Ausländer

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Peter debe convencerlos de que es uno de ellos, como si de eso dependiera su vida. Porque así es.
Cuando sus padres mueren, Peter es enviado a un orfanato de Varsovia. Pero Peter es un Volksdeutscher: de sangre alemana. Gracias a sus cabellos rubios y sus ojos azules, es el perfecto prototipo de las Juventudes Hitlerianas. Su aspecto no pasa inadvertido, por lo que alquien importante querrá adoptarlo, y así es: lo adopta. 
El profesor Kaltenbach y su mujer están encantados de acoger a un ario tan estupendo en su hogar. Serán la envidia de los demás. Pero Peter no es exactamente el espécimen que creyeron. Empieza a formarse sus propias ideas: él no quiere ser un nazi, así que correrá un riesgo. El riesgo más peligroso que podía correr en el Berlín de 1943.

ANTICIPO:

Polonia, septiembre de 1939

Los Bruck se enteraron de que la guerra había sido declarada una bonita mañana de finales de verano. Ese día, el mundo aprendió una palabra nueva: Blitzkrieg, la guerra relámpago. A lo lejos, hacia el oeste, los alemanes pasaron por encima del ejército polaco y tardaron menos de una semana en alcanzar las afueras de Varsovia y si­tiarla. Las noticias que Piotr escuchaba en la radio eran terroríficas: ciudades en llamas, carreteras tan bloquea­das por los civiles que huían que el ejército no lograba trasladar las tropas al frente.

Cuando frau Bruck oyó que los valientes soldados polacos fueron masacrados al atacar a los tanques ale­manes, se cubrió el rostro con el delantal y lloró. Herr Bruck recibió la noticia con expresión pétrea. Era terri­ble, dijo, pero Piotr vio que estaba convencido de que era lo mejor.

Mientras Varsovia sufría el sitio, lo que más temían acabó por suceder: los soviéticos invadieron Polonia desde el este. Los Bruck estaban atrapados. Al oeste el caos era total. Las carreteras seguían bloqueadas por miles de refugiados que huían con sus caballos, carros y ganado, con sus bienes cargados en cochecitos, ca­rretillas y carritos de los andenes del ferrocarril. Si hu­biera habido gasolina para los coches, éstos habrían resultado inútiles. También contaban horrorosas his­torias de refugiados bombardeados por la aviación ale­mana.
Herr Bruck se dirigió a la aldea para comprar provi­siones y fue atacado en la calle por algunos vecinos, que vociferaban que los alemanes eran unos asesinos mien­tras le propinaban puñetazos. Por suerte sólo eran dos y herr Bruck era un hombre fornido. Pero tras el inciden­te, decidió permanecer en la granja y le prohibió a Piotr que fuera a la aldea solo. Se alimentaron con los produc­tos de su granja y recurrieron a los amigos para que les llevaran las escasas cosas de las que ellos no podían apro­visionarse.
Ninguno de los tres logró dormir tranquilo tras aquella paliza. Cuando Solveig, el perro pastor escocés, ladraba por las noches u oían un ruido extraño, herr Bruck salía empuñando la escopeta.
El tiempo seguía maravillosamente soleado, no llovía como acostumbraba hacerlo en septiembre, una lluvia que convertía los caminos de tierra en pantanos enloda­dos. El sol calcinaba la tierra.
—Un tiempo ideal para los tanques —dijo herr Bruck con cierta satisfacción. Si su mundo no se hubiera pues­to patas arriba, habrían disfrutado de ese veranillo de San Martín.
Piotr no había olvidado las palabras de su padre pro­nunciadas el año pasado, acerca de lo que ocurriría si llegaban los soldados soviéticos. Cuando el viento so­plaba del este oían el fragor de la artillería. Los soviéticos se aproximaban. Piotr estaba tan angustiado que apenas dormía de noche y se pasaba el día sintiéndose indispues­to: el temor le atenazaba el estómago.
Corrían rumores extravagantes: que las tropas fran­cesas estaban cruzando la frontera occidental de Alema­nia y se dirigían hacia Berlín. Pero con el paso de los días la radio no transmitió ninguna noticia semejante. Enton­ces oyeron que el ejército polaco había opuesto resisten­cia al oeste de Varsovia y que los nazis retrocedían. Pero en caso de que fuera cierto, significaba que no había na­die para detener a los rusos. Al igual que el rumor acerca de los franceses, no era verdad. Los Bruck volvieron a respirar tranquilos.
Cuando la radio anunció que el sitio de Varsovia ha­bía acabado y que Polonia se había rendido, la familia aplaudió con entusiasmo. También oyeron que los so­viéticos se habían detenido a orillas del río Bug, a sólo veinte kilómetros de la granja.
—Ahora estamos a salvo —dijo herr Bruck, abrazan­do a su mujer y su hijo. Piotr vio que tenía los ojos hú­medos; era la primera vez que veía llorar a su padre.
Tres días después, soldados alemanes montados en motocicletas llegaron a la aldea, con ametralladoras dis­puestas en los sidecares. Empezaron a desaparecer algu­nas personas. Cualquier sensación de sentirse «a salvo» se agrió. También corrían rumores espantosos acerca de montones de cadáveres en los bosques, cubiertos de moscas y gusanos.
Cuando Piotr le preguntó a su padre al respecto, éste sacudió la cabeza.
—Es el menor de los males —dijo—. Los alemanes están haciendo limpieza. —Piotr recordó que era una frase que había oído en una emisora nazi—. Si mataron a algunos, probablemente serían comunistas. Esos trai­dores no merecen nuestra lástima.
El maestro y el cura de la aldea habían desapare­cido.
—A lo mejor sólo se los llevaron para interrogarlos —dijo herr Bruck—. Para asegurarse de que no son co­munistas.
—¿Y los chicos judíos de la aldea? —dijo Piotr—. ¿ Qué hay de ellos ? —Sus padres guardaron silencio, has­ta que su madre se echó a llorar.
—No sabemos qué pasó con ellos —dijo su padre en voz baja—. He oído que han reunido a muchos judíos para llevarlos a Varsovia. No sé por qué quieren que todos estén en el mismo lugar.

