A la cara

ALaCaraChristaFaust

Género :


Angel Dare creía llevar una vida perfecta y ordenada. Hasta que su pasado regresó de imprevisto para sumergirla en una espiral de violencia. Brutalmente agredida, dejada por muerta y acusada falsamente de asesinato, Angel se verá obligada a huir de la justicia al mismo tiempo que de la organización criminal que quiere acabar con ella. Pero Angel no está dispuesta a seguir siendo una víctima indefensa. Armada con todos los recursos aprendidos durante una década como profesional de la industria del cine para adultos, e impulsada por una furia incontrolable, no dudará en hacer todo cuanto sea necesario hasta conseguir que sus agresores paguen por todo lo que le han hecho.
Christa Faust reinventa el género negro desde un punto de vista puramente femenino, pero tan áspero y cortante como el de los mejores maestros del hardboiled. El resultado es una novela trepidante y sorprendente con la que Faust ha ido a unirse a ese pequeño pero imprescindible grupo de autoras que, de un tiempo a esta parte, están renovando un estilo tradicionalmente masculino con un ímpetu, un desparpajo y una dureza propios de los grandes clásicos.

ANTICIPO:

1

Volver de entre los muertos no es tan fácil como lo muestran en las películas. En la vida real tardas una eternidad en conseguir pequeñeces como simplemente abrir los ojos. Dedicas eras de un dolor atroz a intentar doblar hacia abajo el dedo medio lo suficiente como para tocar la cuerda que te rodea las muñecas. Más tiempo aún para adivinar que el objeto frío y duro que se te clava en la mejilla es el mango de unos cables de arranque. No es que puedan considerarse precisamente escenas de cine de acción. Además, luego están los largos y aburridos intervalos en los que lo más probable es que los espectadores aprovechen para ir a mear o a comprar palomitas, ya que no parece estar sucediendo nada y quizá supongan que, después de todo, sí hayas muerto. Al cabo de un rato, tú misma te lo empiezas a preguntar. También te preguntas qué sucederá si vomitas sobre el trapo aceitoso y la cinta adhesiva con los que te han amordazado o cuánto tiempo tendrá que transcurrir para que alguien se percate de tu desaparición. Por lo demás, principalmente te dedicas a sangrar, intentando no volver a desmayarte o sumando laboriosamente los cables, la oscuridad cargada y maloliente, la moqueta rasposa bajo tu cuerpo y el metal hueco que te cubre, hasta identificar tu localización actual: el maletero de un viejo y desvencijado coche. Al menos así es como fue para mí.
Estoy segura de que te estarás preguntando qué hacía una chica maja como yo encerrada y dejada por muerta en el maletero de un Honda Civic de mierda abandonado en un erial industrial al este de Los Ángeles. O quizá ya nos conozcamos y te estés preguntando por qué no me había pasado antes.
Me llamo Gina Moretti, pero tú probablemente me conozcas como Angel Dare. No te preocupes, no se lo diré a tu mujer. Hice mi primera película para adultos a los veinte años, a pesar de que mentí frente a la cámara y dije tener dieciocho. Era el primer volumen de Jóvenes y viciosas, la célebre serie protagonizada por actrices primerizas ideada y dirigida por Marco Porno. La mía era sólo una entre cinco escenas incluidas en la película, pero no cabe duda de que fui la actriz que más llamó la atención. ¿Qué puedo decir? Sé cuáles son mis puntos fuertes. En menos de dos semanas tenía un contrato con Vixen Video, y antes de darme cuenta ya estaba en el Canal Playboy protagonizando pequeños episodios fotografiados con difusor a cambio de más dinero del que había estado ganando en casa en todo un año. Una Cenicienta del porno. Pero al contrario que muchas de las chicas junto a las que trabajé, yo fui lo suficientemente inteligente como para mantenerme alejada de las drogas, ahorrar hasta el último centavo y retirarme antes de que mi conejo acabara hecho una calabaza.
Mi problema es que no supe mantenerme alejada. Igual que las viejas glorias de la lucha libre y los ladrones de joyas, fui incapaz de resistirme a un último bis. Cuando le dije que sí a Sam Hammer, no podía sospechar que acabaría metida en un maletero.
