Abismos

AbismosDavidJasso

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David Jasso, maestro del terror psicológico, tras publicar cinco novelas tan potentes y escalofriantes como La silla, Cazador de mentiras, Día de perros, Feral y El pan de cada día, nos entrega ahora, rizando el rizo, cinco impactantes novelas cortas en un solo volumen.
Abismos es su primera y esperada antología, y a buen seguro que se convertirá en una antología antológica, valga la redundancia. Además, a excepción de La bruma, que ganó el Premio Liter y se publicó en la desaparecida revista Galaxia, todas las historias de este libro son inéditas, para mayor suerte de sus seguidores. El huevo, La bruma, El tubo, El cine y La textura de tu piel están llamadas a convertirse en clásicos del terror moderno, narraciones de una subyugante intensidad que te atrapan desde la primera línea sin remisión, desembocando de forma vibrante en finales certeros y sobrecogedores. En manos de este original y diabólico autor, por ejemplo, algo tan nimio como arrojar un huevo por la ventana puede desencadenar una tragedia de consecuencias imprevisibles.

ANTICIPO:

1

Mi hermano pequeño es un imbécil. Siempre lo ha sido y probablemente siempre lo será. Por eso me repatea las tripas que todo el mundo diga que somos iguales. Pero ¿es que no se dan cuenta? Por favor… si es un imbécil. Sinceramente, me ofende que digan que nos parecemos.
Solo tiene diez años («¡y medio!», gritaría si me oyera, siempre está con las mismas estupideces), casi tres menos que yo. Pero es un auténtico descerebrado. Un crío sin pizca de conocimiento. Para él únicamente exis­ten los dibujos animados esos para bebés de la tele y un tonto juego de perritos de la Play, se ríe como un bobo mientras le da galletas virtuales a la mascota informática. A veces hasta me llama para mostrarme lo que le ha enseñado a hacer al perrito (dar una vuelta sobre sí mismo, ladrar, poner morritos…). A mí me la suda, pero acudo a ver, no porque esté interesado en ese juego de niños, que a nadie se le ocurra pensar eso, sino por… bueno, es imbécil, pero es mi hermano. Tengo que cumplir con él. además es el ojito derecho de mamá, la experiencia a lo largo de toda mi vida me ha enseñado que es mejor llevarme bien con Diego, si no, siem­pre acabo saliendo trasquilado.
El caso es que es un hecho innegable que mi hermano es un imbécil, tan cierto como que las clases son un rollo.
Ayer mismo, sin ir más lejos, cuando regresé a casa después de la clase de kárate (otra de las cabezonadas de mi madre, yo soy más de armas de fuego, la verdad) y me dirigí a nuestra habitación, le vi sentado en su cama con un insólito objeto entre sus manos. Intenté no prestarle atención, ese sistema era el único que se había demostrado válido para soportar mi convivencia con él. Teníamos que compartir habitación. Lo cual me con­vertía a mí en uno de esos presos de las caricaturas que arrastran una pesada bola unida con grilletes al tobillo. La bola lleva escrita la palabra «Diego».
Arrojé la mochila bajo la silla (era la única manera de no taponar el espacio para transitar) y dejé la ropa de deporte en una esquina, debería acordarme de recogerla si no quería que mi madre me montara uno de sus numeritos habituales. (Probablemente «Nunca me haces caso» o «Haz el favor de recoger tus cosas». Aunque últimamente «¿Cuándo vas a crecer?» se había convertido en uno de sus grandes éxitos de todos los tiempos).
Miré de reojo. Lo normal sería que a esas horas Diego estuviera vien­do la tele en el salón, me extrañó verle sentado en su cama manipulando esa voluminosa cosa. El objeto nacarado llamó mi atención, pero a pesar de estar intrigado retiré la vista, estaba seguro de que se trataba de alguna de esas cosas de críos a las que mi hermano era tan aficionado. Pero…. fuera lo que fuera, era bastante grande. Yo no quería estar interesado, se suponía que sus tonterías ni me iban ni me venían. Diego estaba sentado de medio lado, eso me impedía ver bien qué estaba haciendo. Estiré el cuello. El objeto brillaba con tonos apagados. Bah, sería algún juguete. ¿Era un hueso enorme?
Se me ocurrió que si me acercaba a hablarle podría ver bien de qué se trataba, quizás valiera la pena dirigirle algunas palabras, aunque vulnera­ra una de mis normas básicas de supervivencia. Afortunadamente no tuve que hacerlo, fue él quien con su habitual confianza me llamó utilizando ese tonillo infantil que me ponía de los nervios.
—Mira, mira lo que tengo.
Y alargó sus brazos hacia mí mostrándome el objeto. Al principio pensé que se trataba de una cartulina de color marfil enrollada sobre sí misma (algo para un trabajo de clase o así), aunque debía de resultar más pesada. Luego vi que era mucho más consistente, pero seguía sin descifrar el mis­terio de lo que mi hermano me enseñaba tan orgulloso. Joder, si solo era un trozo de tubo ¿no?
—Y ¿qué mierdas es eso? ¿Un tubo?
Diego miró el objeto como si mi pregunta le hubiera dado alguna respuesta.
—Pues… sí. Sí, tienes razón, es un tubo. Mira.
Entonces lo vi claramente, en efecto parecía un trozo de grueso cana­lón. Era un cilindro hueco. No tendría más de treinta y cinco o cuarenta centímetros de largo y su diámetro permitía introducir con holgura un brazo. Casi semejaba un trozo de uno de esos desagües que bajan por los laterales de las casas antiguas, pero un poco más ancho. Su superficie era uniforme y refulgía con un extraño brillo amortiguado, como un hueso al que le hubieran aplicado intensamente una pulidora. En la parte central mostraba un pequeño estrangulamiento, allí donde un anillo un poco más estrecho la circunvalaba.
Seguía sin tener ni idea de qué se trataba o de qué utilidad podría tener un trozo de tubería revenida sacada de la cueva de Alien. Aunque tampoco me sorprendía demasiado, mi hermano sufría el síndrome Cor­neja, atesoraba todo aquello que brillara o resultara atrayente: piedrecitas blancas, cristales con forma de gema procedentes de lámparas viejas, un trozo de cordón metalizado, monedas nuevas… Tenía una caja en la que guardaba sus devaluados tesoros, aunque desde luego, este trozo de tubo no le cabría. Me pregunté cómo había conseguido que mamá le permitie­ra entrar ese trasto en casa; probablemente, Diego habría recurrido a su repertorio de ruegos, lágrimas y porfavores.
—Vale, bien. Un cacho tubo. Pues me alegro. —Acababa de compro­bar una vez más la teoría que afirmaba que cualquier tema interesante para mi hermano era aburrido para mí—. Un tubo.Joder, qué bien, esta­rás contento ¿no?
Diego era incapaz incluso de captar la ironía de mi voz.
—Sí, sí. Pero no es un tubo normal. Es especial.
—Ya, ya lo veo: es un tubo hortera.
Creí ver un tenue rastro de indignación surcando su rostro, pero el orgullo por su tubo seguía prevaleciendo.
—No, que te digo que es especial. —Lo miró con cierto arrobamien­to—. Y si quieres te lo demuestro.
No debía entrar en su juego, no debía. Mejor mantener la boca cerra­da y marcharme a ver la tele.
—¿Ah sí? ¿Y qué tiene de especial? —Vale, soy un bocazas.
—Mira. Y no pierdas detalle.
Su rostro se iluminó con esa sonrisa suya bobalicona que tía Cristina decía que era de familia. No es cierto, yo no sonrío así, antes me arranco la boca.
—Toma. Sujeta el tubo.
Lo cogí de entre sus manos. Me sorprendió su peso. Podía mantenerlo sin problemas pero nada indicaba que pudiera resultar tan pesado. Su textura era desagradable al tacto, como rozar roca sobre la que alguien hubiera vertido grasa. Y estaba caliente, supuse que debido a que Diego lo había estado sujetando contra sí. Me desagradó su aspecto óseo, era como un gran fragmento de hueso de dinosaurio, pero hueco. Lo miré con detenimiento pero no aprecié nada digno de interés, básicamente era un tubo.
Le di la vuelta y seguía siendo un tubo. Lo puse frente a mi rostro y miré a través de él. La cara de Diego me sonreía al otro lado. Qué suerte tenía el enano de que no fuera un bazoka.
—¿Yyy? —pregunté alzando los hombros.
—Ponlo frente a ti mirando hacia abajo.
Seguí sus absurdas instrucciones, mi ánimo se debatía entre el desinte­rés más absoluto y la curiosidad más injustificada, eso quería decir que mi hermano tenía muchas posibilidades de acabar en breve con el tubo como gorro, aunque no le cupiera la cabezota. Lo sujeté frente a mí, como si fuera una cesta de baloncesto. Diego buscó a su alrededor y arrancó una hoja en blanco de la libreta más cercana. Huy, si mamá se enterara… Siempre nos gritaba si malgastábamos el papel, yo creo que más por un tema económico que ecológico, pero el caso es que nos tenía prohibido arrancar hojas sin motivo. Bien, que se meta en líos; en nuestra casa por mucho menos de una hoja de papel se han liado broncas enormes…
Hizo una bolita con la hoja.
—Baja un poco —me pidió. Apenas llegaba a la parte superior del tubo.
Suspiré resignado siguiendo su petición.
—Mira —dijo.
A través del tubo podía ver el suelo y mis propios pies. Diego acercó la mano a la parte superior y soltó la bola en el interior del tubo. El papel cayó por el hueco y de repente lo perdí de vista.
Fruncí el ceño y retiré el tubo mirando el suelo a mis pies. Allí donde debería haber aterrizado no había ningún papel. Ojeé el interior del tubo, estaba limpio, era evidente que no se había atascado en su interior. Di un paso hacia atrás para intentar localizar la bola.
Diego comenzó a dejar escapar su risita de conejo. Sonaba como un motorcillo intentando arrancar, jijj, jijj, jijj… Le miré sorprendido, no aca­baba de entender qué había pasado con el papel.

