Autobiografía de Marilyn Monroe

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Autobiografía de Marilyn Monroe es un relato entrañable, que muestra desde dentro la vida de esta hermosa y maravillosa mujer, cuya mayor aspiración, nunca lograda, era conseguir un poco de cariño. Los detalles más íntimos de la vida de Marilyn son de común conocimiento y, sin embargo, es esta la primera vez que se ofrece una biografía interior de la Marilyn Monroe mujer. Pocos días antes de su muerte, es la propia Marilyn la que nos habla, en un apasionante monólogo en el que recapitula el conjunto de su vida, no tanto para saber lo que ha sucedido, sino quién es ella, qué ha sentido, qué piensa de sí misma y del resto del mundo.

Es esta la mirada de una mujer de treinta y seis años sobre una biografía personal llena de ruido y de furia cuyo final es una angustiosa llamada de socorro: "No quiero que me comprendan. Quiero que me quieran". Pocos años antes Marilyn insertó el siguiente anuncio en un periódico: "Mujer sencilla, treinta años, bien en todos los sentidos y hasta ahora muy puesta a prueba sentimentalmente, ingresos medios de quinientos mil dólares anuales, busca señor, incluso calvo, honesto y sensible, para fundar un hogar prolífico. Escribir a Marylin Monroe, Sutton Place, New York". No recibió ni una sola contestación.

ANTICIPO:
No sé qué clase de hombre me gusta. De verdad que no lo sé. Cualquiera puede llegar a gustarme, me imagino.

Una vez, con Shelley Winters, hicimos cada una una lista de los hombres con los que desearíamos acostarnos. La mía era: Zero Mostel, Eli Wallach, Charles Boyer, Jean Renoir, Lee Strasberg, Nick Ray, John Huston, Elia Kazan, Harry Belafonte, Yves Montand, Charles Bickford, Ernest Hemingway, Charles Laughton, Clifford Odets, Dean Jagger, Arthur Miller y Albert Einstein.

¡Sabía que iba a preguntar eso! Pongamos que más o menos con la mitad.

No lo sé. Siempre me han gustado los hombres mayores. No los hombres mayores que yo, sino los hombres verdaderamente mayores. Sí, por supuesto que es posible pensar que busco a mi padre o a un padre. Piense usted lo que quiera. Apunte: complejos de todo tipo, deseos incestuosos. Apunte: se burla del tratamiento.

Pero en el fondo también es simple sentido común, si le interesa mi opinión. Los hombres mayores son más atractivos, son cariñosos y saben más. Arthur tenía su propia teoría. Él pensaba que los hombres mayores evocaban en mí una conciencia tan intensa de mi propio poder sobre ellos que se convertía en piedad, que me sentía conmovida y que muchas veces acababa hasta enamorándome de ellos. Es verdad que cuando yo estoy al lado, algunos se echan literalmente a temblar. Eso proporciona una sensación de seguridad. Más que tener un millón de dólares en una caja fuerte.

Por supuesto que sí. Creo que estuve bastante enamorada de Fred Karger, por ejemplo. Pero fíjese, es sólo una muestra de lo que son los hombres jóvenes. Son capaces de todo.

A mí me habían dado un pequeño papel en una película que se llamaba Las chicas del coro. El único problema era que había que cantar y yo entonces apenas si graznaba. Pero daba lo mismo, estaba dispuesta a aprender. Yo siempre estoy dispuesta a aprenderlo todo. Es mi característica. Así que me pusieron este profesor, Fred Karger.

Claro que le suena, llegó a ser bastante conocido. Fue el que hizo la música para De aquí a la eternidad.

¿Le gusta a usted la música?

Es una buena cualidad, estoy de acuerdo. A mí me gusta sobre todo bailar. Para bailar con Truman Capote en El Morocco siempre me quitaba los zapatos. y aun así, el pobre Truman no me llegaba más arriba del esternón. Me apretaba las gafas contra el pecho, era gracioso. Todo el mundo nos miraba. Pobre Truman. Lo que más me gusta de él es esa facilidad que tiene para despeinarse. No puede permanecer más de diez minutos bien peinado, no sé por qué razón. Es un hombre muy desdichado, por otra parte. Es exactamente igual que yo, lo sé. Tiene esa mirada. Es como yo, un animal solitario, necesitado de afecto y protección más allá de lo normal, una hermosa criatura, pero también condenada. Acabará igual que yo, lo presiento.

