Antología Z: Los mejores relatos de Muertos Vivientes

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Antología Z recopila una selección de relatos sobre el género zombi, realizada por diversos autores, donde los protagonistas son los seres humanos y las variadas situaciones que tendrán que afrontar en un mundo donde los muertos han vuelto a la vida. Sabrás cuál pudo ser el origen de todo; el personaje más curioso que puedas imaginar te enseñará cómo lo ve él a través de sus ojos; sentirás el impulso del hambre… Situaciones que te harán ver el Apocalipsis Z como nunca habías imaginado. 
Este libro está llevado a cabo por verdaderos aficionados del género zombi. Autores que, gracias a su afición, han creado relatos merecedores de ser conocidos por todo el público. 
Álvaro Fuentes, director de la línea narrativa de zombis de Dolmen, se ha encargado de realizar esta recopilación que llevará al lector, a través de estas historias, a conocer el verdadero horror de un Apocalipsis Z. De esta forma se da respuesta a algo que los fans del género venían deseando desde hace tiempo: la creación de una línea editorial zombi en la que, por primera vez, sus voces también sean escuchadas. 
En esta antología participan: Miguel Angel Gonzalez Diaz (Ave cesar) José Martín Ramiro (El judío) Ángel Villán (Tiene mensajes nuevos. Para escucharlos, pulse…) Álvaro Peiró Burriel (El huésped) Alex Gómez (En el metro y Declaración de un superviviente) Ave Marcos (No por mucho madrugar, amanece más temprano) Paola Fuentes Claramonte (Casi humano) Albert Sanz (La última balada de Xeoglia) Oscar Felipe (Santuario) Sergio de Marcos (¡Clonk!) Santiago Eximeno (Fragmentos de nuestra muerte) Álvaro Fuentes (El ansia) Luis Alonso (Floro, el perro) David Mateo (Marchitas por dentro) Santiago Sánchez Pérez (Trabajo inacabado) Fernando Corvillo Rodríguez (Estoy cambiando…) y Oscar de Marcos (3113)

ANTICIPO:

EL JUDÍO

José Martín Ramiro

Al cabezón (R. J. M.), por darme la idea.

Aunque a lo largo de la historia ha habido cierta contro­versia al respecto, lo cierto es que todo empezó el día 14 de Nisán según el calendario hebreo, el día en que un judío fue torturado, azotado, coronado con espinas, cargado con una cruz y conducido a la fuerza al monte Gólgota, en las afueras de Jerusalén. Por el camino el populacho le insultó y le escu­pió. Le arrojaron piedras, y, cuando creyó que un alma amable le ofrecía vino para aliviar su tormento, descubrió asqueado que lo había mezclado con hiél. ¿Actuaron así por miedo, por ignorancia, o es que, simplemente, eran crueles y necios?
Ni siquiera el judío, al que sus allegados llamaban «el Maestro», podía imaginar la respuesta a semejante pregunta. Las caras, crispadas en máscaras de odio, se deslizaban por la periferia de su cada vez más borrosa visión. ¿Aquellas cria­turas eran las que pretendía salvar? ¿Por ellas iba a hacer el mayor de los sacrificios? Los libros que narran su vida no lo recogen así, pero fue en verdad aquélla, y no otra, la primera ocasión en que dudó de verdad de su misión, del cometido que su propio padre le había encomendado.
La última parte del trayecto, el ascenso por la falda del monte, fue la más dura. Los latigazos habían minado sus fuer­zas de tal manera que las piernas a duras penas le sostenían. El mismo sol parecía querer flagelarle con sus ardientes ra­yos. El sudor y la sangre le corrían a chorros desde las sie­nes y abrían surcos en la mugre que cubría sus mejillas. El sendero se empinaba y el madero de la cruz se hacía más y más pesado a cada paso que daba. Cada vez que tropezaba y caía, los soldados le golpeaban con la vara de sus lanzas y le obli­gaban a incorporarse. Se reían, le llamaban «majestad», le ha­cían reverencias burlonas y le espetaban bromas macabras. ¿Por qué? ¿No se daban cuenta de que él sólo pretendía ayudarles? El mundo era dolor. Ya no veía ni oía, de modo que cerró los ojos y se limitó a arrastrar los pies y a avanzar un poquito cada vez, hasta que perdió la noción del tiempo y del espacio.
