20 Grandes Fraudes de la historia

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Un escandaloso y extravagante compendio de fraudes, estafas, falsificaciones y mentiras fantásticas que fueron creídas por muchos.

Se suele afirmar que la sinceridad es la mejor norma de conducta, pero la historia -por no hablar de la política, los negocios o los medios de comunicación- parece sugerirnos otra cosa. Desde las épocas más remotas hasta la actualidad mas reciente, 20 grandes fraudes de la historia da un repaso a algunas de las historias fraudulentas más impresionantes de todos los tiempos: estafadores, charlatanes, falsificaciones, manipulaciones, estafas científicas y otras mentiras a gran escala sin olvidar las patrocinadas por gobiernos y grandes empresas. Un apasionante viaje hasta los límites mismos de la invención y la credulidad en el que, entre otras cosas, encontraremos:

· Falsificadores de arte cuyas obras cuelgan actualmente de las paredes de los museos más importantes del mundo.

· Impostores cuya verdadera identidad no fue conocida hasta después de su muerte.

· Historias fraudulentas que aún hoy son tomadas por muchos como verdaderas.

· Las manipulaciones con las que los profesionales de las relaciones públicas han engañado al público durante los últimos cien años.

ANTICIPO:
¡Que no cunda el pánico!

CON pocos años de diferencia, en Reino Unido y Estados Unidos se dieron sendas emisiones de radio que sirvieron para provocar que la población cayera en un estado de pánico desconocido hasta entonces. Y no es de extrañar; si no, ¿cómo reaccionar cuando el Imperio británico se desmorona en medio de una Revolución bolchevique o cuando el Ejército estadounidense sucumbe ante las tropas llegadas de Marte?

El 16 de enero de 1926 miles de británicos escuchaban lo que creían era un programa cultural sobre literatura del siglo XVIII. Lo que la gran mayoría de ellos desconocía era que se trataba del comienzo de una dramatización sobre una revuelta anarquista ficticia escrita en tono burlesco por el poco convencional sacerdote católico Ronald Knox y titulada Retransmitiendo las barricadas. Knox era un hombre de intereses sumamente variopintos. Era un respetado traductor, un teólogo de cierto renombre en Reino Unido, escritor de relatos policíacos y un redomado bromista. En 1926 trabajaba para la British Broadcasting Company (BBC), que a la sazón tan solo contaba con cuatro años de antigüedad desde su fundación.

En un momento dado, a las 7:40 de la tarde, la programación fue interrumpida para que un aparentemente alarmado locutor, el propio Knox, anunciase que en esos mismos momentos se estaban produciendo graves incidentes en Londres. Este escueto comunicado fue seguido de música ligera. A los pocos minutos vendría el siguiente «boletín informativo». Una turba de desempleados liderados por un hombre llamado Poppleberry, secretario general del Movimiento Nacional para la Abolición de los Retrasos en el Teatro (lo que tal vez podía haber servido de pista para identificar la noticia como una broma), se había concentrado sin previo aviso en Trafalgar Square.

Un poco más de música, información meteorológica y un nuevo informe: la multitud se dirige hacia el Arco del Almirantazgo en «actitud amenazante». La siguiente noticia es mucho más inquietante: los manifestantes se encaminan en dirección a la National Gallery con la intención de saquear el museo. En cuestión de minutos las obras de arte de la National Gallery habían sido robadas o, peor aún, destruidas. Sus patéticos despojos se encontraban dispersos por las calles de Londres. Acabada su tarea en el museo, la iracunda masa dirigió sus paso hacia Whitehall, donde arrasó las oficinas gubernamentales.

