Aventuras del profesor Challenger

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El Mundo Perdido / La zona ponzoñosa / Cuando la Tierra lanzó alaridos / La máquina desintegradora / El abismo de Maracot.

Del mismo modo que para la creación del genial detective Sherlock Holmes Conan Doyle se inspiró —tanto en el aspecto como en el carácter— en su profesor de la universidad de Edimburgo Joseph Bell, otro profesor, el fisiólogo William Rutherford, sirvió de modelo para el no menos singular profesor Challenger —el cerebro de un genio en el cuerpo de un hombre de las cavernas—, según confesión de su autor.

Este volumen reúne todas las aventuras del profesor Challenger, con una salvedad que ya viene siendo una tradición: se ha excluido de esta recopilación la novela El país de la bruma (1926) pues en ella Challenger se ha convertido en una mera excusa de Conan Doyle para hacer propaganda del espiritismo (al que el autor escocés era muy aficionado), dejando de lado su talante aventurero; pero en su lugar se ha incluido la novela El abismo de Maracot (1929), protagonizada por el profesor Maracot, colega de Challenger y procedente como él de los más reputados ambientes científicos. La razón de esta sustitución es muy simple: el profesor Maracot es más Challenger que el Challenger de El país de la bruma. Al profesor Challenger lo conocimos en El Mundo Perdido (1912) —novela que se puede considerar fundacional del "género de dinosaurios"— en la que el excéntrico profesor se embarca en un viaje lleno de aventuras a una recóndita meseta de Sudamérica donde, contra la opinión de toda la ciencia de su tiempo, Challenger asegura que perviven especies antediluvianas. Completan el volumen la novela corta La zona ponzoñosa (1913) y los relatos La máquina desintegradora (1927) y Cuando la Tierra lanzó alaridos (1928), además de la mencionada novela El abismo de Maracot, en la que una expedición submarina encuentra restos de la Atlántida.

ANTICIPO:
No quiero aburrir a quienes lean esta narración con un relato del viaje lleno de comodidades que realizamos a bordo del barco de la Booth, ni quiero tampoco describirles nuestra estancia de una semana en Para (aunque si quiero dejar constancia de la muy servicial Compañía Pereira da Pinta al ayudarnos a reunir todo nuestro equipaje). También deseo aludir brevemente a nuestro viaje aguas arriba, por un río de lento movimiento y teñido del color de la arcilla, en un vapor que era muy poco menos grande que el que nos había traído a través del Atlántico. Cruzamos por fin los estrechos de Obidos y llegamos a la ciudad de Manaos. Mister Shortman, representante de la British and Brazilian Trading Company, nos liberó en esta ciudad de los escasos atractivos de la fonda local. Permanecimos en su hospitalaria finca hasta el día en que estaríamos autorizados a abrir la carta en que se contenían las instrucciones del profesor Challenger. Pero, antes que llegue el relato de los sorprendentes acontecimientos, desearía trazar una pintura más detallada de mis camaradas de empresa y de los colaboradores que ya habíamos reunido para entonces en Sudamérica. Hablaré sin andarme con rodeos, mister McArdie, dejando a su discreción el dar o no a conocer mis informes, ya que este documento ha de pasar por las manos de usted antes de que llegue al mundo.

