Beatriz Galindo, La latina. Maestra de reinas

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Beatriz Galindo fue la primera mujer conocida que se dedicó a la docencia en España. Nacida en Salamanca, oriunda de una familia de humildes hidalgos que vivía a pasos contados de las bulliciosas aulas del alma máter salmanticense, vivió su infancia y primera juventud en esta ciudad, impregnándose del espíritu universitario que había convertido su Estudio General en referencia del saber humanista de finales del siglo xv. Entre escolares y maestros alimentó su afán por aprender y enseñar. Desafiando su condición de mujer, y con tan solo dieciséis años, en un mundo acotado por hombres, consiguió el reconocimiento de sus insignes contemporáneos por su excelsa instrucción en la lengua del Lacio y que su gloria llegara a oídos de los Reyes Católicos.

Maestra de Isabel la Católica al principio, y de sus hijas posteriormente, compartió con la reina los veinte postreros años de su vida en la familiaridad de su despacho y aposentos. El destino y la previsión dinástica quiso que el futuro de una buena parte de Europa pasara por la vida de sus cinco alumnas más próximas, la reina y sus cuatro hijas: Isabel de Castilla, casada con Fernando de Aragón; doña Juana, casada con Felipe el Hermoso; Catalina de Aragón, casada sucesivamente con Arturo, Príncipe de Gales, y Enrique VIII de la casa Tudor de Inglaterra, e Isabel y María, casadas con Manuel I de Portugal.

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Los estudiantes y los grados universitarios

Los grados de los estudiantes estaban claros y perfectamente regulados, y sus edades comprendían desde los catorce años, en que acudían por primera vez a las escuelas menores como oyentes, hasta los veintitantos, en que se licenciaban o comenzaban los cursos de doctorado y magisterio. Todos aparecían reflejados en el libro de grados que celosamente se guardaba en la casa de la universidad.

En 1479 tenía Beatriz Galindo la edad de los pupilos más jóvenes. Estaba a punto de convertirse en novicia, cuando un gran cisma surgió en la Universidad al ser dos los rectores elegidos. No se hablaba de otra cosa en Salamanca hasta que un año después, el arcediano de los Reyes Católicos, don Tello Buendía, acudió a poner orden. Depuso a ambos rectores y nombró en su lugar al entonces canónigo de Salamanca, y amigo de los Galindo, el portugués Rodrigo Álvarez, con sus ocho consiliarios. Probablemente, don Tello, durante el tiempo que pasó en Salamanca, conoció a Beatriz y supo de sus dotes de latinista haciéndole partícipe a la reina Isabel de ellas, favoreciendo así su futura designación como maestra real.

Durante muchos años, los más prestigiosos genealogistas se contradecían respecto a la procedencia de la familia en la que nació Beatriz Galindo. Es lógico, ya que el devenir de los tiempos no ha dejado constancia de su partida de bautismo.

El primero en indagar sobre sus raíces genealógicas fue Joseph Pellicer y Tobar, llegando a la conclusión de que su padre fue Martín Galindo, un caballero de la ciudad andaluza de Écija, y de su mujer, Luisa Gaytan, y por lo tanto, nieta de Martín Fernández Galindo, comendador de la reina y caballero trece de Santiago. El hecho de que posteriormente Beatriz y su futuro marido tuviesen haciendas en Écija, por donación de los Reyes Católicos, empujó a algunos a la confusión de su verdadera procedencia.

Posteriormente, don Luis Salazar y Castro fue el que al estudiar detenidamente la genealogía aportada por Joseph Pellicer, llegó a certeza absoluta de su error. La pista fundamental que lo condujo a esta conclusión fue la comparación de los escudos heráldicos del linaje de Écija y el de Beatriz Galindo: no tenían nada que ver el uno con el otro. No le cupo la menor duda cuando encontró un documento que hacía alusión a los padres de Beatriz.

Beatriz Galindo era hija de un caballero, Gricio, Oriundo de Zamora y procedente de algún linaje italiano. Una vez viudo, tomó el hábito de San Agustín, dejando bien situada a su descendencia.

El primero de sus hijos fue conocido como Gaspar de Gricio y llegaría a ser nombrado secretario de la reina doña Isabel la Católica. La segunda, Beatriz Galindo, llegó a ser la maestra de la misma. No hay constancia de que tuviesen más hermanos, aunque no se puede asegurar que no fuese así. La alta mortandad en la infancia hacía que muchos genealogistas los mencionaran de pasada o simplemente se limitasen a silenciarlos.

Beatriz y Gaspar, a pesar de ser hijos de los mismos padres, como se puede apreciar, no se apellidaban igual. Teniendo en cuenta que, hasta el Concilio de Trento, los apellidos y los nombres eran de libre elección, no es extraño encontrar casos, en una misma familia, de dos hermanos con el mismo nombre de pila y diferentes apellidos; o el caso inverso, que es el usual; o hermanos con nombre y apellidos diferentes.

Tiempos de revolución

Tenía tres años Juana la Beltraneja, única hija de Enrique IV, cuando vino al mundo Beatriz Galindo. Eran tiempos revueltos en los que los enemigos de Enrique IV, dirigidos por el marqués de Villena, se congregaron en Medina del Campo con los representantes del soberano para dialogar sobre determinados puntos de gobierno y legislación que traían la discordia a los reinos de Castilla y León. Algunos de los nobles más ricos, en realidad, lo único que buscaban en esas conversaciones era conseguir el desprestigio absoluto del rey en su propio beneficio. Después de largas discusiones, para deshonra del monarca, sus delegados firmaron una concordia que atentaba en tal grado contra su poder, que apenas solo le quedaba a don Enrique el título que poseía, desprovisto de poder soberano. Sus enemigos más poderosos, desde hacía tiempo y de una forma sutil, abonaban el terreno para desacreditar al monarca de un modo u otro, incluso dudando de su virilidad y legítima paternidad. Si su hija Juana no llegara a sucederlo, lo haría su hermano Alfonso, un niño débil, y lo suficientemente voluble como para permitir a sus valedores campar a sus anchas sin impedimentos de ningún tipo.

Al enterarse don Enrique del contenido de aquellos 129 capítulos no dudó en declararlo nulo, a pesar de que aquello calentaría aún más los odios de sus enemigos, los confederados. Los interesados nobles, al saberlo, conscientes de que aquello mermaría su poder inmediatamente, coronaron rey de Castilla a su hermano Alfonso en las afueras de Valladolid. Sabían que una gran parte de los descontentos súbditos de Enrique IV, al presentárseles la oportunidad, renegarían de este rey para jurar fidelidad al nuevo. No dudaron en brindársela.

Allí, un 5 de junio construyeron un estrado sobre el que pusieron un trono con un pelele que simbolizaba la efigie de don Enrique y, después de leer un manifiesto en su contra, lo despojaron de todos los atributos reales. Corona, estoque y cetro le fueron arrancados para luego arrojar al suelo el muñeco y coronar en su lugar al pequeño don Alfonso, reconociéndolo como rey, al besarle las manos.

Esta rebelión hizo saltar de inmediato las ya demasiado habituales rencillas entre los nobles de un bando y otro. De inmediato se reavivó de entre las cenizas esa anarquía a la que Castilla estaba desgraciadamente acostumbrada.

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1 Opinión

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  • Raquel S
    on

    Además de esta parte de biografía documentada, circula por el pensamiento de los salmantinos otro punto de la vida de esta culta pionera: Beatriz ocultaba su condición de mujer en una capa, para ser aceptada en la comunidad intelectual.

    ¿Es esto cierto,o realmente fue la primera mujer en pisar la univeridad, mostrando su rostro?

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