2

Sacudí el tubo con energía arriba y abajo por si el papel se había quedado en su interior, aunque era evidente que no era así. Supuse que se trataba de uno de esos artilugios mágicos con espejos y doble fondo. Pero lo cierto era que el truco era bueno.
Comprobé que el papel no estaba en el suelo. Joder, tenía que haber algo en el interior de ese tubo de hueso. Me dispuse a introducir mi brazo buscando algo que pasara desapercibido a la vista, el doble fondo o lo que fuera que había escamoteado el papel de mi vista.
Pero Diego se tiró a mi brazo con una violencia inusitada, lo inesperado de su empujón me hizo soltar el tubo. Rodó por el suelo con un áspero sonido. Bien, ahora sí se había ganado la bofetada.
—No, no, no puedes meter el brazo —me dijo con un tono tan pre­ocupado que llegó a encoger mi estómago—. No puedes.
Le di un empellón para quitármelo de encima.
—Quita, idiota. ¿Estás tonto o qué?
—No puedes meter el brazo o desaparecerá.
Su tono seguía siendo implorante y preocupado. La risita se había volatilizado de su cara y no me hubiera extrañado que hubiera comenza­do a lloriquear de un momento a otro.
—Pero ¿qué dices? ¿Qué es ese tubo? ¿Un artilugio de magia?
Diego se apresuró a recogerlo del suelo. Lo sujetó contra su pecho de forma que yo no hubiera podido introducir nada en él aunque lo hubiese intentado; algo que no pretendía hacer.
—No sé qué es —admitió muy serio ante mi mirada adusta—, pero hace desaparecer las cosas .
Oh, me dije, alguien le ha tomado bien el pelo. No, si cuando yo digo que es imbécil…
—Vaaale, hace desaparecer las cosas —concedí y en esta ocasión has­ta él captó mi ironía—. ¿De dónde lo has sacado?
Negó con la cabeza, ya estaba enfurruñado otra vez.
—Lo… encontré en la calle, sí, eso.
Era tan evidente que mentía que ni siquiera me molesté en rebatírse­lo. Debería aprender a soltar trolas o tendría un futuro crudo con mamá, a la que era dificilísimo colarle goles. Y habla la experiencia.
—A ver, Diego, déjame verlo bien.
—No. Ya lo has visto y ya sabes lo que hace, te lo he enseñado. El tubo es mío.
—Sí, lo he visto, pero déjame mirarlo bien para ver cómo funciona. —Y decidí darle un poco de carrete—. La verdad es que es un truco muy bueno, me has dejado alucinado.
—No es un truco —protestó—. Es un tubo mágico de verdad. Lo que metes por un lado no sale por el otro. Es magia.
No pude evitar sentir un amago de estremecimiento, este crío siempre me ponía de los nervios.
—Bien, es un tubo mágico que te has encontrado en la calle —conce­dí renuente—, pero déjame verlo.
—No. Que meterás el brazo… y te desaparecerá.
Ahora sí que un escalofrío recorrió mi espina dorsal, era como si al­guien pasara un dedo de hielo a lo largo de mi espalda, el concepto imagi­nado por Diego era, cuanto menos, turbador, y su tono de seguridad y temor ponía los pelos de punta.
—Anda, déjamelo que no meteré nada —me alegré de que mi voz no se quebrara.
—No —su negación con la cabeza era menos intensa, leía en él como en un libro abierto, sabía que acabaría entregándomelo.
—Venga, te prometo que no meteré el brazo.
Y no pude evitar sentir cierta tranquilidad cuando se lo prometí; des­de luego ya no pensaba hacerlo.
—¿Lo prometes por papá?
—Lo prometo por papá.
Diego sabía que no me gustaba nada esa fórmula de juramento, ape­lar a papá no estaba bien y menos por temas tan poco importantes. Muy despacio volvió a tenderme el extraño tubo.
—Pero lo has prometido ¿eh?…
—Que sí, pesado, que sí.
Nuestros dedos se rozaron cuando tomé el objeto, Diego retiró sus manos a cámara lenta. El tubo parecía estar todavía más caliente. Sentí de nuevo ese peso desasosegador. Pero en esa ocasión examiné el objeto con mucho más esmero. Advertí que el exterior no era completamente unifor­me, sino que además de la banda central que lo rodeaba existían peque­ños abultamientos, casi inapreciables que reforzaban su aspecto óseo, como si el molde en el que se hubiera fabricado no fuera perfecto. El filo de los extremos no era liso, mostraba un aspecto dentado, como el de la corteza de una baguette cuando la partes por la mitad. Arañé un poco la superfi­cie intentando dilucidar de qué material estaba hecho, pero me resultó imposible, posiblemente fuera un plástico muy duro aunque no deseché del todo la idea de que se tratara de hueso pulido. El asco comenzó a poseerme cuando fui incapaz de descartar la opción de que tenía un grue­so hueso en mi mano. No, probablemente sería plástico rígido, me dije. Me asomé de nuevo al interior y no aprecié nada raro, a excepción de algo que bien podrían ser pequeñas grietas o finas venillas recorriendo su diámetro interno. La sensación de ser algo orgánico era inevitable.
Diego, a mi lado, vigilaba expectante mi observación, temía que incumpliera mi promesa. Algo que, desde luego, no pensaba hacer. A cada segundo que pasaba me desagradaba más tener ese tubo misterioso entre mis manos.
—¿Ves algo?
Negué con la cabeza sin prestarle demasiada atención, estaba enfras­cado en el estudio del fascinante objeto. Tenía que realizar más pruebas…
—Y ¿cómo dices que funciona? —le pregunté mientras rascaba con mi uña el filo.
—Es muy fácil, metes una cosa por un lado y no sale por el otro. Da igual el lado por el que lo metas, nunca sale por el otro.
—¿Has metido muchas cosas?
—Bueno… papeles y la cáscara de una naranja.
—Y ¿nunca salen? ¿Dónde van?
Diego subió los hombros como si no se hubiera planteado esa pregun­ta, como si eso no fuera procedente. Ya, ni idea. Como yo, vamos.
—Voy a probarlo de nuevo.
—Pero no metas el brazo —imploró mi hermano con firmeza.
—Que no, que no. No seas coñazo. Dame algo para meter…
Diego miró a su alrededor.
—¿El qué?
—No sé, algo grande y que pese.
Pasé mi vista por la mesa que compartíamos.
—La grapadora —dije. Era bastante grande y sólida, no se podía es­fumar así como así.
—Jo, es nueva, te vas a quedar sin ella.
—Da igual, tráela.