El pánico asomó a la voz del locutor cuando anunció que el Parlamento estaba siendo atacado con morteros y explosivos que los rebeldes habían obtenido quién sabe dónde. La torre del reloj, que alberga al famoso Big Ben, habría caído reducida a escombros tras una violenta explosión. En ese momento se informó a los oyentes que para asegurar la continuidad de las emisiones de la BBC, estas serían realizadas a través de la emisora de Edimburgo. Según avanzaba el programa, los informes se iban haciendo paulatinamente más dramáticos y alarmantes, y alcanzaron su punto álgido cuando se anunció el linchamiento del ministro de transportes, Wutherspoon, ahorcado en una farola. Un informe posterior corregía esta noticia y anunciaba que el cuerpo del ministro había sido encontrado colgando de un poste del tranvía, algo mucho más apropiado para un ministro de transportes.

La revuelta finalizaba con el asalto y posterior voladura del lujoso Hotel Savoy desde el que se estaban retransmitiendo las actuaciones musicales del programa y, finalmente, las propias instalaciones de la BBC que se encontraban justo al lado.

«¡A las armas!»

Los atónitos británicos apenas podían dar crédito a lo que oían, el imperio británico se desmoronaba en minutos y caía en la anarquía.

Comisarías y redacciones de periódicos se vieron desbordadas por las llamadas telefónicas y por las personas que acudían personalmente en busca de más información: «¿Qué está sucediendo en Londres? ¿Es cierto que el Big Ben ha sido volado? ¿Han saqueado la National Gallery? ¿Necesita el Gobierno ayuda de los ciudadanos leales?».

Las mujeres se desmayaban, alcaldes de todo el país desempolvaban los planes de emergencia y convocaban a las fuerzas vivas del pueblo. El sheriff de Newcastle se apresuraba a preparar la defensa de la ciudad mientras la esposa de otro alcalde apuraba la enésima copa de jerez preguntándose cómo le contaría a su marido que el orden social se había ido al infierno. Los ciudadanos llamaban al Almirantazgo reclamando que la armada fuera enviada al Támesis para bregar con los insurgentes.

La propia centralita de la BBC se vio colapsada. Todos los accesos a Londres quedaron bloqueados ante la avalancha de personas que huía de la ciudad, que se encontró de bruces con otra multitud similar que acudía a la capital para rescatar a sus familiares o, incluso, unirse a los tumultos.

Veinte minutos después de finalizada la emisión, el padre Knox, ajeno al tumulto que sin querer había desatado, se disponía a cenar cuando fue interrumpido por John Reith, el director general de la BBC, que le comunicó lo que estaba sucediendo a consecuencia de su emisión. El ingeniero de sonido aquella noche, J. C. S. McGregor, respondió muchas de aquellas llamadas:

Aún estaban desperdigados por el estudio los «restos» del Hotel Savoy cuando sonó el timbre del teléfono. ¿Es cierto — preguntó una voz muy agitada— que la revolución ha estallado en Londres? La siguiente llamada fue bastante más difícil. La mujer del comunicante tenía el corazón débil y le habían fallado las rodillas durante la emisión. Cuando se enteró de que todo era una ficción, estalló. ¿Qué es lo que la BBC quiere decir con esto?, preguntó enérgicamente. ¿Debemos entender que hemos perdido el control de nuestro país y estamos en manos de los bolcheviques?

Preguntas sin contestar

Al día siguiente se presentaron las pertinentes disculpas públicas por parte del ente y del Gobierno, que anunció que en el futuro no se permitiría este tipo de emisiones en la radio pública. Aun así, las críticas fueron excepcionalmente duras. En aquella época la prensa consideraba a la BBC como una amenaza, por lo que este incidente sirvió para que los columnistas de los periódicos se cebaran con la cadena pública.

No obstante, quedaron muchas preguntas sin contestar: ¿cuánta gente escuchó el programa?, ¿cuántos de ellos creyeron realmente que acababa de comenzar una revolución? En respuesta a la primera de estas cuestiones los expertos barajan cifras de alrededor de 10 millones de oyentes. Como indicador, diremos que en 1926 el número de licencias de recepción de radio había alcanzado los 2.250.000. Dado que en aquellos días las familias, generalmente numerosas, solían escuchar la radio juntas, que muchos aparatos de radio estaban instalados en establecimientos públicos y que no todos los que tenían un receptor contaban con la preceptiva licencia, la cifra de 10 millones parece bastante probable, sobre todo si tenemos en cuenta que la BBC era la única emisora que se podía escuchar.

