Bebés jugando con cuchillos

BebesJugandoConCuchillos

Bebés jugando con cuchillos. Vienen por la noche, amparados en la oscuridad, aprovechando que los adultos dormimos. Entran en nuestros cuartos y se deslizan hasta los armarios. Allí descansan, la espalda apoyada contra la puerta, acariciando la hoja del arma con sus dedos sonrosados. Y sonríen. Nunca he podido comprobarlo, pues cuando enciendo la luz ellos ya se han marchado, temerosos de enfrentarse cara a cara con su víctima, pero lo sé.

Usted también lo sabe, claro.

Para olvidarme de ellos, escribo sobre el dolor, sobre la soledad, sobre la muerte. Escribo sobre el miedo. Lo hago por los niños, por los niños que juegan con cuchillos. Esos niños me aterran. Pero la evidencia me dice que esos niños tendrán padres, padres despreocupados, padres felices, padres amables que leen lo que escribo. Padres que, tras leer este libro, sentirán lo mismo que yo.

Santiago Eximeno, galardonado por sus relatos con dos Premios Ignotus, un Premio Xatafi-Cyberdark, un premio Vórtice y un premio Pasadizo, nos sumerge con sus relatos en nuestros propios miedos, ofreciéndonos un breve atisbo de la oscuridad que todos albergamos en nuestro interior.

ANTICIPO:
PROPIEDAD INTELECTUAL

—¿Qué opinas? —preguntó Lidia, sonriendo, su mano izquierda sosteniendo un cigarrillo apagado entre los dedos.

Me había dicho su nombre apenas unos minutos antes, como si al hacerlo creara un vínculo indestructible entre nosotros, un lazo íntimo que le permitiera abrirme su corazón sin temor y dejar a un lado las charlas triviales. Durante más de una hora había escuchado su monólogo en completo silencio, prestando atención a sus palabras y sus gestos, sin sentir deseo alguno, por muy pequeño que fuera, de conocer su nombre. Para ella la sensación de conversar con un desconocido se había intensificado hasta convertirse en algo insoportable, y se había sentido arrastrada a confesármelo como si de un valioso secreto se tratara. Pensé durante unos instantes si sería su verdadero nombre, si no estaría en realidad ofreciéndome una versión fabulada del mismo. No se me ocurrió ninguna razón lógica para que hubiera tratado de engañarme. Quería compartir conmigo algo más que simples palabras, y confesarme su nombre representaba para ella un preámbulo necesario.

—Supongo que no hay mucho que pueda decir —respondí.

Nos sentábamos junto al escenario, en una mesa baja de madera oscura maltratada por los años. Una camarera joven nos había colocado allí siguiendo un criterio arbitrario, sin saber qué relación nos unía. La prosaica realidad me decía que sólo coincidíamos porque ambos habíamos comprado las entradas demasiado tarde. Lidia era bonita, o al menos tenía un brillo atractivo en la mirada y una sonrisa de esas que te hacen pensar que te has equivocado más de una vez en la vida. Hablaba sin parar, y aquello era precisamente lo que yo buscaba: algo de conversación banal para empezar, ciertas intimidades después y compartir pensamientos íntimos al concluir. No llegaríamos mucho más lejos. Cuando nos levantáramos de la mesa ambos continuaríamos caminos separados y nuestras vidas no volverían a cruzarse. Y, aunque lo hicieran, casi con toda probabilidad ella no me recordaría.

Yo, sin embargo, no podría olvidarla jamás.

—Ya —dijo Lidia, encendiendo el cigarro con un mechero en forma de elefante, una curiosidad regalo de una compañera de trabajo—. Ocurrió hace mucho tiempo, y yo casi lo he olvidado. Desde luego, espero que ese tipo haya muerto ya. De hecho, recé durante semanas para que sufriera un accidente horrible.

Sonreí, llamé la atención de la camarera.

—Lo mismo, por favor —dije, señalando nuestras copas vacías.

