Almuric

Esau Cairn, inadaptado de gran fortaleza física, debe abandonar su hogar tras matar por accidente a un político corrupto. Un científico le ayudará a llegar al planeta Almuric, un planeta salvaje poblado de monstruos, variopintas especies inteligentes, malvados, guerreros, princesas… La aventura está servida en este exponente de lo que se denominó en su época como Sword and Planet: combinación de aventuras en planetas exóticos pero primitivos.

Imitado hasta la saciedad, Robert E. Howard sentó las bases de la Fantasía Heroica. Se suicidó con treinta años, desesperado por los problemas para pagar el caro postoperatorio de su madre cuando su editor se negó reiteradamente a pagar lo que le debía. Su madre le seguiría apenas treinta horas más tarde.

ANTICIPO:
Había caído la noche cuando me llevaron a través de las calles de Koth. Miraba con sorpresa los muros gigantescos que se alzaban por encima de mí y que hacían parecer enanos a los habitantes de la ciudad. En Koth todo había sido construido de un modo desmesurado. Las murallas y los edificios no eran de una altura excepcional en comparación con su volumen, pero todo era impactante. Mis escoltas me condujeron a una especie de anfiteatro cercano al muro exterior. Aquel lugar, de forma ovalada, estaba rodeado por enormes bloques de piedra que se elevaban en gradas para dar asiento a los espectadores. El espacio abierto en su centro era de tierra batida, cubierta por una hierba tupida. Alrededor habían levantado una especie de barrera de cuerdas de cuero trenzado, aparentemente para evitar que los luchadores se rompieran en cráneo contra las piedras que cerraban el foso. La escena estaba iluminada por antorchas.

Los espectadores ya estaban allí; los hombres ocupaban las gradas inferiores, las mujeres y los niños se sentaban en las más altas. Mi mirada recorrió aquel océano de rostros, lisos o peludos, para posarse, al fin, en un rostro que reconocí. Sentí un extraño estremecimiento de placer al ver a Altha, sentada y mirándome con sus ojos negros y atentos.

Thab me hizo una señal para que penetrase en la arena, y lo hice, pensando en los combates a manos desnudas que antaño, en mi propio planeta, había celebrado en rings tan rudimentarios como aquél, sobre el césped. Thab y los otros guerreros que me habían escoltado se quedaron fuera. Por encima de nosotros meditaba el viejo

Khossuth, ataviado con pieles de leopardo y sentado sobre una piedra esculpida que sobresalía de la primera grada.

Miré más allá de Khossuth hacia el cielo oscuro y lleno de estrellas cuya rara belleza no deja de fascinarme, y me eché a reír ante lo incongruente de la situación… yo, Esaú Cairn, estaba obligado a merecer por el sudor y la sangre mi derecho a existir en aquel mundo extraño, cuya existencia ni siquiera era sospechada por los habitantes de mi propio planeta.

Vi que un grupo de guerreros se aproximaba desde el otro lado. Una enorme silueta se alzaba entre ellos. Ghor el Oso me lanzó una mirada centelleante a través del ring y sus patas velludas asieron las correas de cuero. Lanzando un rugido, las franqueó de un salto y se plantó ante mí. Era la imagen de la ferocidad… loco de rabia porque, totalmente por azar, le había precedido en la arena.

Desde el grosero trono por encima nuestro, el viejo Khossuth blandió una lanza y la arrojó al suelo. La seguimos con la mirada. Al tiempo que se hundía en la hierba la brillante punta, fuera del círculo de cuero, nos lanzamos uno contra el otro como dos masas de acero, huesos y músculos vibrando con vida salvaje y ansias de destrucción.

Salvo una especie de calzón de cuero, más un taparrabos que un atavío, los dos estábamos desnudos. Las reglas del combate eran sencillas; nos estaba prohibido golpear con los puños o con las palmas de las manos, las rodillas o los codos, dar patadas, morder o arrancar un ojo al adversario. Aparte de aquello, todo estaba permitido.

Al primer impacto de su cuerpo velludo con el mío, comprendí que Ghor era más fuerte que Logar. Privado de mis mejores armas naturales —los puños—, Ghor tenía ventaja.

Era una montaña peluda de músculos de acero, y se movía con la rapidez y la agilidad de un enorme felino. Habituado a tales combates, conocía trucos que yo ignoraba. Por último, tenía la redonda cabeza tan hundida entre los hombros que era prácticamente imposible estrangular un cuello tan rechoncho y grueso.