¡Pues cómo quiere usted que acabe! Mal. Demasiado mal. Y él exactamente igual. La vida es breve, pero el arte es largo, como dice Truman.

¿Hipócrates? No tenía ni idea. Bueno, ya sabe, él es así.

Siempre está diciendo frases. Seguramente me dijo quién era el autor, pero lo he olvidado. Yo moriré desnuda, Andy: es un presentimiento.

Entonces, como le decía, yo tenía este profesor, Freddy, que era un hombre guapo, extraordinariamente guapo. Un hombre de mundo, si sabe usted lo que quiero decir. Trajes, camisas de seda, iniciales bordadas en el bolsillo de la cha¬queta del pijama, zapatos hechos a mano, en fin, ya se ima¬gina. y sobre todo una sonrisa diabólica. Una encantadora sonrisa plegable y desplegable a voluntad. Bueno, ya se imagina, ocurrió lo de siempre. En seguida fuimos algo más que profesor y alumna. Lo que pasaba es que Freddy era inteligente, extraordinariamente inteligente, pero no sentía ningún respeto por los demás. ¿Sabe lo que me decía?

-Lloras con demasiada facilidad -me decía-. Eso es porque tu cerebro no está desarrollado. Comparado con tu cuerpo, es "embrionario” y se reía a mandíbula batiente, porque era de esa clase de personas que encuentran francamente divertido su propio ingenio. No sé por qué, pero llegué incluso a hablarle de matrimonio. ¿Quiere saber lo que me contestó? Dijo que eso estaría muy bien para él, pero que no podía ser tan egoísta. Al principio no entendí a qué se refería. Me lo explicó en seguida.

-Mira, si nos casáramos y a mí me sucediera cualquier cosa, pongamos por caso, que muriera de repente, sería terrible para mi hijo, tienes que comprenderlo -me dijo, y luego añadió, se lo puedo jurar-: no sería conveniente para él tener que ser educado por una mujer como tú. Sería tremendamente injusto, ¿no te parece?

¿No es increíble? ¡Lo decía sonriente! Como si fuera bro¬ma, pero lo decía de verdad, usted ya me entiende.

Mire, a veces creo que Fred puede que hasta tuviera razón, pero, de todas maneras, eso no se puede decir.

De pronto, Freddy se casó con Jane Wyman, en cuanto ella consiguió el divorcio de Ronald Reagan. Lo pasé muy mal. Además, estaba sin trabajo.

Sí, pero también me echaron de la Columbia. Estaba otra vez en la calle. Trabajaba en cualquier cosa. Trabajé como stripper en el teatro Mayan, en el 1044 de South Hm, usted no puede conocerlo, era demasiado joven. ¡Espero que no lo conozca, porque era un antro de mala muerte! Entre núme¬ro y número, yo me desnudaba lentamente al compás de la música. No piense que había una orquesta ni nada semejante. Un sucio tocadiscos en un rincón y siempre la misma y desagradable música. También fui ayudante de prestidigitador. En aquella época fue cuando me hizo Tom Kelley aquellas fotos, las del calendario. Tiene que haberlas visto, estaban en todos los garajes y en todas las peluquerías para hombres de los Estados Unidos.

Me costó bastante volver a salir del hoyo. Un día estaba en un bar cuando oí que se necesitaba una chica sexy para un pequeño papel. Me consideré a mí misma lo bastante sexy y acudí. Era una película de los Hermanos Marx y en la prueba estaba Groucho. Me preguntó si sabía andar, dijo que lo único que necesitaba era una chica que supiera andar de tal modo que lograra despertar su anciana libido. Eso dijo, así que me di un paseo. Ya sabe, con mi tacón aserrado. E hice la película.

Era Amor en conserva, seguro que la conoce.