Desde pequeño la gente acostumbraba a tomarme por su confesor. Los compañeros de clase compartían conmigo sus secretos más íntimos, los profesores me revelaban detalles de sus vidas rutinarias que yo no deseaba conocer. Durante muchos años pensé en ello, intentando comprender a los desconocidos que se me acercaban para volcar en mi oído los sórdidos detalles de su intimidad. Quizá se debía a mi timidez, a mis silencios, a mis gestos de atención. No lo sabía. De alguna forma mi aspecto, mi presencia, les permitía confiar en mí y abrirme su corazón tal y como Lidia había hecho.

En el escenario, los componentes del grupo daban los últimos repasos a sus instrumentos y a los equipos de sonido. Charlaban entre ellos, bebían un trago de sus cervezas, señalaban los focos de iluminación cubriéndose los ojos con una mano a modo de visera. Llevaba asistiendo a las funciones de los jueves más de tres meses. Aquel local se había convertido en un segundo hogar para mí. Aquella era la primera vez que compartía mesa con una desconocida. Acostumbraba a quedarme en la barra, con mi pinta de cerveza negra entre las manos, tomando pequeños sorbos mientras disfrutaba de la actuación. Hoy la decisión de sentarme me había proporcionado un inesperado placer.

La camarera nos sirvió nuestras copas justo cuando las luces bajaron de intensidad.

—¿Qué crees que debería haber hecho? —preguntó Lidia, tomando un sorbo de su vodka con naranja.

—Lo que hiciste fue lo adecuado, Lidia —dije, pronunciando su nombre, saboreando la sensación que reflejaba su rostro al oírlo surgir de mis labios.

Ella sonrió, bajó la mirada. Los músicos, tras dejar que el batería presentara uno a uno a los componentes del grupo, se sumergieron en su jazz improvisado. Escuchamos en silencio durante unos minutos el primer tema, disfrutando de la música. Lidia no tardó en sentir la acuciante necesidad de retomar la conversación.

—Oye, ¿qué me dijiste que eras? ¿Periodista? —preguntó.

—No —respondí—. Soy escritor.

El grupo atacó un tema especialmente animado, y no pude evitar seguir el ritmo con el pie. Tocaban bien, y con los movimientos sincopados del joven que tocaba el bajo se metieron al público en el bolsillo, que respondió con un puñado de aplausos sinceros, sólo interrumpidos por los acordes de la nueva canción.

—¿Escritor? Qué interesante —dijo Lidia.

Pero en sus ojos se leía cierta decepción. Hubiese preferido a un periodista, o en su defecto a un espía norteamericano varado en la península, envuelto en un oscuro caso de corrupción política, a la espera de que un grupo de aguerridos marines le rescatara. Lamenté no haberla impresionado. De alguna extraña manera, incluso sabiendo que no era lo que buscaba en ella, me había sentido atraído por su manera de moverse, de bajar la mirada. No era especialmente bonita, pero su cuerpo despedía algo indefinible que la convertía en una mujer atractiva. Desde luego, podía tratarse de su historia, de su anécdota narrada como si recitara un mantra. Siempre me sentía atraído por las personas tras escuchar su historia. Aunque, ¿no me había guardado el anillo en el bolsillo al llegar? Quizá estaba intentando recuperar el tiempo perdido, volver a sentir lo que mi mujer ya no me proporcionaba.

—Sí —dije—. Escritor. Sobre todo cuentos cortos, las novelas no me atraen. Requieren demasiada atención.

—¿Nunca has escrito una novela?

Bebí un sorbo de mi copa, aplaudí al finalizar un tema.

—Una —respondí—. Después perdí el interés. Resultaba demasiado autobiográfica, me muevo mejor en las distancias cortas.

Sonrió. Mucha gente reacciona así ante las frases tópicas empleadas en los momentos oportunos. Tuve la impresión de que no entendía nada de lo que le estaba contando, lo que no me preocupaba en absoluto. Ya había escuchado su historia, lo demás no tenía demasiada importancia.