Alguien le golpeó en las pantorrillas y se derrumbó como un tronco talado. La cruz cayó a su lado y levantó una nube de polvo que le entró por las fosas nasales y la boca. Trató de toser, pero tenía la garganta demasiado reseca y tan sólo fue capaz de emitir un ronco estertor. Esta vez no le pegaron ni le obligaron a levantarse. Nadie le gritó. Rodó con infinita lenti­tud hasta colocarse boca arriba sin considerar el motivo de su buena suerte. Su pecho subía y bajaba como un fuelle, y cada bocanada de aire era como un torrente de fuego, pero en ese momento deseó quedarse allí tumbado para siempre.
Pasó algún tiempo hasta que un gemido le arrancó de su trance. No, un gemido no: un llanto. Alguien lloraba muy cer­ca de él. El judío abrió los ojos lentamente. El sol más grande y caluroso que jamás hubiera contemplado inundó sus pupilas. Era un disco enorme que lo llenaba todo y le abrasaba, como un rostro enorme que se mofara de su agonía. ¿El rostro de su padre? Parpadeó varias veces. Los ojos le escocían y le lagri­meaban como si los tuviera repletos de vinagre. Poco a poco la vista se le fue aclarando, hasta el punto de distinguir una sombra recortada contra el sol. La imagen tomó mayor nitidez. Una viga de madera con dos brazos: una cruz. Y, pendiente de ella, un barbudo desgreñado, flaco, desnudo y sucio, que gimoteaba como un niño pequeño.
El judío, el Maestro, el sabio, se sintió en ese momento el más estúpido de los hombres. Su cerebro era demasiado lento; su mente, demasiado torpe para comprender lo que pasaba más allá de su entumecido cuerpo. Un pesado crujido de ma­dera, acompañado por resoplidos de esfuerzo, le hizo girar la cabeza. Varios soldados alzaban una segunda cruz de la que colgaba otro hombre como un fruto ajado. El madero se asen­tó con un topetazo sobre el agujero que le servía de base y el hombre gruñó al tensarse las cuerdas que lo sujetaban. Los soldados rellenaron el socavón con arena y piedras. Uno de ellos se apoyó un par de veces sobre la cruz para comprobar que no se movía y le hizo una señal de conformidad a su de­curión. Entonces, en ese mismo instante, el judío lo entendió todo. Aquél era el final del camino. Y él era el siguiente.
Unas manos rudas lo alzaron del suelo y lo colocaron sobre la cruz, obligándolo a extender los brazos a lo largo del madero transversal. Uno de los soldados tenía un cartel de madera. Se lo enseñó al judío, pero éste fue incapaz de distinguir lo que ponía. Al resto, sin embargo, les pareció desternillante. El soldado se agachó y, armado con un martillo de carpintero, clavó el letrero sobre la cabeza del judío. Con cada golpe, el poste vibraba y las espinas de su corona se le incrustaban sin misericordia en la nuca. Cuando creyó que no podría soportarlo más, el martilleo cesó. El soldado se puso en pie y contempló su obra con aires de artesano satisfecho. Otro, con una soga, comenzó a amarrarle el brazo al judío, pero su compañero, el del martillo, le detuvo con un ademán. Aún le quedaban tres clavos.