Hizo lo que le pedí sin protestar demasiado.
—¿Qué tengo que hacer?
De nuevo su encogimiento de hombros.
—Nada, solo métela y ya está.
Bien, en esta ocasión realizaría el experimento en condiciones contro­ladas. Apoyé el tubo en el suelo y lo dejé en pie. Su grosor le proporciona­ba bastante estabilidad. El objeto no se podía extraviar, quedaría en el suelo, en el fondo del tubo.
Soy un chico valiente, me trago todas las películas de terror que ponen por la tele y me encantan los juegos de survival horror. Por eso no me explico por qué estaba tan intranquilo cuando acerqué mi mano con la grapadora al borde del tubo, por qué mis dedos temblaban como los del abuelo. No tenía miedo. No tenía miedo. Procuré que mi mano no se introdujera lo más mínimo en el tubo, le había hecho una promesa a Diego. Ya tenía la grapadora sobre el hueco. La dejé resbalar. Vi cómo entraba en el tubo, esperé oír el sonido del metal al chocar contra el suelo. El sonido no llegó. Pero no pasó nada más, ni un temblor, ni una trepidación, no hubo un fulgor ni nada que delatara una implosión, ni el más leve zumbido, no parpadearon las luces de la habitación, no pasó nada espe­cial. Miré al interior. Al estar apoyado en el suelo las sombras interiores habían crecido, pero no se veía nada, allí no estaba la grapadora. Alucina­do, levanté el tubo y miré en el suelo. No estaba. Miré en el interior, no estaba.
Diego de nuevo lanzó su risita.
—Jijj, jijj, jijj, deberías verte la cara, jijj…
No podía creerlo. Diego tenía razón, las cosas desaparecían en el inte­rior del tubo.
Pero eso no podía ser así, no era posible, tenía que haber una explica­ción. Yo ya soy lo suficientemente mayor como para no creer en la magia, en los Reyes Magos y en el ratoncito Pérez. Esas cosas no existen, los trucos que los magos realizan en la tele son eso, trucos, solo efectos espe­ciales o de habilidad, papá me lo había explicado hacía ya tiempo.
Me levanté de un salto y abrí el cajón de los bolígrafos, allí estaba lo que buscaba, la regla. No era muy larga, treinta centímetros, el tubo era algo más alto, pero supuse que bastaría para realizar la nueva prueba que quería hacer.
Aparté algunos libros de la mesa de estudio y retiré unos pocos trastos de Diego; dejé el tubo tumbado mirando hacia mí. No lo pensé demasia­do y comencé a introducir la regla de plástico transparente sin perder de vista su extremo. No pasaba nada, la regla entraba tal y como mandaban las leyes de la física. La introduje dos, tres centímetros.
Diego pegó su cara a la mía para ver cómo entraba la regla. A él no se le había ocurrido experimentar o buscar una explicación a la desapari­ción de los objetos.
La regla temblaba en el interior del tubo, pero la causa era totalmente natural, mi pulso vibraba más que la vieja campana extractora de la coci­na. Siete centímetros, ocho.
Seguí introduciéndola, sin parpadear, sin respirar, esperando que su­cediera algo imposible. Doce, catorce. Ya faltaba poco para que alcanzara la mitad del tubo, allá donde en el exterior una especie de aro lo circunva­laba. Dieciséis, dieciocho. La respiración de Diego se clavaba en mi cue­llo, ni siquiera me importaba que estuviera tan cerca.
De repente comenzó a suceder, en esta ocasión tampoco hubo ningún efecto especial, ni luces, ni temblores, nada de nada, el tubo no tenía el sentido del espectáculo demasiado desarrollado. Sin embargo era mila­groso, yo metía la regla y no se introducía más, era como si cada vez se hiciera más corta. Comprendí entonces que estaba desapareciendo a me­dida que yo la introducía, que en el ecuador del tubo debía de encontrarse aquello que propiciaba el fenómeno. Empujé más y el extremo libre de la regla desapareció en el vientre del tubo.
La voz de Diego me sobresaltó cuando dijo:
—Cuida, tienes la mano muy cerca.
Su consejo casi me costó un infarto, pero al menos sirvió para recor­darme que debía respirar. Continué introduciendo la regla mientras la sujetaba con dos dedos por su extremo. El efecto era aterrador, era como si la longitud de la regla menguara.
—Se la está comiendo —dijo Diego con su tono de voz más infantil. Su descripción era bastante aproximada pero de nuevo había encontrado la forma de ponerme nervioso. «Se la está comiendo», menuda idea.
Entonces me pregunté qué pasaría si sacaba la regla. Y la seguridad de que alguien se enfadaría me sacudió, no podía quitarle las cosas de la boca, a nadie le gusta que le arrebaten su comida. Sacudí la cabeza para descartar esas ideas alocadas.
Había llegado a un punto muerto. El caso es que no sabía qué hacer, si sacar la regla o empujarla completamente al interior. Bien, me dije, hay que experimentar, nos lo dice el profe de ciencias naturales, ¿no? Y de un fuerte tirón saqué la regla. La retiré rápidamente de mí, como si hubiera esperado que unas fauces salieran pegadas al plástico y treparan por mi brazo hasta devorarme. La arrojé sobre la cama como si quemara.
No sucedió nada extraño, la regla estaba intacta, el plástico no se ha­bía derretido, no había menguado, no mostraba ningún signo de deterio­ro. Extendí mi mano para cogerla y de nuevo Diego me brindó una de sus absurdas ideas.
—No la toques, puede estar contaminada.
Retiré la mano de forma instintiva más rápido que si la regla hubiera mutado en una víbora. ¿Contaminada? Dios, ¿cuál era la lógica de la mente de mi hermano?
—No sabemos dónde ha estado ¿Y si ha ido a otra dimensión o a otro planeta?
¿Por qué las estúpidas palabras de Diego acababan teniendo sentido? ¿Cómo era posible que hubiera distorsionado mi mundo hasta el extremo de llegar a plantear extrañas teorías que a mí ni se me habían ocurrido? De todas formas eso demostraba que Diego no era tan tonto y que ya había dedicado algún tiempo a buscar explicaciones al fenómeno del tubo.
Le miré a la cara. La regla reposaba en la cama.
—¿Qué sabes del tubo? ¿De dónde lo has sacado?