Tras una discusión inicial con los soldados alemanes, cuando el padre de Piotr casi recibió un balazo por exigir que trataran a sus peones con mayor respeto, los Bruck rápidamente fueron reconocidos como de ascendencia alemana. Incluso permitieron que conservaran su radio, mientras que las de sus vecinos polacos fueron confis­cadas.
En octubre de aquel año, toda la región occidental de Polonia —Silesia, Pomerania, Lodz— pasó a formar par­te de Alemania. Herr Bruck maldijo su suerte. Le hubie­ra resultado ideal formar parte de Alemania. En cambio, ahora los Bruck se encontraban en una zona de Polonia conocida como el Gobierno General. Los polacos ex­pulsados de las tierras ocupadas por los alemanes fueron trasladados a Varsovia y a cualquier otra ciudad o pueblo dispuestos a aceptarlos. Los recién llegados no dejaban de pedirle trabajo a herr Bruck, que pronto dispuso de más peones de los que necesitaba.
—Algunos no saben nada de las tareas del campo —dijo—. Incluso hay uno que solía ser contable. —A ése lo pusieron a trabajar en las cuentas de la familia. Trabajaba en la cocina, agradecido por no tener que estar en el campo con las vacas.
Empezaron a ocurrir cosas todavía más extrañas. Oyeron que en las ciudades y los pueblos habían cerra­do todas las universidades, escuelas, museos y bibliote­cas. Después obligaron a los judíos que aún permanecían allí a llevar estrellas amarillas.
—Mejor los nazis que los soviéticos —insistía herr Bruck empecinadamente, pero Piotr notó que sus padres estaban inquietos.
Tras el caos de los primeros meses y cuando encon­traron hogares y trabajo para los polacos del oeste, las cosas se tranquilizaron. Herr Bruck siempre había teni­do que luchar para ganarse la vida en la granja, pero aho­ra empezó a prosperar. Las autoridades alemanas paga­ban un buen precio por los cereales, la leche y la carne que le compraban.
Cuando la guerra volvió a estallar en el oeste, en la primavera de 1940, los Bruck volvieron a preocuparse. ¿Y si los nazis habían abarcado más de lo que podían? ¿Qué impediría que los soviéticos cruzaran el río Bug y engulleran el resto de Polonia? Herr Bruck incluso em­pezó a hablar de regresar a Alemania.
Pero una vez más, el ejército alemán conquistó todo lo que se le puso por delante. Noruega, Dinamarca, Bél­gica, Holanda; todas engullidas en un mes. Cuando la guerra se trasladó a Francia, los alemanes alcanzaron el canal de la Mancha en una semana y a mediados de junio, cuando cayó Francia, los Bruck comprendieron que es­taban a salvo de una invasión soviética.
Así que la vida siguió, hasta la medianoche del 22 de junio de 1941. El atronador rugido de los aviones y el traqueteo de los tanques en las carreteras —que no presagiaba nada bueno— despertaron a Piotr antes del ama­necer. Algo tremendo estaba ocurriendo muy cerca. Piotr corrió a la habitación de sus padres pero la puerta, que solía estar cerrada cuando se retiraban, aún estaba abierta. Se asomó y vio que la cama seguía hecha, pero ellos no estaban. La noche anterior habían prometido regresar a las once y era muy raro que lo hubieran deja­do solo toda la noche.
Piotr llamó a Solveig, que estaba acurrucado debajo de la mesa de la cocina, y se dirigió al jardín delantero de la granja. Una niebla espesa cubría los campos y no so­plaba ni una brisa. Habitualmente oía el lastimero croar de las ranas, pero ahora el rugido de la artillería apagaba ese sonido. Vio los disparos de los cañones iluminando el horizonte oriental, cerca del río Bug.
