Axiomático

axiomatico

El maestro de la ciencia ficción Greg Egan nos ofrece en este espectacular libro dieciocho relatos en los que explora con destreza y habilidad, temas como la identidad personal, el destino, la manipulación genética, las conspiraciones globales, o la culpabilidad. Egan nos brinda un libro repleto del sentido de la maravilla en su estado más puro, que incluye relatos ya clásicos como Amor apropiado, Aprendiendo a ser yo, La caja de seguridad, El asesino infinito o Axiomático, junto con otros aún inéditos en castellano. Es autor de las novelas An Unusual Angle (1983), Cuarentena (1992), Ciudad Permutación (1994), El instante Aleph (1995), Diáspora (1997), Teranesia (1999) y Schild´s Ladder (2002).

ANTICIPO:

La caricia
Percibo dos olores cuando abro la puerta de una patada: muerte y el olor de un animal.
Nos había llamado, anónimamente, un hombre que pasaba todos los días junto a la casa; preocupado al ver una ventana rota sin arreglar, había llamado sin resultado a la puerta principal. De camino a la puerta trasera, había entrevisto, a través de un hueco en las cortinas, sangre en la pared de la cocina.
Habían saqueado la casa; lo único que quedaba en el piso de abajo eran las marcas que habían dejado en la moqueta al arrastrar los muebles más pesados. La mujer de la cocina, de cincuenta y pocos años, llevaba al menos una semana muerta.
Mi casco almacenaba sonido e imagen, pero no podía registrar el olor. El procedimiento adecuado era realizar un comentario verbal, pero no dije nada. ¿Por qué? Digamos que se trataba de una necesidad vestigial de independencia. Pronto estarán grabando nuestras ondas cerebrales, el latido del corazón, quién sabe qué, y todo podrá usarse en el tribunal. “Detective Segel, las pruebas muestran que experimentó una erección del pene cuando el acusado abrió fuego. ¿Lo considera una respuesta apropiada?”.
El piso de arriba era un desastre. Había ropa tirada por el dormitorio. Libros, cedés, papeles, cajones virados, dispersos por el suelo del estudio. Textos de medicina. En una esquina, pilas de revistas en CD destacaban del resto por la uniformidad de las carátulas: The New Englad Journal of Medicine, Nature, Clinical Biochemistry y Laboratory Embryology. De la pared colgaba un título enmarcado, que concedía el grado de doctora en filosofía a Freda Anne Macklenburg en el año dos mil veintitrés. La mesa poseía zonas sin polvo con las formas de un monitor y un teclado. Vi un interruptor de pared con una luz piloto; el interruptor estaba activado, pero la luz estaba apagada. No había luz en la habitación; igual que en el resto de la casa.
De vuelta al primer piso, encontré una puerta tras la escalera, que presumiblemente llevaba al sótano. Cerrada. Vacilé. Al entrar en la casa no había tenido más opción que forzar la entrada; pero aquí me encontraba en un territorio legal más pantanoso. No había mirado bien en busca de llaves, y no tenía ninguna razón clara para creer que fuese urgente llegar al sótano.
¿Pero qué cambiaría con una puerta rota más? Han demandado a los polis por no limpiarse las botas en la alfombrilla de bienvenida. Si un ciudadano quiere joderte, encontrará una razón, incluso si te pones de rodillas, agitando un puñado de órdenes judiciales y salvas a toda su familia de la tortura y la muerte.
No había espacio para una patada, así que hice saltar la cerradura. El olor me provocó nauseas, pero era el exceso, la concentración, lo que resultaban insoportable; el olor en sí no era desagradable. En el piso de arriba, al ver textos de medicina, había pensado en conejillos de indias, ratas y ratones, pero éste no era el olor de roedores enjaulados.
Encendí la linterna del casco y bajé con rapidez los escalones de cemento. Por encima de la cabeza tenía una gruesa tubería cuadrada. ¿Un tubo de aire acondicionado? Eso tenía sentido; es imposible que la casa normalmente oliese de esta forma, pero sin electricidad en el sistema de aire acondicionado del sótano…
El haz de la linterna me mostró una estantería, decorada con recuerdos y plantas en macetas. Un aparato de televisión. Cuadros de paisajes en la pared. Un montón de paja sobre el suelo de cemento. Acurrucado en la paja, el potente cuerpo de un leopardo, con los pulmones trabajando visiblemente, pero por lo demás inmóvil.
Cuando el haz de luz dio con un rizo de pelo castaño, pensé que mordisqueaba una cabeza humana cortada. Seguí acercándome, expectante, esperando que al molestarle mientras comía pudiese provocar su ataque. Llevaba un arma que lo hubiese convertido en una fina neblina de sangre y cartílago, un resultado que me hubiese provocado bastante menos tedio y burocracia que tener que tratar con el animal con vida. Volví a iluminar la cabeza, y comprendí que me había equivocado; no mordisqueaba nada, tenía la cabeza oculta, apartada, y la cabeza humana simplemente…
Me había vuelto a equivocar. La cabeza humana simplemente estaba unida al cuerpo del leopardo. El cuello humano ganaba pelaje y manchas y se fundía con los hombros del leopardo.
Me agaché a su lado, pensando, sobre todo, en lo que podrían hacerme esas garras si apartaba la vista. La cabeza era de mujer. Con el ceño fruncido. Aparentemente dormida. Coloqué una mano bajo la nariz, y sentí el aire salir simultáneamente con los movimientos del enorme pecho del leopardo. Eso, más que la suave transición de la piel, hizo que la unión me pareciese real.
Exploré el resto de la habitación. Había una zona honda en una esquina que resultó ser un retrete hundido en el suelo. Coloqué el pie sobre un pedal cercano y la cisterna, oculta, se activó. Había un refrigerador alto, sobre un charco de agua. Lo abrí para encontrar un soporte que contenía treinta y cinco pequeños viales de plástico. Todos ellos estaban escritos con letras rojas desdibujadas, que formaban la palabra ESTROPEADO. Tinta sensible a la temperatura.
Regresé junto a la mujer leopardo. ¿Dormía? ¿Fingía dormir? ¿Estaba enferma? ¿En coma? Le toqué la mejilla, y no con delicadeza. La piel parecía caliente, pero no tenía ni idea de cuál se suponía que debía ser su temperatura. La agité por un hombro, en esta ocasión con algo más de respeto, como si por alguna razón despertarla tocando la parte de leopardo fuese a ser más peligroso. Nada.
Me puse en pie, contuve un suspiro de irritación (los de psicología se aferran a todos los soniditos; me han interrogado durante horas por cosas como un gritito poco juicioso de alegría) y llamé a una ambulancia.