—¿Y qué tal se vendió? —preguntó ella.

Los músicos se despedían entre aplausos, la velada llegaba a su fin. Me uní a los aplausos y Lidia hizo lo mismo. Nos miramos, sonriendo. Ambos habíamos obtenido lo que queríamos. Me levanté, hice un gesto para que ella permaneciera sentada.

—Tengo que marcharme, será mejor que te quedes —dije—. Tengo tu teléfono, mañana te llamo.

Ella asintió con la mirada, casi suplicante.

—Ah, y respecto a la novela, sólo la escribí. Nunca dije que la publicara.

Ella hizo un gesto interpretable como una carcajada, y me despidió agitando ridículamente la mano.

—Por cierto —gritó, arrugando la frente, cuando yo ya salía del local—. ¿De qué coño estábamos hablando antes?

Fuera hacía calor, una noche de bochorno. Las luces de las farolas comenzaban a encenderse, atrayendo a su alrededor a las polillas más rezagadas. El ambiente pegajoso convertía la ciudad en un cuadro al óleo que parecía a punto de derretirse. Caminé varios metros en dirección a la parada de autobús más cercana. Una pareja pasó a mi lado como una exhalación. Me pregunté cuál sería su historia; me pregunté si querrían contármela. Un grupo de adolescentes fumaba y bromeaba bajo la marquesina de la parada. Me quedé a un lado, intentando no escuchar sus conversaciones. Ya tenía mi relato, no necesitaba otro.

Pensé en Lidia. ¿Llegaría a leer su historia, su pequeña anécdota vital, convertida en uno de mis relatos? Quizá no hubiera comprado un libro en su vida, quizá no sintiera interés alguno en hacerlo. Yo no le había dicho mi nombre, así que difícilmente podría bucear en la librería de su barrio o en el centro comercial más cercano buscando mi obra. No, su pequeña narración formaría parte de una antología olvidada en los estantes de una librería de viejo, y nunca más volvería a saber de ella. Otros lectores, ávidos de pequeños divertimentos que inundaran la cáscara vacía que formaba su rutinaria vida, adquirirían el libro y se sumergirían en su pequeño mundo de decepciones, compartiendo su dolor no fingido, haciéndolo propio durante unos minutos. Convertirían la pérdida de Lidia en algo nuevo, distinto, personal e indivisible, diferente para cada lector.

Llegó el autobús, una borrosa mancha carmesí rasgada por las luces de los demás vehículos. No se detuvo. Los chicos abuchearon y gritaron mientras el conductor, en un gesto estudiado, se encogía de hombros. Al girar en una rotonda descubrimos que en la parte trasera del autobús un cartel indicaba que estaba fuera de servicio. Mientras esperábamos dos personas se unieron al grupo: una mujer mayor, que miraba al suelo mientras retorcía sus dedos de forma compulsiva, y un hombre de gesto serio que leía un libro con las tapas forradas de papel de periódico. ¿Acaso se avergonzaba de lo que estaba leyendo? ¿O prefería no compartirlo con nadie? Como escritor, ambas opciones me ofendían. Oí a lo lejos el rumor de la sirena de una ambulancia. Era una noche calurosa, idónea para beber demasiado.

Pasaron algunos minutos, tan lentos como las páginas de una novela particularmente aburrida. Entonces una chica señaló a la calle entre la algarabía de los adolescentes. Otro autobús se acercaba. Me dije que hubiese sido más inteligente coger un taxi. La idea de un nuevo relato rondaba mi cabeza, instalándose cómodamente en mi memoria, pero hasta que no la hubiera transcrito no sería mía en su totalidad. La sensación de compartir una historia privada, un secreto, con una mujer cuyo nombre ya me costaba recordar, hacía que me sintiera incómodo. Necesitaba que fuese mía, sólo mía, para poder transmitirla con veracidad a mis lectores. En eso consistía la propiedad intelectual. El autobús se detuvo, abrió las puertas y todos subimos al interior. Tomé asiento detrás de la anciana, ahora más tranquila. Los adolescentes ocuparon la parte de atrás, intentando entablar conversación con dos chicas de ropas negras y caras pálidas que les ignoraron. Miré la esfera de mi reloj de pulsera. Ya eran más de las once y media.