Cuando el primer clavo le atravesó la piel, los tendones y el hueso de la muñeca izquierda, el judío lanzó un alarido tan profundo e inhumano que de un campo cercano una bandada de perdices alzó el vuelo espantada en busca de la seguridad del cielo. La muñeca derecha cedió con mayor facilidad, pero los tobillos… El clavo no estaba lo suficientemente afilado, y el hueso crujía con cada impacto, al igual que la madera reseca, a coro con los aullidos desesperados del judío. Hicieron falta al menos una docena de martillazos para acabar el trabajo.
Mientras los soldados alzaban la cruz, el judío rezó para que todo acabase cuanto antes. Pasaron minutos antes de que lograra reunir fuerzas suficientes para alzar la cabeza y mirar a su alrededor. Su vista se deslizó fugazmente por los teja­dos de la cercana Jerusalén, subió por el camino que él mismo había empleado para ascender hasta allí y se posó en las per­sonas que aguardaban tan cerca como los soldados les permi­tían. Allí estaba su madre, llorando. Uno de sus discípulos la mantenía erguida, pues parecía que las piernas estuvieran a punto de fallarle. Al menos, aunque sólo fuera por ellos, su sacrificio merecería la pena.
Pasaron las horas. El judío vagaba entre la consciencia y la inconsciencia. Cada vez le resultaba más difícil respirar, como si tuviera un yunque oprimiéndole el pecho, y el dolor en las lace­raciones de las muñecas y los tobillos era insoportable. Al borde de la desesperación, el judío trató de encontrar consuelo en la oración. Cerró los ojos e intentó rememorar los rostros de las personas que amaba, pero sólo podía recordar los de aquellos que le habían llevado allí: los sacerdotes que le había acusado por envidia, los jueces que le habían condenado a cambio de algo de plata, el gobernador que había permitido aquello por cobardía, el mezquino populacho que había jaleado la sentencia y los soldados que le habían torturado por diversión. ¿Se supo­nía que debía morir por ellos? ¿Por aquellos miserables? ¿Acaso merecían algo mejor que la condenación eterna? ¿O es que aca­so el Creador era tan infame como aquellas criaturas? Al fin y al cabo, se suponía que las había creado a su imagen y semejanza.
Trató de apartar aquellos pensamientos de su cabeza, pero le fue imposible. Su sufrimiento era atroz. Era injusto. Desesperado, alzó la cabeza al cielo y gritó:
— Elí, Elí, lemá sabactani!
La risa borboteante, como aceite derramándose de un pe­llejo, de uno de sus compañeros de crucifixión le hizo volver a la realidad. El que antes lloriqueaba tenía la barbilla caída so­bre el pecho y los ojos cerrados como si durmiese, pero el otro lo miraba con desprecio y comenzó a insultarlo. Lo llamó men­tiroso y lo desafió. Si en verdad era quien afirmaba ser, ¿por qué no se salvaba a sí mismo? ¿Por qué no los salvaba a todos? El judío hundió la cabeza entre los hombros, deseando que se callara de una vez, que le dejara en paz, que le permitiesen morir de una vez. Rezó por ello y de nuevo nadie le escuchó.
Llegó la tarde. El dolor y la sensación creciente de asfixia estaban más allá de lo que podía soportar, pero sus oraciones eran desatendidas y el Señor ni siquiera le concedía la piedad de la inconsciencia de la que disfrutaban sus compañeros. ¿De qué se sorprendía? Eran ladrones, quizá asesinos, y los sol­dados los habían amarrado a la cruz con sogas. En cambio, a él, que sólo había tratado de traer paz al mundo, le habían atravesado la carne y los huesos. De algún modo tenía sentido dentro de una retorcida lógica que era incapaz de sorprender.
Y fue entonces, con el sol a punto de tocar el horizonte, cuando su fe se quebró de verdad. ¿Dónde estaba la justicia? ¿Dónde, el sentido de todo aquello? Aunque le causaba una agonía increíble, consiguió alzarse unos centímetros sobre el madero y vomitó a los cielos la ira que le consumía. Gritó y blasfemó cosas tan horribles que hasta los soldados retrocedie­ron unos pasos, y donde antes hubo un cielo despejado nubes de tormenta comenzaron a formarse. El judío comprendió que El estaba enojado y aquello aumentó su ira.
