Barcelona Blues

BarcelonaBlues_ManuelDiezRoman

Barcelona está dividida en barrios privados y murallas tras las que se ocultan los ciudadanos buscando protegerse de las bandas y la contaminación, mientras los disidentes son expulsados a los Territorios Libres. Es una sociedad balcanizada y caótica, donde prosperan las sectas y las creencias más diversas, tutelada de cerca por el Ejército tras la guerra del Magreb, aunque el poder en la sombra lo ostentan las corporaciones transnacionales. Un policía, una periodista y un neurojockey verán cómo su futuro sufre

un cambio drástico al involucrarse involuntariamente en una trama que pretende crear nuevas reglas de poder en la sociedad.

Manuel Díez Román (Barcelona, 1966) fue cofundador de la primera revista electrónica española dedicada al género fantástico, Ad Astra. Ha colaborado con relatos y artículos en diversos fanzines y revistas tanto españolas como hispanoamericanas, y le publicaron la antología de relatos Corazones de obsidiana. Asimismo, ha sido seleccionador de relatos de ciencia-ficción española para revistas culturales mexicanas. Barcelona blues es su primera novela, mientras otra avanza a trompicones a la espera de que sus dos hijos pequeños le dejen un poco más de tiempo libre para escribir de nuevo.

ANTICIPO:
Diferentes estudios demuestran que tanto los lunes como los viernes se produce un incremento significativo de las frustraciones acumuladas, de origen más que diverso. Esos dos días un grupo numeroso de población alcanza un máximo en su nivel de angustia. El nivel de estrés se eleva sobremanera y cualquier chispa puede encender la mecha de la rebelión. Eso no quiere decir que durante el resto de la semana no pueda dispararse la adrenalina como cuando te inyectas un chute de flatliner. Cuestión de probabilidades y de suerte.

Evaluna Fontova llega a su cubículo de trabajo con el ánimo caliente. Ayer su jefe, Genís Piferrer, decidió posponer indefinidamente la emisión de su último reportaje sobre unas fugas tóxicas en la Zona Franca. Va a redactar un informe para apelar contra esa decisión. No está dispuesta a que nadie desprecie su trabajo y menos sin argumentos convincentes, se duele la mujer.

Conecta la computadora, un acto reflejo que forma parte de la rutina diaria. Aparece un mensaje destellante de “Aviso de Prioridad” sobre el emblema de Global HiperMedia que cubre la parte central de la pantalla.

—Congela —ordena al ordenador. El icono del mensaje parpadea, en espera.

Evaluna cuelga el bolso en el respaldo de la silla giratoria, se quita la cazadora de Versace y respira hondo. Tal vez sea Piferrer, que ha reconsiderado su postura. Sospecha que no. Tras la discusión de ayer duda que dé su brazo a torcer con tanta rapidez. Sobre todo después de lo que le dijo. Palabras de sal lamiendo las heridas.

Cuenta hasta diez mentalmente y mientras enumera hace un rápido repaso mental en busca de cualquier error cometido en los últimos días. No recuerda nada relevante. De todas formas prepara dos o tres excusas estándar. Más vale prevenir, piensa. Su psicoanalista le diría que es una prueba palpable de su inseguridad y la citaría para una nueva sesión de terapia de grupo, Refuerza Tu Autoestima, celebración neopentecostal para depresivos y débiles de espíritu que suele acabar con una comunión de trascend y estimulantes variados.

Busca alguna mirada cómplice a su alrededor, pero ha llegado la primera a la sección y está sola. Un profesional catalogaría a Evaluna como adicta al trabajo. Ella entonces se defendería alegando que una mujer debe luchar más para alcanzar las mismas metas que un hombre, para que se reconozcan sus méritos. El único que le devuelve una sonrisa es su actual novio, Sandro Rigalt, desde una foto animada que preside el monitor de la computadora. La activa con un roce del dedo, como cada mañana antes de empezar a trabajar.

—¡Hola, guapísima! Espero que hoy tengas un buen día. ¡Hasta luego! —desea sonriente con su atractivo rostro de galán. Evaluna sospecha que es resultado de una operación de estética, aunque él siempre lo niega y le ofende la insinuación.

La imagen de Sandro vuelve a su posición estática. Evaluna se sienta, más alegre. Con el índice izquierdo pulsa el enter en el teclado.

—Buenos días, Evaluna —saluda el ordenador con voz impersonal—. Tienes un mensaje en espera. Prioridad alta.