Lo que me salvó fue la vida salvaje que había llevado en los pasados meses. Me había endurecido como ningún hombre —que viviera como un hombre— lo había hecho antes. Poseía una rapidez de movimiento superior y, a fin de cuentas, mayor resistencia.

Hay poco que contar sobre el combate. El tiempo dejó de componerse de fragmentos distintos para fundirse en la bruma ciega de una eternidad rugiente y furiosa. No había ruidos, a excepción de nuestros roncos jadeos, el chisporroteo de las antorchas movidas por la brisa, y el impacto de nuestros pies en la hierba o el de nuestros cuerpos al golpearse violentamente. Éramos de igual fuerza y ninguno de los dos podía prevalecer rápidamente. Allí no había inmovilización por los hombros del adversario, como pasaba en la Tierra. El combate continuaría hasta que uno de nosotros —o los dos—, cayese a tierra muerto o inconsciente.

Todavía hoy me sorprendo al pensar en nuestra resistencia y vigor. A medianoche todavía seguíamos luchando y lacerándonos. El mundo entero se tambaleaba ante mis ojos y era de color escarlata cuando me libré de una presa homicida. Un dolor atroz invadía todo mi cuerpo. Tenía ligamentos desgarrados y algunos músculos tensos y como muertos. La sangre me corría de la nariz y de la boca. Estaba medio ciego y dominado por el vértigo después que mi cabeza golpeara no sé cuántas veces en la tierra endurecida. Me temblaban las piernas. Tenía la respiración corta y dolorosa. Pero podía ver que Ghor no estaba en mejor estado. A él también le sangraba la nariz y la boca; y además le salía sangre por las orejas. Titubeaba al enfrentarse a mí; su torso peludo se alzaba y bajaba con sacudidas. Escupió sangre y, con un rugido que más parecía un seco estertor, se lanzó de nuevo sobre mí. Reuniendo todas mis declinantes fuerzas para un último esfuerzo, agarré la muñeca que lanzaba contra mí, giré rápidamente, me incliné y tiré de su brazo por encima de mi hombro, levantando a mi adversario del suelo.

El impulso de su asalto me facilitó la tarea. Giró por encima de mi espalda y cayó a tierra, golpeándose en el suelo con la cabeza y los hombros. Cayó como un armatoste, giró sobre sí mismo y se quedó inerte. Por un instante, me tambaleé encima de él al tiempo que el pueblo de Koth lanzaba una sonora exclamación… y una ola de tinieblas ocultó las estrellas y las vacilantes antorchas. Me derrumbé sin conocimiento y caí atravesado sobre el inmóvil cuerpo de mi adversario.

Supe más tarde que todo el mundo había creído que los dos estábamos muertos. Hicieron falta varias horas para reanimarnos. Cómo pudieron resistir nuestros corazones una tensión tan terrible y tales esfuerzos, todavía me lo pregunto, y es un tema que me maravilla. Los hombres dijeron que era el combate más largo —con mucho— librado en la arena.

Ghor estaba gravemente herido, incluso para un khotiano. Aquella última caída le había roto el hombro y fracturado el cráneo, sin hablar de las heridas menos graves que le había infligido antes. En cuanto a mí, tenía rotas tres costillas, y los ligamentos, músculos y miembros tan desgarrados y heridos que durante varios días fui incapaz incluso de levantarme de la cama. Los hombres de Koth cuidaron nuestras heridas y contusiones con una habilidad y competencia que sobrepasaban con mucho las de la Tierra; pero, en su mayor parte, fue nuestra notable vitalidad primitiva lo que nos permitió volver a ponernos en pie. Cuando una criatura que vive en estado salvaje resulta herida, por lo general, o muere muy deprisa, o se restablece muy deprisa.

Le pregunté a Thab si Ghor iba a odiarme por la derrota que le había causado; y Thab fue incapaz de responderme: Ghor no había sido vencido anteriormente.

Pero mis inquietudes sobre aquel tema se disiparon enseguida. Siete robustos guerreros irrumpieron en la cámara que me habían destinado. Llevaban una litera en la que se hallaba tendido un malherido adversario. Estaba tan vendado que costaba trabajo reconocerle. Pero su voz tonante permitía identificarle con claridad. Había obligado a sus amigos a que le llevasen de aquel modo —para poder visitarme— en cuanto pudo salir de la cama. No me guardaba rencor. En su gran corazón, sencillo y primitivo, no había más que admiración por el hombre que le había infligido la primera derrota de su vida. Relató nuestro homérico combate con un entusiasmo que hizo temblar el techo, y expresó con unos rugidos sus deseos vehementes de verse pronto totalmente restablecido. Así podríamos ir a combatir codo con codo contra los enemigos de Koth.

