Antología Z. Volúmen 2

AntologiaZ_Vol2

Género :


Son seres abyectos, depravados, oscuros… Vagan por la vida sin rumbo ni destino. Les encanta la sangre y se alimentan del miedo: Son los autores que conforman Nocte, la asociación española de escritores de terror. Y ahora han unido sus fuerzas para narrar historias de otros seres todavía más amenazantes: los zombis. Dieciocho autores, dieciocho historias y otros tantos puntos de vista sobre una figura mítica del terror moderno.
Los mejores escritores de terror de nuestro país nos presentan el enfoque más atrevido, innovador y aterrador de las historias de zombis.
Deja que la carne fresca rezume de entre las páginas y empápate de buena literatura teñida de rojo. Pero ten cuidado, puede que quedes infectado por el virus del miedo.
Álvaro Fuentes se ha encargado de seleccionar estos relatos, a los que José Carlos Somoza se ha encargado de prologar.
Las historias y autores recogidos en esta antología son las siguiente: Microcuentos (por Julián Sánchez Caramazana), Todo lo que muere se levanta (por Juan de Dios Garduño), El pacto de la niebla (por Víctor Conde), S0KH9E (por Magnus Dagon) Fuegos Fatuos (por Miguel Puente Molíns), Black zombi (por Claudio Cerdán), Psique (por Marc R. Soto), Mi amada Michelle (por J.E. Álamo), Fabularia (por Santiago Eximeno), Tras una persiana veneciana (por Emilio Bueso), Cenizas del Niflheim (por Sergio Mars), Víctimas y Verdugos (por José María Tamparillas), Carne de tu carne (por Fermín Moreno González), La primera resurrección (por Rubén Serrano), Mi primo Tom (por Pedro L. López), Salida maldita (por Roque Pérez Prado), Al otro lado de la pared (por David Jasso), Asquerosamente ricos (por Nuria C. Botey) y Ajenjo (por Pedro Escudero Zumel).

ANTICIPO:

ASQUEROSAMENTE RICOS

Nuria C. Botey

Para Edu y Juan Carlos

—Abu Karim es un capitán listo —me dijo Hassan en cuanto la fueraborda empezó a cabecear sobre las olas, rumbo a estribor del yate—. Hacemos dinero con este golpe, y a por los pesque­ros. Ahí está el gran negocio, en los pesqueros. Los gobiernos de Europa pagan rápido y bien por sus marineros, ¿entiendes?
Luego abrió de par en par su único ojo sano y asintió un par de veces con la cabeza antes de volver a proa su mirada de cíclo­pe viejo, dándome a entender que bajo el mando de Abu Karim pronto seríamos asquerosamente ricos.
Y tenía razón. No hay más que ver ahora a Derie o al mismo Hassan para comprobarlo. Todo gracias a Abu Karim y el puto Mademoiselle de l’Océan.
La verdad es que el tuerto no estaba equivocado respecto a Abu Karim. Era un capitán listo y grande, todo Mogadiscio lo sabía. Claro que después de aquellos ocho años perdidos en la cárcel, incluso los mejores capitanes tienen problemas para con­seguir tripulación. Por supuesto, contó con Hassan desde el pri­mer momento. El viejo ya había navegado media vida bajo las órdenes de su padre, y no tenía inconveniente en pasar la otra media acatando las del propio Abu Karim.
Pero por bien puestos que tengan los cojones, dos hombres solos no pueden hacerse a la mar y secuestrar un barco con éxi­to. Así fue como me enrolé en el Benadir.
Hasta entonces, el único buque que conocía era el pesquero chi­priota donde faenaba mi tío Muhammad. Me contrataron para la campaña del calamar gracias a él, pero no llegué a terminarla: a los tres meses estaba otra vez en tierra por culpa de una pelea a navaja, que me dejó una cicatriz desde el pómulo izquierdo hasta la barbilla, y fama de asesino. Supongo que entre esta última y mi ha­bilidad con el kalashnikov, Abu Karim lo tuvo más fácil para acep­tarme a bordo a pesar de mi pobre experiencia como marinero.
