Africanus. El hijo del cónsul

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A finales del siglo III a. C., Roma se encontraba al borde de la destrucción total, a punto de ser aniquilada por los ejércitos cartagineses al mando de uno de los mejores estrategas militares de todos los tiempos: Aníbal. Su alianza con Filipo V de Macedonia, que pretendía la aniquilación de Roma como Estado y el repartodel mundo conocido entre las potencias de Cartago y Macedonia, constituía una fuerza imparable que, de haber conseguido sus objetivos, habría determinado para siempre el devenir de Occidente. Pero el azar y la fortuna intervinieron para que las cosas fueran de otro modo. Pocos años antes del estallido del más cruento conflicto bélico que se hubiera vivido en Roma, nació un niño que estaba destinado a cambiar el curso de la historia: Publio Cornelio Escipión.

ANTICIPO:

Amílcar Barca, general en jefe del ejército cartaginés en la península ibérica, observaba el valle. Los exploradores no habían detectado movimientos de las tribus locales y, sin embargo, su instinto de guerrero le hacía dudar. La campaña contra los indígenas de la región estaba siendo más costosa de lo esperado. Su resistencia al poder de Cartago era tenaz, terca, pero la determinación de Amílcar era firme. Su gran plan no admitía vuelta atrás en su iniciativa de dominar aquel país. Necesitaban los recursos de la región, el control de las minas de Sierra Morena, acceso libre por los ríos y por las costas. El sur y gran parte del este estaban ya bajo su control, pero era necesario atajar las resistencias del interior. Por eso había cruzado el Tajo. Su objetivo era someter a todos los celtíberos entre aquel río y el Duero. Eso sería suficiente para mantener el dominio de la región y explotar sus riquezas para poder ejecutar la segunda parte del plan, la auténticamente importante: la conquista de la península itálica, la derrota de Roma y la devolución de la hegemonía del Mediterráneo a Cartago. Hispania sería la base de operaciones desde la que llevar a cabo sus designios.
Amílcar descendió hacia el valle cabalgando a lomos de su caballo, seguido de cerca por sus generales y, tras ellos, su joven hijo de veintiún años. Aníbal llevaba nueve años en Hispania con su padre. Junto a él había asistido a las deliberaciones que tenían lugar entre los generales antes de cada ataque, antes de cada batalla, antes del asedio de cualquier población. Y desde su adolescencia había entrado en combate. Y, como el resto de los miembros de la familia Barca, Aníbal era conocedor del plan de su padre, más allá de lo que los generales cartagineses sabían o podían intuir y más allá de lo que los políticos de Cartago imaginaban. Para los sufetes —cónsules de Cartago—, y su Consejo de Ancianos, Amílcar estaba asegurando un territorio, el de Iberia, para poder explotar sus riquezas y resarcir a Cartago de las inmensas penurias de su derrota en la última confrontación con Roma, que, además de conllevar pagos de guerra, implicó la pérdida de territorios como Sicilia. Aníbal, sin embargo, sabía que los planes de su padre iban mucho más allá que llenar las vacías arcas del Estado.
Descendieron por el valle. El ejército fue avanzando por la llanura en formación de a cuatro. Una larga hilera donde los elefantes y otras tropas pesadas quedaban al final. Al principio avanzaban los generales y parte de la caballería, seguidos de la infantería ligera. El sol se había nublado y una helada brisa empezó a deslizarse desde las montañas. Amílcar pensó en detener la marcha, pero pronto empezaría a anochecer, así que concluyó que era mejor atravesar aquel valle y establecer un campamento en las colinas próximas que se vislumbraban en la distancia. Ésa sería una buena posición defensiva en caso de ataque. Estaba meditando sobre estas opciones cuando por el otro extremo del valle apareció un grupo de guerreros iberos con varias decenas de carros tirados por bueyes. Las bestias avanzaban lentamente porque los iberos habían llenado los carros con troncos. Detrás de los vehículos venían varios centenares de guerreros armados. La formación resultaba insólita y el avance extremadamente lento hasta el punto de que los soldados cartagineses, que habían detenido su marcha, se echaron a reír. Amílcar, por el contrario, permanecía serio, oteando en la distancia intentando entender el sentido que tendría todo aquello. Estaba claro que era una fuerza inferior a la necesaria para poder plantar cara a su ejército. Se volvió y observó a sus soldados en formación, su progresión hacia el valle detenida al quedar todos mirando la extraña maniobra de los iberos. Amílcar escuchaba a sus propios oficiales despreciando a aquellos guerreros que se atrevían a retar con semejante arsenal a un ejército púnico muy superior, con infantería ligera y pesada, caballería, y elefantes.