Se preguntó si los soviéticos habrían intentado una invasión y los alemanes los repelían. Quizá sus padres se habían visto atrapados en la batalla. Empezó a temblar y corrió hacia la casa. Preparó café, untó un trozo de pan con mantequilla y esperó que amaneciera. A lo mejor la ausencia de sus padres tenía una explicación lógica. Tal vez se habían retrasado debido al tráfico militar.
Cuando salió el sol, Piotr, con Solveig pisándole los talones, echó a correr por la avenida que unía la granja con el camino principal que salía de Wyszkow. Pronto vio que los aviones, los tanques, las motos, los camiones y las piezas de artillería se dirigían al este. Al parecer, los que estaban invadiendo eran los alemanes.
Un camión viró hacia él y Piotr lo esquivó de un brinco y cayó junto al arcén. Los soldados montados en el camión se burlaron. Solveig empezó a ladrar y Piotr comprendió que ése no era un lugar apropiado para el perro.
—¡A casa, chico! —gritó, señalando la avenida. Solveig retrocedió unos metros pero después se sentó sobre las patas traseras y esperó.
Piotr regresó al camino. Sus padres habían ido a Wyszkow para comer con unos amigos. Le pareció sen­sato dirigirse en esa dirección; cruzó la carretera apro­vechando un hueco entre el tráfico y echó a correr en dirección a la aldea.
Aunque estaba completamente destrozado, recono­ció el coche caído a un lado del camino en cuanto lo vio. La matrícula, «WZ 1924», aún colgaba de un cable en la parte delantera del morro aplastado. A juzgar por las huellas de los neumáticos en el camino de tierra, el coche había sido arrastrado hasta la cuneta.
Dos hombres se asomaban al interior del coche. Piotr los conocía: eran peones de su padre. Nada más verlo, le indicaron que se alejara. El chico hizo caso omi­so y echó a correr hacia el coche.
—¡Vete! —gritó uno de los hombres en tono apre­miante.
Cuando se acercó, vio un rastro de sangre seca que surgía por debajo de la puerta del acompañante. A través del destrozado parabrisas vio… ¿un abrigo? ¿Un som­brero? Los reconoció inmediatamente y desvió la mira­da antes de asimilar el horror de la terrible escena. Se le doblaron las rodillas, cayó al suelo y vomitó.
Los hombres se aproximaron. Uno le cubrió los hombros con su chaqueta y lo sostuvo. Cuando dejó de vomitar se lo llevaron a su casa.
En cuanto paró de temblar, Piotr pidió regresar a la granja. No le quedaba otro remedio. Uno de los hom­bres lo acompañó. Al pasar junto al coche destrozado, Piotr procuró no mirarlo. Cuando llegaron al camino que conducía a la casa, un soldado alemán les indicó que se marcharan.
—Pero es mi hogar —dijo Piotr.
El soldado lo derribó de un culatazo.
—Ahora pertenece al ejército —espetó—. Lárgate antes de que te pegue un tiro.
El peón se contuvo. Intervenir suponía jugarse la vida. Pero de pronto Solveig se abalanzó sobre el sol­dado con un furioso gruñido. Sin pensárselo dos veces, el alemán alzó el fusil y le destrozó la cabeza de un ba­lazo.
Piotr corrió hacia su perro, pero el peón lo agarró del brazo.
—¡Vete, vete, antes de que nos dispare! —susurró.
Después ambos se sentaron junto al camino y Piotr lloró hasta quedarse sin lágrimas. Luego ambos se diri­gieron a la aldea.
Los peones eran hermanos y vivían en la casita de sus padres. Trataron a Piotr con amabilidad, pero no podían permitirse el lujo de alimentarlo durante mucho tiempo. Antes de una semana, las autoridades fueron informadas y Piotr fue enviado a un orfanato de Varsovia.