¿Y en cuanto al pánico? ¿Hasta qué punto llegó a extenderse? Es sumamente complicado pronunciarse respecto al porcentaje real de los engañados. Es de suponer que aquellos que se incorporaron tarde a la emisión y no tenían el contexto de lo que estaban escuchando resultasen los más alarmados, en especial ante episodios como el hundimiento del Hotel Savoy (que se llevó a cabo mediante el tosco, aunque eficaz, procedimiento de aplastar una caja de naranjas ante el micrófono) o el linchamiento del ministro.

Resulta particularmente curioso descubrir que muchos de aquellos que parecieron caer presa del pánico, incluso de la histeria, eran miembros de las clases más privilegiadas de la sociedad. Existen varios informes de cenas de «gente bien» cuyos invitados cayeron súbitamente presa del pavor al escuchar lo que estaba comentando la radio.

La amenaza roja

A la mañana siguiente, la climatología adversa, en forma de una copiosa nevada sobre Londres, tuvo como consecuencia un retraso en el reparto de los periódicos (la única fuente de noticias disponible aparte de la propia radio), por lo que la sensación de alarma se alargó durante algunas horas más y en el entorno rural aún hubo personas que durante horas creyeron que la capital se encontraba en llamas.

Las circunstancias políticas del momento habían contribuido a hacer más creíble la historia. La Revolución soviética había tenido lugar hacía menos de una década. Tropas británicas, norteamericanas y francesas habían estado luchando activamente del lado de los rusos blancos para aplastar al Estado soviético. En Alemania en 1919 una revuelta comunista había sido sofocada en Munich por la República de Weimar. En ese mismo año la sociedad británica se había conmociona-do hasta la médula a raíz de la primera huelga de policías.

En 1924, el primer Gobierno laborista había sido gravemente afectado por una carta falsa publicada en el Daily Mail en la que se implicaba en una conspiración para la expansión del comunismo. En 1925 el Gobierno había arrestado a varios miembros del Partido Comunista (formado tan solo cinco años antes) bajo el cargo de conspiración sediciosa. Cinco de ellos fueron sentenciados a un año de prisión. Por añadidura, en aquellos días el clima social británico se encontraba enormemente crispado con la perspectiva de una huelga general en preparación. . .

En Estados Unidos la prensa ocupó los titulares del día en burlarse de la credulidad de los británicos. El New York Times llegó a afirmar que era imposible que sucediera algo así en los Estados Unidos. Lejos estaban de imaginar que doce años más tarde los estadounidenses caerían en la misma broma.

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2 Opiniones

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  • Martin
    on

    He tardado en leer el anticipo, en adelante deberé hacerlo más a menudo.

    Un libro que no me llamaba la atención y que ahora tengo ganas de leer, la historia del cura retransmitiendo en la BBC los disturbios del Londres es buenísima. Todo el mundo conoce la de los marcianos de Welles, pero esta de unos cuantos años antes no le va a la zaga. Y qué personaje, el cura metido a locutor de radio.

    'Apuntado a mi The Pila!

  • Buzzo
    on

    Algo irregular, combina algunos capítulos muy buenos, como el de la BBC, las endemoniadas de Loudun, el pueblo más salvaje del Oeste o las hadas con otros bastante más aburridos y alguno extravagante (fabricando enemigos) en el que tira de teorías nunca probadas (el “previsto” ataque americano a Pearl Harbour, o una cagada de la embajadora en Irak convertida en conspiración antes de la primera guerra del golfo) casi como si fuesen hechos.

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