101 Ciento y un días

101dias

Este libro es la crónica de un viaje y una guerra, y trata también de algunas de las personas que vivieron esa guerra. Durante ciento y un días –desde enero hasta abril de 2003-, la autora fue transmitiendo sus experiencias en Bagdad a los medios de comunicación para los que trabajaba.

Asne Seierstad llega a Irak en enero de 2003, cuando el país se está preparando para la guerra. Los corresponsales están estrechamente vigilados por el Ministerio de Información a través de los intérpretes asignados y la burocracia iraquí impide a los periodistas hacer su trabajo. La autora advierte el miedo que se ha instalado en el pueblo iraquí por la represión y la vigilancia del régimen Baath, su resignación ante la guerra que está por venir.

Asne Seierstad describe en su obra la vida cotidiana de los corresponsales de guerra, la forma de pensar y sentir de los que participan en todas las guerras, los métodos prácticos y psicológicos para sobrevivir física y mentalmente; el miedo, pero también la brutalidad innecesaria de los soldados del ejército invasor; y el luto y desesperación de la población civil.

ANTICIPO:
A las cuatro de la madrugada vence el ultimátum. A las cinco y media suena el primer bombazo y de repente estoy completamente despierta y el corazón me late más deprisa. Me acerco al balcón, primero agachada por si viene un misil, luego de pie. A mi alrededor suenan fuertes impactos, el ruido de los bombarderos e intensos disparos de los misiles antiaéreos iraquíes. Desde los balcones de arriba, abajo y al lado escucho una confusión babélica de voces hablando en español, árabe, inglés y francés. Todos clavamos la vista en la penumbra, donde apenas es visible el contorno del palacio presidencial al otro lado del Tigris. Hasta el río se ve tenebroso. Y mientras el primer ataque de la guerra está teniendo lugar en alguna, parte de las afueras de Bagdad, empezamos a trabajar. Suenan los teléfonos Y todos informamos en voz baja. Como no tenemos permiso para usar los teléfonos satélite fuera del Ministerio de Información, coloco la antena del aparato lo más discretamente que puedo. Nadie chilla, nadie grita que la guerra ha empezado, todos los corresponsales simplemente murmuramos en nuestros teléfonos. Es casi tranquilizador este murmullo de voces que se mantiene constante entre las detonaciones. Y tranquilizador es también descubrir que los teléfonos funcionan, que no han lanzado ninguna bomba E.

Habíamos tenido noticia de que los norteamericanos habían desarrollado una bomba capaz de destruir todos los equipos y que pondría el sistema de defensa de Iraq fuera de juego sin pérdida de vidas humanas. El arma funcionaría como un relámpago que soltaría dos mil millones de vatios en un momento, creando un choque eléctrico que alcanzaría incluso los refugios antiaéreos a través de los tubos de ventilación o de los conductos de agua y de las antenas. Destruiría los mapas electrónicos, las memorias, los teléfonos y los discos duros. Yo había pedido a Amir que me Comprara una gruesa caja de plomo; se decía que este metal protegía contra esos efectos, así que pensaba guardar en esa caja mi equipamiento cuando no lo usara. Mi chófer volvió con una caja de aluminio, y yo traté de convencerme a mí misma de que serviría igual. Sea como sea, mi teléfono seguía funcionando y no paraba de sonar.

Fuera del hotel, los guardias miraron hacia arriba. Primero hacia las explosiones, luego hacia nosotros. Era imposible esconder del todo la antena del satélite y, escuchando los retumbos, me temía en cada momento que llamarían a la puerta para quitarme el teléfono. ¿Qué haría entonces? Pero tenía que correr el riesgo; no tenía sentido estar allí sin informar. Mientras me estaba conectando con un estudio de radio noruego eché una mirada preocupada hacia los guardias abajo con sus Kaláshnikov y sus pistolas, antes de volver a contemplar el horizonte para seguir describiendo lo que veía.

-¿Tiene alguna información de si han matado a Sadam Husein? -me preguntó el jefe del programa de noticias.

«¿Y yo qué sé?», pensé, pero contesté:

-Hasta ahora no tenemos información de si el presidente iraquí ha sido alcanzado en el ataque.

-Pensar que comenzaron la guerra en plena hora de oración…-me dijo Aliya por teléfono.

Mi intérprete estaba indignada. Justo se había levantado cuando se oyeron los primeros estruendos y los misiles antiaéreos se veían en el cielo. Había plegado el tapiz de plegaria y bajado al sótano. Vivía en uno de los barrios más poblados de Bagdad y su casa estaba llena a reventar. Parientes que vivían cerca de blancos militares obvios como ministerios, edificios militares o centros de comunicación se habían trasladado a la vivienda de la familia de Aliya.

-Confiamos en que no vayan a bombardear los barrios residenciales, así que ahora acampamos todos encima de alfombras y colchones esparcidos por todo el suelo. Además preferimos estar juntos cuando estamos amenazados, así no tenemos que especular sobre si le ha pasado algo a alguno de los nuestros –me contó.

Aliya intentaba no perder el ánimo y confiaba en que no morirían civiles en el bombardeo que había sido dirigido contra un suburbio al sur de la capital. Las sirenas tardaron más de una hora en sonar Y avisar que el peligro había pasado.

-Por muy inteligentes que sean estas bombas, todavía pueden errar el blanco. Estamos a la espera, que es como estar probando la muerte y la vida a la vez.

Aliya no tenía miedo.

-Me dormí después del ataque. Eso no era nada, Las explosiones no fueron en ningún momento más fuertes de lo que podían ladrar los perros del vecindario -dijo, y se rió un poco-. ¿Cuándo quieres que vaya?

-Cuanto antes.