Son demasiado bien conocidas las realizaciones científicas del profesor Summerlee para que me tome la molestia de recapitularlas. No se diría a primera vista que reúne tantas condiciones como las que tiene para una expedición de la dureza de ésta. Su cuerpo, alto, trasijado, fibroso, es insensible a la fatiga, y para nada influye el ambiente que le rodea en sus maneras secas, medio sarcásticas, y con frecuencia completamente faltas de simpatía. A pesar de que ha cumplido ya los sesenta y seis anos, jamás le he oído quejarse de las estrecheces que de cuando en cuando hemos tenido que pasar. Yo había juzgado que su presencia constituiría un estorbo para la expedición, pero hoy no tengo más remedio que reconocer que su capacidad de resistencia es tan grande como la mía. En cuestión de genio, es naturalmente agrio y escéptico. No ha ocultado nunca desde el principio su creencia de que el profesor Challenger es un farsante, que nos hemos metido todos en una empresa absurda y quimérica, siendo lo más probable que sólo cosechemos desilusiones y peligros en Sudamérica, y el ridículo correspondiente en Inglaterra. Tales fueron los puntos de vista que durante nuestra travesía de Southampton a Manaos vertió el profesor Summerlee en nuestros oídos, acompañando sus palabras con apasionadas contorsiones de sus secas facciones y movimientos de su barbilla rala, que recuerda a la de un chivo. Desde que desembarcamos, Summerlee ha encontrado algún consuelo en la belleza y en la variedad de insectos y pájaros que descubre a su alrededor, porque es un hombre consagrado de todo corazón a la ciencia. Se pasa los días yendo y viniendo por los bosques cargado con su escopeta y su cucurucho de cazar mariposas, y emplea sus veladas en disecar los muchos ejemplares que de ese modo ha conseguido. Entre sus características subalternas están la de su despreocupación en el vestir, la falta de limpieza de su persona, lo sumamente distraído que es en sus costumbres, y su afición a fumar en una corta pipa de eglanrina roja, que rara vez está ausente de su boca. En su juventud formó parte de varias expediciones científicas (una de ellas la de Robertson, en Papua), y no extraña, en modo alguno, la vida al aire libre y en canoa.

Lord John Roxton tiene varios puntos en común con el profesor Summerlee, aunque en otros extremos sean el uno y el otro la antítesis más completa. Es veinte años más joven que el profesor, pero su físico se le parece en lo enjuto y descarnado. En cuanto a su apariencia, creo recordar que la he descrito ya en la parte de mi relato que le dejé en Londres. Es un hombre extraordinariamente limpio y refinado en sus maneras, viste siempre trajes muy cuidados de dril blanco y botas altas color castaño, afeitándose una vez al día por lo menos. Al igual que la mayoría de los hombres de acción, es lacónico en el hablar, y se absorbe fácilmente en sus propios pensamientos; pero contesta rápidamente a cualquier pregunta y toma humorístico. Sorprende su conocimiento del mundo, y muy especialmente de Sudamérica, creyendo de todo corazón en las posibilidades de nuestra excursión, sin que le aparten de ese optimismo las burlas del profesor Summerlee. La voz de lord Roxton es agradable, y sus maneras de expresarse, sosegadas; pero en el fondo de sus relampagueantes ojos azules se oculta una capacidad de cólera furiosa y de resolución implacable, que son más peligrosas precisamente porque les tira de la rienda. Él nos había hablado poco de sus hazañas en el Brasil y en el Perú, pero fue para mí una revelación el excitado interés que produjo su presencia entre los indígenas ribereños, que le contemplaban como a su campeón y protector. Las hazañas del Jefe Rojo, según le llamaban, habían adquirido entre aquella gente carácter legendario; pero, según pude comprobar, la realidad de tales hazañas era ya de por sí bastante asombrosa.

Lo ocurrido fue que algunos años antes lord John se encontró en aquella tierra de nadie que está formada por las fronteras vagamente definidas entre Perú, Brasil y Colombia. En esa inmensa región abunda el arbusto salvaje que produce el caucho, arbusto que, al igual que ocurre en el Congo, se ha convertido para los indígenas en una maldición que sólo puede compararse con los trabajos forzados a que en un tiempo los sometían los españoles en las viejas minas de plata de Darién. Un puñado de criminales mestizos se habían enseñoreado del país, habían dado armas a ciertos indios de cuyo apoyo podían estar seguros, y había convertido a todos los demás en esclavos, a los que aterrorizaban con los tormentos más inhumanos a fin de obligarlos a la recogida del caucho, que luego era expedido por el río hasta Pará. Lord John Roxton intervino con sus súplicas en favor de las víctimas desdichadas, pero sólo recibió amenazas e insultos como contestación. En vista de ello, declaró formalmente la guerra a Pedro López, jefe de los esclavizadores; enroló en sus filas a un grupo de esclavos fugitivos, los armó, y se puso en campaña, acabando esta al dar muerte con sus propias manos al famoso mestizo y al echar abajo el sistema que este último representaba.

