Alas nocturnas

Alasnocturnas

El futuro de la Tierra está amenazado por una invasión inminente. Ninguno de sus habitantes duda de la superioridad de nuestro planeta y sin embargo la vigilancia de los espacios se sigue realizando con celo.

A través de la conciencia de uno de estos Vigías, el autor nos proyecta hasta el tercer Ciclo de la Tierra, un periodo en el que el mundo está organizado en hermandades: Vigías, Defensores, Regidores, Voladores, Memorizadotes, Peregrinos, Mercaderes, Mutantes, Bufones… todos tienen una misión bien definida en el orden social establecido. Pero ¿qué ocurriría si efectivamente las naves enemigas se adueñasen de la Tierra? Aún más, ¿sería posible concebir un mundo mejor? ¿Acaso la férrea organización social deja margen a las libertades individuales? En un alarde de imaginación creativa, Silverberg nos ofrece una muestra más de su innegable talento a través de una intrigante historia articulada con una reflexión política, en una novela que obtuvo el premio Hugo en 1969.

Robert Silverberg (Brooklyn 1936) es un autor capital en la historia de la ciencia ficción moderna. Entre sus obras se encuentran Espinas, Tiempo de Cambios, A través de un billón de años o El libro de los cráneos; su producción corta es asimismo numerosa y ha obtenido en repetidas ocasiones los máximos galardones de la ciencia ficción estadounidense.

ANTICIPO:
Hacia el mediodía abandoné mi alojamiento. Caminé primero hasta el palacio, que aún permanecía abierto. Los Mendigos yacían esparcidos, algunos drogados, algunos dormidos; pero la mayoría de ellos había muerto. Por la violencia que acusaban los cuerpos deduje que se habían asesinado los unos a los otros, en medio del pánico y del frenesí. En la capilla, un Registrador con aspecto abatido se había arrodillado ante las tres calaveras del artefacto de interrogatorios. Al verme entrar, dijo:

-Es inútil, los cerebros no responden.

-¿Qué ha pasado con el Príncipe de Rom? -Ha muerto. Los invasores lo derribaron.

-Con él iba una joven Voladora. ¿Qué sabes de ella? -Nada. Habrá muerto, supongo.

-¿Y la ciudad?

-Ha caído. Los invasores están por todas partes. -¿Matan?

-Ni siquiera saquean -me informó el Registrador–.Son muy gentiles. Nos han recaudado.

-¿Sólo en Rom, o en todo el planeta?

El hombre se encogió de hombros y comenzó a mecerse rítmicamente. Lo dejé y me adentré en el palacio. Para mi sorpresa, las cámaras imperiales no estaban selladas. Entré. Me sentí sobrecogido ante el lujo suntuoso de las colgaduras, de los cortinados, las luces y el moblaje. Pasé de cuarto en cuarto, hasta llegar al lecho real; el cubrecama era la pulpa de un molusco gigantesco traído de un planeta ajeno al Sistema Solar. Como si la concha me llamara, toqué la trama infinitamente suave que cobijó al Príncipe de Rom, y recordé que también Avluela había reposado allí. Con muchos años menos, me habría sentido capaz de sollozar.

Salí del palacio, y tras cruzar lentamente la plaza comencé mi viaje hacia Pris.

Al partir pude ver por primera vez a nuestros conquistadores. Un vehículo de extrañas características se detuvo junto a la plaza, y diez o doce siluetas bajaron de él. Parecían casi humanos. Eran altos y anchos de hombros y de pecho, como Gormon; sólo la extremada longitud de los brazos revelaba de un modo inequívoco su pertenencia a otra raza. La piel era de una rara textura; supongo que, desde menor distancia, podría haber visto que sus ojos, labios y narices perfilaban un rostro diferente del humano. Sin reparar en mí, cruzaron la plaza; sus largos pasos desarticulados me recordaron irresistiblemente el andar de Gormon. Entraron en el palacio. No parecían arrogantes ni agresivos.

Turistas. Una vez más, la majestuosa Rom ejercía su magnetismo sobre los extranjeros.

Dejé que nuestros nuevos amos se divirtieran, y me alejé hacia los suburbios de la ciudad. La esterilidad de un invierno interminable se filtró en mi alma. Me pregunté si sentía pena por la caída de Rom, o si lamentaba la pérdida de Avluela. Tal vez mi tristeza se debía sólo a que había salteado ya tres Vigilancias, y sentía las punzadas del hábito como un adicto privado de su droga.

Concluí que todo este cúmulo de acontecimientos era el causante de mi sufrimiento, pero especialmente el último.

Al acercarme a las puertas, pude ver que nadie recorría la ciudad. El temor a los nuevos amos mantenía a los romanos en sus escondrijos, según podía suponerse. De vez en cuando, uno de los vehículos extraños pasaba con un suave murmullo, pero nadie me perturbó. Avanzada ya la tarde, llegué a la puerta occidental. Estaba abierta y a través de ella pude ver una suave coli na en cuya cima crecían árboles de copa oscura. Pasé por la puerta y más allá divisé la silueta de un Peregrino que se alejaba de la ciudad arrastrando lentamente los pies.

Lo alcancé sin esfuerzo.