En pantalla aparece un hombre cuyo bronceado de rayos uva destaca sobremanera por la bata blanca que viste.

—Soy el doctor Puyal. Como ahora no está en su mesa le ruego que cuando vuelva se pase por mi despacho. Gracias por su colaboración. La mujer hace una nueva reevaluación mental y no halla ningún motivo para la llamada del responsable médico de la empresa. Tal vez quiera pedirle algún favor. No sería la primera vez que ha hecho gestiones particulares por encargo de algún compañero. Ventajas y desventajas de ser una buena husmeante. En su profesión es importante mantener abiertas todo tipo de puertas. Nunca sabes cuándo necesitarás utilizarlas.

En la esquina inferior derecha de la pantalla aparece la fecha de ayer y las 19:54. A esa hora ella estaba haciendo trabajo de campo en el vertedero del Garraf, investigando el hallazgo de los cuerpos mutilados de varios mendigos.

El doctor también hace horas extras, constata, y, además, le pide que la visite. Tal vez sea por algo relacionado con la última revisión médica, es lo único que se le ocurre. ¿Algo grave?, se pregunta cada vez más preocupada.

Toma el bolso y se dirige hacia la consulta del médico, en la vigesimoséptima planta del edificio de Global HiperMedia, un zigurat de vidrio sustentado por un liviano esqueleto metálico. Como declaró el director general en su inauguración: «hace honor a nuestro lema ‘Mostramos el mundo tal como es’. Por eso este edificio es transparente, no oculta nada». Tal vez no esconda nada, aunque sólo enseña lo que le interesa, reconoce la mujer. Tan importante como la información es la desinformación y eso en Global, una corporación que vive de empaquetar datos como comida liofilizada, intermediar información y hacer labores de relaciones públicas y asesoría en comunicación para empresas, es un dogma de fe.

Varios compañeros pasan a su lado mientras espera el ascensor. Enfrascados en sus asuntos, sólo unos pocos susurran los buenos días de rigor con menos entusiasmo que el contestador automático de una empresa en quiebra.

No puede ser nada grave, se anima. De lo contrario hubiera apreciado algún síntoma de enfermedad y salvo algunos dolores pasajeros en las manos y los brazos se encuentra bien. La puerta del ascensor se abre con un siseo. Sube vacío. Un dedo coronado por una uña púrpura aprieta un botón luminoso. Un ligero temblor se apodera de la mano. La pega a su cuerpo, intenta disimular el nerviosismo. Sonríe al recordar que su perfil genético excluye el Parkinson y el Alzheimer como enfermedades hereditarias, tal y como quedó demostrado en el examen médico previo a su contratación por Global.

Sus ojos almendrados repasan su imagen ante el espejo. Pasa los dedos por el pelo rubio cortado a lo garçon, atusándolo. Todo se debe a una crisis hipocondriaca causada por el estrés generado tras el enfrentamiento con Piferrer, reflexiona. Respira hondo. Sale del ascensor enfadada consigo misma por hacer una montaña de un grano de arena.

Evaluna introduce su tarjeta de identidad corporativa en el lector de la puerta. El piloto rojo se torna verde y con un clic se abre la puerta de cristal ahumado. La consulta médica está pintada con tonos pastel. Las paredes están decoradas con paisajes bucólicos de estilo tardoimpresionista. En la antesala una enfermera levanta la vista, sorprendida por una visita tan temprana. Alza las cejas. Espera que la mujer se presente y diga lo que desea.

—Buenos días. Soy Evaluna Fontova. —La enfermera la mira fijamente, como si la hablaran en un idioma incomprensible—. Ayer por la tarde me llamó el doctor Puyal y me pidió que viniera a verlo en cuanto llegara a la oficina.

—Sí, un momento, por favor. —Con voz casi inaudible habla a la pantalla del videófono, oculta a la vista de Evaluna—. Siéntese, ahora la atenderá.

Cuando va a tomar asiento aparece el doctor con la mano extendida hacia ella y la sonrisa que ya conoce Evaluna por el mensaje recibido iluminándole la cara.

—¿Qué tal? —saluda de forma informal. Evaluna le estrecha la mano. Un apretón fuerte, que transmite seguridad. Ella le devuelve una sonrisa impostada, a la defensiva mientras no sepa a qué atenerse.

—Creo que bien, gracias —responde diplomáticamente. Piensa, no obstante, que tendría que ser él quien le dijera si eso es verdad. Respira hondo una vez más, como hacía para controlar los nervios antes de entrar a un examen en la escuela.

