Azincourt

AZINCOURT

Cuando, avanzada la Guerra de los Cien Años, en 1413 Enrique V sube al trono es ya un hombre inteligente, experto en el campo de batalla y muy buen estratega. No pasarían ni dos años antes de que tuviera oportunidad de demostrarlo en una de las batallas más trascendentales de esa guerra.
Después del asedio de Harfleur (agosto-septiembre de 1415), los 6.000 que le quedaban al rey inglés de los 10.000 que habían desembarcado en Francia se disponían a emprender una encarnizada lucha contras las fuerzas francesas, que los superaban abrumadoramente en número.
En una delirante batalla librada el 25 de octubre bajo la tormenta, sobre un terreno cenagoso e impracticable que se convirtió en escenario de una terrible matanza, Enrique V puso todo la carne en el asador y, gracias sobre todo a sus arqueros, a punto estuvo de cambiar definitivamente el curso de la guerra.
Mediante la historia del joven arquero Nicholas Hook, Bernard Cornwell recrea en esta novela, con un realismo tan brutal como la batalla misma, uno de los episodios más extraordinarios de la historia militar de todos los tiempos.

ANTICIPO:

Poco antes de Navidad, un día del invierno de 1413, Nicholas Hook se sintió con ánimos para asesinar.
Era un día frío. La noche anterior había caído una buena helada. Ni siquiera el sol del mediodía había fundido el blanco manto que cubría los campos. No se movía una hoja. Cuando, por la profunda vereda que discurría entre los bosques allá en lo alto y el molino de la llanura, Hook atisbó a Tom Perrill, el mundo que contempló a su alrededor se le antojó lechoso, helado, inmóvil.
A sus diecinueve años, Nick Hook, guardabosques, se movía de un lado para otro como un espectro: incluso en un día así, en que hasta la más leve pisada arrancaba un crujido del hielo, se deslizaba con sigilo. Plantando cara al viento, caminaba por el recóndito sendero por donde Perrill, tras amarrar el tronco de un olmo caído para los nuevos cangilones de la noria a uno de los caballos de tiro de lord Slayton, lo arrastraba hasta el molino. Iba solo, cosa poco corriente: rara vez se alejaba Tom Perrill de su casa si no era en compañía de su hermano o de alguno de los suyos, y Hook nunca lo había visto tan lejos de la aldea sin su arco colgado al hombro.
Nick Hook se detuvo junto a los árboles que bordeaban el camino, y se ocultó detrás de unos acebos. Estaba a cien pasos de Perrill, que no dejaba de proferir improperios: la helada había endurecido los surcos de la vereda, el descomunal tronco de olmo se trababa en las roderas del camino y el caballo se resistía. Perrill había arreado al animal hasta hacerle sangre, pero de nada había servido el castigo, y allí estaba, a su lado, vara en mano, maldiciendo sin parar a la pobre bestia. Hook extrajo una flecha de la aljaba que llevaba al costado; se paró a comprobar que era la más adecuada para la ocasión: barbada, de punta ancha, bien labrada, con un filo capaz de traspasar el cuerpo de un ciervo, una flecha capaz de lacerar las arterias del astado y, caso de que fallase y no le acertase en el corazón, cosa que rara vez sucedía, hacer que se desangrase hasta morir. A los dieciocho años, había ganado el torneo que enfrentaba a los tres reinos, derrotando a arqueros mayores que él y que gozaban de merecida fama en media Inglaterra: jamás había fallado a cien pasos de distancia.
Ajustó la flecha y el arco, sin dejar de mirar a Perrill, porque no le hacía falta estar pendiente ni de la flecha ni del arco; sujetó la saeta con el dedo pulgar de la mano izquierda mientras, con la derecha, tensaba levemente la cuerda hasta encajar la pequeña muesca reforzada de cuerno y rodeada de plumas del extremo opuesto, y alzó el arco, sin apartar los ojos del primogénito del molinero.
Como quien no quiere la cosa, con gesto de arquero consumado, tensó la cuerda hacia atrás y la desplazó hasta la altura de la oreja derecha.
Perrill se volvió para contemplar el molino en mitad de los campos, allí donde el río no era sino una zigzagueante lengua de plata que discurría bajo sauces desnudos.
Llevaba botas, calzones, jubón y una pelliza de piel de ciervo; lo que menos podía imaginarse era que la muerte le rondase de cerca.
Con suavidad, Hook soltó la flecha: la vibración de la cuerda de cáñamo sólo trasladó un leve temblor al pulgar y a los dos dedos que la sujetaban. La flecha se alzó limpiamente. Hook siguió la trayectoria de las plumas grises, observando cómo, rauda, la punta de acero que remataba el astil de fresno se dirigía al encuentro del corazón de Perrill: había afilado a conciencia la punta barbada, y estaba seguro de que traspasaría la piel de ciervo como si de una tela de araña se tratase.