Para cuando entré a formar parte de su tripulación, ésta se componía de veintitrés hombres. Pocos para gobernar el Benadir en condiciones, pero, después de los años que Abu Karim se vio obligado a mantenerlo amarrado en puerto seguro mientras él cumplía condena, no se pudo conseguir otra cosa. El último en alistarse fue Alí Ornar, el enorme miliciano al que le cortaron la lengua en la batalla de Mogadiscio y que parecía crecer todavía más cuando se echaba el lanzagranadas al hombro. Me cuesta creer que esos cabrones hayan podido con él. Apenas llevábamos una semana en el mar cuando el vigía avis­tó una embarcación de recreo con bandera francesa y cincuenta y tantos metros de eslora, a unas cuatrocientas millas de la costa. Abu Karim ordenó vigilarla hasta el atardecer. No se movió en todo el tiempo, ni hubo la menor actividad a su alrededor.
— Extranjeros idiotas —masculló Hassan —. Seguro que rom­pieron el motor, o se quedaron sin fuel en los tanques.
— Entonces no servirá. ¿Para qué queremos un barco averia­do? — se me ocurrió decir.
Hassan me miró con su ojo sano lleno de desprecio durante unos segundos, antes de dejar las cosas claras.
—El barco da lo mismo, gilipollas. Queremos el rescate, nada más. Esos tíos están podridos de dinero. Si no podemos llevarlos a Haradere, echamos el ancla en mitad del mar y el Benadir vigila, ¿entiendes? —añadió, lanzando un gargajo blanco y espeso sobre la cubierta.
La verdad es que nunca llegué a comprender del todo la ló­gica de ese plan, pero insistir no habría sido buena idea. A Has­san le gustaba hablar, no responder preguntas, de modo que me limité a asentir con la cabeza. Además, Abu Karim ya había empezado a dar órdenes.
Pronto estuvo todo dispuesto. Dejamos trece hombres en el barco, contando con el vigía. No serían suficientes si las cosas se complicaban, pero el capitán había decidido que fuéramos diez en el esquife para abordar el yate, y nadie entró a discutirlo.
«Cuando cobremos el rescate, los hombres harán cola en Eyl para enrolarse con nosotros», pensaba para mis adentros, con el zumbido del motor fueraborda alojado en mis oídos y el fusil bien sujeto bajo una tormenta de agua salada y viento en la cara. En la proa de la embarcación, el rostro altivo y curtido de Abu Karim escudriñaba nuestra presa con los ojos entreabiertos.
Por supuesto, yo nunca había visto un yate de recreo, así que no noté nada raro en el Mademoiselle de l’Océan —como resultó llamarse— aparte de su tamaño y su lujoso acabado. Tres cubiertas, casco blanco reluciente y ojos de buey remata­dos en madera para los camarotes. Sin embargo, Abu Karim dio la voz de alerta.
— ¿Dónde están? — murmuró entre dientes, y sus palabras me hicieron reparar en la desierta cubierta superior, en la oscuridad de los compartimientos, en el silencio de los motores.
— ¡Follando como perros! —gritó un hombre entre risotadas. En respuesta, el miliciano mudo hizo gesto de empujarse a una hembra con los ojos brillantes de lujuria mientras los de­más coreábamos las risas del primero, y mi cabeza se llenó de imágenes de las putas extranjeras que seguro viajaban a bordo; mujeres con las bocas pintadas, el cabello descubierto y diminu­tos bañadores de dos piezas.
Sólo Abu Karim permaneció en silencio, con el entrecejo frun­cido y los labios apretados. Dudo que barruntara lo que iba a sucedemos, pero está claro que el muy cabrón ya se olía algo raro. Pese a todo, continuamos con el abordaje.
Alí Ornar y otros cuatro marineros lanzaron los garfios y fija­ron las escalas, y el resto trepamos como monos tras ellos, con las armas listas para el fuego intimidatorio.
No fue necesario. La cubierta superior estaba desierta. Ab­solutamente desierta. A popa vi una enorme mesa exterior con forma de media luna, diez o doce sillones de madera y una zona acolchada para que las putas extranjeras se desnudaran al sol… Había más dinero invertido en aquella cubierta que en todo Mo- gadiscio, pero ni un alma. Un silencio negro y pringoso como la brea se extendió sobre nuestras filas.
— Capitán… — comenzó a decir Hassan, pero se interrumpió al escuchar el ruido. Primero fue un golpe recio y seco, como de un objeto pesado al chocar contra el suelo. El horror vino después, a medida que aquel gemido gutural subía de las cubiertas inferiores.
