Formación presencial

hada
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El aula permanecía iluminada únicamente por la mortecina luz del retroproyector, que proyectaba sobre la pared blanca un esquema general sobre barreras de la comunicación: la última parte de su ponencia. Ni siquiera se había molestado en pulsar el interruptor de la luz cuando sus alumnos se despidieron con el habitual “Hasta mañana”; estaba agotada.

Colocaba con meticulosidad su material de apoyo a las explicaciones sobre la mesa de conglomerado, cuando él llegó hasta la puerta. Eran rotuladores de diferentes tipos: fosforescentes, de punta fina, especiales para pizarras velleda, para rotafolios; varias barras de pegamento, que por lo general pegaban poco o nada; unas tijeras, una grapadora, un botecito de corrector reseco, dos rollos de cinta adhesiva de las usadas por los pintores de brocha gorda; y un paquete, aún sin abrir, de post-it tamaño pequeño. Le esperaba; sabía de algún modo que él aparecería, más aún sabiendo que el compañero de ambos se había marchado a casa.

No quiso girarse. Quería aparentar serenidad, parecer fría; aunque un calor intenso empezó a bullir por todo su cuerpo recorriéndole de forma electrizante justo en el mismo momento que sintió sus pasos por el corredor, su presencia turbadora junto al quicio de la puerta.

Él no dijo nada; la observaba en la penumbra mientras situaba los rotuladores por categorías dentro de una caja de cartón. Empleaba la tapadera de una caja de folios, en cuyos laterales se había añadido una etiqueta con el nombre del aula en letras enormes. Aquella semi oscuridad le provocaba una morbosidad inquietante. Y es que la situación en conjunto le resultaba excitante: el lugar de trabajo convertido en una especie de lupanar consentido, donde una mesa podía transformarse en un triclinio enfocado únicamente para el sexo; las sombras, capaces de originar en los partícipes del concubinato las percepciones más picantes; la más que plausible aparición de algún inoportuno en busca de algo intrascendente…

La camisa que llevaba ella dejaba a la vista su cuello sonrosado e imaginó su tacto sedoso mezclado con el aroma natural de su piel. Él dilató sus fosas nasales para atrapar con su olfato el bálsamo primaveral que desprendía su ropa debido al suavizante de fragancias florales que utilizaba. Se había hecho tan familiar a aquel perfume que le resultaba extraño no respirarlo.

Se aproximó a ella lentamente, con los ojos rebosantes de deseo. Ella percibió su presencia acercarse; la respiración de ambos se aceleró. Él alzó el brazo y, sorteando los leoninos cabellos, acomodó su mano de dedos sarmentosos en el hombro de ella. Ella cerró los ojos inhibida por el tacto cálido de los dedos y reclinó su cuello completamente desmadejada. Los largos dedos comenzaron a ejecutar una danza trémula por ambos hombros, el cuello y la nuca; únicas partes que la holgura de la camisa hacía accesibles. La piel de ella comenzó a transformarse y a adquirir una apariencia puntillosa; sintió cómo se le ponía la piel de gallina. El vello empezó a erizársele, adquiriendo cada uno de sus cabellos una existencia propia que les obligaba a enroscarse sobre sí mismos. Las espiraciones se hicieron más sonoras y ardientes.

Finalmente él la besó en el cuello egregio, un beso profundo y húmedo. Ella sintió el empapamiento de sus labios carnosos, que iban dejándole una estela imborrable en su sensitiva epidermis. Gimió.

Las grandes manos se desplazaron hacia las caderas, apretándolas con fuerza. Él levantó la camisa abriendo hueco para prolongar el goce del tacto. Las manos continuaron subiendo por ambos costados mientras los labios y la lengua seguían trabajando con suavidad en cuello y hombros. Ella percibía cómo las yemas de los dedos se encajaban entre sus costillas y recorrían los carnosos intersticios con una mezcla de sensualidad y dulzura. Finalmente, las manos de él enfilaron a los pechos.

Los finos dedos iniciaron el reconocimiento del sostén de encaje color rojo; contornearon la copa para luego centrarse en el bordado. Los besos en el cuello comenzaron a adquirir mayor intensidad. Ella, a cada contacto de los labios y la lengua con su piel y el masaje al que estaban sometiendo su cuerpo, se sentía más vulnerable y perdida. Al unísono, ambas copas fueron estrujadas y masajeadas con fruición. El gemido se intensificó. Ella no pudo aguantar y giró su cuello buscando los labios de él. Los ojos, entreabiertos, expresaban un deseo irremediable e incontenible. Las lenguas entrechocaron nerviosas, recorriéndose extasiadas, intercambiando su sutil humedad; en ese momento, el calor que ambas bocas propalaban no hubiera podido sofocarse con cientos de retenes de bomberos.

