Azul en la mesana

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Con esta entrega, la número XX, se termina de lanzar en bolsillo la entrañable serie protagonizada por Aubrey y Maturin, especialmente de moda gracias a la película Master and Commander, de Peter Weir.

Por el camino estará a punto de irse a pique y tendrá que enfrentarse a los acostumbrados problemas: deserciones, adulterios, espionaje…, aunque por fin parece que su tan ansiado ascenso empieza aperfilarse en el horizonte.

La serie consta de veinte títulos, ahora disponible tanto en tapa dura como en bolsillo. El cierre de este ciclo de aventuras está basado de nuevo en la biografía del controvertido Thomas Cochrane, en este caso en su viaje con destino a Chile para contribuir a la independencia de este país.

ANTICIPO:
A primera vista, la asolada Funchal conservaba un aire oscuro y desolado, aunque desde la cofa de mayor, más cerca gracias al catalejo, vieron que se habían emprendido las reparaciones, y que si bien no había mucho ajetreo en el famoso astillero de Coelho, sí había trabajo. Abundaban las pilas de madera recién talada, y el almacén de pertrechos de la Armada Real se veía en buen estado de revista, con el barco de pertrechos al pairo frente al muelle, y los alijadores yendo de un lado a otro, mientras un paquete español amarraba a la espía a un cable de distancia. La Surprise saludó al castillo y fondeó en su lugar de costumbre, acompañada a sotavento por la Ringle. El castillo devolvió el saludo con el brío que era de esperar.

-Por favor, amigo mío, encárgate de que un bote me deje en el embarcadero en cuanto caiga la noche, y de que me recoja una hora después -pidió Stephen a Jack en voz baja.

Cayó la noche, y con ella la oscuridad, ayudada por las nubes procedentes del sudoeste y también por la llovizna. Marineros y oficiales acostumbrados, muy acostumbrados a sus características cabriolas, levantaron a Stephen por la borda como si fuera un cesto lleno de frágil porcelana, y éste se vio sentado en la bancada de popa junto a Horario Hanson, quien se había entregado al mar con tal encono y naturalidad que el capitán podía confiar en é11a seguridad de la valiosa canoa y la aún más valiosa dotación compuesta de buenos marineros.

-Discú1peme, señor Hanson, pero lo he olvidado… ¿Dice usted que no nos acompañó en la travesía desde Gibraltar? -preguntó Maturin.

-No, señor, me temo que no tuve esa suerte. -¿De veras? Pues parece usted haber hecho esto toda la vida.

-Quizá se deba, señor, a que mi padre era marino. -y levantando la voz-: Aguanta sobre los remos, aguanta, aguanta. -Cerca se encontraba la quilla del fondo de guijarros. Entonces, el proel y su compañero aprovecharon la siguiente ola para depositar a Stephen en el embarcadero sin mojarse los pies.

-Gracias, Evans; gracias a ti también, Richardson -dijo, y añadió alzando más la voz-: Señor Hanson, justo dentro de una hora, si es tan amable. Sé que nuestros relojes concuerdan hasta el último segundo. Si prefiere usted volver al barco, aquí mismo le aguardaré siete minutos.

Se adentró en la ciudad, no sin antes detenerse bajo un toldo de caña que le resguardó de la lluvia mientras disfrutaba de un café muy, muy fuerte, para después seguir los giros y vueltas que recordaba a la perfección, hasta llegar a un modesto establecimiento situado en la discreta zona mercantil de la ciudad. Modesto, sí, pero bien protegido por el equivalente local a los púgiles ingleses, puesto que estaba frecuentado por tratantes de piedras preciosas a quienes podía verse pasar entre sí la mercancía envuelta en papel, todo ello acompañado de susurros. Como había podido observar Stephen, aquellos que recibían los paquetitos parecían adivinar el contenido gracias a un poder sobrenatural, ya que, al menos por lo que él podía ver, nunca llegaban a abrirlos. Tampoco variaba en su conversación el tono bajo (que no secretista), discreto y monótono. Otra cosa en la que reparó, y lo hizo con una sorpresa que apenas pudo disimular, fue en la presencia de su amigo, colega y aliado Amos Jacob, a quien pretendía dejar un mensaje con la esperanza de que pudiera recogerlo en un mes, más o menos.

Cruzaron una mirada huidiza, vacua, y cuando Stephen hubo apurado y pagado la copa de vino, salió a la calle desierta y húmeda. Había dejado de llover, pero las nubes seguían discurriendo a baja altura, y se alegró al ver que Jacob le alcanzaba con un parasol. Se abrazaron de pronto, dándose palmadas en la espalda a la manera española, y se saludaron en esta lengua, con la que ambos estaban perfectamente familiarizados y que, además, era habitual en Funchal, lo bastante como para no suscitar comentarios.

-Sir Blaine te envía recuerdos -dijo Jacob-. Debo informarte de que sir Lindsay se hará probablemente a la mar el 27 de este mes, recalará en Funchal (donde sus agentes, un grupo de perfectos idiotas, se encargan de comprar excedentes de guerra) y, después, pondrá proa a Río. No ha obtenido apoyo del Almirantazgo, ni por supuesto del departamento hidrográfico. Viene por iniciativa personal, invitado por un comité de particulares, pues las declaraciones chilenas no han sido reconocidas oficialmente, ni siquiera se les ha dado acuse de recibo. Ha pedido una modesta corbeta, vendida por la Armada Real, así como otra embarcación llamada Asp, que están reparando para él en Río. Su función consiste en adiestrar a las autoridades chilenas, si puede darse tal nombre a un alocado y autoproclamado comité o conjunto de comités que, probablemente, acabe por disolverse en cualquier momento…

-Querido amigo, lamento decirte que acabas de perder el hilo.

-Oh, perdóname… Adiestrar al proyecto de Armada chilena, puesto que España aún controla el archipiélago de Chiloé en el sur, así que los barcos de guerra españoles de menor porte, al igual que los corsarios, atosigan la costa chilena mientras al norte, a mano, en la base peruana de El Callao, disponen de embarcaciones de mayor calado.

-Ha pasado bastante tiempo desde que pudimos hablar con cierta intimidad -dijo Stephen tras reflexionar-. Dime, ¿dispones de información local reciente que debería conocer? ¿Cualquier detalle acerca de la naturaleza de esa división de la que me hablas?

-Por supuesto. Estuve hablando con un contacto que tengo en los negocios chilenos, un mercader de joyas especializado en esmeraldas, esmeraldas de Muzo (incluso le compré una bolsita), y me dijo que la ruptura era inminente. Las dos facciones principales viven a cierta distancia una de otra: Bernardo O´Higgins y su amigo San Martín, que venció a los monárquicos en Chacabuco, como tú mismo recordarás, y cuyos asociados fueron quienes acudieron en un principio al capitán Aubrey, son los cabecillas de la facción norte. Son quienes viven en el sur quienes convidaron al capitán Lindsay.

-¿Podrías resumirme sus puntos de vista?

-No podría resumidos, porque hay tantos con tantos objetivos distintos, y hablan tanto de ello… Pero podría proporcionarte una idea a grandes trazos, generalizar, decirte que los caballeros del sur son más idealistas y que no parecen tener los pies en el suelo, mientras que los del norte, al mando de O’Higgins y San Martín, con unos objetivos más realistas, se muestran mucho más eficaces. Quizá sus amistades son algo lamentables, pero diría que, en general, buscan menos el beneficio propio.

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