Un tío al que llamaban Jamma perdió los nervios y empezó a disparar hacia la escalera que comunicaba las cubiertas. Habría vaciado el cargador si el hombre que tenía más cerca no le hu­biera golpeado violentamente en el hombro con la culata de su arma. Su grito de dolor se confundió con la voz del capitán.
— ¡Quietos, hijos de puta! ¡Al que vuelva a disparar le abro la garganta! —nos amenazó, llevando una mano al machete que pendía de su cinturón. Luego, señalando a Mukhtar y Abdu Aji, dos marineros veteranos, ordenó — Vosotros, revisad esta cu­bierta y la de arriba. Jamma, Derie y el mudo, delante y abajo. Geggesy, Hassan, Maidhane y Ahmed, cubridlos. Vamos a ver qué cojones pasa aquí…
Aunque Geggesy era un tipo duro, me di mucha prisa en bus­car la compañía de un perro viejo como Hassan. Por detrás de nosotros iba Ahmed, y en último lugar el mismo Abu Karim.
Descendimos hasta llegar a la puerta acribillada por los dis­paros de Jamma. Tras unos segundos de indecisión, Alí Ornar cargó contra ella y la abrió de un empellón.
Me impresionó la amplitud del salón, y eso que apenas estaba iluminado por un par de focos empotrados en el techo, de los quince o veinte que debía de haber. Bajo aquella luz mortecina distinguí sillones semicirculares de piel blanca, mesitas cuadra­das, una barra de bar, una mesa de billar, varias pantallas de televisión… Todo desordenado, roto, como si allí se hubiera li­brado un furioso combate. Los televisores parecían reventados, había esquirlas de botellas por el suelo y la mayoría de los mue­bles estaban astillados o patas arriba. A mis pies descubrí una inconfundible mancha negra de sangre seca que había empapa­do la moqueta, y alguien avisó de otra en el tapete desgarrado de la mesa de billar.
Poco a poco le fuimos perdiendo el respeto al escenario y nos repartimos por la sala para inspeccionar, sin poder imagi­nar lo sucedido.
De pronto me pareció que todo ocurría muy deprisa, pero ahora me doy cuenta de que pudo haber pasado cerca de media hora desde que entramos hasta que se produjo el ataque. Tam­poco sé bien cómo sucedió. Quizá Jamma abrió una puerta, o tal vez fue el propio Derie quien apartó lo que les bloqueaba la sa­lida. Lo único que sé a ciencia cierta es que sus primeros gritos me helaron la sangre en las venas.
Igual que los demás, volví la mirada al escucharlos… Pero no fui capaz de comprender lo que veía hasta el último momento, cuando mi cabeza se dignó a asumir el horror que le mostraban mis ojos. ¿Cómo demonios se puede aceptar que dos cosas que apenas conservan la forma humana, con las ropas desgarradas y bañadas en sangre, se abalancen sobre un hombre fornido como Derie y lo maten a dentelladas?
En vida quizá habían sido una mujer y un hombre delgado — o un adolescente grande para su edad — , pero ahora nadie podría decirlo con seguridad, pues ninguno conservaba más que unos cuantos mechones de cabello secos y enredados en el cráneo; ambos tenían los ojos vidriados y la carne de sus cuerpos y sus rostros estaba hecha jirones, hasta el punto de que la mandíbula inferior de la mujer se bamboleaba de forma grotesca, pendiente sólo de unos cuantos músculos, en contraste con el grueso collar de perlas que aún conservaba alrededor del cuello.