Pues tuvo mucha fama. Yo salía en una escena, entrando en el despacho de Groucho y mirando hacia atrás con ansiedad. -¿Cuál es su problema? -me preguntaba él.

-Los hombres me siguen todo el tiempo -es lo que yo le digo.

-Me pregunto por qué -dice él, mirándome atentamente de arriba abajo, y ahí termina todo.

La película tuvo mucho éxito, se lo aseguro, pero yo seguía en el hoyo, completamente embarrancada. Durante largos períodos me instalé en una casa adyacente a la mansión de Joe Schenck, en Arrowhead Lakes, cerca de Los Ángeles. ¿Conoció usted a Schenck?

Era un hombre repugnante, cruel y despótico, pero también era uno de los fundadores de la Twentieth Century Fox. Le lla¬maban «Kid Varicose», a causa de las venas azuladas que veteaban sus piernas. No me sirvió de gran cosa, la verdad.

Un trago tan amargo y, en realidad, completamente inútil, ya ve usted: no logró ayudarme demasiado en mi carrera. El hombre era prácticamente impotente Y yo debía permanecer allí por si se presentaba la eventualidad de que tuviera una erección. Tenía un criado negro, una especie de mayordomo, que a veces me despertaba en medio de la noche gritando: «¡Ahora! ¡Ahora!». Eso quería decir que el milagro se había producido: Schenck estaba empalmado. Yo tenía que saltar de la cama y correr hasta su habitación para practicarle instantáneamente una fellatio, antes de que se le pasara.

A veces dormía allí con alguno de mis amantes. Cuando aparecía el mayordomo a medianoche, se escondían debajo de la cama. Schenck tenía fama de haber castrado con sus propias manos a un amante de su mujer, años atrás.

En esa época tuve una historia de amor. Sí, de amor, aunque nadie se lo crea. Johnny Hyde me quería, eso era evidente. Dejó a su familia y pasó conmigo sus últimos años.

Lo que nadie se cree es que yo le quisiera también a él. Todo el mundo decidió que yo, sin tener ningún escrúpulo, había querido engañarle y utilizarle para conseguir trabajo, ade¬más de precipitar su muerte, digamos, por extenuación pélvica. Y es verdad que le utilicé, es verdad que me ayudó. Pero siempre fui sincera, jamás le engañé. Me negué a casarme con él, aunque me lo pidió en innumerables ocasiones. Y en cuanto a lo otro, ¿qué quiere que le diga? Es una tontería: Johnny murió en la cama, dormido. Yo ni siquiera estaba presente.

Era bajito, era importante en el mundo del cine, era feo, todo es verdad, pero también era encantador.

Mis amantes más jóvenes se reían. Se metían con nosotros. Todos me aconsejaban que no agotara al anciano.

-Querida -me decían-, un hombre de su edad y con su estado de salud no está en condiciones para tratar contigo.

Yo siempre les contestaba lo mismo:

-Te advierto que a su lengua no le pasa nada malo. Funciona perfectamente.

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6 Opiniones

Escribe un comentario

  • Pilar
    on

    “Si hay un escritor que sea la hostia", como se anuncia al autor de este relato, yo prefiero no leerlo.

  • congui113
    on

    Sinceramente, a mi me encantó el libro. La forma en la que está narrado, la historia… Ya conocía la historia de Marilyn Monroe, pero esta obra me ha ayudado a conocer sus sentimientos, a descubrir que ella era una mujer normal, pero que era una incomprendida. Menos mal que aun hay gente que hace obras así

  • Saulo
    on

    Al leer tu mensaje me ha venido a la cabeza una anécdota. No recuerdo el nombre del autor, pero se refiere a un escritor americano ya fallecido. Su agente decía que cada vez se subía a un tren se necesitarían dos billetes: uno para él y otro para su ego.

  • stark
    on

    Alguien ha leido musica para camaleones de Truman Capote? Hay un relato sobre Marilyn estupendo.

  • D
    on

    Es que capote es mucho Capote :)))

  • HR8892
    on

    Marilyn: ”Oiran tu voz… Oiran nuestra voz…”

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