Sam es un viejo amigo. Una de las escasas y genuinas buenas personas que quedan en la industria. Una especie de mezcla entre Papá Noel y John Holmes, prácticamente sexagenario, fornido y alegre, con una coleta plateada y la barba cuidadosamente recortada. Era la clase de hombre que siempre tenía un sofá en el que echarse o un hombro sobre el que llorar, un préstamo hasta que llegara el siguiente cheque o un conocido capaz de arreglarte el retrete por poco dinero. Diría que fue como un padre para mí, pero eso sonaría raro teniendo en cuenta que protagonizamos un par de escenas juntos, antes de que él pasara a trabajar exclusivamente al otro lado de la cámara. Mejor no pensar en cuánto tiempo ha pasado desde entonces.
Sam siempre fue un perfecto caballero, simpático, respetuoso y tan fiable como el mecanismo de un reloj. Una hazaña nada fácil en aquellos tiempos en los que la Viagra aún no había pasado a ser la espina dorsal de la industria, por así decirlo. En una época en la que de verdad hacía falta recurrir a las astucias femeninas para que los trenes salieran a tiempo, un hombre como Sam, capaz de alzarse y descargar a voluntad, valía su peso en oro. Ahora todo está lleno de tipos que engullen Viagra y Cialis como si fueran caramelos y que se inyectan Caverject en la maquinaria para levantar la grúa. Las mejoras de la química.
Los rodajes de Sam Hammer siempre eran una fiesta. Nunca había presión alguna. Sam estaba casado con Busti Keaton, toda una leyenda gracias a sus pechos naturales de copa triple D, protagonista de la serie Patas arriba y de La guerra de las mamellas. Busti siempre preparaba cantidades ingentes de la mejor comida casera y recorría el plató asegurándose de que nadie tenía demasiado calor o demasiado frío, de que nadie se sintiera incómodo en lo más mínimo. He participado en cantidad de películas que únicamente podían considerarse trabajos o algo aún peor. Los rodajes de los Hammer nunca parecían un trabajo. Más bien eran alegres barbacoas dominicales en las que sencillamente se filmaba a gente follando.
Sam podría haber dado con facilidad el salto a Hollywood. Tenía buen ojo para la composición y escribía guiones originales e ingeniosos que realmente conseguían mantener tu dedo alejado del botón del avance rápido. Pero todos sabíamos que Sam nunca dejaría la industria. Estaba metido en ella de por vida. Le gustaba demasiado pasarse el día rodeado de chicas desnudas como para labrarse una carrera legítima. Gran parte de los directores de cine porno no son sino patanes aburridos de la vida que se pasan la mayor parte de la filmación metiéndose rayas o hablando por el móvil, pero Sam no era así. Su entusiasmo resultaba contagioso.
Cuando llamó, yo estaba teniendo uno de esos días. Uno de esos días en los que ves asomar los cuarenta a la vuelta de la esquina y eres incapaz de dejar de mirarte al espejo. Uno de esos días en los que comparas lo que ves ahora con la imagen de aquella veinteañera perfecta, inmortalizada digitalmente mientras daba botes sobre Marco Porno. Ahora mismo estoy en mejor forma física que nunca, voy seis días a la semana al gimnasio y practico kickboxing para liberar el estrés, pero no hay número de abdominales en el universo capaces de invertir el efecto de la gravedad, las patas de gallo o el hecho de que tengo que usar un tinte para el pelo que promete «cubrir las canas al 100%». Tampoco me malinterpretes. Tengo un ego prácticamente a prueba de bomba, pero dirijo Daring Angels, una elegante agencia de modelos para la industria del cine para adultos situada en Van Nuys, y pasarme el día rodeada de preciosas chavalas de diecinueve años en ocasiones acaba afectándome. Consiguen que una chica se sienta como un titular de la semana pasada.
Cuando llamó Sam, me encontraba de perfil frente al espejo de cuerpo entero que tengo junto a mi escritorio, desnuda de cintura para arriba. Siempre me he sentido orgullosa de haberme negado a operarme las tetas. He visto a demasiadas mujeres hermosas echadas a perder por culpa de espantosos implantes estrábicos dignos de un Frankenstein. Sin embargo, aquel día estaba sopesando mis atributos con las palmas de las manos y preguntándome si, quizá, después de todo, no les iría bien una pequeña reafirmación quirúrgica.
