100 años de Bruguera. De El Gato Negro a Ediciones B

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Un repaso a la historia de la Editorial Bruguera desde sus inicios en 1910 como El Gato Negro hasta la actualidad, en que Ediciones B sigue apostando por la publicación de novedades y fondo editorial como una manera de mantener vivo un patrimonio cultural de nuestro país.
En 1910 Joan Bruguera crea la Editorial El Gato Negro, donde en 1921 nació la popular revista Pulgarcito. En 1939 cambia su nombre por el de Editorial Bruguera, que a partir de los años cuarenta del pasado siglo irá creciendo en importancia hasta convertirse en la editorial más importante del país. En 1986, tras una larga historia, Bruguera cierra sus puertas. Es entonces cuando el Grupo Zeta adquiere su fondo adjudicando el mismo a Ediciones B. Es en esta editorial donde, hasta hoy, se siguen publicado novedades de históricos de la historieta como Francisco Ibáñez o Jan, así como reeditando el fondo de estos y otros grandes autores como Víctor Mora, Escobar, Nené Estivill, Peñarroya y una lista casi interminable.

ANTICIPO:

Movimientos en el paseo de Gracia

En 1951 Pulgarcito disfruta de buena salud comercial y de contenidos, y Bruguera apuesta por otro semanario, El DDT contra las penas, ampliando su oferta de tebeos en los quioscos. Por aquel entonces uno de los colaboradores externos de la casa que más visita la oficina del paseo de Gracia en Barcelona es Fernando Badía, fotograbador de la empresa Badía Hermanos: «Hacíamos fotolitos para Pulgarcito y otras revistas», me contó en una entrevista el señor Badía, que añadió: «Cada dos días iba para allá a recoger los originales. Las indicaciones de color me las dieron el primer día, pero luego ya me entregaban los originales limpios y, teniendo en cuenta las características de los personajes, el color lo indicábamos nosotros a lápiz sobre el original, que quitábamos al hacer el negativo». Con esto, y ya me dispensarán, aclaro una duda que me carcomía y aporto un dato. He podido comprobar que algunos originales de páginas publicadas en Pulgarcito -destinados a ocupar portadas o contraportadas, sobre todo-llevaban indicados a mano, y en catalán, los colores básicos para efectuar la cuatricomía en fotolitos -sistema para imprimir que ya no se utiliza, por cierto-; ahora ya sé quién lo hizo y, de paso, rindo homenaje a la excelente labor de coloración efectuada por este grabador, que en algunas páginas consiguió colores muy matizados, no planos ni con trama, con una paleta tan enriquecedora que parecían hechos a mano.
Estamos en 1951, recordemos, año en el que la redacción suma a un nuevo miem­bro. Un joven de 20 años, Víctor Mora (1931), dibujante en desarrollo, visitó la oficina del paseo de Gracia para mostrar sus páginas; «allí», dejo ahora hablar al mismísimo Mora, «me recibió un hombre muy amable que se llamaba Rafael González, que después de ver mis dibujos me dijo: ‘Mire, señor Mora’, siempre habla de usted a todo el mundo, ‘sus dibujos no nos interesan. ¿Pero quién le hace los textos?’ Le dije que los hacía yo, y él me preguntó por mis lecturas para verificar si era cierta mi autoría». Poco después, Víctor Mora se convierte en coordinador de publicaciones y hombre de letras para todo: «me encargaba tanto de la redacción de una carta como de la elaboración de un anuncio, una página de publicidad o de un prólogo». De Mora, Ledesma escribió en un artículo del primer tomo de La novela popular en España: «Es (y era) tan buena per­sona que le respetaban hasta los policías de la Brigada Social, pese a que era miembro del Partido Comunista«.