El médico le señala un sillón corporal. El polímero del mueble se ajusta al cuerpo de Evaluna como un guante. La mujer ahoga un bostezo, reprime sus deseos de estirar los brazos y arquear la espalda. Puyal abre una agenda electrónica y marca un fichero con un lápiz óptico. Entonces su sempiterna sonrisa desaparece. Un semblante serio toma el relevo en su cara, sepulta todo rastro de la alegría anterior.

—Bien, señorita Fontova. El motivo de mi llamada es comentar con usted ciertas anomalías descubiertas en el último análisis médico general.

—¿Anomalías? ¿Qué quiere decir? —pregunta intranquila.

—¿Reside en la Zona Franca? —El cambio de tema sorprende a la mujer.

—No. Nunca. En mi ficha personal aparece mi dirección —expone desconfiada.

—Ha trabajado allí entonces, ¿verdad?

—No entiendo a qué vienen estas preguntas.

—Supongo que recuerda la fuga de una nube tóxica que tuvo lugar en ese barrio y que afectó, sobre todo, a las viviendas más próximas a la zona portuaria.

—Sí, claro que me acuerdo. Yo cubrí esa noticia. Hice la investigación hasta que ayer, de repente, decidieron no seguir adelante… Por cierto, nuestro trabajo fue mutilado en la versión resumida que editaron para la tridivisión.

Cincuenta minutos de programa de investigación transformados en dos minutos sin contenido, preparados por gente ajena a mi equipo — acusa con resquemor profesional.

—Los síntomas que usted presenta son similares a los de otros afectados residentes allí.

—¿A qué síntomas se refiere? Yo me encuentro bien. ¿Es algo malo? — Esconde las manos bajo su regazo para ocultar su nerviosismo.

El doctor Puyal, cada vez más serio, anota en la agenda con un rápido punteo del lápiz. Se recuesta en el sillón y carraspea.

—¿Siente temblores en las extremidades superiores? ¿A veces se le engarfian los dedos y le cuesta desentumecerlos? —La mujer asiente en silencio, cariacontecida—. ¿Eso le ocurría antes del reportaje en la zona contaminada?

—A veces —reconoce en voz baja, mientras las palabras «zona contaminada» se incrustan en su mente como un hierro al rojo vivo—. ¿Por eso pidieron que me hiciera un TAC?

—En parte, sí —afirma el doctor—. Ateniéndonos a que su sintomatología coincide con el cuadro médico que presentan otros enfermos detectados en aquel sector, me temo que se encuentra en la fase inicial de una enfermedad neurobiológica como consecuencia de la exposición a agentes contaminantes no identificados. Al menos es la hipótesis que sostiene el Centro Epidemiológico Nacional.

—¿De qué enfermedad se trata? —pregunta con aprensión Evaluna.

—No lo sabemos con exactitud, aunque presenta puntos de coincidencia con el síndrome de Niemann-Pick. Tiene visos de ser una enfermedad adquirida, completamente nueva.

—¿Y eso es muy grave, doctor? —La husmeante saliva, imaginando la respuesta—. Yo no me encuentro mal.

—Puede tratarse de una enfermedad neurodegenerativa. Ahora se encuentra en los inicios, de manera que es normal que puedan confundirse los temblores con calambres, ataques de nervios o con artrosis, por ejemplo —vuelve a carraspear; su mirada se torna dura—: la similitud con el Niemann-Pick nos induce a temer que pueda ser mortal a medio plazo. Todavía no existe cura. —Ante la mirada hundida de la mujer intenta transmitirle cierta dosis de esperanza—. No obstante, al ser nueva podemos equivocarnos, tal vez evolucione de otra manera… menos agresiva para el paciente.

Evaluna se hunde en su asiento. Podía conjeturar cualquier cosa antes que la sentencia de muerte que acaba de recibir. Creía que, en el peor de los casos, todo se saldaría con una sanción disciplinaria por haber encontrado rastros del ilegal happy milk en su sangre, consumido en una fiesta privada hace poco.

—Si es mortal, ¿cuánto tiempo me queda?

—En condiciones normales, ateniéndonos al síndrome mencionado, dos años, más o menos. Pero, insisto, con suerte el desenlace podría ser otro, mucho más benigno —expone con una sonrisa forzada.

A la husmeante tanto sí-pero-no la exaspera, se le antoja un juego del escondite más propio de un leguleyo que de un médico.