3

Su expresión se demudó, estaba claro que no era un tema que quisiera tocar, pero llegados a este punto era de vital importancia aclarar la proce­dencia de ese asombroso objeto.
—Me lo he encontrado —mintió de nuevo.
—¿Ah, sí? ¿Dónde?
—Me lo he encontrado —insistió. Podía ver cómo intentaba buscar alguna explicación en su cerebro subdesarrollado.
—Dime de dónde lo has sacado, es importante.
Retiró la vista y miró a la regla. Su voz sonó mansa y apesadumbrada.
—No puedo decírtelo. No puedo. Lo he prometido.
Bueno, hasta ahí podíamos llegar, el tema se estaba escapando de las manos. Esto había ido demasiado lejos. Era el momento de que intervi­niera mamá. No soy tonto y sé cuándo algo es importante. Y este era uno de esos casos, aquí se requería la presencia de la autoridad.
—Se lo voy a decir a mamá —amenacé muy serio. Pensaba hacerlo. Debería haberlo hecho—. O me dices de dónde lo has sacado o voy a mamá.
Sus ojos se desorbitaron.
—No puedo, créeme, créeme. No puedo. —Y comenzó a lloriquear. Su pecho empezó a temblar como ese perrito de peluche que tuve de niño, vibraba y luego saltaba dando una voltereta en el aire.
—Vas a ir a mamá. ¿De dónde lo has sacado? —No podía dejar las cosas así. Tenía que descubrir el origen de ese tubo de hueso mágico.
De repente Diego se rebeló con gran violencia, no esperaba su explo­sión de ira y fuerza, me empujó y se apartó de mí. En verdad parecía que el perrito daba la voltereta. Su tono subió varias octavas.
—¡Que me dejes! No puedo decírtelo. Lo he prometido.
—Pero, Diego, ¿estás loco? ¿No ves que esto es importante? ¿Que tie­ne que tener alguna explicación? Las cosas no desaparecen en el aire así como así…
—Lo sé. Lo sé. —Su tono seguía siendo virulento, casi retador. Por lo que yo recordaba era la primera vez que me hacía frente con tanta inten­sidad. De un momento a otro recibiría una chufa—. Haz las pruebas que quieras, pero no me obligues a decirte quién me lo ha dado.
—Ajá —exclamé—, te lo han dado. Alguien te lo ha dado.
—Déjame en paz o cogeré la regla por la parte que ha desaparecido y si me pasa algo la culpa será tuya.
Y alargó su mano hacia ella. Me pareció una amenaza verdadera­mente surrealista, imaginé a un ladrón de bancos: «Denme el dinero de la caja o les tocaré con mi regla. Y mucho ojito que está cargada de centíme­tros». Claro, que, pensándolo bien, esta regla había estado en algún lugar desconocido, quizás otro planeta o en un agujero negro, como había suge­rido Diego y podía haber traído algo con ella, bacterias marcianas, aguje­ros negros portátiles… ¿quién sabía?
—Haz lo que quieras, pero tienes que decirme quién te lo ha dado.
Entonces en un gesto de rebeldía suprema se lanzó sobre la cama y cogió la regla con decisión, sin que yo pudiera hacer nada por evitarlo excepto temblar. La blandió frente a mí. Sus nudillos estaban blancos, tal era la fuerza con que la sujetaba. Comencé a asustarme, temí que comen­zara a propinarme golpes, uno tras otro, con violencia, con ira.
—Diego, Diego —dije extendiendo mis brazos ante mí para intentar apaciguarle y frenar su posible ataque—, tranquilo. Espera. Suelta la re­gla. Tú mismo has dicho que puede estar… contaminada. —Fue el mejor término que se me ocurrió.
—No, no pasa nada, está bien. Pero no me preguntes de nuevo de dónde lo he sacado o meteré el brazo en el tubo. Y verás.
Era la amenaza más absurda que nadie podía proferir, fuera de con­texto parecía una broma, pero en su voz infantil sonaba aterradora. Y más teniendo en cuenta el inexplicable misterio del tubo.
—Suelta la regla —pedí—, por favor.
La dejó caer sobre la mesa junto al tubo, el característico sonido del plástico contra la madera sonaba reconfortante, era real y cercano… Exa­miné de cerca la regla. Su aspecto era enormemente prosaico.
—Déjame ver tu mano —pedí, no podía evitar la sensación de que la regla pudiera estar afectada de alguna manera imperceptible a simple vista.
Diego ya había vuelto a su estado de mansedumbre habitual, sus cam­bios de humor eran antológicos; extendió su mano frente a mí, como cuan­do mamá le pregunta si se las ha lavado.
Una fina línea roja cruzaba su palma. Mi estómago se encogió, ahí se apre­ciaba la prueba de que la regla había traído algo, de que Diego estaba infectado.
Él también lo vio y fuera de toda lógica comenzó a reír.
—Jjj, jjj, no te asustes, eso es de cuando la he cogido y he apretado, se me pasará ahora, ya verás. No te preocupes.
Solté su mano y me dejé caer sentado sobre la cama. Todo eso me estaba desbordando. Era demasiado. Respiré hondo intentando aclarar mis ideas.
—Joder, Diego, esto es muy raro. No puedo entenderlo. No sé porqué no me dices nada.
Su mirada me hizo cerrar la boca, mejor cambiar de tema si no quería arriesgarme a una nueva explosión de ira. Continué:
—No puedo entenderlo. No sé qué es eso.
—Da igual, no importa. Es nuestro y podemos hacer con él lo que queramos.
—Bufff. Y ¿qué quieres hacer con eso? ¿Venderlo como papelera ató­mica? ¿El triturador de basura definitivo?
—No. ¿No te acuerdas de un episodio de los Simpson en el que Homer viaja a otra dimensión?…
Ese era todo el rigor científico de mi hermano: los Simpson aplicados a la física cuántica. Cerré los ojos y tragué saliva.
—Vale, Bart. Multiplícate por cero.