Se lo llevaron a su habitación sin que dejara de mugir su admiración y sanguinarios proyectos para el futuro. Una inmensa alegría me dilató el corazón. Sentía un profundo afecto por aquel hijo de la magnánima naturaleza, que era más hombre —un hombre de verdad— que todos los retoños de la civilización a los que había conocido en la Tierra.

Y fue así como yo, Esaú Cairn, pasé del salvajismo a la barbarie. En la inmensa sala del consejo dominada por una cúpula, en presencia de todos los hombres de la tribu, en cuanto fui capaz, me planté ante el trono de Khossuth el Rompedor de Cráneos, y él cortó con su propia espada, por encima de mi cabeza, el misterioso símbolo de Koth. Luego, con sus propias manos, pasó alrededor de mi cintura el equipo de un guerrero kothiano… el ancho cinturón de cuero del escudo de acero, un puñal y una larga espada de amplia guarda de plata. Los guerreros desfilaron ante mí, y cada jefe puso su palma en mi palma y pronunciaba su nombre, y yo lo repetía, y él repetía el nombre que me habían dado: Mano de Hierro. Aquella parte de la ceremonia fue la más fastidiosa, pues había cuatro mil guerreros y cuatrocientos de ellos eran jefes de un grado u otro. Pero aquello era parte del rito de iniciación y, cuando hubo terminado, era tan kothiano como si hubiera nacido en la tribu.

En la sala de la torre, en la misma por la que paseaba como un tigre mientras Thab me hablaba —y más tarde como miembro de la tribu— supe todo lo que los habitantes de Koth sabían acerca de su extraño planeta.

Ellos y sus semejantes, dicen, eran los únicos y verdaderos seres humanos de Almuric, aunque existia una misteriosa raza de seres que habitaba muy al sur, los yagas. Los kothianos eran guras, un término que se aplica a todos los de su raza y que no significa más que hombre. Había muchas tribus guras, cada una de las cuales vivía en una ciudad distinta, y cada ciudad era semejante a Koth. Ninguna tribu tenía más de cuatro o cinco mil guerreros, con el adecuado número de mujeres y niños.

Ningún hombre de Koth había dado nunca la vuelta entera al mundo, pero iban muy lejos durante las cacerías y expediciones guerreras, y se habían transmitido muchas leyendas de generación en generación, concernientes a su mundo —que, naturalmente, denominaban con una palabra que se correspondía con la nuestra de Tierra, aunque, tras cierto tiempo, algunos de ellos adquirieron la costumbre de decir Almuric al hablar de su planeta—. Lejos, al norte, había un país de hielo y nieve, donde no vivía ningún ser humano, aunque, según algunos, gritos singulares retumbaban en la noche provinientes de los glaciares y a veces se veían sombras en la nieve. A menor distancia, hacia el sur, se alzaba una barrera natural que ningún hombre había franqueado… una gigantesca muralla de rocas que, según las leyendas, rodeaba el planeta; por ello había recibido el nombre de Cinturón. Lo que había más allá del Cinturón, nadie lo sabía. Algunos creían que era el borde del mundo y que más allá sólo existía el vacío del espacio. Otros sostenían que tras él se extendía otro hemisferio. Creían —lo que me parece totalmente lógico— que el Cinturón separaba los hemisferios norte y sur de su mundo, y que el hemisferio sur estaba habitado por hombres y animales. Sin embargo, los partidarios de aquella teoría eran incapaces de dar la menor prueba y eran tomados, por lo general, como románticos excesivamente imaginativos.

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Interplanetaria

4 Opiniones

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    tonibrasil
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    Hola:

    ¿Esta reedición de Howard que aporta respecto a la anterior y mucho más humilde edición de Miraguano de hace 20 años?

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    tonibrasil
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    12 años, perdón, que he visto que es de 1991. Esperemos que la fuente de letra elegida para la edición de Gotas esté mucho mejor escogida que la de Miraguano 🙂

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    hur
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    Todavía no lo he visto por ahí, pero tengo puesta la antena. Ya te diré 🙂

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    JTRIPLEG
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    Magnifico libro de barbaros, muy dificil de encontrar (¿imposible?) yo hace años que voy detras de él y no tengo exito.

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