—¡Es absurdo! ¿Qué pretenden? ¿Luchar con bueyes contra nuestros elefantes?
—¡A lo mejor nos van a lanzar los troncos!
—¡Ja, ja, ja…! —nuevas risas que se extendían por todas las unidades. Amílcar, sin embargo, estaba disgustado.
—¿Quién ha dado orden de detener nuestro avance? —gritó—. ¡Que siga entrando en el valle el grueso de las tropas! ¡Y no quiero más risas hasta que todo el ejército esté en formación de ataque!
Los oficiales callaron y se ocuparon de transmitir las órdenes. En ese momento se vieron varias antorchas encendidas entre los iberos que brillaban con especial fuerza en esa última hora del atardecer. Acercaban las llamas a los troncos de los carros que previamente habían untado con pez de forma que en un instante todas las decenas de carros ardían. El viento bajaba desde la ladera de las montañas hacia el valle, de forma que los bueyes, en su lento descenso, empezaron a sentir el intenso calor de las llamas empujadas por la brisa hacia sus cuerpos. Las bestias sintieron su piel quemándose y despavoridas y presas del pánico se lanzaron en una imposible huida de aquel calor abrasador arrojándose hacia el valle, pero por más que corrían las llamas los perseguían. Antes de que los cartagineses pudieran reaccionar, carros en llamas empujados por bueyes enloquecidos los alcanzaban desordenando las formaciones, pisoteando a muchos soldados y sembrando el caos y el terror. Súbitamente aparecieron varios grupos de guerreros por ambos flancos. Primero eran decenas pero se multiplicaban con increíble rapidez. Los cartagineses no entendían bien lo que pasaba pero pronto la vanguardia de las tropas ligeras quedó rodeada por varios centenares de iberos que lanzaron un feroz ataque contra las sorprendidas tropas púnicas, que aún luchaban por deshacerse de la embestida de los bueyes y de las llamas de los troncos, muchos de ellos ardiendo esparcidos por el suelo al haber volcado. Amílcar se percató de cómo se incorporaban más grupos de iberos: la gran mayoría parecían estar echados en el suelo en pequeños grupos. Habían disimulado su presencia entre los árboles de las laderas del valle e incluso algunos se habían ocultado con matorrales tumbándose en el suelo a la espera de recibir la orden de ataque. Serían unos mil en total. Todo era cuestión de resistir la acometida mientras el grueso de las tropas entraba en el valle y se rehacían las formaciones, con la infantería pesada y los elefantes. Los cartagineses, que ya empezaban a superar la sorpresa de los carros incendiados, recibieron a aquellos guerreros primero lanzando una andanada de jabalinas y luego con sus espadas desenvainadas. Decenas de iberos cayeron bajo la lluvia de proyectiles, pero la gran mayoría de luchadores indígenas alcanzó a las tropas. El combate era tumultuoso y desordenado, lo que perjudicaba la optimización de los recursos púnicos. Amílcar se vio envuelto por enemigos. Una decena de jinetes cartagineses rodearon a su general. Aníbal observaba el peligro en el que se encontraba su padre desde unos cien pasos de distancia, mientras combatía junto con otro escuadrón de soldados cartagineses. Asdrúbal, yerno de Amílcar, desde la entrada del valle ordenó a los soldados dejar paso a los elefantes para que éstos pudieran acceder lo antes posible y asistir a las desordenadas líneas de vanguardia y así repeler la acometida de los iberos. Éstos, enfervorecidos por el éxito inicial de su ataque sorpresa, se cebaron en rodear al que adivinaban por su amplia capa, su brillante y adornado casco y su propio porte, como general en jefe. Amílcar y los suyos pusieron pie a tierra, pues la proximidad de los iberos y el nerviosismo de los caballos hacía imposible combatir desde la montura. Aníbal vio a su padre bajar del caballo y comprendió la gravedad de la situación. Por el otro extremo de la llanura veía entrar los primeros elefantes que irrumpían bramando en el valle azuzados por sus adiestradores, pero aún quedaban muy lejos. No lo pensó.