Y Diego prorrumpió en una sonora carcajada. Ya he dicho que los cam­bios de humor de mi hermano eran bestiales, tan pronto estaba amenazándo­me con una regla como se partía el culo de risa. Se acercó a mí y tomó mi mano con un inesperado gesto cariñoso, de repente habíamos encontrado uno de esos raros momentos en los que nos sentíamos a gusto, esas escasas piedras preciosas de convivencia que solo hallábamos muy de tarde en tarde. A mi pesar yo también comencé a reír por lo bajini. La situación era delirante, más propia de los Simpson que de la vida real. Pero sentí que estábamos juntos en eso y que juntos deberíamos afrontarlo. Que ese tubo era nuestro secreto, y que había alguna razón importante para que lo tuviéramos.
Cuando intentó abrazarme se lo impedí con delicadeza. Tampoco había que exagerar.
Pero hube de admitir mentalmente que Diego tenía razón, no impor­taba cuál fuera el origen del objeto, lo cierto era que teníamos una opor­tunidad única para experimentar con él, para intentar descubrir sus ca­pacidades y aplicaciones, quizás incluso acabáramos convertidos en súper- héroes como los Cuatro Fantásticos, pero siendo solo dos. «Los dos fantásticos», no, no sonaba muy bien.
Poco después me dirigí a la cocina y cogí el cepillo de barrer, el palo era lo suficientemente largo como para experimentar con él sin temor. A la pregunta de mi madre de qué iba a hacer con la escoba, le respondí que iba a barrer un poco la habitación, afortunadamente estaba hablando por teléfono con su novio y no me hizo demasiado caso.
De regreso en el cuarto, Diego y yo nos dedicamos a experimentar. Admito que el efecto que conseguimos con el palo del cepillo era especta cular, parecía uno de esos números de magia de la tele. Puse el tubo de pie en el suelo y comencé a introducir el palo por su abertura, llegó un mo­mento en que el extremo debería haber pegado contra el suelo, sin em­bargo no era así y seguía introduciéndose como si perforara las baldosas y pasase al piso inferior. Diego emitió su risita jijiji. Y yo alucinaba del efec­to conseguido, era como cuando Mary Poppins sacaba el perchero de su bolso. Sacaba y metía el palo, y este aparecía y desaparecía. Lo hice con tanta energía que parecía que estuviera tocando una extraña zambomba.
Era misterioso, sí, pero también divertido.
Probamos con calcetines, con bolígrafos, con muñecos… Algunas cosas las soltábamos y las dábamos por perdidas, otras las introducíamos sujetas con un cordón de zapatos y las recuperábamos. Ninguna parecía estropeada.
En un momento dado, con el tubo horizontal yo introduje la regla por un extremo y Diego al mismo tiempo el palo de la escoba por el otro. Ambos objetos desaparecían a la vez al llegar al centro del tubo. Era divertido intentar hacerlos chocar.
—Toma, toma —me gritaba Diego mientras introducía el palo, yo estaba en el otro lado y de no desaparecer me habría golpeado con él. Yo hacía como si el extremo me alcanzara y me produjera el lógico impacto. La primera vez que lo hice, Diego se lo había creído, fue descojonante—
. Tema m jijj.
Entonces se me ocurrió. La idea acudió a mi mente como todas las demás, como un mero juego. Había una manera de ver a dónde iban a parar todos los objetos que desaparecían. Una manera sencilla.
—Diego, Diego, escucha, tengo una idea, tío. ¿Dónde está la cámara de fotos digital, la que nos regalaron los tíos, esa que también graba vídeo?
A mi hermano se le encendieron los ojillos. Hasta él pudo captar la simplicidad de mi plan. Pocos instantes después estaba sacando la camarita de su caja y encendiéndola. Me disparó una foto. Se me veía en la pantalla de cristal líquido sujetando el tubo como el tenista ganador del Master.
—Ponla en función vídeo.
Admito que a Diego siempre se le han dado mejor que a mí los temas técnicos, a pesar de ser más joven que yo siempre era el que conectaba la Play y el que mejor se manejaba con los móviles o con el temporizador del grabador de disco duro. Controlaba bastante el tema, para algo tenía que servir.
—Podemos verlo en directo —dije—. Conéctale el cable USB y enciende el ordenador.
Los preparativos no nos llevaron demasiado tiempo, el único proble­ma con que nos encontramos fue que el cable USB se quedaba corto, pero Diego consiguió alargarlo uniéndolo con un adaptador a otro que sacó de su MP3, de forma que tenía longitud suficiente para llegar al punto en el que desaparecían los objetos introducidos.
Yo sujeté la cámara a la regla con cinta adhesiva para poder introducirla sin riesgo, aunque cada vez estábamos más convencidos de que el tubo prodigioso no entrañaba ningún peligro real.
Realizamos alguna prueba poniendo caras raras a la cámara y funcionaba perfectamente. Yo confiaba en que la regla aguantara y no se partiera, de todas formas la sujetaba por el centro para que no cimbreara demasiado.
Llegó el momento del experimento. El tubo, tumbado en el suelo, así estaba más cerca de la CPU, el cable todavía nos iba justito. También habíamos bajado el monitor al suelo para poder seguir la prueba en directo. Diego se tumbó en el lado de la salida y yo en el de la entrada.
—¿Preparado?
Diego afirmó como el espía a punto de comenzar la misión de infiltración tras las líneas enemigas.
—Preparado.
Acerqué la cámara al agujero.
—Mira —dije—. Te está recogiendo al otro lado del tubo.
Era cierto, el plano que la cámara nos brindaba era el del tubo desde el exterior, pero se llegaba a ver la cara de Diego sonriendo nervioso al otro lado.
—Venga, venga, métela ya; que quiero ver que hay al otro lado.