Cuentan los cuatro libros que narran su vida que nada de esto ocurrió. Cuentan que el judío soportó su tormento en si­lencio hasta que el final le alcanzó. Cuentan que un centurión, apiadándose del sufrimiento de la madre del judío, que pen­saba que su hijo tal vez viviera aún y fuera presa de terribles dolores, decidió atravesarle el costado con su lanza para mos­trarle a ella que el judío estaba muerto. También cuentan que de la herida manó agua mezclada con la sangre, y que cuando esa agua se derramó sobre la cara del soldado, éste tuvo una revelación, cayó de rodillas y, arrepintiéndose públicamente de sus pecados, proclamó la divinidad del judío.
Esto cuentan los cuatro libros, aunque no es del todo cierto.
En realidad, el judío no pereció en silencio. Siguió cla­mando su odio con palabras tan horrendas que luego nadie pudo recordar, y aunque su madre y sus discípulos se taparon los oídos con las manos y era grande la distancia que les se­paraba, de algún modo siguieron escuchándole con tanta cla­ridad como si el sonido proviniese de sus mismísimos corazo­nes. El cielo replicó cerrándose por completo, dejando la tierra en tinieblas interrumpidas de tanto en tanto por el fogonazo de los relámpagos.
Ni siquiera el estampido de los truenos logró silenciar la voz del enloquecido judío, y cuando sus blasfemias se vol­vieron intolerables, una columna de chispas descendió cule­breando desde las nubes y golpeó el madero de la cruz, lle­nando el mundo de fuego y luz. El judío se retorció. Su rostro se transfiguró, sus labios se contrajeron y dejaron a la vista una dentadura más propia de un depredador que de un ser humano, y de los ojos y la boca brotaron borbotones de sangre que parecía melaza; pero aun entonces encontró fuerzas para seguir escupiendo su desprecio por El. Los cielos rebulleron de furia y la misma tierra comenzó a temblar como si fuera a deshacerse en pedazos, y entonces, sobre el tumulto, se escu­chó el aullido de la madre del judío.
— ¡Haced que se calle! ¡Haced que se calle, por el amor de Dios!
No fue un centurión, como se dice, ni siquiera el decurión que supervisaba las ejecuciones quien atendió al chillido histé­rico de la mujer. Fue un simple soldado el que de algún modo encontró fuerzas para vencer el pánico y hundir su lanza en el costado del judío. Tampoco es cierto que fuese agua lo que manó de la herida, aunque tampoco fue sangre, al menos no del mismo tipo de la que corre por las venas de un hombre vivo. Lo que sí es verdad es que bañó el rostro del soldado y le entró por la nariz y la boca, y que éste cayó al suelo de rodillas, pero no para expulsar sus pecados, sino el contenido de su estómago.
Con un alarido completamente inhumano, el judío se ten­só de tal manera que los clavos que le sostenían saltaron por los aires. Su cuerpo se mantuvo por un solo instante en el aire, como si flotara, antes de desplomarse como un fardo sobre la tierra removida al pie de la cruz. Sus discípulos, los soldados, e incluso su madre, dieron media vuelta y huyeron monte aba­jo mientras el firmamento se despejaba con la misma rapidez con la que antes se había cubierto. Más de la mitad del sol aún era visible sobre la franja del horizonte.
Sólo uno de los seguidores del judío, natural de Arimatea, se quedó quieto, quizá porque estaba tan asustado que las piernas se negaron a responderle. Permaneció allí inmóvil varios minu­tos, mientras el día terminaba de esfumarse, hasta que compren­dió que nadie iba a volver. En ese momento sintió que era res­ponsabilidad suya dar sepultura al judío. Pese a todo, aquél era el Maestro. Al menos le debía un entierro digno.