Los dedos masculinos terminaron por esquivar las copas y se posaron en los pechos. Eran pequeños y suaves; de aureolas pequeñas y pezones juguetones. Los masajes eran bruscos pero no alcanzaban una violencia exagerada. A ella, aquello le excitó todavía más y, en los escasos momentos en los que las bocas no se unían, jadeaba con continuidad; unos jadeos vaporosos y pasionales. La humedad que empezó a brotar de su interior se acrecentó cuando una rigidez inició el tanteo de sus glúteos. Sintió la verga acerada expedicionando impaciente su trasero redondeado. Esos frotamientos circulares le pusieron más excitada aún, por lo que sus besos se intensificaron sobremanera y sus contoneos se adaptaron al movimiento que ejecutaba su partenaire.

Él, con cada beso, notó cómo la sangre se agolpaba en su pene, el cual comenzaba a crecer en desproporción, sensación que se aceleró en el momento de sentir el tacto suave de los pechos entre las manos. La hizo girar y situarse frente a él. Acarició su barbilla con el envés de los dedos. No dejaba de mirarla, mientras que ella, con los ojos cerrados, dejábase manejar al ritmo de las caricias, asimilando el placer que le ocasionaba el contacto del ligero vello de las falanges con su piel. La mano de él se desplazó hacia las mejillas y las cejas, siguiendo su contorno perfilado. Índice y pulgar investigaron sus labios; ella abrió la boca y, condescendiente, permitió que penetrasen en su interior para caer en la trampa de su lengua. La humedad del apéndice en sus dedos provocó que él emitiera un sonoro resuello. No pudo resistirse y besó la boca de ella con un ímpetu desmedido. Una fuerza inconsciente les empujó hacia la mesa, hasta que se toparon con ella.

Una mano femenina palpó el miembro erecto. Lentamente él comenzó a descender, restregando el rostro por todo su cuerpo. Cuando alcanzó su cintura no tardó en entretenerse en desabrochar los botones del pantalón; maniobra en la que nunca había sido muy diestro. En esta ocasión los dedos fueron guiados por una energía que los hizo desenvolverse con una agilidad casi mística. Ella estaba deseosa de que le tocase, de que sintiese su íntima humedad. Lo hizo sin rodeos. Introdujo su mano derecha entre la ropa interior: un tanga finísimo a juego con el sostén, que dejaba traslucir las suaves estribaciones de su monte de Venus. Palpó su pubis. Estaba finamente rasurado, pudiendo apreciar que formaba un delicado y pequeño triángulo un poco por encima de la vagina. La expectativa que generó en ella aquel contacto, hizo que ésta cerrase los ojos nuevamente. La mano descendió buscando el jugo más preciado. Una cálida humedad amparaba el sensual jugueteo del apéndice. Dos de los dedos intentaban localizar el clítoris mientras que el resto acompasaban y equilibraban el movimiento. Lo hallaron de inmediato y un gemido descontrolado lo corroboró. El frotamiento la llevó muy lejos, a un lugar amparado por la lujuria y el placer. Una de sus manos agarró la muñeca de él para acompañar el lascivo movimiento, incluso logró aumentarlo. En un instante, ella se alzó sobre la mesa con un minúsculo salto para buscar una postura más cómoda.