Hice entrar en el despacho a mi recepcionista, ayudante y mamá oca personal. Didi había sido célebre en los días de Garganta profunda, a pesar de que si la vieras ahora nunca lo habrías dicho. Mide uno cincuenta pelados, tiene cincuenta y dos años y un rostro dulce y sencillo, como el de tu maestra favorita. Pero bajo ese exterior para todos los públicos, se esconde una veterana de la vieja escuela del cine X que habla sobre sexo igual que otras personas hablan del tiempo. Al teléfono tiene una voz ronroneante y sensual que consigue que prácticamente a diario le pidan citas los hombres que llaman para contratar a nuestras chicas. Más de la mitad de las veces dice que sí, y a pesar de que puede que los haya que hagan mutis por el foro al verla aparecer, dudo que ninguno de los tipos que mantienen la cita tengan nada que lamentar al final de la noche. Didi era probablemente lo mejor que me había pasado en la vida. No quiero ni pensar cómo habría podido dirigir la agencia sin ella. Se asomó por la puerta con su brillante bolso de vinilo colgado de un brazo y la manga de su chaqueta rosa de cuero metida en el otro.
—¿Qué pasa, jefa? —dijo—. Me estaba yendo ya. Esta noche tengo una cita que promete.
Bajó la mirada hacia mis pechos expuestos y soltó un bufido.
—¡¿Quieres dejarlo ya?! No necesitas una maldita operación.
—Pásalo bien, Didi —sonreí—. Nos vemos mañana.
Didi me lanzó un beso y se marchó. Volví a mirarme en el espejo. Sabía que tenía razón, pero aun así…
Cuando oí el trino electrónico de mi teléfono, di un saltito, como si de alguna manera me hubieran sorprendido con las manos en la masa.
—Daring Angels —dije.
—Angel, cariño —sólo oír el familiar gruñido de Sam bastó para animarme—. ¿Cómo estás, guapa?
—Mejor que nunca —respondí dándole la espalda al espejo y cogiendo mi pushup del respaldo de la silla—. ¿Y tú?
—Como siempre. Ya sabes. Haciendo pelis guarras.
—¿Qué tal Georgie? —pregunté, sosteniendo el teléfono entre la mejilla y el hombro mientras me abrochaba el sujetador alrededor de las costillas.
Georgie era el verdadero nombre de Busti Keaton. Debería haber percibido su nerviosa y breve pausa y la arrastrada tensión en su voz al responder, con demasiada rapidez:
—Bien, está muy bien. Oye, Angel, tengo que pedirte un favor.
—Lo que quieras, Sam —dije dándole la vuelta al sujetador y metiendo los brazos entre los tirantes, devolviéndolo todo a su lugar. Le eché un vistazo a mi reflejo. Mucho mejor.
—Tengo que hacer una película con Jesse Black —explicó Sam—. La actriz principal, una chica nueva, me ha dejado tirado, y sólo tenemos alquilado el set por dos horas más.
Asentí y me incliné sobre el portátil para abrir la agenda.
—Vale —dije ojeando el calendario de rodajes—. Tanto Zandora Dior como Kyrie Li están ahora mismo trabajando fuera de la ciudad, pero Sirena, Coco Latte y Roxette DuMonde están disponibles. Si no, tengo también a una chavala nueva, Molly May. Una auténtica belleza, pelirroja de verdad, felpudo a juego con las cortinas. Pequeñita y pizpireta. Tipo vecinita de al lado, pero no le falta glamour. Eso sí, usa una copa B. No será una peli de tetudas, ¿verdad? Ahora mismo sólo tengo una doble D, Bethany Sweet, y ya tiene un compromiso para hoy.
—Lo cierto es que Jesse te ha pedido a ti —dijo Sam.
—Venga ya —repliqué riendo nerviosamente y volviéndome una vez más hacia el traicionero espejo—. Sam, sabes que estoy retirada.
—Angel, por favor, necesito que me ayudes, de verdad. Jesse ha amenazado con abandonar el rodaje y le he prometido que podría conseguirle a la chica que más le apeteciese. Y quiere a Angel Dare. Dice que creció con tus películas, que eres su actriz favorita desde que tenía quince años.
A todo esto hay que tener en cuenta que Jesse Black era probablemente el nuevo talento masculino más pujante de toda la industria. Veintiún años, guapo como una estrella de Hollywood y legendario por debajo de la cintura. Ojos del azul más azul. Sonrisa de chico malo. Más de la mitad de las mujeres que habían acudido a mí en busca de trabajo en los últimos seis meses afirmaban haberse metido en el porno específicamente porque querían trabajar con Jesse Black. Y ahora Jesse Black quería trabajar conmigo.
—Es un poco imprevisto, Sam —dije, a pesar de que mi mente ya estaba repasando impúdicamente todos los detalles de la famosa anatomía de Jesse.
—Nada de sexo anal —respondió Sam—. Sólo una sencilla y tradicional escena chico y chica con remate a la cara. Puedo ofrecerte mil quinientos más la carátula. Será como en los viejos tiempos.