Me impresionó ver cómo sobresalían los huesos de los nu­dillos del joven por encima de la piel cuarteada de sus manos cuando clavó las uñas en el brazo de nuestro compañero, antes de hundirle los dientes en el cuello mientras ella hacía lo mismo en su estómago, aun cuando Derie todavía pataleaba y se retor­cía entre alaridos inhumanos. Jamma fue el primero en reaccionar, tal vez porque apenas le separaban cuatro o cinco metros de los monstruos que devo­raban vivo a Derie. Se echó el fusil al hombro, cerró los ojos y disparó sobre las dos criaturas entre gritos de terror, hasta ago­tar las balas que había conservado en el cargador después de perder los nervios en cubierta. El mayor acierto de aquella lluvia de plomo fue acabar con la agonía de Derie mientras un intenso hedor a podredumbre se apoderaba de la sala, procedente del cuerpo reventado de la mujer. Sin embargo, con un ojo fuera de su cuenca, medio cráneo destrozado y el brazo izquierdo cosido a balazos, el hombre cuyos dientes habían abierto en canal la garganta del marinero soltó un gruñido salvaje y se lanzó contra el pecho de Jamma de un salto. Pronto los aullidos de su nueva víctima se confundieron en mis oídos con los gañidos del engendro y los gritos aterrados de mis compañeros, convertidos en una turba descerebrada que se atropellaba para subir por la estrecha escalera que llevaba a cubierta. Hubo cuchilladas, manotazos, patadas y narices rotas a codazos. Esa peste a cadáveres en descomposición —cada vez más intensa— se mezcló rápidamente con el tufo a sangre, sudor y orina de los vivos que nos apiñábamos en los escalones, perse­guidos por los estertores del moribundo y su asesino caníbal.
Salí a la luz violácea del anochecer empujado por Hassan y Geggesy, sin preocuparme por haberlo hecho a costa de pisotear el cuerpo de Ahmed, que tuvo la desgracia de interponerse entre el machete de Abu Karim y el exterior. Cerrando el grupo, el miliciano mudo se las ingenió para atrancar la puerta, pese a que nada ni nadie nos seguía.
— ¡Que Alá nos proteja! —gritó Hassan, hincando las rodillas en cubierta mientras se tapaba la cara con ambas manos.
— ¡Bastardos hijos de la gran puta! —vociferó en cambio Abu Karim aferrado a la barandilla del yate, al descubrir que Mukhtar y Abdu Aji se alejaban en el esquife.
— ¡No hay lanchas salvavidas, capitán! —informó Geggesy antes de escupir una maldición desde lo más profundo de sus entrañas — . Algunos debieron de huir en ellas antes de que fuera demasiado tarde. Esos cabrones nos dejan tirados en el infierno…
Estuve a punto de sugerir que quizá Mukhtar y Abdu Aji fueran al Benadir en busca de ayuda, pero deseché la idea de inmediato. Ningún capitán puede esperar tanta lealtad de sus hombres, y menos cuando se trata de mercenarios piratas. Ni aunque se llame Abu Karim.
De pronto, dos disparos me atronaron los oídos. El fusil de Karim todavía humeaba cuando se volvió, silencioso y taci­turno, hacia nosotros. El esquife siguió alejándose del Mademoiselle de l\’Océan, pero ahora con el cuerpo inerte de Abdu Aji tendido entre el motor y un quejumbroso Mukhtar, que luchaba por taponar con sus manos la hemorragia de su mus­lo derecho.
En ese momento no envidié la suerte de los desertores. Ahora no estoy tan seguro.
— ¿Cuántas armas nos quedan? — preguntó con serenidad el capitán, como si no acabara de disparar contra dos de sus hom­bres. Geggesy hizo un repaso rápido a nuestro arsenal.
— Tres kalashnikov, seis cartuchos, el lanzagranadas con dos proyectiles y cinco machetes.
— ¿Tres kalashnikov? ¿Dónde está el tuyo, tuerto? Hassan se incorporó, todavía tembloroso.
—A… abajo, capitán. Se me enganchó en alguna parte al subir, y…
— ¡Viejo imbécil! —ladró Abu Karim—. Ya puedes darte prisa en recuperarlo en cuanto volvamos allí.
— ¿Volver? ¡Yo no bajaré esa escalera ni por todo el oro del mundo! —gritó Geggesy, con los dedos agarrotados alrededor de la empuñadura de su cuchillo. Pero Abu Karim no era hom­bre que se dejase impresionar por sus marineros.
— Entonces ve saltando por la borda, si lo prefieres. Tú, y to­dos los que piensen igual.
— Maldita sea, ¿es que no viste lo que hicieron con Derie y Jamma? ¡Esos diablos nos separarán las costillas con las manos para devorar nuestro corazón mientras todavía late! — profetizó
Hassan entre lamentos.
— No, si primero volamos sus podridas cabezas extranjeras.