En el interior del autobús el aire acondicionado hizo que me relajara. Repasé mentalmente la información que guardaba en la cabeza. Tenía todavía varias paradas por delante, y no tenía nada mejor que hacer. Lidia se había casado muy joven, al quedarse embarazada sin esperarlo. Como preámbulo, demasiado común, demasiado tópico. Sin embargo, después me había hablado de su infidelidad. No resultaba sorprendente, viendo cómo había transcurrido su vida, pero al menos le había puesto los cuernos a su marido con su propia hermana. Morbo asegurado para el lector. Una relación lésbica extramatrimonial, los abusos de marido cuando ella decidió abandonarle, la discusión final con arma blanca incluida. No había duda: la vendería sin problemas a cualquiera de las revistas con las que colaboraba. Una historia para leer de una sentada y olvidarla al cabo de unas horas. Como había hecho Lidia esa noche. Sentí, como en ocasiones precedentes, un amago de culpabilidad en forma de punzada en la nuca, pero desapareció al instante. Ya había aceptado mi castigo por el don, y no servía de nada lamentarlo antes de comenzar cada relato.

Llegué a casa algo después de medianoche. Había comenzado a llover, lo que aumentaba la sensación de bochorno que los primeros días del verano habían traído a la ciudad. Entré en el portal y, antes de llamar al ascensor, busqué el anillo de compromiso en el bolsillo de mi camisa y lo coloqué en mi dedo anular. Mi mujer no advertiría la diferencia, pero yo me sentiría más cómodo llevándolo durante el tiempo que pasara en casa. Subí al ascensor y me bajé una planta antes, como de costumbre. Ascender el último tramo de escaleras hasta mi casa formaba parte de mi terapia, de mi necesidad de aferrarme a la realidad que se me escapaba entre los dedos cuando me sentaba ante la máquina de escribir.

Recordé una conversación con otro escritor, un hombre que había publicado un par de novelas en círculos reducidos pero que gozaba de cierta atención por parte del público entendido. Había leído varios de mis relatos y sentía que estaban repletos de imágenes cotidianas, que transmitían vida. Habíamos compartido un café y charlado animadamente sobre el tema. Yo había escuchado con atención sus elogios y sus críticas, y había respondido a las preguntas tópicas con monosílabos y alguna ocurrencia ocasional. ¿Inspiración? De la vida misma, de las personas que me rodeaban. Tópico, pero sincero. Sin embargo, le había sorprendido que, en la época de la informática, cuando cualquier persona disponía de un ordenador personal en casa, siguiera utilizando mi vieja Olivetti Lexicon 80, la máquina de escribir que mi padre me había regalado al cumplir siete años.

—¿Nostalgia o necesidad? —había preguntado, con una sonrisa cómplice.

Yo había sonreído, teatralizando una pausa intencionada con un sorbo de mi café. Representábamos una obra, una comedia improvisada, y durante unos preciosos segundos recaía sobre mis hombros el protagonismo absoluto de la función.

—¿Existe alguna diferencia? —había respondido yo, y él había asentido con una sonrisa de complicidad, como si en realidad entendiera de qué estábamos hablando y compartiéramos el secreto de la creación literaria.

Introduje la llave en la cerradura y presté atención al característico chasquido de la puerta al abrirse. La historia de la mujer revoloteaba en mi mente, suplicando ser volcado a papel. Entré en casa y cerré la puerta con suavidad. Había dejado encendido el ventilador, y una brisa fresca se deslizaba por el pasillo como una miríada de insectos voladores aleteando en la noche.

—Ya estoy en casa —dije en voz alta.