Tuve que reconocer que era una oferta tentadora. Un trabajo sencillo, más Jesse Black, más hacerle un favor a Sam, más mil quinientos dólares y una carátula con la que darle un buen subidón a mi ego. Una prueba fehaciente de que quien tuvo, retuvo. Notaba que mi resistencia empezaba a flaquear, pero tenía que seguir intentándolo.
—Ahora mismo no tengo ningún test médico al día —dije—. El último es de hace casi siete meses.
—Puedes enviármelo por fax el lunes —dijo Sam—. Mira, vamos a dejarlo en dos mil.
—Sam… Yo…
—De acuerdo, dos mil quinientos. ¿Qué me dices? Ando bastante apurado, Angel. Mis últimos tres vídeos han sido un fracaso y como la cague también en este probablemente me despidan de Blue Moon. Pero con Angel Dare y Jesse Black en la carátula, tendría un éxito asegurado.
Sam empezaba a sonar desesperado. Si hubiera sido cualquier otro, probablemente me habría mantenido firme, pero Sam siempre había estado ahí para mí cada vez que le había necesitado. Y nunca había hecho preguntas. Así que dije:
—De acuerdo, Sam. ¿Jesse sabe que no actúo sin condón?
—Claro —contestó Sam—. No hay problema. Mira, mejor te lo paso, ¿vale?
—Espera —dije, pero ya era demasiado tarde.
—¿Angel? —dijo otra voz—. ¿Angel Dare?
—La misma que viste y calza —dije—. ¿Eres Jesse?
—Sí —respondió él—. Angel Dare, guau. No puedo creer que esté hablando contigo.
—Pues sí soy yo, sí —añadí, sin que se me ocurriera otra cosa que decir.
—Dios, no sabes cómo me pones —dijo—. Te juro que debí terminar desgastando, yo qué sé, tres copias de Double Dare. La escena que hiciste con Nina Lynn en la ducha… Buf.
Jesse dejó escapar un pequeño y jadeante ronroneo.
—Gracias —dije observando nuevamente mi reflejo. En la época en la que filmamos Double Dare, Jesse probablemente aún pensaba que las niñas eran asquerosas. Me parecía descabellado que un crío como él pudiera ponerse cachondo conmigo—. Tú tampoco estás nada mal, chaval.
—¿Lo harás? —preguntó Jesse—. Por favor, di que sí. Será como hacer realidad mi mayor fantasía. Yo con Angel Dare.
—Bueno…
—Haré que lo disfrutes, Angel —dijo con tanto fervor adolescente como el de mi primer novio—. Te lo prometo.
—Ponme otra vez con Sam, ¿quieres?
El teléfono cambió rápidamente de manos y la voz de Sam volvió a sonar al otro lado de la línea.
—Venga, Angel —dijo Sam—. Alégrale el día al chaval. Como no vengas pronto, es capaz de ponerme a mí a cuatro patas.
Dejé escapar un suspiro y cogí un bolígrafo.
—¿Cuál es la dirección?

2

La localización era una de esas viejas y tétricas mansiones de Bel Air. Ostentosa, pero sus mejores días habían quedado atrás. El dinero es muy veleidoso aquí en Los Ángeles, y una vieja casa es como una amante envejecida y adicta a la cirugía plástica. Sale más económico comprarse una nueva, llamativa y barata, que seguir manteniendo la vieja. De otro modo, acabas viéndote obligado a alquilarla para rodajes porno sólo para poder pagar la última reparación del tejado.
Un par de retorcidos granados custodiaban la puerta de entrada y cubrían el suelo de rotos frutos rojos que crujieron y reventaron bajo las ruedas de mi pequeño Mini negro. Mientras recorría el camino de entrada circular, se me ocurrió que de un momento a otro vería a Norma Desmond enterrando a su chimpancé entre los descuidados rosales. Me sentí mejor tan pronto como vi el Corvette rojo del 84 de Sam, con su matrícula personalizada: hamrxxx. Estaba aparcado junto a una enorme puerta de madera con aspecto de dar a una mazmorra medieval española. Aparqué detrás de Sam y cogí mi vieja maleta de rodajes del asiento del pasajero. Había otro par de coches que no reconocí aparcados frente al de Sam, uno de alquiler de tamaño medio y un exageradísimo Ferrari negro tuneado que tenía que ser de Jesse. Justo el tipo de coche que anunciaba a gritos «pito de alquiler». Estacionado frente al Ferrari estaba el machacado Honda Civic azul con el que pronto iba a familiarizarme de manera íntima.