4

Así, sin más, sin medidas de seguridad, sin temor, dos chavales inocentes estábamos dispuestos a realizar uno de los experimentos más aterradores de la humanidad, sin darle importancia, como si se tratara de una peque­ña travesura, como cuando jugábamos a Tinieblas y nos escondíamos a oscuras en la habitación, sin preocuparnos qué había más allá ni cuál era el insondable misterio del tubo.
Introduje la cámara y comencé a deslizarla por el interior. Afortuna­damente tenía el tamaño adecuado, de haberse tratado de un modelo más complejo y voluminoso no hubiéramos podido realizar el experimento.
El autofocus de la cámara comenzó a enloquecer, el ajuste digital no sabía qué tenía que enfocar, en el monitor solo veíamos unas manchas agitándose. Se volvían borrosas y tomaban cuerpo alternativamente. Dejé la cámara quieta para darle tiempo a que tomara foco. Al final apareció el lateral de la cara de Diego en la imagen. Él también estaba observando la pantalla. Intentó mirar a la cámara y al monitor a la vez, pero casi se queda bizco. Seguí empujando nuestro dispositivo muy despacio. Cada vez que lo hacía la imagen oscilaba y perdíamos foco, pero esperaba y la cámara se ajustaba por sí sola.
A medida que la cámara se acercaba al punto de no retorno co­mencé a sentir palpitar mi corazón, latía con fuerza en mi pecho, cada vez más rápido. Apreciaba el palpable nerviosismo de Diego. ¿Quién sabía con qué nos íbamos a encontrar en pocos segundos? Quizás vis­lumbráramos otra dimensión, el mundo del futuro o el reino mágico del país de las hadas. Quizás cruzáramos el espacio y el tiempo, descu­briéramos misterios insondables, viajáramos a lugares más allá de la imaginación…
Empujé la regla, el objetivo de la cámara comenzó a desaparecer.
—Está llegando, está llegando —anunció Diego sin dejar de mover la vista del tubo al monitor—. Un poco más, un poco más.
Le di el empujón que supuso que traspasara el límite. Media cámara desapareció en la nada. Miré a la pantalla.
Allí estaba el típico desajuste de foco, solo se veía una mancha borrosa. Había que darle tiempo. Muy despacio la imagen comenzó a tomar cuerpo, primero el interior del tubo y luego lo que había más allá. No se había perdido ni un ápice de calidad. Desde luego el viaje no afectaba a los mecanismos electrónicos.
No pude evitar una gran decepción y el suspiro que Diego emitió me confirmó que él también estaba desencantado. Seguíamos viendo la oreja de Diego, exactamente el mismo plano que se apreciaba instantes antes, pero un poco más cerca.
—No pasa nada —dijo Diego—, soy yo.
—Pero la cámara ha desaparecido, mira.
La empujé un poco más y todo el cuerpo de la cámara se esfumó en el interior del tubo.
—Y sin embargo me sigue grabando.
—Es decir, que la cámara sigue ahí, que no viaja a ninguna parte. Que está en el interior del tubo.
—Métela más, haz que lo atraviese del todo.
Entonces me di cuenta de que para hacerlo debería comenzar a intro­ducir mi mano. Bien, no pasaba nada, habíamos metido y sacado decenas de objetos y todos habían salido intactos. Comencé a pensar que el tubo producía algún extraño efecto visual, que ocultaba los objetos a la vista. Una especie de manto de invisibilidad, como en Harry Potter. Era una buena explicación. Con reverencial temor introduje mis dedos para em­pujar la regla un poco más. La imagen de Diego creció a medida que la cámara avanzaba hacia el exterior.
—Sigue, sigue —pidió—, más.
Ya había introducido mi mano hasta los nudillos. Noté el calor del interior del tubo, no era desagradable, no pude evitar acordarme del reportaje que pusieron en clase de El vientre materno. El tacto del interior no era tan pulido como el exterior. Se apreciaban rugosidades muy leves que coincidían con esa especie de nervios o venillas que surcaban su interior.
Un poco más. La imagen se emborronó de nuevo.
Saqué la mano y la miré. Nada extraño. Todo bien, de hecho me apetecía volver a meterla, era desagradablemente agradable, como cuando me arrancaba la costra de una pequeña herida, algo que me encantaba hacer, era como descubrir una nueva piel, como acariciar una textura que nunca nadie había palpado antes, como nacer a un mundo imposible de imaginar.
Volví a tomar la regla y empujé con decisión, calculé que la cámara ya debería asomar por el otro lado. Faltaba poco para que mi mano llegara a la zona central del tubo. ¿Hacía más calor en esa parte o eran aprensiones mías?
La pantalla mostró un fogonazo de luz. Ambos clavamos nuestros ojos en ella. Comprendí que se debía a que la cámara había salido y ya no tenía el tubo a su alrededor produciendo sombra. Se adivinaba la borrosa cara de Diego frente a ella.
La imagen se enfocó, se desenfocó de nuevo y a los pocos segundos se formó con una nitidez asombrosa.
Seguíamos decepcionados. El monitor solo mostraba el careto de mi hermano. Yo ya lo tenía demasiado visto.
—Vaya, —constató—, no pasa nada. Sigue estando ahí.
Se me ocurrió una nueva prueba:
—Intenta tocarla —propuse.
Sería interesante ver que ocurría cuando alguien tocaba una cámara que le enfocaba pero que no estaba ahí. Diego comprendió mi idea. Y mirando al monitor alargó su brazo. Se despistó un poco, estaba acostumbrado al efecto espejo y movía el brazo en dirección contraria a la que debía. Le imaginé como uno de los hombres del tiempo, delante de la pantalla azul en la que se superponía electrónicamente el mapa de las previsiones meteorológicas. Diego encontró el punto en el que su mano estaba frente al objetivo de la cámara.
El foco osciló de nuevo. Vi cómo su dedo temblaba, lo acercó muy despacio al objetivo. Su dedo se convirtió en una mancha marrón.