Debería haber sabido que ahí no acabarían mis problemas. Tuve que obstruir físicamente la escalera para evitar que los hombres de la ambulancia se retirasen. Uno de ellos vomito. Luego se negaron a colocarla en la camilla a menos que prometiese acompañarla al hospital. Sólo media como dos metros de largo, excluyendo la cola, pero debía pesar unos ciento cincuenta kilos, y los tres tuvimos que esforzarnos para subirla por las incómodas escaleras.
Antes de abandonar la casa la cubrimos por completo con una sábana, y me ocupé de disponerla de tal forma que no revelase la forma del cuerpo. En el exterior se había reunido una pequeña multitud, la colección habitual y variopinta de curiosos. En ese momento llegó el equipo forense, pero ya les había contado todo por radio.
En el departamento de víctimas del St. Dominic, médico tras médico dio un vistazo bajo la sábana y huyó corriendo, algunos murmurando malas excusas, la mayoría sin molestarse si quiera. Estaba a punto de perder los estribos cuando la quinta a la que arrinconé, una joven, se puso pálida pero aguantó. Después de empujar, pinchar y colocar una linterna frente a los ojos, que tuvimos que abrir a la fuerza, de la mujer leopardo, la doctora Muriel Beatty (lo ponía en la identificación) anunció:
—Está en coma —y empezó a sacarme detalles. Cuando le conté todo, conseguí colar algunas preguntas.
—¿Cómo se puede hacer algo así? ¿Ingeniería genética? ¿Cirugía?
—Dudo que fuese nada de eso. Lo más probable es que sea una quimera.
Fruncí el ceño.
—¿No es una criatura mítica…?
—Sí, pero también es un término de bioingeniería. Puedes mezclar físicamente las células de dos embriones tempranos genéticamente diferentes, y obtener un blastocisto que se convierte en un único organismo. Si los dos son de la misma especie, la tasa de éxitos es muy alta; es más complicado en el caso de especies diferentes. La gente había conseguido quimeras toscas de oveja y cabra ya en la década de 1960, pero hace cinco o diez años que no leo nada nuevo sobre el tema. Hubiese dicho que ya nadie se dedicaba en serio a eso. Y menos aún con humanos —miró a la paciente con incomodidad y fascinación—. No podría decir cómo garantizaron esa distinción tan clara entre la cabeza y el cuerpo; esto ha requerido mil veces más esfuerzo que mezclar dos grupos de células. Supongo que podría decir que es algo a medio camino entre la cirugía de transplante fetal y la quimerización. Y también tuvo que haber algo de manipulación genética, para suavizar las diferencias bioquímicas —sonrió con ironía—. Así que sus dos sugerencias que desestimé probablemente fuesen parcialmente ciertas. ¡Claro!
—¿Qué?
—¡No me extraña que esté en coma! El refrigerador lleno de viales que mencionó… probablemente necesite un aporte externo de media docena de hormonas que no están lo suficientemente activas entre especies. ¿Puede hacer que alguien vaya a la casa y mire los papeles de la mujer muerta? Tenemos que saber qué contenían exactamente esos viales. Incluso si lo fabricaba ella misma a partir de productos comerciales, puede que podamos encontrar la receta… pero lo más probable es que tuviese un contrato con una empresa de biotecnología para una suministro regular ya mezclado. Por lo que, si podemos encontrar un recibo con un número de referencia del producto, sería la forma más rápida y segura de darle a la paciente lo que necesita para permanecer con vida.
