Henedina

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Hace poco alguien se quejó de que teníamos el defecto acordarnos sólo de las cosas buenas cuando alguien moría, de que la muerte parecía igualarnos a todos sólo para lo bueno, de que si alguien era un cabrón la muerte no lo cambiaba. Yo le señalé que eso no era un defecto, que se imaginase que no supiésemos olvidar las cosas malas, que nuestra vida sería una mierda, que nuestra felicidad se construye a base de recordar sólo lo bueno y romper las fotos en las que no salimos guapos. Pero, ¿qué pasa cuando no tienes recuerdos valiosos?

Hoy se ha muerto Henedina, aquí al lado, a pocos metros y yo no sé qué recordar. Las conversaciones al cruzarnos eran siempre iguales, las mismas preguntas sobre quién era yo y de dónde había salido y sus historias sobre su hijo que es Guardia Civil y que le quiere mucho que te hacían pensar que desconfiaba de ti. Los gestos fueron siempre altivos porque yo era tan nuevo en todo que no tenía derecho a nada y ella era tan vieja como para olvidar las buenas maneras. Y aventuras sólo compartimos una el día que me la encontré tirada en el portal quejándose como un cachorro. Se había caído, algo le dolía y me pedía que la ayudase a levantarse pero no sé si ella no podía poner nada de su parte o simplemente no tenía ganas de hacer ningún esfuerzo porque sólo mascullaba quejidos que no conseguía entender. La situación era una mierda, intentaba tirar de ella y ella se quejaba, le decía que la iba a soltar para ir a buscar ayuda y se ponía a llorar, así que sólo podía estar allí agarrándola malamente por los sobacos con cuidado de no tocar nada que pudiese incomodarla aún si era ella la que lo ponía todo difícil. Y además olía super fuerte a meo, no sé si se habría meado.

Tuve la suerte de que al rato pasó el típico vecino que nunca está, que nunca lo ves, que tiene las persianas bajadas durante todo el año y apostarías un riñón a que en su casa no vive nadie y el día que te lo cruzas descubres que tiene una pinta demasiado normal como para vivir en una cueva. No sé si de principio intentó escaparse o simplemente pensó que lo que pasaba en el hueco de la escalera no era de su incumbencia, pero cuando lo llamé no dudó en venir y echar una mano. La agarró también él como pudo y se lo agradecí un montón porque llevaba un buen rato tirando de aquella mujer y me empezaba a doler la espalda. Es algo que siempre me ha llamado la atención, porque yo estoy gordo, pero también tengo las piernas fuertes, y tengo claro que si me pasase algo o me empezasen a fallar las piernas empezaría a pasar hambre para mantener la movilidad. Se podría decir que mi peso actual es una medida preventiva para que cuando tenga un apuro motriz, como en el chiste del león, pueda soltar el yunque para correr más rápido.

La cosa es que estando los dos allí pudimos hacer algo más. Lo primero fue ir uno a llamar a una vecina para que se pusiese en contacto con la hija de Henedina y plantearle si quería que la dejásemos allí tirada o llamábamos a una ambulancia; no quiero parecer cruel, pero es que ahora que me doy cuenta de que eso era lo primero que teníamos que haber hecho, llamar a una ambulancia, joder. Estaba claro que la señora no iba a subir a su casa por las escaleras y que tampoco se iba a mudar al portal. Seguro que es lo que habríamos hecho si no estuviese llorando como una niña todo el tiempo.

Mientras esperábamos que llegasen los refuerzos, la situación era realmente estúpida, dos vecinos que nunca se han visto medio agachados tirando por una señora que no había forma de saber si la estábamos aguantando en el aire, si estaba sobre sus rodillas o medio de cuclillas porque era algo así como un cubo y llevaba falda. Sólo sabíamos que allí olía a meo super fuerte y que estaba medio ladeada. Debo reconocer que el vecino se ganó mi respeto cuando dijo alto y claro: «Joder, cómo huele a meo aquí. ¿Se habrá meado?» Debería habérselo preguntado a la señora pero hacía rato que sabíamos que era imposible interactuar con ella porque sólo le interesaba mascullar quejas y lamentos. La cosa es que con su pregunta hizo que se callase un rato. Yo, que estaba un poco quemado, fui un cabrón y le contesté que no debía haberse meado porque el suelo parecía seco, con lo que conseguimos un ratito más de silencio. No sabría decir cuánto tiempo estuvimos haciendo la grúa. Yo llegué una hora y media más tarde de lo normal a casa, así que a saber cuanto tiempo estuvimos esperando hasta que llegaron la vecina, que se debió arreglar antes de bajar, y luego la hija, que vive cerca, pero no sé si se apuró especialmente. Y lo peor es que llegaron como un temporal, agitándolo todo. Ni un poco de educación, nada de agradecernos el estar allí con la llorona, sino que se pusieron a mandarnos cosas como si les debiésemos algo. Me puse enfermo y tenía ganas de mandarlas a todas a la mierda, pero bueno, el vecino había sido simpático y yo no soy tan malo, por lo que les ayudé con cara de haba.

Intentaron que la señora se pusiese sobre un taburete y entonces se descubrió que estaba arrodillada, lo que me hizo pensar que debía pesar un montón por el esfuerzo que teníamos que hacer para aguantarla. La hija le obligó a sostenerse ella sola y nos dijo que saliésemos a mirar si llegaba la ambulancia, no sé porqué no me fui directamente para casa, porque mientras nos asomábamos al portal, resulta que Henedina le estuvo comentando que se había meado o se estaba meando, algo así, porque la hija gritó que de ninguna manera la llevaría al baño antes de meterla en la ambulancia. Se ve la que la señora directamente pasaba de hablarnos. Luego ya llegó la ambulancia y nosotros, el vecino de la cueva y yo, estábamos por irnos cuando vi el aspecto de los que venían con la camilla y le dije que mejor quedarnos para echarles una mano porque la señora era bastante aparatosa y aquellos dos no iban a poder hacer nada. Los tíos sí que nos lo agradecieron, pero la hija, ya no digo la señora que iba en la camilla, ni siquiera se despidió. ¡Qué asco me dio!

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