Se acercó muy despacio al cuerpo del judío. Había que­dado tendido boca arriba, con los ojos y la boca cerrados, y su rostro dejaba traslucir cierta placidez, como si durmiera. La fu­gaz imagen que había vislumbrado por un momento cuando le alcanzó el rayo, la de un carnívoro de piel tensa y afilados inci­sivos, se le antojó en ese momento una ilusión lejana. Con todo, no pudo evitar la tentación de coger una de las lanzas arrojadas por los soldados en su precipitada huida y tocar el cuerpo con el extremo romo. Sabía que el Maestro estaba muerto —estaba se­guro—, pero de algún modo aquel cuerpo albergaba una vaga promesa de movimiento, de vida más allá de la muerte.
Cuando logró reunir suficiente valor, el discípulo se aga­chó junto al cuerpo y, vacilante, tendió la mano hacia el cuello del judío en busca de pulso. Vaciló. Un leve aroma a descom­posición flotaba en el ambiente. Alzó la vista hacia los otros crucificados, ya cadáveres. ¿Había pasado suficiente tiempo para que empezaran a pudrirse? Imposible, ni siquiera con aquel calor. Las aves de rapiña ni siquiera habían hecho acto de presencia. Entre ambos, la cruz en la que habían clavado al Maestro aparecía intacta, sin rastro alguno de que un rayo acabase de golpearla. ¿De verdad todo aquello había pasado? ¿Acaso lo había soñado?
La boca del judío se entreabrió repentinamente, a escasos centímetros de la mano que el de Arimatea aún tenía tendida hacia su cuello. El discípulo percibió por el rabillo del ojo el mo­vimiento y retrocedió con un alarido, arrastrándose hacia atrás a toda prisa sobre las posaderas hasta que su espalda se topó con la cruz. Allí se quedó, inmóvil como un cervatillo ante un lobo, con los ojos muy abiertos, sin atreverse ni a parpadear. Pa­saron un par de minutos. El Maestro no dio ninguna otra señal de vida y el de Arimatea logró convencerse a sí mismo de que aquel cuerpo no iba a levantarse ni a echar a andar por mucho que una vocecilla interior le advirtiese de lo contrario.
A cuatro patas, reptó el escaso metro que le separaba del cuerpo y tendió de nuevo la mano. Sus dedos se acercaron al pecho del difunto milímetro a milímetro, como si alguna fuer­za invisible le tirase del brazo hacia atrás. El corazón le mar­tilleaba el pecho. Trató de tragar saliva para calmarse, pero descubrió que tenía la boca seca y pastosa. Reuniendo todo su coraje, echó su peso hacia delante y obligó a su mano a hacer contacto. Al instante la retiró de nuevo. La piel del Maestro estaba caliente. No, no estaba caliente: estaba ardiendo.
Posó de nuevo la palma sobre el pecho del judío. Quema­ba como un asado recién retirado del fuego, pero apretó los dientes y aguantó. Nada. Ni un latido, ni un movimiento. No respiraba. Estaba muerto. El de Arimatea retiró la mano y se sopló en la palma para aliviar el escozor. La tenía enrojecida como si hubiera estado sujetando una brasa. En contraste, la piel del Maestro mostraba una tonalidad cerúlea, una claridad antinatural. Quizá había perdido mucha sangre antes de mo­rir. Sí, ésa debía de ser la explicación.
El discípulo percibió de nuevo movimiento, pero esta vez al pie del camino. Eran sus hermanos. Al parecer, habían re­unido el valor suficiente para regresar. Sus rostros, aún con­traídos por el terror, le demostraban que todo había sido real, que había ocurrido de la manera en que lo recordaba. Traían con ellos un escuálido buey que tiraba de una carreta de rue­das irregulares. El de Arimatea recordó que habían planeado usarla para transportar el cuerpo del Maestro hasta su sepul­cro, siempre que el gobernador les diera permiso para ello. Tal como estaban las cosas, la autoridad del gobernador ya no parecía tan importante.