—Voy a tocarla, voy a tocarla.
—Sigue un poco más. Va.
La imagen se volvió negra. Como si el objeto estuviera demasiado cerca.
—¿Notas algo? —pregunté.
—No, no noto nada, no hay nada.
De repente en la pantalla la imagen se formó con nitidez y aprecié un entramado de venas y músculos, como esas imágenes que salen a veces en CSI cuando muestran la trayectoria de la bala en el interior del cuerpo. Grité, la cámara estaba dentro de Diego. De nuevo se perdió foco. Mi hermano no llegó a ver nada de esto, porque coincidió que estaba mirando el extremo del tubo. Me pareció aterrador y grité:
—Retira la mano, ¡retira la mano YA!
Diego se asustó y me obedeció a una velocidad pasmosa. Más oscilaciones en la pantalla, de nuevo ese efecto CSI en versión cutre, pero a toda velocidad y con la cámara saliendo.
—¿Qué pasa? —dijo preocupado—. ¿Qué pasa?
Intenté calmarle, tampoco había motivos para alarmarle, a lo mejor lo que me había parecido ver durante décimas de segundos solo había sido un juego de luces, como cuando a veces crees ver imágenes moviéndose en la niebla un televisor encendido pero sin señal.
—Nada, no pasa nada —me mordí un poco el labio sin percatarme, mientras buscaba algo que decir—, es solo que no conviene tocar cosas que no están ahí.
No pude evitar sentir que un terror injustificado atravesaba mi corazón, tuve la sensación de que estábamos jugando con algo peligroso, como esos grupitos que se ponen a realizar espiritismo y acaban convocando a alguien que no debería estar allí. Quise retirar la cámara, dejar de experimentar con lo prohibido, con lo imposible.
En cualquier caso, el intento había resultado un fracaso, no habíamos descubierto nada interesante, ni aportaba ninguna explicación a ese extraño fenómeno. Volví a mirar el monitor dispuesto a echar un último vistazo antes de recuperar la cámara. De sacarla de la boca del monstruo, pensé. En ese momento Diego se movió un poco, buscando una posición algo más cómoda. Y entonces lo vi.
En el suelo, detrás de Diego.
—¿Eehhh? —exclamé asombrado y luego grité—. Quita, quita.
Diego se sobresaltó, mi tono de voz dejaba entrever mi urgencia. Miró el monitor y también lo vio.
—Mira, mira —señalé la pantalla mientras intentaba mantener la regla firme para que la cámara no oscilara demasiado.
Diego ya lo había visto.
—¡Ostras! Están ahí.
Efectivamente, el monitor mostraba un par de calcetines enrollados, justo detrás de mi hermano; miró sobre su hombro, en el suelo de la habitación no se veía nada. Era uno de los objetos que habíamos introducido en el tubo y que habían desaparecido.
—Han viajado al otro lado. Los calcetines están ahí.
—Pero no están.
—Pero en el ordenador se ven.
—Pero en el suelo no.
Era un diálogo absurdo, aunque hay que reconocer que la situación estaba a la altura. La cámara invisible recogía la imagen de los calcetines que habían desaparecido al arrojarlos dentro del tubo mágico.
—Espera —dije—, quita de en medio. A lo mejor están las demás cosas.
Diego se puso a mi lado, intentábamos mantener la vista al mismo tiempo en el monitor y en el tubo sin dejar de mirar de reojo al suelo de nuestra pequeña habitación, algo imposible a todas luces a no ser que tuviéramos ojos de camaleón.
De nuevo nos encontramos con el problema de la escasa longitud del cable USB, ¿por qué diablos los hacían tan cortos? Diego movió un poco la CPU para que yo pudiera girar el tubo con la cámara en su interior. Pero entonces era el cable del monitor el que se quedaba corto. Tuvimos que mover todos los elementos para conseguir una panorámica a ras de suelo.
—Mira, mira. Están ahí todas las cosas…
Diego tenía razón, diseminadas por la habitación se encontraban los objetos que poco antes habíamos introducido. Más o menos en el lugar del cuarto en el que hubieran debido caer. La grapadora, la hoja de papel, los Gormitis…
Resultaba muy incómodo manipular la cámara, yo procuraba no in­troducir demasiado mi brazo, aunque cada vez me preocupaba menos este aspecto, el tubo no entrañaba ningún riesgo evidente. Lo cables no nos dejaban mover la cámara con soltura, lo hacía a pequeños tirones buscando el ángulo para que el cable no impidiera el avance.
La cámara seguía desenfocándose con frecuencia en función de los objetos que la rodeaban. Al estar tan cerca del suelo no sabía qué zona encuadrar.
El efecto era preocupante, el monitor mostraba cosas que nuestra vista no percibía, sin embargo a mi hermano no se le ocurrió otro comentario más que:
—Mooola.
Esa sensación de desasosiego que me había poseído poco antes continuaba allí, muy dentro de mí, era como una tristeza, como si tuviera mucha hambre.
La sombra apareció en la pantalla. Al principio creí que se trataba de uno de esos desenfoques, pero pronto constaté que no era el caso. Miré a la zona de la puerta, no había nada extraño, solo el baúl de los juguetes de Diego. Dirigí la vista al monitor. La sombra estaba en el suelo, avanzando despacio hacia la cámara, hacia nosotros.
Sentí una fuerza que se arrojaba sobre mí, que me zarandeaba, algo irrefrenable que yo no podía dominar ni controlar. Era el miedo tomando posesión de mi alma. El miedo dominándome, inmovilizándome, lanzándome contra el suelo, dirigiendo sus fauces contra mí y desgarrando. Era el pánico, el terror más absoluto. Había oído muchas veces la expresión «quedar paralizado por el miedo», pues en ese momento la experimenté en mi propia carne. Centré la vista en el monitor. La sombra se deslizaba por el suelo, justo delante del baúl de juguetes, allí no habíamos arrojado nada, allí no debería haber nada, ni siquiera en el mundo del tubo.