Él le desabrochó los botones de la camisa para poder contemplar todo su cuerpo y, en especial, el busto que tanto le desconcertaba. De los besos en el cuello se pasó a un nuevo asalto a los senos; pero esta vez fueron los labios y la lengua los que ejercieron como fuerza de choque. Levantó las copas del sostén con suavidad para, posteriormente, besar, lamer y mordisquear ambos pechos, concentrando su impulso en estimular los pezones. A ella, aquello le sobreestimuló, alcanzando una nueva sensación de disfrute. Las manos acariciaban cada centímetro de piel, pareciendo no dar abasto a las necesidades que ella demandaba. En su recorrido táctil no pasó por alto ningún lunar, ningún pliegue, ninguna marca, que fueron acariciados con ternura. Él no tardó en descender y besar con lenidad su estómago, para introducir después su lengua en el hueco del ombligo. A ella no le gustaba que nadie le tocase en esa parte de su cuerpo; se sentía incómoda. Había impedido, incluso, en alguna sesión de masaje, que el fisioterapeuta al que acudía para mejorar sus dolores de espalda pudiera ejercer su labor profesional sobre dicha parte. Pero en esta ocasión no fue así; al contrario. Encontró un placer añadido cuando el músculo bucal de él trabajó su vientre. En ese momento los cabellos de él fueron agarrados con vigor por unas manos nerviosas. Él enfiló más abajo, explorando con su lengua. Llegó hasta el vello púbico y empezó a hacer pequeños círculos con su poderoso apéndice nasal. Aspiró su olor, dulce y floral, como el de un bebe. Un gemido harto placentero fue emitido cuando finalmente posó su lengua en el humedecido clítoris. El jugueteo del rugoso apéndice continuó, ejecutando lametones desesperados que hacían que ella desfalleciera de placer. Sus cabellos estaban siendo estrujados a cada rozadura de su lengua contra el sexo femenino; los agarrones le atraían con energía hacia ello, impidiéndole apartarse. En un esfuerzo pudo retirarse y ponerse en pie. Ella, mirándole a los ojos, se abalanzó para palpar su miembro erecto, el cual abultaba en demasía su pantalón, y masajearlo. Comenzó a desabrochar los importunos botones e introdujo una mano templada en el hueco recién abierto. Topó con un calzoncillo tipo boxer que se ajustaba perfectamente a su anatomía delgada. El pene estaba tieso como un vergajo. La mano, por encima de la prenda interior, lo acarició con intensidad. Él entornó su mirada, para cerrarla seguidamente cuando alcanzó a notar cómo la mano de ella se deslizaba hasta el mismo pene. Los dedos de ella agarraron con firmeza el miembro, que desprendía un calor infernal, y empezaron a agitarlo de arriba a abajo. La otra mano llegó a los testículos para masajearlos con suavidad.

En esta ocasión él era el que estaba fuera de sí, vencido por el ímpetu de su oponente. Ella se arrodilló para contemplar por un instante aquel generoso aparato. Lo escudriñaba con deseo; él no pudo evitar mirarla: le gustaba presenciar el desarrollo completo del acto sexual. Se derrengó completamente cuando sintió cómo la lengua de ella lamió la punta de su miembro. Continuó lamiendo toda la longitud de la verga, desde la punta de la misma hasta los testículos, y viceversa. De seguido se introdujo el glande en su boca para juguetear con ello; al tiempo, su mano empezó a masajear sus testículos y agitar rítmicamente el pene buscando el maná de su interior. El brillo de la saliva depositada en el glande le trajo remembranzas de película pornográfica, trasoñándose como estrella del género.

Ella hubiese continuado hasta el final; pero él no se lo permitió. Ambos eran generosos llevando el placer a su pareja. Le invitó a ponerse en pie para besarla nuevamente en la boca con un impulso descomedido. La tumbó sobre la mesa; al suelo cayeron con estrépito los rotuladores que tan meticulosamente habían sido emplazados y una serie de transparencias, que se desparramaron por toda la estancia. Pese a desarrollarse gran parte del juego erótico, los dos estaban casi como al principio: vestidos parcialmente. Los pantalones únicamente habían sido bajados hasta las rodillas. Tumbada sobre la mesa, ella consiguió zafarse de ambas perneras de su pantalón, sacándoselas por los tobillos. De seguido repitió impetuosa la operación con el tanga, dejando a la vista su pubis evanescente. Ella le agarró con intensidad los glúteos atrayéndole hacia sí, a la vez que él apretaba sus muslos torneados. Se besaron nuevamente con fruición. El pene, aún contenido por el calzoncillo, rozó el clítoris ardiente. Él apercibió cómo la prenda interior se emponzoñaba con el jugo del deseo.

–¡Penétrame! –suplicó alevosa.

Él se deshizo del calzoncillo, última barrera entre los dos sexos, y dejó asomar su verga endurecida. Él ángulo era el perfecto y se dispuso a complacerla. Las piernas de ella estaban abiertas permitiéndole complaciente su desnudo. Enfiló la vagina sin tapujos, penetrando en una tibieza embriagadora. Fue guiado por una senda invisible e innata, una senda establecida desde el principio de la creación, una senda establecida desde que existían hembras y machos. El grito de placer emitido por ella le consoló. Sus bombeos se hicieron más potentes, al tiempo que los gemidos se intensificaron. Ella se erguía en ocasiones para acomodarse mejor y gozar de las diferentes sensaciones que le proporcionaba la inclinación del órgano masculino. En estos acercamientos ella no dejaba de indagar en sus labios. Los gozosos movimientos y las palabras salaces de las que ella hacía gala le excitaron. Buscaba darle placer.

–¡Me encanta que me folles! –afirmó procaz.

Ambos formaban un ángulo recto casi perfecto: ella tendida sobre la mesa y el de pie, sosteniendo ambas pantorrillas por las corvas de las rodillas. Ella le transmitía una seguridad incomprensible, facilitándole su actuación en aquella situación tan peligrosa.

