La estación

hada
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El viejo caminaba, el paso tardo, la espalda encorvada; su mano, ayer tersa hoy arrugada, se cerraba sobre el puño del bastón. Hace frío piensa, aunque sol. Si, al sol se estará bien. Llega ya a su destino: la estación. Allí, sentados en los soleados bancos de piedra hay un grupo de ancianos. El viejo se sienta, todos se saludan y hablan de sus cosas.

– Hace fresco ¡eh!, parece que el verano se retrasa.

– Tengo dos nietecillos, un chico y una chica…

– El Madrid campeón oye, lo que yo te diga.

– Pero si está claro hombre, todos los gobiernos son iguales.

( Tren va )

– Venga ¿Echamos unas partidas?

– Vamos a verlo ¿Tute, brisca?

– Lo que queráis.

Juegan. ¡Y como juegan! Chillan, discuten… como si les fuera la vida en la partida, golpean vehementes con el puño sobre el banco de piedra.

– ¡Esa!

– ¡Mato!

– ¡Las cuarenta!

– ¡Arrastro!

( Tren viene )

La estación, con su trajín, con su ir y venir de gente, forma un rudo contraste con los viejos. Allí sentados. Mundo aparte, oasis, isla donde se ha detenido el tiempo.

– Me acuerdo yo en el año….

– ¡El Valencia entonces si que tenía equipo!

( Tren va )

Forman un grupo curioso y heterogéneo. Albañiles, antiguos labradores y peones, empleados jubilados. Unidos todos por su edad, y su soledad. Hay uno que fue artista… bueno, de los modestos claro. De esos que actuaban por los cafés. De esos que (eran otros tiempos) iban de pueblo en pueblo y montaban su teatrito y cantaban y actuaban, y organizaban una pequeña rifa.

– ¡Veinte duros la tira!

– ¡Venga, por veinte duros se llevan la botella de coñac, la muñeca y el champán!

( Tren viene )

De esos. Y él va, con su guitarra, con su verborrea de charlatán de feria, con su alegría, con sus recuerdos y su melancolía, y rasguea la guitarra. Y canta, con su voz rota, cascada, por mil batallas derrotadas. Los demás jalean. De vez en cuando animan, de vez en cuando alguno intenta recordar

– ¡Ayyyyyy…..! ¡ Lere leeeeee!

( Tren va )

Pasa una muchacha, bella flor de juventud, alta y esbelta. Las prietas carnes ceñidas por el vaquero, limpia y deseable, orgullosa, dulce promesa de mujer. Los viejos miran, añoran, cuchichean, y surge el requiebro, el piropo que es lamento.

– ¡Quien tuviera veinte años, morena!

Y luego, por un instante, quedan silenciosos, pensando, recordando los años mozos, tan lejanos ¡ay! Tan lejanos.

( Tren viene )

Allí cerca, unos niños juegan. La pelota, azul, de goma, corre y corre y bota. Los niños gritan, la persiguen, ríen y discuten. Uno de los niños cae, llora. El viejo va y lo levanta, lo consuela. Luego, los dos, el viejo y el niño, se miran.

El ayer y el mañana. ¿Qué piensan? El niño corre, alegre, como persiguiendo su meta; el viejo, cansado, se sienta.

( Tren va )

Los viejos hablan, de sus cosas de sus problemas.

– El otro día, cuando fui a cobrar la pensión tuve que hacer cola más de dos horas.

– Es que eso lo hacen muy mal ¡No hay derecho!

– Y fíjate lo que dijo el otro día mi nuera….

– ¿Sabéis quien se ha muerto?

– ¿Quién?

– Pues el Manuel, aquel que vivía con su hija.

– ¿Y de que se ha muerto?

– Pues no se, ya estaba malo…creo que estuvo un mes en la fe.

( Tren viene )

El sol ya esta alto. El mediodía se acerca, poco a poco, como con pena, los viejos se van yendo.

– Bueno, pues vamos a ver si nos dan de comer.

– Si, habrá que ir pensando en eso.

– Hasta luego.

– Hasta luego.

Nuestro viejo se levanta, se despide y se va. El paso tarda, la espalda encorvada; su mano, ayer firme hoy agotada, se cierra sobre el puño del bastón.

( Tren va )

Interplanetaria

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