Desde entonces he pasado mucho tiempo repasando una y otra vez aquellos breves minutos en el camino de entrada, preguntándome por qué no sospeché nada, por qué me metí de cabeza como una ingenua paleta recién llegada de Indiana. Intento convencerme a mí misma de que el motivo fue que confiaba en Sam, porque hacía casi veinte años que éramos amigos, pero si soy sincera tengo que admitir que eso sólo lo explica en parte. Lo cierto es que me había puesto cachonda. Toda la sangre del cerebro me había bajado a la entrepierna. Había mantenido un rollo semirregular con un bajista de un grupo de rockabilly que había durado casi seis meses, pero hacía poco había pasado a ser rutinario y predecible y yo había decidido partir en busca de pastos más verdes. Llevaba ya tres semanas sin comerme un rosco. Y en aquel momento me descubrí a mí misma rodeada de una embriagadora niebla hormonal, comportándome como una rubia tonta sólo ante la idea de poner a prueba el esbelto y musculoso cuerpo de veintiún años de Jesse Black. De modo que me metí, con la entrepierna por delante, directamente en la trampa.
Las ruedas de mi pequeña maleta saltaron sobre las grietas del pavimento y el eco solitario pareció excesivamente ruidoso al resonar en el patio desierto. La puerta estaba abierta. Pensé que podrían estar rodando alguna escena de diálogo o insertos, de modo que no llamé. Me limité a entrar en silencio.
Lo primero en lo que me fijé fue en que no había mobiliario. Era una estancia enorme y vacía con un techo de catedral, suelos de baldosas españolas y un pesado candelabro de hierro colgado de una cadena, idéntico a los que solía utilizar el Zorro para balancearse sobre las cabezas de los malos. Había varios ventanales, pero estaban cubiertos con plástico opaco, por lo que apenas dejaban entrar una leve y amortiguada fracción del sol de la tarde. Olía a pintura fresca.
—¿Angel? —llamó la voz de Sam desde lo alto de una elegante escalera curvada—. ¿Eres tú?
—Sí —respondí alzando la mirada y entrecerrando los ojos.
—Estamos aquí arriba —dijo Sam.
Empujé hacia abajo el asa retráctil de mi maletita y la levanté para subirla escaleras arriba. Afortunadamente, estaba prácticamente vacía. Sam había dicho que sólo necesitaría lencería y unos zapatos de tacón, de modo que había pasado un momento por casa para recoger un par de juegos y algunas medias, para que tuviera dónde escoger. Hace años que ya no guardo en todo momento en el armario bolsos de rodaje preparados de antemano, pulcramente organizados y clasificados con etiquetas como fetichismo, guarronas o VDAL, las siglas de Vecinita de al lado.
—¿Sam? —grité cuando llegué a lo alto de la escalera.
—¡Entra! —dijo la voz desde el extremo más alejado de un largo pasillo.
Había una puerta parcialmente abierta de la que surgía una luz brillante y me dirigí hacia ella. No había gruesos cables amarillos pegados con cinta aislante al suelo, ni habitaciones adyacentes repletas de chavalas con la risa tonta empolvándose las cicatrices de los implantes y pegándose pestañas postizas. No había nadie holgazaneando, fumando o charlando por el móvil. Sólo aquel largo y vacío pasillo. Me gusta pensar que en ese momento empecé a albergar algunas dudas, pero el caso es que no me marché. Me limité a abrir por completo la puerta y entré sin pensármelo dos veces.
La habitación situada al final del pasillo estaba prácticamente vacía salvo por una cama de hierro forjado con un colchón desnudo cubierto de plástico. Sam estaba apoyado contra la pared más alejada, junto a una chimenea vacía. Había otros dos tipos a los que no reconocí, pero tampoco me fijé demasiado en ellos, ya que Jesse estaba esperando justo junto a la puerta con un aspecto de lo más apetitoso, con el oscuro pelo estudiadamente desarreglado. Sus ojos azules lanzaban chispas. Estaba deseando empezar. Vestía unos pantalones de cuero tan bajos en las caderas que, de no habérselo afeitado, se le habría podido ver el pelo púbico, y había dejado al descubierto su espigado y contorneado torso, lustrado por unas gotas de sudor que remarcaban la perfección simétrica de todos sus músculos. Se acercó a mí, me miró de arriba abajo con admiración y sonrió.
—Angel Dare —dijo—. Guau. Estás increíble. Esto va a ser genial.