El día que se marchó, un policía del lugar fue a visi­tarlo. Dijo que lo que había acabado con la vida de sus padres era un tanque, que chocó de frente con el coche a gran velocidad. Que sus padres habrían muerto instan­táneamente. Piotr sacudió la cabeza, asqueado.
Durante la primera noche en el orfanato, no dejó de pensar en los últimos segundos de vida de sus padres. El rugido del tráfico, el darse cuenta de golpe de que algo inmenso se acercaba a ellos a toda velocidad a través de las tinieblas, el horroroso chirrido metálico del choque. Se incorporó sobresaltado, procurando contener las náuseas. Después sintió una tremenda opresión en el pe­cho, como de un peso enorme. Trató de reprimir las lá­grimas. Cuando otros niños lloraban por las noches, y muchos lo hacían, los otros los insultaban y los manda­ban callar.
Durante las noches siguientes, Piotr yacía en la cama preguntándose qué le esperaba. Sólo disponía de una manta delgada, y la cama no tenía sábanas. La almohada era de un asqueroso amarillo pálido y una de las caras estaba manchada de sangre, al menos eso fue lo que su­puso. Ciertas noches, cuando llovía y hacía frío, tenía que dormir vestido. Al principio le preocupaba la idea de que su cuerpo hedía. En Wyszkow se había bañado dos o tres veces por semana, pero allí los chicos se daban una ducha fría los jueves, pero pronto comprendió que daba igual. Todos los muchachos del orfanato apestaban a ese olor a pobreza parecido al de los paños de cocina sucios, el mismo olor al que apestaban los chicos más pobres de la escuela de la aldea.
Todos sólo disponían de una única muda. No había lavandería.
—Aquí has de lavarte la ropa tú mismo —le dijo un chico que dormía en la cama contigua.
Piotr se la lavó durante la primera semana, pero cuando llovía no había dónde colgarla y, para cuando se había secado lo bastante para ponérsela, las prendas olían a moho. Después desaparecieron unos calcetines que había tendido a secar. Informó de la pérdida a la mujer que se encargaba del almacén de ropa del orfanato. Ésta lo agarró de la oreja y lo llevó hasta una habitación di­minuta repleta de prendas hediondas.
—Busca un par de calcetines y no vuelvas a hablarme del asunto —dijo.
La comida a duras penas era suficiente para alimentar a un gorrión. Sopa aguachenta dos veces al día, con pan duro. A veces una horrible carne picada llena de cartíla­gos y astillas de hueso, con patatas hervidas; el pan a menudo estaba cubierto de moho verde y Piotr lo qui­taba antes de comérselo. Otros chicos ni siquiera lo no­taban. La primera vez que le dieron pan mohoso pensó en devolverlo, pero el supervisor que les servía la comi­da tenía por costumbre golpear a cualquier chico que protestara. Eso era lo que ocurría en el orfanato: si cau­sabas problemas o protestabas por algo, te golpeaban. Los chicos lo aprendieron con rapidez.
Lo único que no merecía un castigo era maltratar a los otros chicos. El matonismo no parecía preocupar a los adultos que trabajaban en el orfanato. Los chicos más grandes les robaban la comida a los pequeños; los tími­dos, o aquellos que habían perdido un miembro o un ojo, sufrían infinitas burlas; a los que se sentaban en el dor­mitorio para leer un libro se lo arrancaban de las manos y lo arrojaban al otro lado de la habitación.
A Piotr le resultaba increíble que, en una sola sema­na, hubiera pasado del confort y la seguridad ofrecidos por su hogar y sus padres a aquella sordidez y miseria. Era como una espantosa pesadilla. Una pena extraña e insensible lo envolvió como un capullo y se preguntó si alguna vez volvería a sonreír.