Traslado y censura

Fue en 1952 cuando la redacción de Editorial Bruguera se mudó del paseo de Gra­cia a otra calle barcelonesa, concretamente al n° 248 de República Argentina, sita en Vallcarca, no muy lejos de donde la empresa tenía su departamento de artes gráficas y de distribución. Allí ocurrió algo que, según González Ledesma, fue el germen del descontento de algunos creadores hacia la editorial: «Antes, en paseo de Gracia, y tra­bajando en condiciones casi inhumanas, de amontonamiento, horario, frío o calor, los dibujantes estaban juntos y se animaban unos a otros. Pero una vez en República Argentina, Bruguera dijo a los más antiguos (Cifré, Peñarroya y Giner, entre otros) que no los quería allí, que le ocupaban sitio. Fue un golpe mortal, precisamente porque ellos consideraban la editorial como su casa. Y además no tenían estudio propio: o vivían en Pisos pequeñísimos o en casa de sus suegros«.
Pero antes, a principios de año, ocurrió algo que empezó a cambiar la insólita libertad con la que hasta entonces trabajaban los humoristas de las revistas de Bruguera. Aunque desde 1947 Pulgarcito y el resto de publicaciones debía pasar censura previa no fueron excesivos los disgustos o los recortes provocados por tan magnos controladores de la moral y las buenas costumbres. Bueno, hubo alguna de sonada, como la que contaba Escobar en el libro Escobar: Rey de la Historieta, cuando Cifré, en una de sus historietas, dibujó a un policía involucrado en un caso de soborno; “Pues a consecuencia de ello«, explicaba Escobar, «Cifré fue llevado a declarar a una comisaría, al igual que varios de sus compañeros. Por suerte para todos, el caso fue sobreseído, pero desde entonces sustituimos en nuestras historietas la palabra guardia por la de gendarme y la peseta por la de piastra, consiguiendo así que nuestros guiones no sucedieran en nuestro país, sino en un lugar indeterminado». También Ledesma tiene su propia batallita que contar al respecto: «Costaba patéticas discusiones con el censor que éste autorizara el moño que solía llevar una de las hermanas Gilda; de Vázquez, porque -informaba el censor a voz en grito- ‘debería a ustedes habérsele ocurrido que las mujeres con moño son las más excitantes en la cama’. Confieso -imbécil de mí- que no se me había ocurrido nunca, pero desde entonces anduve excitadísimo por pasi­llos y despachos oficiales, descubriendo que eran erotizantes -y de qué modo- hasta las curvas de una butaca isabelina».
Pues bien, el Boletín Oficial del Estado (BOE) del 1 de febrero de 1952 consigna que el 21 de enero del mismo año se crea la Junta Asesora de la Prensa Infantil, dependiente del Ministerio de Infor­mación y Turismo. El artículo primero asegura que la misión de la Junta «será elevar a este Ministerio los informes pertinentes sobre la orientación y contenido general de todas las publicaciones periódi­cas (o que no siéndolo tengan carácter recreativo) destinadas a los niños y promoverlas disposiciones que en este orden sean necesarias, a juicio de la expresada Junta». A los siete primeros «vigilantes del Orden», encabezados por Fray Justo Pérez de Urbiel, se unieron, por orden fechada en abril de 1952, otros seis miembros más. Sin duda, tendrían mucho trabajo, pero esto no es nada comparado con lo que ocurrió en 1956. Paciencia, que llegaremos.

Silver Kane y Matías Guiu

El mismo 1952 apareció en escena un nuevo escritor de novelas populares que firmaba con el sonoro seudónimo de Silver Kane. Se trata, en efecto, del citado en varias ocasiones Francisco Gonzá­lez Ledesma, a quien la censura prohibió la publicación de su pri­mera novela (Sombras viejas), con la que había ganado el Premio Internacional de Novela convocado por José Janés en 1948, y que en Bruguera pudo, al menos, continuar la que sería -y sigue sien­do- una muy fructífera carrera literaria. ¿Razones de la censura? He aquí lo que Ledesma le comentó el censor en persona cuando fue a Madrid para hablar con él: «Me dijo que era roja y pornográfica. Lo de roja pude entenderlo, porque los personajes eran los vencidos) y los ideales republicanos que aprendía querer en el Poblé Sec [el barrio donde nació y creció] se dejaban ver. Pero lo de pornográfica, no. Se refería a una escena de lo más tonta: una joven se pasó la guerra esperando que regresara su novio. Soñaba que llamaban a la puer­ta; ella abría, retrocedía unos pasos y caía en un diván. Bueno, pues un día, llaman al timbre de verdad, abre, es un amigo de su novio, se sienta en el diván y él le pone la mano en la rodilla. Protesté, pero el censor me dijo que se notaba que el chico tenía intención de subirlo mano por la pierna». Silver Kane se convirtió en otra de las firmas fundamentales del éxito de los bolsilibros de Bruguera, tanto en novelas western como de misterio.
En 1953, cuando un joven pero brillante escritor y guionista llamado Armando Matías Guiu empieza a colaborar en Bruguera, observa con sorpresa que su firma no aparece en sus textos. «Cuando aparecieron mis primeras colaboraciones sin firma, puse el grito en el cielo», afirma el propio Guiu en el prólogo a una edición de sus célebres Diálogos para Besugos, escrito con su habitual ironía y dominio del lenguaje «pero el cielo estaría de oficios y cantos gregorianos, y no me oyó. Por eso puse el grito un poco más abajo; en el jefe de redacción, que me contestó per­plejo. Y en español. El perplejo no era idioma oficial y nadie podía salirse de las normas. «Sólo firman los dibujantes’. (En perplejo sonó así: «Loso narfim oís jambudites»). Yo soy un dibujante de imágenes mentales. Con la máquina de escribir dibujo ideas que el lector ve’ argüí. Con lo feo que es argüir sin abogado defensor al lado». Curioso, sobre todo procedente de un escritor, Rafael González, pero lo cierto es que en los tebeos la norma era ésta, aunque luego, en algunos casos, aparecieron las fir­mas. He dicho «tebeos», palabra prohibida en el ínterin de Bruguera: «no se hacían tebeos, se hacían revistas, en la editorial no se podía decir esa palabra», me recodaba Julia Galán en una de las entrevistas que le hice en 2004. Evidente: TBO era la competencia. Cosas.