Estuve de acuerdo y acompañé a un técnico de laboratorio a la casa, pero no encontró nada útil en el estudio, o en el sótano. Después de hablarlo con Muriel Beatty por teléfono, empecé a llamar a las empresas locales de biotecnología, dando el nombre y dirección de la mujer muerta. Varios dijeron que habían oído hablar de la doctora Macklenburg, pero no como cliente. La decimoquinta llamada produjo resultados -entregas de una empresa llamada Investigación Veterinaria Aplicada se habían enviado a la dirección de Macklen-burg- y con una combinación de amenazas y buenas palabras (como inventarme un número de pedido que pudiesen poner en el recibo), conseguí la promesa de que un lote del preparado de “Investigación Veterinaria Aplicada” se fabricaría de inmediato y se enviaría a toda prisa a St. Dominic.
Los ladrones a veces desconectan la electricidad, con la esperanza de inutilizar esos (pocos) sistemas de seguridad que no llevan baterías, pero nadie había entrado en la casa a la fuerza; el vidrio disperso de la ventana había caído, formando un dibujo que nadie había alterado, sobre la moqueta, allí donde el sofá había dejado una marca clara. Los idiotas se habían olvidado de romper una ventana hasta después de llevarse los muebles. La gente tira recibos, pero Macklenburg había conservado todas las facturas de videófono, agua, gas y electricidad de los últimos cinco años. Por tanto, daba la impresión de que alguien sabía lo de la quimera y la quería muerta, sin querer ser totalmente evidente, pero sin ser tan profesional como para realizar un trabajo sutil, o más preciso.
Hice que vigilasen a la quimera. Probablemente fuese buena idea en cualquier caso, para mantener a la prensa a raya cuando descubriese su existencia.
De vuelta a la oficina, busqué Macklenburg en la literatura médica, y sólo encontré su nombre en media docena de artículos. Todos tenían más de veinte años. Todos trataban de embriología, aunque (en la medida en que podía comprender los resúmenes llenos de jerga, repletos de “zona pelúcida” y “cuerpos polares”) ninguna trataba explícitamente de quimeras.
Los artículos venían todos del mismo sitio; el Laboratorio de Desarrollo Humano Temprano del hospital de St. Andrew. Después de algunos roces de los normales por parte de las secretarias y ayudantes, conseguí hablar con uno de los coautores -en una única ocasión- de Macklenburg, un tal doctor Henry Feingold, que parecía bastante mayor y frágil. La noticia de la muerte de Macklenburg provocó un suspiro melancólico, pero nada de conmoción o inquietud visibles.
—Freda nos dejó en el treinta y dos o treinta y tres. Apenas la he visto desde entonces, excepto en algún congreso.
—¿A dónde fue después de St. Andrew?
—Un trabajo en la industria. No fue muy específica. No estoy seguro de que tuviese un puesto definitivo.
—¿Por qué dimitió?
Se encogió de hombros.
—Se cansó de nuestras condiciones laborales. Poca paga, recursos limitados, restricciones burocráticas, los comités de ética. Algunas personas aprenden a aceptarlo, y otras no.
—¿No sabría nada sobre su trabajo, sus investigaciones, tras su partida?
—No era consciente de que investigase demasiado. Parecía haber dejado de publicar, así que no sabría decirle a qué se dedicaba.
Poco después (con desacostumbrada velocidad) llegó el permiso para acceder a sus registros de impuestos. Desde el 35 había sido autónoma, “consultora independiente de biotecnología”; aparte de lo que eso significase, le había permitido unos ingresos de siete cifras durante los últimos quince años. Había al menos un centenar de empresas diferente en la lista de sus fuentes de ingresos. Llamé a la primera y me encontré hablando con un contestador. Eran más de las siete. Llamé al St. Dominic y supe que la quimera seguía inconsciente, pero que estaba bien; había llegado la mezcla de hormonas y Muriel Beatty había localizado un veterinario en la universidad con experiencia adecuada. Así que tragué los reductores y me fui a casa.