Sus hermanos se detuvieron a una prudente distancia. El de Arimatea vio en sus caras que ninguno estaba dispuesto ni siquiera a cercarse a aquel al que pocas horas antes veneraban. Tomando en brazos al Maestro, se dirigió a la carreta, reso­plando de dolor. ¿Cómo podía estar tan caliente? Lo arrojó sobre la madera con muy poca delicadeza y se frotó los an­tebrazos. Si su comportamiento resultó extraño a ojos de sus hermanos, ninguno lo exteriorizó. Uno de ellos le tendió un sudario. El de Arimatea subió a la carreta, le cruzó los brazos al difunto sobre el pecho y lo cubrió con él.
El buey dio un pequeño tirón y a punto estuvo de derribar­lo de la plataforma. El animal, de temperamento usualmente apacible, estaba nervioso, quizá contagiado por el miedo que se respiraba en el ambiente. Cuando la sábana que cubría el cadá­ver comenzó a humear, los discípulos retrocedieron alarmados unos metros. Sólo el de Arimatea, de nuevo, permaneció quieto en su sitio, observando atónito cómo la tela se tostaba y la silue­ta del cuerpo que tapaba comenzaba a hacerse visible como una sombra negruzca. El discípulo imaginó que a continuación es­tallaría en llamas, convirtiendo la carreta entera en una impro­visada pira funeraria, pero nada de eso pasó. De algún modo, el cuerpo empezó a enfriarse y las tenues volutas de humo comen­zaron a evaporarse hasta desaparecer por completo.
El de Arimatea bajó de la parte trasera de la carreta y guió al buey monte abajo, hacia el sepulcro del Maestro. Sus hermanos lo siguieron en silencio a media docena de metros. Al pie del Gólgota cayó en la cuenta de algo. En todo ese tiempo no había rezado. Tardaría mucho tiempo en atreverse de nuevo a hacerlo.

A la mañana siguiente, el soldado cuya lanza había aca­bado con la vida del judío cayó enfermo. A lo largo del día su piel se fue tornando cada vez más pálida y los ojos comenzaron a enrojecerse bajo el iris. Sufría fuertes dolores abdominales, y aunque se quejaba de un hambre desmesurada, su estómago rechazaba el agua, la sopa y la fruta que trataron de darle. Al anochecer, su estado había empeorado. Había perdido la consciencia y la mandíbula se le había desencajado, dejando parte de la dentadura a la vista.
De madrugada le dieron por muerto, cuando dejó de respi­rar tras una intensa agonía. Tal vez un diagnóstico precipitado, pues cuando los necróforos acudieron a preparar el cuerpo para su inhumación, el enfermo se levantó de su lecho y, enloqueci­do por la infección, trató de morder a uno de ellos. El guardia que los acompañaba logró reducirle antes de que hiriese a nadie, aunque, desgraciadamente, un fuerte golpe que le propinó en la cabeza acabó con su vida. Temerosos de que se tratase de la rabia o de alguna otra enfermedad contagiosa, los galenos decidieron incinerar el cuerpo y enterrar los restos fuera de la ciudad.
Tres días después de la crucifixión del judío, uno de sus discípulos más cercanos dormitaba recostado contra la piedra que sellaba su sepulcro. Desde que le\’-sepultaran, había pasa­do allí cada jornada, desde la salida hasta la puesta del sol, tratando de expiar su culpa. Había llorado mucho apoyado contra aquella losa, en parte por la pérdida del Maestro, pero sobre todo de rabia contra sí mismo, por ser un cobarde y un miserable. Cuando los soldados le habían interrogado, él, por tres veces, había negado que conociese al Maestro y le había abandonado a su suerte. Después, ni siquiera había tenido va­lor para acercarse al Gólgota, donde había ocurrido algo tan terrible que sus hermanos no se atrevían a hablar de ello, ni para contárselo a él.
