Atlántida

AtlantidaJavierNegrete

Una mezcla explosiva de ciencia y arqueología y, sobre todo, aventura en estado puro
Una novela sobre el misterio de la Atlántida escrita por uno de los grandes especialistas del mundo griego
Gabriel Espada, un cínico buscavidas sin oficio ni beneficio, quizá el más improbable de los héroes, tiene ante sí una misión: descubrir el secreto de la Atlántida. 
La joven geóloga Iris Gudrundóttir intuye que se avecina una erupción en cadena de los principales volcanes de la Tierra y confiesa sus temores a Gabriel. Para evitar esta catástrofe, que podría provocar una nueva Edad de Hielo, Gabriel tendrá que bucear en el pasado. El hundimiento de la Atlántida le ofrecerá la clave para comprender el comportamiento anómalo del planeta. 
Javier Negrete es madrileño y reside en Plasencia, donde ejerce de profesor de griego en un instituto. Es también traductor del inglés. Como escritor ha cultivado géneros tan diversos como la ciencia ficción, la fantasía, la literatura juvenil, la erótica y la novela histórica. En 2006 recibió el Premio Minotauro por la novela Señores del Olimpo. En 2008, su novela Salamina tuvo una excelente acogida por parte de los lectores; finalista del premio de Novela Histórica Ciudad de Zaragoza, recibió el premio Espartaco de la Semana Negra de Gijón

ANTICIPO:

César Valbuena, antiguo profesor del protagonista Gabriel Espada y de su amigo Herman, discute con ellos algunos detalles sobre la Atlántida de Platón, y la posibilidad de que se encontrara en Santorini.
—Vayamos por partes -dijo Valbuena-. Las fechas. Según Platón, ¿cuándo ocurrió la catástrofe que hundió la Atlántida?
—Nueve mil años antes de la época de Solón -respondió Gabriel-. O sea, casi en el diez mil antes de Cristo.
—¡Eso es casi en la era hyboria! —dijo Herman.
Valbuena, que jamás debía haber mancillado sus dedos con tinta de tebeo o con literaturapulp, y que seguramente ignoraba quién era Conan el bárbaro, enarcó una ceja. Gabriel le hizo un gesto a Herman para que cerrara el pico y prosiguió.
—Esa fecha es imposible. En aquella época Grecia ni siquiera se encontraba en el neolítico.
—Imaginemos que las fuentes que transmitieron esa historia a Solón, los supervivientes de la Atlántida, hubieran cometido un error. Si en vez de «hace nueve mil años» le hubiesen dicho «hace novecientos», sólo habría que restar nueve siglos a la fecha en que vivió Solón, y obtendríamos una fecha cercana al 1500 antes de Cristo. Que se corresponde con la época aproximada de la erupción de Santorini.
—Perdone, profesor —dijo Herman—. Confundir nueve mil con novecientos es fácil si a uno se le olvida escribir un cero. ¡Pero es que los griegos no conocían el cero!
—¿Ah, no?
—Claro que no. Lo inventaron los árabes.
—Su ignorancia alcanza proporciones homéricas, señor mío. Cuando al Germán Gil de la Grecia clásica le preguntaba su profesor: «Si tienes tres dracmas y te quito tres, ¿cuántas te quedan?», ¿qué cree usted que contestaba? ¿«No lo sé, no hemos inventado el cero»?
—Dicho así suena absurdo…
—Porque lo es. Los griegos conocían de sobra el concepto de cero, pero no se les ocurrió utilizarlo como notación para ocupar un puesto vacío. Y quienes lo introdujeron con esa función no fueron los árabes, sino los matemáticos indios, señor Gil. Como recompensa por ser tan ignaro, vaya usted a la cocina a preparar café. El filtro está puesto y cargado.
Herman soltó un bufido, pero obedeció. Gabriel consultó su reloj. Había pasado ya más de la mitad de la hora que le había concedido Valbuena. Si había decidido ofrecerles café era porque se sentía cómodo y ya no tenía tanta prisa. Aparte de que la cuestión de la Atlántida lo apasionara, pensó que, en el fondo, ahora que estaba jubilado debía disfrutar teniendo cerca a unos ex alumnos a los que pudiera llamar «burros» de forma más o menos disimulada.
—En cualquier caso —prosiguió Valbuena—, la cuestión de la fecha y el tamaño de la Atlántida tiene una importancia relativa. Los griegos tendían a exagerar la antigüedad de los acontecimientos a los que querían otorgar más prestigio. Convertir novecientos en nueve mil pudo ser un error numérico en base diez, o simplemente una hipérbole de Platón o sus fuentes para impresionar más a las personas que iban a escuchar la historia de la Atlántida.
Herman volvió con una bandeja de plástico, tres tazas de duralex con café ya servido, un viejo azucarero de latón y una jarrita, también de duralex, llena de leche. Tomaron el café de pie, porque en el estudio sólo había un asiento y Valbuena no sugirió en ningún momento traer sillas de otro cuarto o cambiar de estancia.
—Ya nos hemos enfrentado a la objeción de las fechas —dijo Valbuena—. ¿Qué tiene que decirme del lugar?
—La Atlántida no podía hallarse en el Mediterráneo —intervino Herman, inasequible al desaliento—. Tenía que estar en el Atlántico. Su propio nombre lo dice.
—La Atlántida se llamaba así porque era la isla de Atlas, un dios que pertenecía a la estirpe maldita de los titanes. El Atlántico recibió ese nombre también por él. Los griegos creían que Atlas sostenía sobre sus hombros la cúpula del cielo, y que cumplía esa misión en los confines del mundo. Por eso, conforme fueron ampliando sus horizontes geográficos hacia el oeste, bautizaron con el nombre de Atlas los lugares que descubrían. ¿Por qué creen ustedes que hay en Marruecos unos montes llamados Atlas? De haber descubierto América, los griegos seguramente la habrían bautizado como Tierra de Atlas.
—Entiendo parte del argumento —dijo Gabriel—. Los griegos usaban el nombre de Atlas para lugares cada vez más alejados hacia el oeste. Entonces ¿por qué le dieron su nombre a Santorini, que se halla en el centro de las Cícladas?
—En eso tengo una teoría personal. Como ya les he dicho, Atlas era el titán que sostenía el cielo. Para los antiguos, el cielo consistía en una bóveda sólida situada a una gran altura, pero no a una distancia infinita. La erupción de Santorini levantó una columna de materiales volcánicos de más de 30 kilómetros de altura. Para quienes la contemplaron desde las islas del Egeo, desde Creta o desde la costa griega, debió parecer un gigante que se estiraba para alcanzar el cielo. Como Atlas.

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1 Opinión

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  • Alberto
    on

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