En lo bueno y en lo malo: Rafael González

Otro de los recién llegados a la redacción de Bruguera en 1953 fue José Antonio Vidal Sales (1921-2008), periodista y escritor, que amén de coordinar revistas fue el responsable de muchas de las adaptaciones de novelas en colecciones como Historias (1955) o Joyas Literarias Juveni­les (1967 en Pulgarcito), con seudónimos como Cassarel, Pierre Deville, Alberto Cuevas o Howard Stanley. «Mi aterrizaje en Bruguera se lo debo, en primer lugar, a mi experiencia en París como periodista-corresponsal», me explicaba en una entrevista por correo que tuvo a bien contestarme un año antes de su fallecimiento; «a Rafael González le gustó (él fue tam­bién redactor de La Vanguardia en los años republicanos) y así fue como empecé a trabajar mediado 1953, en la calle República Argentina. Éramos muy pocos: Víctor Mora, José María Hadó, Carlos Conti, en redacción. Luego llegó Armonía Rodríguez». Vidal Sales, «un caballero español», como le lla­maba Jordi Bayona a causa de su elegancia y sus exquisitos modales, es de los que guardaban un buen recuerdo de su experiencia con el jefe de redacción y director de publicaciones: «Con Rafael González tuve siempre una relación excelente, mucho más, incluso, que con Francisco Bruguera. González era un profesional y poseía un ojo clínico para los fichajes de la gente, especialmente redactores y dibujantes. Sin duda, tuvo muchas enemistades, hasta cierto punto lógico teniendo en cuenta la índole de su labor. Y lo afir­mo con total convicción personal: sin el señor González no hubiera existido la ‘época dorada’ de Bruguera».
Rafael González (1910-1995) controló, como suele decirse, con mano de hierro -y eficacia- los destinos del Departamento de Revistas y de Creacio­nes Editoriales hasta 1978. Su figura despierta sentimientos encontrados; para la mayoría de los creadores fue un dictador, un hombre que seguía fielmente las directrices de la empresa, sacrificando incluso su vida privada, y que, por lo visto, jamás miraba directamente a los ojos de su interlocutor. Ibáñez, en una entrevista publicada en el n° 8 de la revista U, el hijo de Urích (1988), aseveró de él: «Tenía una gran noción de lo que era el cómicy también tenía una gran noción de lo que era la empresa, así que abarcaba ambos cam­pos. También tenía una gran noción de lo que era ser un tío completamente intratable. Hasta que lo ibas conociendo y entonces te decían que no, que a este hombre lo que le pasaba es que era muy tímido y que los tímidos en públi­co se vuelven una especie de déspotas para disimular la timidez. Pero éste era muy intratable». Armonía Rodríguez, en cambio, tiene otra visión de Gonzá­lez: «en la Editorial Bruguera, editorial muy denostada como vosotros sabéis, había realmente un ambiente de camaradería que no os podéis ni imaginar. Confluimos allí personas que supimos crear aquel ambiente, empezando por el señor González. Yo entiendo que muchos dibujantes y profesionales echen pestes de él, ya que era el jefe y tenía que actuar como tal, pero era un jefe estu­pendo y sabía crear equipo».
Por su parte, Víctor Mora le recuerda como un hombre con inventiva: «Tenía la manía de los medicamentos y todos los xcreadores’ que se sentían cortos de ideas acababan, tarde o temprano, tomando alguna de las vitaminas que recetaba amablemente para el’cerebelo mental’, como decía con ironía. Para Pulgarcito se había inventado un léxico especial que, en un momento dado, se reencontraba en el habla cotidiana de una gran cantidad de gente en Barcelo­na». Jordi Bayona, que trabajó veinte años codo a codo con él, sabe encon­trar sus dos vertientes: «Quiérase o no, si hay Escuela Bruguera’ él actuó como padre y maestro con hijos y alumnos; también como agrio dictador, más cacique que déspota cuando aplicó injusta justicia».