—¿Por qué no me avisaron antes de que fuera allí? —le reprocha.

—No conocíamos el alcance real de la situación. Nadie nos informó de una alerta biológica. De lo contrario sus superiores hubieran adoptado las medidas oportunas…

—¿Cómo es posible que por exponerme a los residuos de una nube tóxica haya contraído una enfermedad tan virulenta? El aire era pestilente, sí… pero llevaba máscara. —La husmeante no entiende cómo ha podido sucederle esto. Sólo se le ocurre que estaba en el lugar equivocado en el momento más inoportuno.

El doctor se encoge de hombros con gesto contrito.

—Sinceramente, lo desconozco. Los investigadores de Sanidad se muestran sorprendidos ante esta situación.

—Estoy acabada —dice tristemente, más para sí que al doctor, que se yergue en su asiento.

—Si se confirma la gravedad siempre puede crionizarse hasta que se descubra un antídoto —intenta animarla—. Al ser una enfermedad nueva y minoritaria los laboratorios aún tardarán en investigarla con intensidad. —Porque no es rentable, desliza entre líneas—. Tal vez en unos pocos años, con la evolución de la genómica, tengamos la solución. Ya sabe que los avances científicos progresan con gran rapidez.

Con tanta rapidez que el SIDA fue durante medio siglo la primera causa de muerte en África. Si los afectados eran millones y se tardó tanto en encontrar el antídoto pudo ser debido a que las multinacionales farmacéuticas ganaban más con los tratamientos antisida que con el descubrimiento de su cura, sospecha descreída Evaluna. Hoy en día el saltahuesos ha tomado el relevo y, a pesar de la alarma social causada por esta nueva pandemia, sobre todo en sus inicios, tampoco existe cura para esa enfermedad.

—Por lo que dice, dentro de unos pocos años ya no nos importará que investiguen o no. Todos los afectados habremos muerto.

—Esperemos que no —dice el doctor en tono neutro, sin comprometerse.

—El seguro médico de Global HiperMedia cubre la crionización, ¿verdad?

—Eso debe aclararlo con los de Recursos Humanos —responde Puyal con demasiada rapidez, como si quisiera eludir el tema.

Un nuevo apretón de manos, éste más suave, sella la despedida entre médico y paciente. Evaluna sale del despacho del doctor Puyal sumida en funestas reflexiones. Tiene que hablar con los de Recursos Humanos para aclarar su situación.

Toma el ascensor y sube hasta la trigésima planta. La música ambiental es el único sonido que rompe la quietud monástica del departamento. Suenan los acordes de El vals de las flores, de Tchaikovsky. En otras circunstancias la tararearía, pero ahora no se encuentra con ánimos para casi nada.

Una secretaria maquillada como una geisha aparta la vista de la pantalla a la que dictaba una carta.

—Soy Evaluna Fontova y quisiera ver al responsable de Personal…

—Sí, pase, por favor. El señor Perceval la espera —el médico debe haberle avisado. Mejor, piensa Evaluna. Así ya no tendrá que extenderse en explicaciones. Eladio Perceval la espera de pie, detrás de un escritorio de caoba auténtica, todo un recordatorio de que las leyes antideforestación no rigen por igual para todo el mundo, algo que no pasa por alto Evaluna. Quien incumple una ley deja la puerta abierta a saltarse cualquier otra, lo que la previene contra ese hombre.

Otra encajada de manos y ambos se sientan. A diferencia de antes, el hombre de la sección de Personal no la ha recibido con una sonrisa como hizo el médico y su saludo ha sido un mero roce de dedos. Las láminas de falsa madera de la silla para las visitas se clavan en los huesos de Evaluna, diciéndola que no es bienvenida.

—Supongo que el doctor Puyal le habrá avanzado el motivo de mi visita.

—Conozco su situación médica, sí —contesta de forma aséptica—. Mire, Evaluna, los objetivos implementados por el recién aprobado presupuesto anual nos aconsejan revaluar su puesto de trabajo. Vamos a liberarla de sus actuales responsabilidades. Aprovecharemos su experiencia en un destino más adecuado a sus nuevas circunstancias personales.

Evaluna se queda un momento en silencio, perpleja, asimilando el auténtico significado de la perorata del directivo.

compra en casa del libro Compra en Amazon Barcelona Blues
Interplanetaria

Sin opiniones

Escribe un comentario

No comment posted yet.

Leave a Comment

 

↑ RETOUR EN HAUT ↑