Bajó la mano y se apretó la parte más famosa de su anatomía a través de los ajustados pantalones de cuero. Luego me dio un puñetazo en la cara.

3

No perdí el conocimiento, pero me dolió horrores y todo pasó a ser rojo y acuoso. Noté unas rudas manos sobre mi cuerpo, que me arrancaban la ropa y me arrojaban sobre un plástico arrugado y pegajoso, y una cuerda áspera alrededor de las muñecas y los tobillos. Y lo primero que pensé en una especie de delirio fue, Bondage, ¿están locos? ¡A nadie se le ocurriría rodar bondage y sexo en una misma escena!
Luego el dolor fue concentrándose hasta converger en una desagradable palpitación en el costado izquierdo del rostro y por fin fui capaz de volver a ver, obligando a mi mente a superar la fase del hostia puta para pasar a analizar en qué tipo de lío me había metido exactamente. Debería haber sabido que algo olía mal tan pronto como Sam me había dictado la dirección de Bel Air. Nadie en la industria del porno se toma la molestia de ir a rodar hasta allí siempre y cuando pueda evitarlo.
Por lo que podía intuir, me habían atado de manera torpe y poco imaginativa, con los brazos y las piernas en cruz, boca arriba. Tenía la camisa y el sujetador subidos hasta la barbilla y la falda desgarrada hasta la cintura. No tenía ni idea de qué habría pasado con mis bragas. Jesse se alzaba a mi izquierda, con esa expresión lobotomizada que se les pone a los tíos cuando se meten las manos dentro de los pantalones. Tras él pude ver a uno de los dos desconocidos, gordo y de mirada muerta, con la piel del color de una patata cocida y la complexión de un rinoceronte adicto a los esteroides. Llevaba unos ajustados guantes de cuero y no se había metido la mano en los pantalones. En vez de eso, agarraba a Sam del brazo, reteniéndolo cerca de la cama como a un niño travieso justo antes de recibir su castigo.
—Tienen a Georgie —dijo Sam en un tono de voz apenas audible—. Lo siento.
El rinoceronte le dio a Sam un coscorrón despreocupado que habría bastado para tirarlo al suelo si no lo hubiera tenido agarrado.
—¡Joder! —gritó Sam.
—Calla —le dijo el rinoceronte con suavidad, como si estuviera pidiendo una cerveza.
Sam cerró los ojos y agachó la cabeza.
Estaba a punto de decir algo realmente estúpido relacionado con la madre del rinoceronte cuando el otro desconocido se adelantó hasta quedar a la vista, justo a mi derecha. Supe entonces que el rinoceronte era el menor de mis problemas.
Era un tipo de esos a los que nunca ves venir. Invisible. Un cualquiera normal y corriente como los hay cientos. De estatura media, moreno, rasgos olvidables sobre una camisa olvidable y una olvidable corbata. Pero una vez que te fijabas en él, una vez que habías visto más allá de su blando caparazón de don nadie, una vez que le habías mirado a los ojos, resultaba evidente que se trataba de alguien muy peligroso. Emitía unas poderosas ondas de macho alfa ante las cuales todos los demás hombres de la habitación agachaban la cabeza al instante. No había duda posible de que se trataba del jefe.
—¿Dónde está el dinero? —preguntó.
Ni siquiera me molesté en decir qué dinero ni nada parecido. Me limité a mirarle entornando los ojos, callada y furiosa y preguntándome qué iba a tener que hacer para salir de allí de una sola pieza.
El jefe me señaló con un movimiento de barbilla.
—Pregúntaselo —dijo.
Jesse sonrió y me asestó un enérgico derechazo en el estómago. Pasé un par de segundos de pánico convencida de que iba a vomitar. Mi cuerpo intentó curvarse en torno al dolor, pero al tener los miembros atados me vi obligada a seguir extendida, ahogándome en una nauseosa agonía.
—No sé de qué me habla —dije o intenté decir. Lo que salió fue más bien un resuello sin aliento ni consonantes.
—Una chica ha entrado hoy en tu oficina con algo que no le pertenecía —dijo el jefe—. Un maletín. Cuando ha vuelto a salir ya no lo tenía. Sabemos que no está en la oficina ni tampoco en tu casa. Así que, ¿dónde está?
De inmediato me vino todo a la cabeza como en un torbellino mareante. La chica. La rubia nerviosa con el acento de Drácula que había entrado en mi despacho justo antes de la hora de comer y unas seis horas antes de la llamada de Sam. La que estaba buscando a una de mis modelos, Zandora Dior.