Nick Hook odiaba a todos los Perrill, igual que los Perrill no podían ni ver a los Hook. Una enemistad que se remontaba a dos generaciones atrás, cuando, en la taberna del villorrio, el abuelo de Tom Perrill había matado al abuelo de Hook, clavándole un atizador en un ojo. El entonces lord Slayton llegó a la conclusión de que había sido una pelea justa y se negó a dar su merecido al molinero. Desde entonces, los Hook habían jurado vengarse.
Nunca se habían resarcido, sin embargo. Al padre de Hook lo habían despachado a patada limpia, durante el torneo anual del juego de pelota y, si bien nunca se dio con el autor de los hechos, todo el mundo estaba seguro de que era cosa de los Perrill. La pelota había ido a parar a unos juncos que se alzaban más allá del huerto de la propiedad; una docena de hombres se lanzó en su busca, pero sólo regresaron once. El sucesor de aquel otro lord Slayton se permitió hacer bromas en cuanto a que el suceso pudiera ser considerado asesinato.
–Si colgásemos a un hombre por liquidar a un contrario en un encuentro del juego de pelota –afirmó–, ¡habría que ahorcar a la mitad de la población de Inglaterra! El padre de Hook era pastor. A su muerte, dejó una viuda embarazada y dos hijos. Dos meses después, falleció la mujer al dar a luz a una hija, que nació muerta. Ocurrió el día de san Nicolás, el mismo día en que Nick Hook cumplía trece años. Su abuela no dudó en afirmar que tal coincidencia era la prueba palpable de que Nick estaba maldito. Y recurrió a su propia magia para acabar con la maldición: le clavó la punta de una flecha en un muslo, y le ordenó que matase un ciervo con aquel dardo para poner fin al maleficio. Con la saeta teñida de sangre, Hook mató furtivamente a una de las ciervas de lord Slayton, pero el hechizo no desapareció: los Perrill siguieron con vida, y el rencor entre las dos familias fue a más. Se secó un espléndido manzano que había en el huerto de la abuela de los Hook, y ésta achacó tamaño desastre a la madre de los Perrill. –Los Perrill siempre han sido unos pobres lameculos, unos malolientes hijos de puta –aseveró su abuela. Echó el mal de ojo a Tom Perrill y a su hermano pequeño, Robert, pero la tía Perrill debió de recurrir a un conjuro para contrarrestarlo, porque ninguno de los dos cayó enfermo. Desaparecieron las dos cabras que Hook llevaba a pastar en los campos comunales y, aunque en la aldea se dijo que habrían sido los lobos, Hook estaba seguro de que era cosa de los Perrill. En venganza, les mató la vaca que tenían pero, claro está, no era lo mismo que acabar con ellos.
–Tienes que borrarlos de la faz de la tierra –le recordaba su abuela a todas horas, pero nunca se le presentó la oportunidad de hacerlo–. Que el diablo te haga escupir mierda –añadió, maldiciéndole–, y que te lleve al infierno con él.
Le echó de casa cuando cumplió los dieciséis, mientras farfullaba:
–Fuera de mi casa. Ojalá te mueras de hambre, hijo de puta.
Para entonces ya comenzaba a dar muestras de locura, y no había forma de hacerle entrar en razón, así que Nick Hook se fue de casa y bien podría haberse muerto de inanición, de no haber sido aquél el año en que ganó el torneo de los seis pueblos: por lejos que estuviese la diana siempre daba en el blanco.
Lord Slayton le nombró guardabosques, lo que significaba que debía proveer que no faltase el venado en la mesa de su señor.
–Más vale que acabes con esos animales como Dios manda –le recomendó su señoría– que verte colgando de una soga por caza furtiva.
Por eso, aquel día de san Winebaldo, poco antes de Navidad, Nick Hook observaba la trayectoria que seguía la flecha que había partido en busca de Tom Perrill.
Estaba seguro de que acabaría con él. La flecha partió limpiamente, rozando levemente las altas y relucientes sebes bajo la helada. Tom Perrill ni se imaginaba la que se le venía encima. Nick Hook sonreía.
De repente, la flecha cabeceó.
Una de las plumas se había aflojado, el pegamento y la sujeción cedieron; la flecha se desvió hacia la izquierda y acertó de lleno en uno de los flancos del caballo, alojándose en una de sus ijadas. El animal relinchó, reculó y dio una embestida, arrancando el enorme tronco de olmo de los surcos helados en que estaba atorado.
Tom Perrill se volvió y miró a los bosques de más arriba; poco tardó en considerar que otra flecha podía seguir a la primera, se dio media vuelta y echó a correr en pos del caballo.
Una vez más, Nick Hook había fallado. La maldición pesaba sobre él.

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