Varsovia estaba en ruinas. El sitio, las luchas calleje­ras y sobre todo los bombardeos de 1939 habían dejado sus huellas. Ahora, dos años después, un tenue olor a polvo de ladrillo, tuberías de gas y cloacas reventadas aún envolvía la ciudad y era perceptible en la garganta. Las farolas dañadas durante el bombardeo habían adop­tado ángulos extraños, apagadas y aguardando que las repararan. No obstante, habían retirado los escombros de las calles y los tranvías volvían a circular. Por todas partes se veían carteles indicadores en alemán y vehículos militares. Las calles habían cambiado de nombre: la avenida Ujazdowski ahora era la Siegesstrasse, la calle de la Victoria. Los polacos que no tenían automóviles te­nían que conformarse con el tranvía o un carro tirado por un caballo.
Durante el día Piotr vagaba por la ciudad. Los niños del orfanato podían entrar y salir como les viniera en gana, nadie se ocupaba de ellos para decirles lo contrario.
A Piotr le gustaba Varsovia. Había estado en dos oca­siones, con sus padres. Los edificios aún lo fascinaban, sobre todo las oficinas de la Compañía de Seguros Pru­dential de la plaza Napoleón, de dieciséis pisos de altura, el edificio más alto de Polonia. Ahora estaba cubierto de horrendas cicatrices y la mayoría de las ventanas carecían de cristales.
Los habitantes de la ciudad parecían grises, enjutos y oprimidos, sus museos y galerías de arte habían sido cerrados e incluso tenían prohibido pisar algunos de sus propios parques. Sólo los alemanes podían entrar en el parque Lazienki. El parque Ujazdowski estaba destina­do a los polacos y los fines de semana soleados estaba tan abarrotado como siempre.
Pero ahora los polacos parecían un tanto trastorna­dos. Se aferraban a la vida en sus miserables mercados, desesperados por cambiar cualquier objeto de valor por un poco de comida. Muchos se apoyaban en muletas; algunos cojos eran más jóvenes que Piotr. En dichos mercados callejeros había músicos que tocaban violines y acordeones, agradecidos por un poco de calderilla.
Las tropas alemanas estaban por todas partes. Los soldados de permiso llevaban gorras blandas; los acuar­telados en la ciudad, cascos y fusiles. Trataban a los lu­gareños con una brutalidad despreocupada, sobre todo a los judíos, ahora fácilmente reconocibles por los brazaletes con estrellas amarillas. Los alemanes siempre estaban dispuestos a patearle el trasero a un judío, y éstos se apresuraban a regresar a su abarrotado y pestilente gueto de la calle Chlodna. Piotr escudriñaba a través de las ventanillas del tranvía que atravesaba el gueto, pre­guntándose si los chicos de la aldea estarían allí. Como él, habían perdido sus hogares y quizá también a sus padres. E incluso cuando se sentía más deprimido que nunca, Piotr sospechaba que el destino los había tratado peor que a él.

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