A la espera de mi intérprete, escribí un artículo urgente para la edición de la tarde del periódico sueco en el que publicaba.

En la recepción, los guardias estaban fumando un cigarro tras otro, como si nada hubiera ocurrido. La sala de desayuno bullía de vida y los camareros servían tazas de té caliente. Los huevos duros estaban en fuentes de hojalata al lado de los huevos revueltos con demasiado aceite, el pan estaba seco, los tomates insípidos y las olivas tan saladas que casi eran incomestibles. En suma, todo estaba como antes.

Cuando las sirenas marcaron el fin del peligro por el momento, no tardó en haber gente por las calles, Pasaba algún que otro coche, pero sobre todo ambulancias. La población no recibió información alguna acerca de lo ocurrido: los medios audiovisuales del país ponían simplemente marchas militares y canciones laudatorias de Sadam Husein. A media mañana el presidente salió por televisión para demostrar al mundo que los norteamericanos habían fallado el tiro, porque el bombardeo de esta madrugada había sido dirigido directamente contra el presidente iraquí.

El servicio de inteligencia norteamericano había recibido información confidencial de que el presidente y sus hombres más cercanos iban a estar en un edificio de las afueras al sur de Bagdad, y los misiles dejaron el lugar hecho añicos. Triunfante, Sadam Husein pudo iniciar su discurso criticando con indignación lo mismo que había apuntado Aliya: que los norteamericanos habían empezado el ataque en plena hora de la plegaria. Después exhortó a todos a luchar contra «el pequeño Bush», que es corno le gustaba llamar a George Bush hijo. Terminó la alocución recitando poesía árabe clásica que hablaba de hombres montados a caballo librando batallas con las espadas en lo alto.

Aliya, por su parte, no estaba lista para el combate cuando llegó al hotel.

-No son las bombas lo que más temo, sino lo que viene después: la guerra civil. Si estalla el caos y existe un vacío de poder, alguien puede aprovecharse de la situación para vengarse del régimen. Los chiitas atacarán a los suníes, y los bandidos podrán hacer lo que se les dé la gana.

Fue la primera vez que Aliya expresó alguna duda sobre la capacidad del régimen de defenderse y mantener a la población bajo control. La mera mención de la posibilidad de una guerra civil estaba prohibida: felicidad y armonía debían caracterizar la relación entre los diferentes grupos de la población. Cuando yo quise saber algo más, ella se calló. Carraspeó, miró a otro lado y, como para subrayar que el tema estaba cerrado, comenzó a explicarme lo que salía en las noticias.

-El ministro de Interior ha pedido a los comerciantes que abran las tiendas. Eso mostrará que no nos pueden ganar, que podemos resistir en circunstancias extremas -salmodió mi intérprete-. ¿Tienes miedo? -se interrumpió sin embargo a sí misma-. No tengas miedo, pase lo que pase yo estaré contigo y te cuidaré.

Aliya me coge la mano.

-Tú eres mi hermana. Si alguien te ataca, yo te cuido con mi propio cuerpo. Nos podemos esconder en mi casa si la situación se vuelve peligrosa. Además, nuestro destino está en manos de Alá. Todo pasa según Su voluntad. Tú eres mi hermana rubia y yo, tu hermana morena. Somos Shakra y Samra, la rubia y la morena. ¿De acuerdo? ¿Nos cuidaremos, verdad?

-Como hermanas -asiento.

-Como hermanas -repite Aliya.

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4 Opiniones

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  • jinete del salario p
    on

    ¿Alguien preguntó por libros de periodistas?

    Pues esta Asne es noruega, está como un queso y es periodista de las buenas.

    Con este libro repite la fórmula que con tanto éxito utilizó en su obra sobre Afganistán, describe el trasfondo de las guerras, la manera en que la gente de a pie trata de continuar con su cotidianidad bajo los bombardeos, los cambios de régimen y la incesante sucesión de cambios que no cambian nada.

    No he leído nada suyo, por falta de tiempo, no de ganas, pero si el hilo sobre mujeres viajeras ha llegado a los ciento y pico comentarios seguro que hay foreros y foreras que pueden hablarnos de este libro con conocimiento de causa.

    Aquí lo teneis, tomad y comed todos de él. :)

  • Frau Hesselius
    on

    ¡Otro con fijación por el queso! Como Wamba.

    Ni idea de que existía este libro. Gracias por recomendarlo. Sí he oído hablar de otro libro suyo El librero de Kabul, pero no lo he leído.

  • Pluto
    on

    Eso de "la incesante sucesión de cambios que no cambian nada" no me parece justo en el caso de Afganistán. En El librero de Kabul, Seierstad deja bien claro el alivio que supuso para los habitantes de la ciudad el fin del demencial régimen taliban. El libreo en cuestión lo había pasado realmente mal, por él mismo y por sus libros, porque para los taliban solo debe existir un libro. Los chiítas estabn perseguidos. Y las mujeres… bueno, todo el mundo lo sabe.

    Seierstad explica muy bien que para los habitantes de Kabul, orgullosos de su ciudad, su historia, su cosmopolitismo, su amor por la cultura, la barbarie de los taliban les parecía una imposición de las tribus salvajes de las montañas, algo muy ajeno a la tradición de la ciudad.

    Lo que me parece lamentable es que para derribar el régimen talibán fuera necesario el 11-S. Los talibán habían dado argumentos ya de sobra con su crueldad para que el mundo se hubiera movilizado contra ellos.

  • lbsilvina
    on

    Este libro es la crónica de un viaje y una guerra, y trata también de algunas de las personas que vivieron esa guerra. Durante ciento y un días -desde enero hasta abril 2003-, la autora fue transmitiendo sus experiencias en Bagdad a los medios de comunicación para los que trabajaba.

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