— ¿Y para qué correr ese riesgo? ¡Jamma ya lo intentó, y mira el resultado! —insistió el viejo, haciéndome sentir un escalofrío al recordar que medio cráneo hundido a tiros no había conseguido detener al monstruo.
— ¡Porque no tenemos otra opción, perros! ¡No hay lanchas salvavidas, no hay esquife, y nadie vendrá a buscarnos desde el Benadir si ese malnacido de Mukhtar llega vivo! Sólo tenemos una oportunidad: tomar el puente de mando y volver a Eyl en este maldito barco.
— Los motores están parados — me atreví a recordar —. Y no sabemos si hay alguna avería en la sala de máquinas o si falta combustible, ni tampoco si hay más… Abu Karim me interrumpió, pero tampoco habría hecho falta, porque mis labios se negaban a terminar la frase.
— ¿Y qué quieres, Maidhane? ¿Esperar aquí hasta que sea noche cerrada, por si Alá nos envía un helicóptero de rescate? Quien esté conmigo que levante la mano.
Geggesy, Hassan y yo nos miramos dubitativos, pero Alí Ornar alzó inmediatamente su brazo derecho con aire marcial. Tenía los ojos tan brillantes como en el momento del abordaje, pero esta vez a causa de la ira. Bastaba con mirar la vena gruesa como un gusano que palpitaba en su cuello para entenderlo.
— Bajamos todos, capitán —decidió el tuerto, hablando por nosotros.
—Vamos, entonces. El mudo y yo abrimos camino. Aparte del cuerpo aplastado de Ahmed, en la escalera no nos aguardaban más sorpresas. Aun así, Alí Ornar se tomó su tiem­po en abrir la puerta, y esta vez no lo hizo de golpe, sino lenta­mente y cubierto por el AK-47del capitán.
Cuando nuestros ojos se acostumbraron a la escasa luz del te­cho, encontramos un espectáculo aún más aterrador que el que habíamos abandonado; y no sólo por lo evidente, sino porque explicaba sin ningún género de duda el aumento del hedor a descomposición: además de los trozos dispersos de la primera mujer, cinco sombras contrahechas y putrefactas se alimentaban ahora de los restos sanguinolentos de Jamma y Derie.
Un par de criaturas hundía por turno sus manos en los intestinos del primero, llevándose a las encías desdentadas amplios trozos de visceras con la misma fruición que si fueran racimos de dátiles dul­ces, mientras el hombre que le había matado sorbía ruidosamente a través de la cuenca de su ojo izquierdo. El cuarto engendro separa­ba con glotonería la carne del fémur de Derie a mordiscos, y se diría que el quinto, más corpulento y mejor preservado que el resto, le besaba groseramente en la boca si no fuera por el reguero de sangre que resbalaba por la mejilla barbuda del cadáver del pirata. A mi espalda, Geggesy sofocó una náusea. —Silencio —ordenó el capitán en un susurro, mientras hacía señales con la mano libre para darnos a entender que pretendía cruzar la sala al amparo de la oscuridad —. Una vez que se sa­cien, ya no habrá más oportunidades.
Yo no veía nada claro que tuviéramos alguna, pero ocupé mi sitio en la hilera de hombres que atravesaban la habitación en cuclillas, pegados a la pared contraria al macabro banquete.
El mudo y Abu Karim iban primero, seguidos por mí a corta distancia; Geggesy y Hassan cerraban el grupo. Avanzábamos en tinieblas con una lentitud exasperante, guiándonos por los contornos de los muebles, que bajo aquel simulacro de luz pare­cían esqueletos de animales fantásticos sobre los que danzaban las sombras de los diablos caníbales.
Durante los minutos interminables que caminamos en forma­ción sentí varias veces la tentación de preguntar dónde íbamos, pero era una cuestión sin sentido. El capitán no podía conocer los planos del barco, así que nos dirigía por puro instinto. ¿Qué encontraríamos al otro lado del salón? ¿Habría una puerta que nos pusiera a salvo, o sólo una muerte segura?
Un ruido inesperado me sacó de la ensoñación. El demonio corpulento que se cebaba en la cara de Derie había levantado la nariz ensangrentada y olfateaba el aire con estrépito. Erguido sobre los muñones de sus rodillas, volvió la cabeza hacia nues­tro grupo y entornó lo que en su día fueron los párpados, como si tratara de enfocar.