No era, pues, de extrañar que en las orillas del gran río sudamericano despertase ahora profundo interés la vista del hombre de pelo rojizo, voz suave y maneras libres y sencillas, aunque los sentimientos que inspiraba fuesen de índole diversa, ya que al agradecimiento de los indígenas igualaba el rencor de quienes deseaban explotarlos. Un resultado útil de sus andanzas anteriores era el que sabía hablar con fluidez en la lengua geral, que es una mezcolanza corriente por todo el Brasil, en la que entran dos tercios de palabras indias y un tercio de portuguesas.

Tengo dicho ya que lord John Roxton era un monomaniaco de América del Sur. Jamás hablaba de esa región sin que se entusiasmase, y ese entusiasmo era contagioso, porque, ignorándolo yo todo, atraía mi atención y estimulaba mi curiosidad. ¡Cuánto me agradaría poder reproducir la brillantez de sus exposiciones, la curiosa mezcla de exactitud de conocimientos y de chispeante imaginación que les daba su encanto, hasta el punto de que incluso la sonrisa escéptica y cínica del profesor desaparecía gradualmente del seco rostro de éste a medida que le escuchaba! Lord Roxton nos contaba la historia del inmenso río, tan rápidamente explorado (porque algunos de los primeros conquistadores del Perú cruzaron, en efecto, codo el continente sudamericano sobre sus aguas), pero tan desconocido en lo referente a todo lo que había más allá de sus orillas, en perpetuo cambio.

—¿Qué es lo que hay en esos países? —exclamaba, apuntando en dirección al norte—. Selva, pantanos y manigua impenetrable. ¿Quién sabe lo que todo eso puede ocultar? ¿Y allá, hacia el sur? Una soledad de bosques pantanosos en los que ningún hombre blanco ha penetrado todavía. Por codas partes surge ante nosotros lo desconocido. ¿Qué sabe nadie fuera de la estrecha faja de los ríos? ¿Quién se atrevería a decir las posibilidades que encierra un país como ése? ¿Por qué no había de estar en lo cierro el viejo Challenger?

Al oír este desafío directo, reaparecía la imperturbable sonrisa de burla en el rostro del profesor Summerlee, y éste seguía sentado, moviendo su cabeza burlona en medio de un silencio falto de simpatía, al abrigo de la nube de humo de su pipa de raíz de eglanrina.

Nada más quiero decir por el momento de mis dos compañeros blancos, cuyos caracteres y limitaciones habrá ocasión de exponer, con tanta seguridad como los míos, a medida que avancemos en este relato. Pero nosotros habíamos contratado ya a ciertos individuos de nuestro séquito que quizá representen papeles no desdeñables en los acontecimientos que han de venir. El primero es un negro gigantesco llamado Zambo, un Hércules negro, tan voluntarioso como cualquier caballo, y más o menos de igual inteligencia. Le contratamos en Para, por recomendación de la compañía de vapores, en cuyos barcos había aprendido a hablar en un inglés renqueante.

También contratamos en Para a Gómez y a Manuel, dos mestizos de la parte alta del río, que acababan de hacer el viaje aguas abajo con un cargamento de palo de rosa. Eran hombres de piel atezada, barbudos y fieros, tan activos y flexibles como panteras. Los dos habían vivido siempre en las zonas altas del Amazonas que nosotros nos proponíamos explorar, y lord John los había contratado por ese motivo. Uno de ellos, Gómez, ofrecía, además, la ventaja de hablar perfectamente el inglés. Estos hombres se ofrecieron a servirnos como criados a cocinar, remar, y hacerse útiles de cualquier otra manera, por la remuneración de quince dólares al mes. Además de ellos, habíamos contratado a tres indios MOJO procedentes de Bolivia, porque se trata de la tribu más hábil en la pesca y en la navegación entre todas las tribus ribereñas. Al principal de estos indios le llamamos Mojo, con el nombre de su tribu, y a los otros dos los bautizamos como José y Fernando. De modo, pues, que éramos tres blancos, dos mestizos, un negro y tres indios, los componentes de la pequeña expedición que permanecía en Manaos, esperando órdenes antes de salir a realizar aquella curiosa búsqueda.