Un leve ruidito le hizo despertar sobresaltado. Parpadeó confundido y echó un vistazo alrededor, tratando de encon­trar el origen del sonido y preguntándose si se había tratado de alguna pesadilla. El ruido se repitió muy cerca, junto a su cabeza. El discípulo apoyó la oreja contra la piedra y escuchó con atención. Ahí estaba de nuevo. Sonaba como si algo rasca­se contra la losa.
El discípulo pronunció el nombre del judío. Luego lo gri­tó. Nadie respondió desde dentro del sepulcro, pero el extraño soniquete cesó de improviso. El discípulo repitió la llamada, de nuevo sin respuesta. Se incorporó tembloroso. ¿Acaso ha­bía enloquecido? Antes, en una ocasión, en Judea, el Maestro había sido capaz de desafiar a la misma muerte y arrancar a un hombre de sus garras. Él lo había visto con sus propios ojos. ¿Podía ser que…?
El discípulo corrió en busca de los preferidos del Maestro tan rápido como le permitieron sus piernas. Sólo pudo encon­trar a siete de los doce. Los otros cinco no estaban en sus casas, y no había tiempo de buscarlos. Si lo que sospechaba era cier­to, debían abrir el sepulcro cuanto antes. Cuando los reunió y les explicó lo que pasaba, algunos le llamaron loco y otros se limitaron a mirarlo aterrados. Se negaron a acompañarlo y él les replicó con ira. Les llamó cobardes y traidores, les recordó su compromiso con el Maestro y les preguntó qué les daba tanto miedo. Ninguno quiso responderle, como si contar lo que habían visto en el monte Gólgota pudiera conjurar algún tipo de maldición sobre ellos. Al final, a regañadientes, los sie­te accedieron a ir con él.
El sepulcro estaba excavado en la ladera pedregosa de una colina, un corto túnel que descendía hasta una pequeña cámara circular. El discípulo apoyó la oreja sobre la piedra que lo sellaba y escuchó con atención. El ruido, fuera lo que fuese lo que lo producía, había cesado. En cualquier caso, era preciso que retiraran la losa. Debían ver. Debían saber.
Hicieron falta cuatro de ellos para moverla y echarla a un lado. La luz del sol se aventuró tímidamente en la entrada de la oquedad, apenas la suficiente para iluminar unos pasos. Desde el exterior, el contraste hacía que la parte más interna del sepulcro permaneciera en tinieblas. El discípulo que había negado a su Maestro, el único de los ocho que no había pre­senciado su fin, entornó los ojos y accedió al sepulcro. Junto a la entrada, un guiñapo se enrolló en torno a su pie derecho. Se agachó y lo recogió, desplegándolo para verlo bien. Era un sudario. Estaba manchado de sangre y tierra. En él, como si la hubieran trazado con carbón, estaba impresa la inconfundible silueta del Maestro.
El discípulo se dio cuenta de que estaba solo. Sus herma­nos habían retrocedido varios metros, con el pavor pintado en sus caras.
— ¿Pero qué hacéis? —les dijo —. ¿Por qué tenéis miedo?
Ninguno de sus hermanos, ni siquiera aquel con quien compartía madre, se atrevió a responderle. Habían accedido a acompañarle y a abrir la tumba del Maestro, nada más. Tampoco es que los necesitara. Se dispuso a continuar hacia el in­terior cuando una voz le hizo detenerse.
— Espera. Si ha ocurrido, necesite verlo con mis propios ojos, aunque ello me condene al infierno.
El discípulo no comprendió las palabras de su hermano, al que apodaban «el Fuerte», pero asintió agradecido. Avanza­ron hombro con hombro los pocos pasos que les separaban de la cripta. Sus ojos se adaptaron poco a poco a la penumbra. Lo primero que distinguieron fue el ataúd de madera, en el centro de la sala. La tapa estaba tirada en el suelo. Un tenue olor a putrefacción invadió sus fosas nasales.