— ¡Nos ha visto! ¡Nos ha visto! — gritó Hassan presa del páni­co, y todo se desmoronó.
Rompí la hilera y eché a correr con el corazón en la gargan­ta, desgarrándome las manos con los cristales rotos y chocando contra los muebles, sin volver la vista ni una sola vez. A mi es­palda escuchaba alaridos guturales, gemidos, gritos de pelea, maldiciones, disparos… Pero no podría decir a quién pertenecía ninguno de ellos, hasta que uno de los demonios se abalanzó sobre el capitán, que corría varios metros por delante de mí.
No me pareció de gran tamaño, y le faltaba el antebrazo iz­quierdo, pero aun así debía de tener una potencia enorme, a juz­gar por la violenta lucha que se entabló entre ellos. Abu Karim le rodeó el cuello con las dos manos y empujó hacia atrás con todas sus fuerzas, pugnando por mantener aquella dentadura mellada y carcomida lo más alejada posible de su propia carne, mientras la cosa le lanzaba violentos zarpazos con las uñas as­tilladas de su única mano. Aun así, hubo momentos en que la frente de la bestia parecía a menos de un palmo del hombro del capitán, y otros en los que éste estaba a punto de arrancarle la cabeza de cuajo.
De pronto, un crujido me dio a entender que Abu Karim ha­bía conseguido romper algún hueso en la base del cráneo del monstruo, pues su cabeza a medio descarnar se descolgó mo­mentáneamente hacia atrás… para luego recuperar su posición sobre las vértebras y continuar con su ataque entre agudos chi­llidos, hasta que un brutal culatazo de lanzagranadas le reventó el cráneo, deteniéndolo por completo.
Alí Ornar hizo señas al capitán para que le siguiera, y yo me uní a su errática carrera, sabiendo que los alaridos que aún re­sonaban en la sala sólo podían pertenecer a Hassan y Geggesy, mientras corrían la misma suerte que Derie y Jamma.
Al fondo del salón encontramos un pasillo ancho, iluminado por un foco de emergencias.
En el lado opuesto se adivinaban lujosos camarotes, pero lo que a nosotros nos interesaba estaba allí mismo: una escalera de caracol metálica con barandilla de madera pulida por la que su­bir hasta el puente de mando. Seguramente hacia abajo encon­traríamos la cocina, los camarotes de la tripulación y la sala de máquinas… Pero de eso ya nos preocuparíamos más adelante, cuando no nos persiguiera una marea de hambrientos cadáve­res en descomposición.
— ¡Arriba, arriba! —vociferó el capitán, comenzando a subir la escalera con el kalashnikov montado en la mano.
Varios espectros vacilantes y quejumbrosos alcanzaban ya el pasillo, y, por primera vez desde el comienzo de la pesadilla, la luz amarillenta del foco de emergencias nos permitió ver con claridad a qué nos enfrentábamos. El monstruo que había de­tectado nuestro olor medía más de metro ochenta y, pese a los restos de sangre y mierda, los harapos de su uniforme lo iden­tificaban como el capitán del barco. Junto a él avanzaba un ma­rinero sin orejas ni nariz, y tras éste venía lo que una vez fuera una azafata rubia con grandes aros plateados en las orejas, que ahora enseñaba un pecho agusanado por entre los restos de su destrozada blusa. Le seguían por lo menos dos o tres aberracio­nes más, que ya no me entretuve en identificar.
Sin necesidad de esperar órdenes, Alí Ornar echó rodilla a tie­rra al pie de la escalera, sujetó el lanzagranadas al hombro y se dispuso a disparar. La explosión me pilló a mitad de la escalera, pero aun así la nube de humo y pestilencia se cebó en mis ojos y mis pulmones.
Alcancé el puente medio asfixiado entre toses y jadeos, lo que significaba que seguía vivo. Esperaba ver la enorme figura del miliciano subiendo los escalones de tres en tres, pero no fue así.
En su lugar sólo escuché más gritos guturales, y supuse que se trataba de nuevos engendros, venidos quizá de la cubierta inferior… Así que cerré la puerta del puente tras de mí, desean­do que Alí Ornar hubiera usado su machete para rebanarse el cuello tras el disparo, y que aquellos gemidos infrahumanos no salieran de su boca mutilada al ser atacado por el gigante de uniforme desgarrado y galones sanguinolentos.