Las luces de la cocina estaban encendidas. Pensé en preparar algo para cenar después de transcribir el relato. Ahora mismo debía dedicarle todo el tiempo a la historia, antes de que perdiera su fuerza. Entré en el dormitorio, encendí la luz y me senté frente a la máquina de escribir. Antes de marcharme había retirado la funda protectora y colocado un folio en blanco, convencido de que volvería con material suficiente para culminar otro relato. Acaricié con las yemas de los dedos las teclas grises, sintiendo una especie de dolor agudo en la nuca, provocado por la necesidad de narrar la historia y liberarla de la celda de mi mente.

Comencé a escribir.

Al principio titubeé, como siempre lo hacía ante una página en blanco, pero pronto las palabras formaron frases, las frases párrafos, y la anécdota de aquella mujer que había conocido en el bar tomó forma sobre el lienzo. Las imágenes fragmentadas que anidaban en mi mente cristalizaron en negro sobre blanco, al ritmo mecánico que las teclas de la máquina de escribir susurraban. Ni siquiera me detuve a leer lo escrito. Dejé que la voz interior que narraba la historia me guiara, transcribiendo lo más rápido posible para no perder el mínimo detalle. Supe que después, como era habitual, tendría que corregir algunos errores ortográficos y tipográficos y pulir algunas frases, pero el primer borrador sería prácticamente la versión definitiva que se publicaría después.

Cuando terminé, después de haber cambiado de folio seis veces, me sentía exhausto pero satisfecho. Ahora la historia era mía por completo, de mi propiedad, y podría hacer con ella lo que deseara.

Cogí los folios, me levanté y fui a la cocina. En la nevera encontré una botella de zumo de naranja y un par de manzanas. Me serví un vaso de zumo, me senté en uno de los taburetes que había comprado la semana pasada en una tienda del barrio, y me comí las manzanas mientras revisaba el relato sobre la encimera de la cocina. Encontré los errores que esperaba, nimiedades producto del apresuramiento. Nada grave. Ahora que la historia ya no estaba en mi mente —ni en la de la mujer que me la había contado— me sentía eufórico. Pensé en celebrarlo con una copa, pero mi yo más responsable se negó en redondo. Recordaba los problemas que el alcohol me había traído en el pasado, las pérdidas de memoria convertidas en relatos perdidos, en páginas en blanco. Siendo sinceros, también me había ayudado a descubrir mi potencial para la escritura, mi don para comunicar ideas a millones de lectores. Sin embargo, el pago realizado había sido alto, demasiado alto.

Volví al cuarto y me senté a los pies de la cama.

Dejé los folios a un lado y miré a la mujer que permanecía tumbada sobre las sábanas. Había atado sus muñecas y sus tobillos con cuerdas flexibles, uniéndolas a unos soportes metálicos que había atornillado previamente al suelo enmoquetado. Todas las mañanas curaba las heridas que ella misma se provocaba al tratar de liberarse, moviéndose de un lado a otro como un animal enjaulado. Con una gasa empapada en alcohol recorría su piel suavemente, evitando sus uñas, evitando su mirada. A veces intentaba iniciar una conversación. A veces.

La mujer alzó su cabeza y me miró. No quedaba rastro de cordura en sus ojos desorbitados, en la mueca imposible de su boca, en las venas que se abrían paso a través de la piel blanca de su cuello. Gruñó algo ininteligible mientras un rastro de saliva se deslizaba por su boca. Agitó los brazos, las piernas, en un último intento por alcanzarme. No pudo. Tras unos segundos se calmó y se quedó de nuevo inmóvil, esperando. Un olor nauseabundo impregnaba el cuarto, un olor que me había pasado inadvertido mientras escribía, pero que ahora reclamaba su espacio en mi mente.

—Te lo has hecho otra vez encima, ¿no? —murmuré, y ella agitó la cabeza con movimientos espasmódicos como respuesta.