La prueba más segura de que no he descendido por completo es la frustración que siento cuando abro la puerta de mi casa. Es demasiado normal, demasiado fácil: insertar tres llaves y tocar el escáner con el pulgar. En el interior no hay nada peligroso o que presente un desafío. Se supone que los reductores hacen efecto en cinco minutos. Algunas noches son más bien cinco horas.
Marion miraba la tele y gritó:
—Hola, Dan.
Me quedé de pie en la puerta del salón.
—Hola. ¿Qué tal el día? —trabaja en un centro de atención infantil, que es mi imagen de una ocupación de alto estrés.
Se encogió de hombros.
—Normal. ¿Y el tuyo?
Algo en la pantalla de televisión me llamó la atención. Juré durante un minuto, en general maldiciendo a cierto agente de comunicaciones al que sabía responsable, aunque no podría haberlo probado.
—¿Cómo me fue el día? Lo estás viendo —la televisión mostraba parte del registro de mi casco; el sótano, el descubrimiento de la quimera.
Marion dijo:
—Ah. Iba a preguntarte si conocías al policía.
—¿Y sabes qué estaré haciendo mañana? Intentar dar sentido a algunos miles de llamadas de teléfono de gente que lo ha visto y ha decidido que tiene algo útil que aportar.
—Pobre chica. ¿Va a estar bien?
—Eso creo.
Mostraron las elucubraciones de Muriel Beatty, una vez más desde mi punto de vista, para pasar a un par de expertos habituales que discutieron los detalles del quimerismo mientras el entrevistador hacía lo posible por introducir referencias espurias a todo, desde la mitología griega hasta La isla del doctor Moreau.
Dije:
—Me muero de hambre. Vamos a comer.

compra en casa del libro Compra en Amazon Axiomático
Interplanetaria

Sin opiniones

Escribe un comentario

No comment posted yet.

Leave a Comment

 

↑ RETOUR EN HAUT ↑