Finalmente, y después de una semana aburrida, llegaron el día y la hora señalados. Yo le suplico que se represente el sombreado cuarto de estar de la finca San Ignacio, dos millas al interior de la ciudad de Manaos. En el exterior, un claror de sol de resplandores amarillos y pulimentados, en el que se proyectaban las sombras negras de las palmeras, de un negro tan apretado como los árboles mismos, lo cubría todo. La atmósfera era tranquila, y estaba llena de un eterno rumorear de insectos, que formaban un coro tropical cuyas voces abarcaban muchas octavas, desde el runruneo profundo de la abeja hasta el caramillo agudo y afilado de los mosquitos. Más allá de la terraza se veía un pequeño Jardín desarbolado, con cercas de cactos y adornos de bosquecillos de arbustos floridos, a cuyo alrededor danzaban grandes mariposas azules, y en el que revoloteaban y cruzaban minúsculos colibríes trazando arcos de luz centelleante. Nosotros estábamos sentados en el interior de la sala, alrededor de una mesa de bambú en la que se veía un sobre lacrado. El sobrecito, trazado en la dentada letra del profesor Challenger, decía así:

«Instrucciones a lord John Roxton y a su grupo expedicionario. Para ser abierto en Manaos et día 15 de julio, a las doce horas exactas».

Lord John había depositado su reloj junto a él, encima de la mesa.

—Faltan todavía siete minutos —dijo—. El querido profesor es hombre de gran exactitud.

Summerlee dejó ver una sonrisa agria al mismo tiempo que cogía en su asarnentada mano el sobre, diciendo:

—¿Qué importancia puede tener el que lo abramos ahora o dentro de siete minutos? Todos estos detalles forman parte de la misma táctica de charlatanería y falta de sentido común que tanto distinguen al que lo escribió, lamento tener que decirlo.

—Bueno, profesor, juguemos a nuestro juego ateniéndonos a las reglas —dijo lord John—. La función la dirige el viejo Challenger, y nosotros estamos aquí merced a su buena voluntad, de manera que yo creo que haríamos malísimamente en no seguir sus instrucciones al pie de la letra.

—¡En bonito negocio nos hemos metido! —exclamó el profesor con desabrimiento—. Ya en Londres me pareció absurdo; pero no tengo más remedio que decir que, visto de cerca, me lo parece todavía más. Ignoro lo que hay en el interior de este sobre; pero, si no contiene instrucciones bien definidas, yo me sentiré muy tentado a embarcar en el primer buque que salga río abajo, para subir en Para al Bolivia. Después de todo, yo tengo en este mundo tareas de mayor responsabilidad que la de correr de aquí para allá a fin de desautorizar las afirmaciones de un lunático. Ea, Roxton, con seguridad que es la hora.

—En efecto, y puede ya tocar el pito —dijo lord John.

Echó acto seguido mano al sobre y lo cortó con su navajita. Extrajo del interior una hoja de papel doblada; la desdobló con mucho cuidado y la alisó encima de la mesa. Estaba en blanco. La volvió del otro lado. También estaba en blanco.

Nos contemplamos los unos a los otros en silencio, atónitos, que fue roto por un estallido discordante de la risa burlona del profesor Summerlee, quien exclamó:

—Es una confesión franca. ¿Qué más quieren ustedes? Ese individuo confiesa ser un embaucador. No nos queda otra cosa que regresar a Inglaterra e informar de que ese hombre es un farsante desvergonzado.

—¿Tinta invisible? —apunté yo.

—No lo creo —dijo lord Roxton, mirando el papel al trasluz—. No, compañero; no tiene objeto el querer engañarse a sí mismo. Yo respondo de que en este papel no se ha escrito nunca nada.

—¿Puedo entrar? —atronó una voz desde la terraza.

La sombra de una figura achaparrada se había atravesado en la mancha de sol. ¡Aquella voz! ¡Aquella anchura monstruosa de hombros! Nos pusimos en pie de un salto y permanecimos sin aliento al ver que Challenger, ataviado con un sombrero de paja redondo y Juvenil, de cinta de color… un Challenger, con las manos metidas en los bolsillos de la chaqueta y los zapatos de lona marcando elegante palanca con sus puntas a medida que avanzaba…, apareció anee nosotros en el hueco de la puerca. Echó hacia airas la cabeza, y se quedó envuelto en el resplandor dorado, mostrando toda su exuberancia de barba asiria, roda su insolencia congénita de párpados medio caídos y de ojos intolerantes.

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