Abu Karim y yo nos encontrábamos ahora en una torreta acristalada y semicircular, desde la que se divisaba a la perfec­ción toda la oscuridad que nos rodeaba. Las paredes estaban re­vestidas de madera, y los aparatos de navegación, encastrados en muebles a juego con el revestimiento. Había sillones de cuero para la tripulación, e incluso un mueble bar… Pero el timón había sido arrancado de cuajo, los instrumentos de navegación estaban apagados y con los cables fuera y no quedaba un solo monitor entero. Como en el pasillo de la cubierta principal, sólo unos cuantos focos de emergencia se mantenían intactos.
— Mierda, mierda, ¡mierda! —gritó Abu Karim, perdiendo el control por primera vez en aquella odisea — . ¡No podemos ha­cer nada con esto! ¡Estamos atrapados! ¡Atrapados! —admitió, dejando resbalar su mano desde la frente hasta la garganta.
Fue entonces cuando vi la marca del mordisco en su yugu­lar. La carne de alrededor estaba hinchada y ennegrecida, e incluso me pareció intuir un par de pústulas verdosas que se abrían en su piel.
— ¿Qué cojones haces, Maidhane? —fue lo último que le dio tiempo a decir, cuando descubrió que le apuntaba con el fusil.
Como él ya sabía, soy buen tirador, y aquello era un blanco fácil. Los pedazos de su cráneo se esparcieron por el tablero de control mientras las salpicaduras de sangre y seso alcanzaban el techo y resbalaban como babosas por las paredes de madera.
Sin duda, una muerte mucho más rápida y piadosa que pu­drirse en vida, como los monstruos famélicos que me acechaban en las cubiertas inferiores.
Busqué otra salida. Siempre había oído decir que en los bar­cos de lujo el capitán tiene un gran camarote junto al puente de mando. Y es verdad.
De todo lo que llevo visto hasta ahora, esta habitación es la mejor parada. Apenas hay destrozos: sólo el espejo del baño, el televisor y un sillón de piel con el asiento desgarrado y las tri­pas fuera. Quedan restos de sangre seca en la cama, la moqueta y las cortinas, pero también alcohol en el mueble bar, y muchas chocolatinas. No sale agua de los grifos del baño, pero me apa­ñaré con la cisterna.
La puerta del puente de mando es de metal y está atranca­da, lo mismo que la de este camarote. Oigo cómo aporrean la primera entre gritos. Llevan horas haciéndolo… Pero todavía resiste. Igual que yo. Tengo mi kalashnikov, el de Abu Karim y sus respectivos cargadores al alcance de la mano, así que voy a esperar. Después de todo, quizá sí que me quede una opor­tunidad.
Pronto saldrá el sol, y estamos en aguas internacionales. Un barco de lujo con bandera extranjera anclado en mitad del mar es una verdadera tentación para cualquier pirata. Y aunque Mukhtar llegara vivo al Benadir para dar la alarma, cosa que dudo, es imposible que hayan tenido tiempo de advertir a todos los que navegan por este mar, ni siquiera usando la radio.
Además, ¿quién iba a creer que la tripulación y el pasaje de un lujoso yate de recreo se han convertido en una horda de muertos vivientes? Suena a cuento de viejo para alejar a los carroñeros de una presa jugosa. Justo los que vendrán.
Pero ellos lo harán en condiciones. Nadie más que un capi­tán arruinado e idiota como Abu Karim abordaría un barco como éste con diez mercenarios en un esquife. Lo sensato es hacerlo con dos o tres lanchas y quince o veinte hombres por cada una, armados hasta los dientes. No pueden quedar tantos diablos ahí abajo.
Y aunque los haya… Seguro que empiezan a devorarse unos a otros antes de derribar las dos puertas que me separan de ellos. Es posible que no queden más que unos pocos en pie cuando se produzca el nuevo abordaje. Ojalá que no sean Hassan, Geg­gesy o Alí Ornar. No me gustaría tener que destrozarles el crá­neo, llegado el caso.
Pero ahora no voy a pensar en eso. He de concentrarme en mantener la calma y aguantar. Un yate de lujo con bandera eu­ropea, anclado y solo en mitad del mar…
Alá es grande. Seguro que me concede otra oportunidad.

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