Tendría que volver a lavar las sábanas y tenderlas, exponerlas a la atención curiosa de unos vecinos que preguntaban una semana sí y una semana también por mi esposa. De nada habían servido las historias que había urdido para justificar su repentina desaparición. Resultaba curioso que mis ficciones no fueran creídas y sin embargo mis relatos —historias verídicas, completas— fueran confundidos con fabulaciones de escritor.

La mujer que yacía sobre la cama gruñó, intentó incorporarse. Evitando su contacto, me acerqué hasta la mesilla de noche, encendí la lámpara que descansaba sobre ella y leí la portada del puñado de folios encuadernados con canutillo que se encontraba a su lado.

—Marta —murmuré, recordando el nombre de mi esposa.

La mujer volvió su rostro hacia mí. Todavía podía ver en la configuración de los huesos de su cara, tan afilados que amenazaban con rasgar su piel, retazos perdidos de lo que una vez significó para mí. Todavía podía recordar su voz dulce en mi oído, contándome sus pequeños secretos, compartiendo su vida al completo conmigo. Sostuve el libro entre mis manos, la miré. Todo lo que había sido alguna vez yacía entre mis manos, un centenar de hojas amarillentas mal encuadernadas.

—Marta —repetí, pero ella no podía comprender mis palabras.

Había olvidado tantas cosas… El perfume de su piel, la alegría de su mirada. Tópicos manidos para asir una realidad que se deshacía ante mis ojos sobre sus propias heces. Nunca comprendí por qué no se detuvo, por qué continuó contándomelo todo aún a sabiendas de lo que estaba perdiendo. Creo que, al final, comprendió que no se trataba de demencia senil ni de alzheimer. Al final comprendió que, de alguna inexplicable manera, todos sus recuerdos se borraban instantes después de contármelos, después de mis interminables horas frente a la máquina de escribir. Incluso releyéndolos era incapaz de asociarlos como propios. Supongo que, como todo buen escritor, yo poseía una musa. Y como todas las musas, su fuente de ideas no era eterna y había terminado por agotarse.

Marta volvió la cabeza, vomitó sobre la almohada. ¿Qué había comido hoy? No lo recordaba. Intentaba mantener su dieta correcta por ella.

Por el niño.

Nervioso, acaricié su vientre abultado. Ella se agitó, intentando evitar el contacto. Me miró con ojos perdidos y en su mirada perturbada adiviné que, si pudiera liberarse de sus ataduras, me mataría con sus propias manos. A eso le había reducido, en eso le había convertido. Un animal con instintos primarios, sin memoria, sin recuerdos más allá de las necesidades básicas. Le había destruido como persona, y de su destrucción había nacido mi obra maestra, mi única novela.

Oh, cómo deseaba publicarla.

Sin embargo, mientras acariciaba el vientre de Marta y sentía las vibraciones que mi hijo provocaba en su interior, supe que debía esperar. Había adquirido medio centenar de libros sobre embarazos, y ya me consideraba un experto en el tema. Podría dar a luz a este niño mediante cesárea si era necesario, no tendría ninguna dificultad. Dudaba que Marta sobreviviera a la operación, pero ella ya había contribuido suficientemente a mi éxito. Cuando publicara la novela, llegaría la fama definitiva que los relatos se negaban a proporcionarme. La novela alimentaría mi ego, me colmaría. No necesitaría volver a escribir.

Al menos no más relatos.

Planeaba escribir en un futuro una segunda parte, una secuela de mi obra maestra. En una época en la que todos los autores consagrados volvían una y otra vez a los mismos escenarios, aquello parecía casi algo obligatorio. No pensaba en una saga de media docena de libros, no. Sólo en la segunda parte. Y mi hijo contribuiría a ello preparando el epílogo de la primera.

Oh, Señor, cuánto deseaba escuchar su primer llanto.

Y, a continuación, transcribirlo.

compra en casa del libro Compra en Amazon Bebés jugando con cuchillos
Interplanetaria

Sin opiniones

Escribe un comentario

No comment posted yet.

Leave a Comment

 

↑ RETOUR EN HAUT ↑