5

Oí que Diego emitía un extraño resoplido como si expulsara y tomara aire a la vez, supe que acababa de ver en el monitor lo mismo que yo.
La sombra que venía hacia nosotros. Era eso, solo una sombra, como si alguien la proyectara sobre el suelo, como si la luz penetrara en la habitación a través de la puerta cerrada e iluminara la figura de alguien que se dirigía hacia la cámara.
Diego musitó mi nombre como si no se atreviera a hablar en tono normal. Miré hacia la puerta. No había nada. Miré al monitor. Muy despacio avanzaba hacia nosotros.
De repente la imagen desapareció. Los pequeños altavoces emitieron el característico cli-clú de un puerto USB al desconectarse.
No pude evitar proferir un pequeño grito que asustó a mi ya alterado hermano y él también gritó.
En el programa de visionado de vídeo apareció el mensaje No signal.
Diego se había movido demasiado bruscamente, había propinado un tirón al cable sin percatarse y había desconectado la clavija de la cámara.
En ese momento estábamos abrazados, aunque no tengo consciencia de cómo llegamos a esa posición. Los nervios, lo siniestro de la sombra, lo desconcertante de la situación…
Me vi reflejado en los húmedos ojos de Diego. Me abrazaba con fuerza.
En ese momento la puerta de la habitación se abrió con violencia. No lo esperábamos, teníamos los nervios a flor de piel y ambos gritamos con todas nuestras fuerzas. Las manitas de Diego se clavaron en mi espalda mientras dio un fuerte respingo.
—Pero ¿qué hacéis? ¿Puede saberse qué os pasa?
Me costó centrar la vista, comprender que era mamá quien había entrado en nuestra habitación. Probablemente había oído algunos de nuestros gritos anteriores, o ya se había hecho la hora de cenar o le preocupaba que hubiera pasado tanto tiempo sin que ninguno de los dos hubiera acudido a ella para protestarle de algo hecho por el otro.
Sentí unas ganas locas de abrazarla, de saltar sobre ella y pedirle que me protegiera, que se llevara ese tubo maldito que atraía sombras. De besarla y de dejarme acoger por sus brazos cálidos de madre amantísima. Diego, no se frenó, saltó por encima del tubo y corrió hacia ella.
—Pero ¿qué pasa? ¿Qué estáis haciendo?
En ese momento vio el monitor del ordenador en el suelo y su práctico cerebro de madre vigilante detectó inmediatamente que no estábamos entretenidos con nada bueno.
—¿Puede saberse qué hace el ordenador en el suelo?
En realidad quería decir «el monitor» pero los conocimientos de mi madre sobre periféricos tendían al analfabetismo informático. Sí sabía que el monitor era nuevo y que nos había costado bastante caro.
Rechazó a Diego con un gesto que a pesar de su firmeza resultó cariñoso y exclamó:
—No quiero problemas, ni jaleos —su tono era decidido, yo sabía que era el tono seco de pre-enfado—. Haced el favor de recoger todo eso ya mismo si no queréis que os castigue. Y salid enseguida que la cena ya está lista.
Diego no sabía muy bien si echarse a llorar o reír. El corazón seguía palpitando en su pecho con fuerza, también en el mío.
Mamá se dio la vuelta y desapareció rumbo a la cocina:
—Y no cerréis la puerta que quiero oíros.
Quedamos solos en nuestra habitación. Con el tubo en el suelo. Con la cámara desconectada. Quizás con la sombra avanzando.
Nos miramos y salimos corriendo detrás de mamá, dispuestos a arriesgarnos a ser castigados por no recoger el monitor.

6

La cena consistió en varitas de pescado y unos trozos de tomate, a Diego le encantaban las varitas, no comprendo por qué, a mí me parecen aceito­sas y sosas, y de vez en cuando sale alguna espina, por mucho que en la caja digan que no. Además están frías por dentro porque mamá no espera a que el aceite se caliente lo suficiente y las fríe a toda velocidad.
Durante la cena apenas hablamos, nos limitamos a seguir sin interés las imágenes de la diminuta tele que había en un extremo de la mesa de cocina, la señal era muy débil y uno se quedaba ciego si intentaba ver algo en ella. Después del postre ambos nos demoramos en la cocina, Diego retiró los platos a cámara lenta, pero mamá era estricta con los horarios, al día si­guiente teníamos clase y pronto nos enfiló hacia el baño y el dormitorio.
Intentamos hacernos los remolones y quedarnos un rato viendo la televisión, pero no nos sirvió de nada, mamá se mostró inflexible. A mí no me importaba demasiado ese rollo de serie que ponían, pero no quería volver a la habitación para enfrentarme al tubo misterioso.
Estuve tentado de hablar con mamá, de decirle lo que teníamos en el suelo de nuestro dormitorio, ese artilugio siniestro e inexplicable, pero no sé por qué no me atreví. Supongo que ante las varitas de merluza requemadas por fuera y frías por dentro y su innegable relación con la realidad; carecía de sentido hablar de magia y de sombras. Incluso dudaba de haber visto esa silueta amenazadora. Debí haberme sincerado, debí haberle contado a mamá que teníamos un tubo que hacía desaparecer las cosas que se introducían en él.

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