—¡Seguidme los que podáis! ¡El general está en peligro! —Y sin esperar respuesta de sus soldados, salió del grupo cartaginés y se abrió paso a espadazos entre los iberos. Embestía con tal ferocidad que, una vez que derribó a dos guerreros enemigos, el resto se hizo atrás.
Varias decenas de soldados siguieron el ataque de Aníbal. Nuevos refuerzos iberos les salían al paso, pero la determinación de Aníbal era tal que enemigo tras enemigo caían bajo sus golpes. La sangre fluía por el filo de su espada hasta llegarle a la mano y luego al codo. Tenía gotas de salpicaduras por el rostro y alguien le había herido en un brazo, pero seguía firme, avanzando en dirección a su padre. Ya no se veía a Amílcar, sino sólo un montón de iberos en círculo asestando golpes. Aníbal presentía lo peor. El resto de los soldados que le acompañaban había comprendido lo que ocurría y parecía haberse contagiado del mismo espíritu de rabia que empujaba a Aníbal.
Amílcar combatía rodeado de enemigos. Uno a uno caían los pocos soldados cartagineses que luchaban por protegerle. Eran decenas de iberos los que se habían lanzado contra ellos. A lo lejos parecían oírse los bramidos salvajes y desoladores de los elefantes, pero parecían no llegar nunca. En ese momento sintió la primera herida, profunda, en el costado. Un sesgo que le hizo doblarse. A su lado cayó otro soldado cartaginés. Escuchó la voz del resto.
—¡Han herido al general! ¡Han herido al ge…!
Aquel soldado no pudo terminar. Una espada ibera cercenó su garganta al tiempo que su grito interrumpido advertía a sus compañeros del desastre infinito. Los iberos terminaron con el resto de la escolta y se abalanzaron sobre Amílcar. Éste se alzó una vez más y opuso su escudo como resistencia. Por alguna razón no tenía fuerza para utilizar el otro brazo y combatir con su espada. No se percataba de lo profundo de la herida que le había cortado los músculos de su antebrazo derecho. En ese momento llegó un golpe definitivo por la espalda y sintió su cuerpo temblar y caer al suelo de bruces, con el rostro hacia la tierra empapada por el arroyo que cruzaba el valle. Los iberos fueron a rematarle pero en ese instante cayeron sobre ellos un grupo de cartagineses rugiendo en tropel y asestando golpes mortales cargados de odio y venganza. Aníbal en especial abatió a tres iberos en tres golpes certeros en menos de cinco segundos. Los elefantes empezaron a llegar y hábilmente dirigidos por sus conductores aplastaban a los aterrorizados iberos que nunca antes habían visto semejantes bestias. En cuestión de minutos todos los guerreros que habían rodeado al general cartaginés fueron masacrados y en poco tiempo todo el ataque quedó repelido. Sin embargo, para Aníbal, todo había llegado tarde, infinitamente tarde.
En un minuto de miseria y dolor, Aníbal se arrodilla junto al cuerpo de su padre. Ha caído junto a un arroyo boca abajo. Las heridas no parecen mortales pero al volver el cuerpo descubre los ojos abiertos de Amílcar, vacíos, mirando al cielo. Al caer y perder el conocimiento por los golpes de los iberos, se ha ahogado en el barro del riachuelo. Un profundo silencio embarga el ánimo de los cartagineses alrededor de padre e hijo, hasta que desde lo más hondo de su ser Aníbal gira su rostro hacia el sol del atardecer y lanza un alarido desgarrador, largo y vibrante que retumba en las montañas y en las almas de todos los que lo escuchan.
Un par de centenares de iberos se repliegan aturdidos aún por la carga de los elefantes. Avanzan en el atardecer por el bosque oscuro, un poco confusos en sus sensaciones, entre complacidos por haber abatido al jefe de los invasores pero también apesadumbrados por los amigos caídos. De pronto, desde el valle un aullido roto de dolor y furia llegó trepando por las laderas. Los más jóvenes sonrieron. Sin duda habían matado a alguien importante. Los más mayores sintieron en la zozobra que transmitía aquel grito malos presagios para el futuro. Alguien que siente tanto dolor necesitará mucha sangre antes de sentirse saciado en su venganza.

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