Censura rides again

1954 se inicia con un paso adelante fundamental para el futuro desarrollo de la empresa. El 13 de febrero de 1954 se constituye Editorial Bruguera, S. A., lo que implica un crecimiento que parte de un capital social inicial de dos millo­nes de pesetas, dividido en 400 acciones ordinarias a razón de 5.000 pesetas cada una. La sociedad anónima se constituye con las firmas de Pantaleón Bruguera, su esposa, Consuelo Goset, Francisco Bruguera y su mujer Aurelia Juan, con sede social en el n° 2 de la calle Proyecto de Barcelona.
Sólo un año después, aparece una colección de libros que marcará época, la Colección Historias, que a la publicación de una novela clásica añade diver­sas páginas de historieta que comprimen la historia pero la hacen, digamos, digerible. También en 1955 empieza la construcción de un edificio donde albergar la nueva redacción de Editorial Bruguera y otros departamentos o empresas adláteres, como Creaciones Editoriales y Belgraf, sito en el n° 5 de la barcelonesa calle Camps i Fabrés, que será ocupado -que no okupado- a par­tir de 1956. Al mismo tiempo, Creaciones Editoriales inicia una segunda eta­pa como agencia, respaldada por el trabajo de Luis Llórente en Gran Bretaña, que consigue el encargo de suministrar dibujantes españoles de la casa para guiones de diversas editoriales británicas; poco después, la agencia asumirá una gran cantidad de guiones procedentes de otros países europeos y suministrará material para editoriales latinoamericanas, incluidas por supuesto las delegaciones de Bruguera. El crecimiento es, ya, imparable.
Entretanto, los redactores y los autores de las revistas tienen otras preocupaciones. Por ejemplo, atender a las nuevas normas impuestas desde el Ministerio de Información y Turismo con respecto a los conteni­dos de las publicaciones infantiles y juveniles -¿ven como les decía que volveríamos al asunto? -.
Un decreto del 24 de junio de 1955 establece las normas a las que han de ajustarse este tipo de revis­tas, empezando por un prefacio que asegura que «la transcendencia individual y social de las impresio­nes, hábitos y conceptos que reiterada y eficazmente inculcan en las conciencias de los niños y adolescentes las publicaciones dedicadas a ellos, reclaman una ordenación legal que garantice la recta orientación religiosa, moral, política y cultural de las mismas». Entre las distintas perlas depara el decreto, destaca la del artículo primero: «Las publicaciones infantiles deberán adaptar los textos y gráficos a la «Pedal psicología de sus lectores, cuidando de acentuar el debido respeto a los principios religiosos, morales y políticos que idamente el Estado español. No contendrán, en ningún caso, ideas o descripciones que puedan inducir a error o perturbación grave de la formación psicológica o educativa de los niños o jóvenes que las lean». Tras establecer que este tipo de publicaciones quedan divididas entre «revistas infantiles», «revistas para los jóvenes» y «revistas juveniles femeninas» se certifica que será la Dirección General de Prensa de cada provincia -donde debían pasar por censura previa todos los materiales- la que «podrá condicionar la autorización de una publicación infantil a que se modifique el planteamiento de su estructura, el conteni­do de sus secciones o la manera de desarrollarse».
Por si hubiera dudas, el 24 de febrero de 1956 el BOE publica la aprobación del «Reglamento para la ejecución del Decreto de esta fecha sobre Publicaciones Infantiles», que en su artículo 14 -apartado «De la orientación de las publicaciones infantiles»- señala lo que deberá evitarse; les hago un breve resumen: «Narraciones o historietas que contengan ejemplos destacados de laicismo, descripciones tendenciosas de ceremonias o costumbres correspondientes a cultos de otras religiones o confesiones, que puedan inducir a error o a escándalo», o «Toda desviación del humorismo hacia la ridiculización de la autoridad de los padres, de la santidad de la familia y del hogar, del respeto a las personas que ejercen autoridad, del amor a la Patria y de la obediencia a las Leyes». Y hay más. El artículo 16 señala que también deberán evitarse: «escenas terroríficas», «relatos que presenten a una luz favo­rable a las reacciones antisociales», «un sentido del humor demasiado cerebral y aséptico para ser infantil, con desconocimiento u olvido del candor y la ingenuidad que fundamenta el sentido infantil de la ironía», e incluso «las expresiones y giros extranjerizantes, así como las construcciones que revelen deficiencia o incorrección en el uso de la lengua española». Las multas por infringir la ley iban de 1.000 a 10.000 pesetas pero, para compensar, el mismo decreto proponía una larga relación de premios, tanto a la «publicación infantil modelo» como a las mejores historieta o guión ilustrado.

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