Una sombra se movió en un rincón, algo se puso en pie y, con andar vacilante, dio un paso al frente.
— ¿Maestro?
El discípulo sintió que su pecho estallaba de alegría al distinguir la figura alta y delgada de su amigo. ¡El milagro había ocurrido! ¡Había resucitado!
La sombra dio otro paso y extendió unas manos retorci­das como garras hacia ellos. De su garganta brotó un lúgubre lamento completamente inhumano. La alegría se tornó en te­rror y ambos echaron a correr hacia la luz del día. «El Fuerte» tropezó y aquel que le había llevado hasta allí pasó sobre él, ganando la salida en un instante. «El Fuerte» gritó, un alarido espantoso mezcla de sorpresa, miedo y dolor, que hizo que su hermano volviera la cabeza hacia él. El Maestro, si es que aque­llo lo era, se había abalanzado sobre él y le daba dentelladas en la espalda, el hombro y el cuello como un perro rabioso. «El Fuerte» trató de incorporarse, pero la criatura que lo sujetaba lo volvió a derribar. Gimiendo como un niño, tendió la mano hacia su hermano en una muda súplica de auxilio.
La criatura alzó la cabeza y sus ojos relumbraron de ham­bre al fijarse en su antiguo discípulo, que observaba inmóvil de espanto desde el exterior. Como si aquello le liberase de un hechizo, éste arrojó el sudario a un lado, se lanzó sobre la losa y la empujó con todas sus fuerzas para tapar la entrada al sepulcro. No logró moverla ni un milímetro.
— ¡Ayudadme! ¡Ayudadme, por la misericordia de Dios Todopoderoso!
Sus hermanos corrieron a su lado y juntos movieron la piedra hasta colocarla en su lugar. Algo la golpeó desde el in­terior y el horrendo lamento que había escuchado dentro se repitió tres veces más, soterrado, apenas audible. Algo rascó contra la piedra, pero, fuera lo que fuera, no tenía las fuerzas o la voluntad necesarias para moverla. Al rato, volvió a escu­charse la voz de la criatura, sólo que esta vez otra diferente le respondió desde las profundidades de la tierra. Los discípulos se miraron unos a otros y comprendieron, y supieron qué ha­bía que hacer. Los siete juntaron piedras y arena y sellaron de forma definitiva el sepulcro. Más adelante, a lo largo de mu­chas semanas, lo irían enterrando hasta hacerlo desaparecer por completo con la intención de que nadie pudiera encontrar­lo jamás. Nunca volvieron a hablar de «el Fuerte», y de esta manera, para la historia, fueron doce los que compartieron la última cena del judío en lugar de trece.
Cuando consideraron, al atardecer, que era imposible que nada pudiera entrar ni salir del sepulcro, decidieron volver a casa y descansar. Por el camino se encontraron con la madre y con la favorita del Maestro. Conocedoras de que los hombres habían ido allí por la mañana, habían decidido acudir para un­gir al difunto con perfumes. Los seis que quedaban de los siete que habían acompañado al discípulo que no acudió al Gólgota se volvieron hacia éste preguntándole qué debían contar de aquello que había acontecido.
Les diremos que «el Fuerte» decidió marcharse en pere­grinación y que quizá no regrese. En cuanto al Maestro… Les diremos la verdad.
— ¿La verdad?
Sí, la verdad. Les diremos que fue crucificado, muerto y sepultado. Que descendió a los infiernos. Que al tercer día resucitó de entre los muertos. Que está sentado a la diestra de Dios Padre Todopoderoso, pues Él está en todas partes, y que, desde allí, algún día, habrá de venir para juzgar a los vivos y a los muertos. Ésa es la verdad.

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