría únicamente a aparentarlo. Si tenía la desdicha de estar en todos los grandes desastres del ejército británico, desde la retirada de Afganistán hasta la carga de la brigada ligera, no sólo sabría emplear sus mejores cualidades para ser el único en salir vivo, sino que también sabría sacar ventaja de ello en la forma de prestigio, dinero y, por tanto, mujeres.

Faltaba un nombre para semejante individuo fullero y rufián… cualquier cosa antes que héroe. Y pensando en impresentables, Fraser recordó a un personaje secundario de aquella novela de su juventud, La época escolar de Tom Brown: Harry Flashman. Al fin y al cabo, a veces la historia sí que podía acabar siendo circular.

Óscar Cuevas

5 Opiniones

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  • maria
    on

    Me leí el primero de sus libros, y aunque reconozco que en lo que se refiere a documentación histórica es preciso como pocos, y que el tal Fraser sabe narrar, he de clamar aquí mi más absoluta repulsa por ese personaje de Harry Flashman y su cohorte de seguidores.

    Es un putero, violador, asesino, sinverguenza de lo más deleznable que atenta reiteradamente contra la imagen de la mujer. No puedo más que recordar con asco diálogos como éste:

    -A mí también me expulsaron de Rugby, señor.

    -¡Dios bendito! ¡No me diga! ¿Y por qué razón, señor?

    -¡Por embriaguez, señor!

    -¡No!¡Qué barbaridad!¿Cómo se puede expulsar a alguien por eso? Acabarán expulsando a los alumnos por violación.

  • ozu
    on

    ¿Y qué tiene de malo?

    A mí me hace gracia el diálogo y no comparto la postura de esos dos. Se trta de un diálogo coherente con esos dos tipos.

    Suéltale ese rollo de ataque contra la figura de la mujer a la traductora. Sí, has leído bien: la traductora.

    Y es una muy buena traducción, por cierto.

  • jon
    on

    Vamos a distinguir dos cosas: una es la calidad de la narración y otra que se compartan los valores morales de los protagonistas. Una cosa no quita la otra.

  • Ymir
    on

    Con todos los respetos: si una novela ha de adaptarse a catecismos o idearios, como algunos pretenderían, apañados estamos. Esto lleva al final a la censura

  • churno
    on

    ¿En serio? Ja,ja,ja,ja… ahora sí que me han entrado ganas de leérmelo. ¡Ah! ¡Cuánto añoraba protagonistas así, sin complejos, fuera de lo que es políticamente correcto! Creo que será divertido.

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