En un ramalazo de lascivia, salió de ella para besar su boca. Ella quedó sorprendida al perder la mística sensación del pene en su interior. Él la puso de pie y de espaldas. Ella adivinó sus intenciones y facilitó su deseo, apoyando sus brazos sobre la mesa. Pensar en lo que quería y anticiparse a ello le puso más excitada. Tenía una fantasía erótica que no había realizado aún: hacerlo de pie y dando la espalda a su pareja, en un campo y a plena luz del día, a la vista de cualquier paseante. Imaginar su fantasía duplicó su excitación. A él, aquella postura quizá fuese la que más le estimulaba. Tener ante sí la plenitud de los glúteos le maravillaba.

La diferencia de alturas no fue un obstáculo para ejecutar la maniobra. La envistió con firmeza. Ella, sobreexcitada por todo aquello, casi logró alcanzar el orgasmo con la simple penetración. El orgasmo lo obtuvo con los siguientes envites, un orgasmo prorrogado por la acción de él, que seguía bombeando con intensidad. En sus bombeos veleidosos entrelazaba la impetuosidad y la rapidez con la ternura y la lentitud. Los cambios de ritmo hacían en ella crecer su pasión y su necesidad por alcanzar un nuevo orgasmo.

–¿Te gusta así? –preguntó intrigado.

–Sí; me encanta –resopló.

Él agarraba sus caderas tibias con fortaleza, acompasando sus envites con la inercia de sus brazos. El tacto de las manos de él, sólidamente asentadas en sus caderas, le estimulaba muchísimo; se sentía manejada por la lujuria. En ocasiones, las manos abandonaban su posición para agarrar las nalgas, acariciar la espalda o asir los pechos. La visión de los glúteos rebotando contra su pubis le incitaba a acelerar sus embestidas. El pene salía y entraba con facilidad de la vagina, bruñido por los flujos que emitía el interior de ella.

–¡Voy a correrme! –avisó al borde del paroxismo.

En ese momento, ella le obligó a que saliera de su interior. Él se quedo desconcertado, más aún al comprobar cómo ella se arrodillaba ante él para introducirse el pene en la boca. No pudo dejar de mirarla. La felación, ayudada por un masaje testicular, tenía como objetivo extraer la preciada sustancia ambarina. En el mismo instante de la eyaculación, él pretendió apartar el rostro de ella; pero ella se negó. Con sorpresa, apreció cómo ella recibía el elixir con deleite, tragando cada gota expulsada. La lengua caritativa jugueteó con el glande y recorrió gustosa el resto del pene.

–Me encanta tu sabor –le informó con placidez.

Él no dudó y la hizo ponerse en pie para besarla los labios, indiferente por la más que plausible posibilidad de catar su propio semen. Nuevamente, la tumbó sobre la mesa; pero en esta ocasión se dispuso a besar su sexo enrojecido. Ella no daba crédito: él quería que tuviese un nuevo orgasmo.

El músculo de él atacó con fruición la humedecida carnosidad. Lamía impetuoso la rugosidad de su clítoris, amarrado por la fiereza de las manos de ella, que asían sus cabellos atrayéndole hacia sí. Los gemidos elevaron su volumen hasta terminar en una apoteosis sonora cuando logró alcanzar el éxtasis. Un flujo caliente y denso se filtró entre sus labios, continuando sus besos cariñosos en el clítoris, la vagina, el pubis y el interior de los muslos, pese a conocer que ella había obtenido ya el orgasmo. Se besaron apasionadamente dando su aceptación de lo ocurrido. Cuando se deleitaban de ello, el eco de voces llegó hasta ellos. Como posesos comenzaron a vestirse para disimular lo más rápidamente posible cualquier conato de sexualidad. La puerta exterior a la calle se abrió y alguien penetró en el edificio. Seguían borrando cualquier huella sospechosa de la pasión precedente: peinándose los cabellos, abrochándose los últimos botones, colocándose las camisas en el interior de los pantalones…, cuando el rostro de una de las compañeras asomó por el hueco de la puerta.

–¿Qué hacéis? –indagó curiosa al encontrar únicamente la luz del retroproyector.

–Recogiendo esto un poco –aclaró ella–. Me estaba ayudando.

–Venga, vámonos.

Él apagó el retroproyector como epílogo de lo sucedido. Algo pasaba por su cabeza y ella lo supo al instante; creía conocerle bien. Lo que no sabía con certeza era el objeto de su devaneo; no podía imaginarse que él pensaba en cómo sería hacer el amor en la sala del otro edificio de aulas y que utilizaban como almacén. Allí sería más difícil que alguien les sorprendiese y podrían desarrollar con clandestina plenitud sus pasiones más recónditas.

Interplanetaria

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