—Lia —había dicho que se llamaba, sentada frente a mi escritorio, perdida en el interior de una enorme camiseta del Los Angeles Lakers.
Sus grandes ojos verdes eran esquivos, su lenguaje corporal, tenso y urgente, su pelo, rubio, evidentemente teñido en una peluquería cara, y sus gruesas uñas, postizas, nuevas y brillantes, pero su cuerpo parecía desnutrido y fofo y tenía la piel estropeada, agrietada alrededor de su boquita de piñón. No llevaba maquillaje, pero supe que sería capaz de arreglarse lo suficientemente bien como para seguir rodando otros seis meses. La camiseta era tan larga como un vestido y le tapaba casi por completo la ajustada falda negra que llevaba debajo, haciendo que pareciera como si se hubiera olvidado de ponerse los pantalones. El maletín descansaba entre sus dos grandes pies. Apenas me fijé en él.
—¿Tienes algún documento de identidad? —le había preguntado, estudiándola atentamente, observando sus piernas pálidas e infantiles y los lujosos zapatos de tacón, excesivamente elegantes como para conjuntar con aquella camiseta. Sólo vi problemas—. Si no tienes un permiso de conducir norteamericano no puedo hacerte ni siquiera tomas de prueba.
—No busco trabajo —dijo—. Busco a Lenuta Vasilescu. En las películas se llama Zandora Dior.
Volví a mirar de arriba abajo a la chica, preguntándome a qué vendría todo aquello.
—Zandora está de gira —dije.
Lia frunció el ceño como si no hubiera entendido lo que le estaba diciendo.
—Está fuera de la ciudad, de gira —le expliqué—. Ya sabes, bailando. En la carretera.
—¿Cuándo volverá? —preguntó Lia.
—El lunes —respondí yo.
—Oh —dijo Lia bajando la mirada hacia el maletín y retorciéndose los huesudos dedos en el regazo como si fuera una niña—. ¿Puede darme por favor su número de teléfono? Somos amigas, crecimos juntas en Brasov. Es muy importante. Necesito hablar con ella cuanto antes.
Quizá porque conocía el auténtico nombre de Zandora o porque era evidente que también era rumana, o quizá porque parecía tan pequeña y desesperada como un pajarillo con un ala rota, sentí el impulso de ayudarla. Ni de coña pensaba darle el número de móvil de Zandora, pero tampoco iba a limitarme a largarla con cajas destempladas, teniéndola como la tenía allí sentada con pinta de estar haciendo un esfuerzo para no echarse a llorar en cualquier momento.
—¿Quieres que le pase algún mensaje? —pregunté.
—Es… —la muchacha tragó con dificultad y bajó la mirada—. Es privado.
—Te diré lo que haremos —repliqué—. ¿Qué tal si le escribes una nota con tu número de teléfono y lo que quieras? Puedo enviársela a Zandora por fax al club en el que va a estar actuando hoy y así ella podrá ponerse en contacto contigo.
—De acuerdo —dijo Lia. Era evidente que mi solución no la había satisfecho, pero tenía demasiada prisa como para discutir—. ¿Me da un papel?
Le di un folio en blanco sacado de la impresora y un bolígrafo morado y brillante de Daring Angels. La muchacha se inclinó sobre mi escritorio y escribió rápido y con fuerza, como si estuviera intentando grabar las palabras en piedra. Era evidente que estaba escribiendo mucho más que un número de teléfono. De hecho, no vi nada que se pareciera en nada a un número. Sólo una caligrafía juvenil, retorcida y apretada, repleta de extraños ganchos y garabatos. Incluso del revés, pude percatarme de que no estaba escribiendo en inglés.
Me sentí un poco extraña enviándole a Zandora una nota sin saber lo que ponía en ella, pero después de todo, sólo era una nota. Incluso si al final resultaba ser algún tipo de loca amenaza o vaya usted a saber qué, Zandora no tenía por qué responder. No era como si le estuviera dando a la muchacha su número, ni tan siquiera informándole de qué club en concreto iba a recibir el misterioso mensaje. Pero al menos debería bastar para aplacar a la angustiada rubia lo suficiente como para sacarla de mi oficina. Su numerito del pájaro herido empezaba a ponerme nerviosa. Hacía que me sintiera como si debiera andarme con ojo, no fuera a haber gatos cerca.