Su paso vacilante e inseguro me resultaba extraño, puesto que ni siquiera el grueso hábito pardo podía ocultar la fuerza y la juventud de su cuerpo. Se mantenía erguido, los hombros altos y la espalda recta; y sin embargo caminaba con el paso vacilante y tembloroso de un anciano. Una vez a su lado, espié furtivamente bajo su capucha, y entonces comprendí: fijado a la máscara de bronce que usa todo Peregrino llevaba un reverberador, como los que usan los ciegos para percibir los obstáculos. Notando mi presencia, dijo:

-Soy un Peregrino ciego. Te ruego que no me molestes.

No era la voz de un Peregrino. Era fuerte, áspera, imperiosa.

-No molesto a nadie -repliqué-. Soy un Vigía que acaba de perder su ocupación esta noche.

-Muchas ocupaciones se han perdido esta noche, Vigía -se lamentó.

-Pero no la de un Peregrino, indudablemente. -No -respondió-. No la de un Peregrino. -¿Hacia dónde te diriges?

-Me alejo de Rom.

-¿No tienes destino?

-No -dijo el Peregrino-.Voy sin rumbo. Vagaré.

-Tal vez debamos vagar juntos -propuse, pues se considera que da buena suerte viajar con un Peregrino. Además, de otro modo me vería obligado a viajar solo, tras la pérdida de mis dos acompañantes-Voy hacia Pris. ¿Quieres venir?

-Tanto me da ir a esa ciudad como a cualquier otro lugar -respondió amargamente-. Sí, iremos juntos a Pris. Pero ¿qué ocupación hay allí para un Vigía?

-En ninguna parte hay ocupación para un Vigía. Voy a Pris para ofrecerme al servicio de los Memorizadores.

-¡Ah! -exclamó-.Yo también pertenecí a esa hermandad, pero sólo en forma honoraria.

-Puesto que la Tierra ha sucumbido, quiero saber más de sus tiempos de orgullo.

-¿Quieres decir que ha sucumbido la Tierra entera, y no sólo Rom?

-Así lo creo -afirmé.

-¡Ah! ¡Ah! -gimió el Peregrino.

Guardó silencio, y seguimos adelante. Le ofrecí el brazo, y dejó de arrastrar los pies para tomar el paso decidido de un hombre joven. De rato en rato exhalaba un suspiro o quizá un sollozo contenido. Cuando le pedí detalles sobre su Peregrinaje, me respondió con evasivas o no dio respuesta alguna.

Hacía aproximadamente una hora que habíamos salido de Rom y cruzábamos ya los bosques, cuando dijo, súbitamente:

-Esta máscara me lastima. ¿Quieres ayudarme a acomodarla?

Para mi sorpresa, comenzó a quitársela. Me sobresalté, pues los Peregrinos tienen prohibido mostrar el rostro. ¿Acaso había olvidado que yo no era ciego como él?

Al quitarse la máscara, me advirtió:

-No te agradará lo que vas a ver.

El enrejado de bronce cayó, y pude ver que sus ojos habían sido arrancados hacía poco tiempo; no era el cuchillo del cirujano el que había hecho esos agujeros, sino unos dedos agudos tal vez.

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Interplanetaria

9 Opiniones

Escribe un comentario

  • Carlos A.
    on

    Esto si que es un novelón de la cf de toda la vida.

  • Sa
    on

    Tú lo has dicho. Mira que Edhasa está repescando su fondo y de ahí sale de todo, pero esta vez han sacado una novela que tiene que estar en la biblioteca de cualquiera que se considere aficionado al género. Una novela que es al la vez buena y también ya histórica en la ciencia ficción.

  • churno
    on

    Una auténtica delicia de novela.

  • Ymir
    on

    El propio Silberberg es un escritor de lo más irregular y un lector nunca sabe a qué atenerse con él. Tan pronto cae en tus manos una novela autentica pata negra como una basura, una falsedad o un simple producto de la autofactoría en que se ha convertido desde la época del castillo de Lord Ballantine.

    Afortunadamente este es uno de esos libros de la gama alta de Silberberg y para todos aquellos que no le conozcan, la ocasión de entrar en el mundo de este escritor por la puerta grande.

  • Tom
    on

    El original fue una novela corta que, ante el éxito, Silberberg, siempre tan avispado, convirtió en novela, esta vez con más que excelentes resultados. Eso es al menos lo que yo sé, a falta de que alguien me desdiga o corrija.

  • M.C.T.
    on

    Las dos son cojonuda, por desgracia no se editan ya novelas cortas en este santo pais, así que nos tendremos que quedar obligatoriamente ocn la larga.

  • jaime
    on

    Algún día dejarán de emborracharse con Dick y empezarán a reconocer que Silverberg ha sido uno de los más grandes, aunque no tan perturbador como el californiano.

  • Ymir
    on

    Dick es más "honrado" que Silberberg. Con todos sus defectos, Dick era escritor lanzado, visceral, mientras que Silberberg ha sido más avispado y mercenario. Se ha apuntado a sucesivas modas para sacar tajada literaria, lo que no es malo ni bueno, pero a cada uno lo suyo.

  • Julio
    on

    Dick también escribía por pasta, dicen que siempre acuciado por su ex mujeres, y apremiado por mil problemas. Y dopado, dejémosle así.

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