Mientras preparaba una rápida portadilla y enviaba su nota al Eye Candy de Las Vegas, Lia se levantó y se deslizó como un fantasma hacia mi única ventana, para observar a través de la persiana el mundano panorama de la aburrida y vacía avenida Vesper. Siguió así, inmóvil, mientras el fax pitaba y chuflaba y la nota lo atravesaba, hasta que salió escupida por el extremo inferior. Luego, cuando se apartó de la ventana, vi que su lenguaje corporal había cambiado sutilmente. Se comportaba de una manera anormalmente rígida y casi formal, como una viuda de Stepford de las pasarelas. Volvió su largo cuello y su inexpresivo rostro hacia mí, sin fijar la mirada en ninguna parte, y preguntó.
—¿Dónde está el cuarto de baño?
—Pasada la recepción, a la derecha —dije—. Didi te lo enseñará.
Lia asintió y recogió su nota de la bandeja del fax, abrió la cerradura con combinación de su maletín y lo abrió lo justo como para dejar caer dentro la hoja. Fui incapaz de ver qué más llevaba dentro, y francamente ni siquiera me esforcé demasiado, si bien no pude evitar fijarme en que la combinación del maletín era 666. Me hizo gracia, jamás la habría tomado por una aficionada al death metal.
Estudié su esbelta espalda mientras abría la puerta. Quizá pensase que era extraño que llevase un maletín de piel en vez de un bolso o quizá me limitara a alegrarme de perderla de vista.
Ni siquiera dijo gracias, ni adiós.
Unos minutos más tarde, dos tipos entraron en mi despacho.
—¡No pueden entrar ahí! —les estaba diciendo Didi, pero ya estaban dentro.
El primer tipo que atravesó la puerta tenía un aspecto claramente eslavo tras sus marcados rasgos de comadreja. Estaba muy bronceado, vestía como una estrella del pop armenia y debía de ser unos cuatro centímetros más bajo que yo. Su compañero, más alto, en el umbral de la puerta, parecía más bien un paleto alimentado con mazorcas de maíz, con el pelo rubio en receso, ojos azules y fríos y un cuerpo gordo pero poderoso, como el de esos tíos que arrastran camiones con los dientes. Su traje negro y sencillo denotaba que sólo le interesaban los negocios. Los negocios turbios.
—No contrato actores —les dije—. Inténtenlo en Eros, en Sherman Way.
—Qué graciosa —dijo el tipo con aspecto de comadreja. Evidentemente era el portavoz de la pareja y hablaba con un débil deje, ligeramente distinto al acento de Lia—. Buscamos a Lia.
—Precisamente acaba de irse —les dije.
—No la hemos visto salir del edificio —replicó el comadreja clavándome una mirada amenazadora como si hubiera aprendido a hacerlo viendo la televisión—. ¿A qué supones que se debe eso?
Se oyó un ruido en el cuarto de baño y el comadreja dirigió bruscamente su cabeza hacia el sonido como un depredador hambriento.
—Tenía que empolvarse la nariz. ¿Verdad?
—Mire, no les conozco ni a ustedes ni a ella —dije—. Y no quiero saber nada de…
Antes de que pudiera terminar la frase, el paleto se había dirigido a grandes zancadas hacia la recepción, sorteó a una indignada Didi y abrió de una patada la puerta del baño.
—¡Hey! —gritó Didi.
El baño estaba vacío. Los caros zapatos de Lia estaban tirados en el suelo junto al retrete. La ventana estaba abierta, lo justo como para que una chavala escuálida se escurriera por ella. Mis oficinas estaban en el segundo piso. No era un salto imposible, a pesar de que aterrizar sobre el asfalto del aparcamiento que había al lado no podría haber sido nada agradable. Especialmente descalza. Tendrías que estar sumamente motivada para hacer algo así. Lia evidentemente lo estaba.
—Escuchadme bien, cabronazos de mierda —dijo Didi encarándose sin temor alguno con aquellos tipos, como un terrier cabreado—. No sé quién cojones os creéis que sois, pero tenéis exactamente tres segundos para salir echando leches de aquí antes de que llame a la policía.
Los tipos apenas dieron muestras de haberla oído. La echaron a un lado y se marcharon sin decir palabra.
—¿A qué coño venía todo eso? —preguntó Didi.
—No tengo ni idea —respondí, mirando enfadada el cerrojo roto de la puerta del cuarto de baño—. Y francamente, tampoco quiero saberlo.
Por supuesto, en aquel momento no tenía ni idea de lo ciertas que iban a ser mis palabras. Horas mas tarde, tumbada atada a una cama, empapada en un sudor pegajoso que se estaba encharcando en el plástico bajo mi cuerpo y rodeada por una caterva de individuos a cada cual peor, quise saber menos aún.

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Interplanetaria

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