Beirut, I love you

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Ésta es la historia de Zena, una joven atrapada en el hechizo de una ciudad que amenaza con sumergirla en un mar de guerra, dolor y aventuras amorosas. En las calles, las milicias armadas delimitan sus territorios mientras los obreros reconstruyen la ciudad. Familias enteras de refugiados duermen en una sola cama mientras chicas teñidas de rubio se dirigen a la siguiente megadiscoteca donde, a modo de combustible, circula la droga. Las bombas pueden empezar a caer en cualquier momento…
Mientras, Zena y Maya, su mejor amiga, deben dar sentido a sus vidas en medio de esta locura y sortear las múltiples obsesiones de esta ciudad: operaciones de cirugía estética, Kalashnikov, encontrar marido.
Escrita con tanta sinceridad como tolerancia, la novela autobiográfica de esta gran artista libanesa opone el amor y el arte a la constante amenaza de la guerra.
Una Beirut sensual y visceral que se puede oler, oír, sentir.

ANTICIPO:

Mi historia comienza con la vida más antigua que soy capaz de recordar. Nací en 1901 y mi nombre era Husein.
Todas mis vidas pasadas incluyen una gran historia de amor. El gran amor de Husein fue la ciudad de Nueva York. Todavía hoy recuerdo lo mucho que deseaba ir allí. De alguna manera, ese deseo se mantuvo en mis dos vidas siguientes. Algunas cosas no desaparecen nunca.
Nueva York siempre me ha traído grandes sorpresas, pero no el tipo de sorpresas con las que se construyen los sueños. No están cubiertas de purpurina y polvo de estrellas. Son espejismos. Esas sorpresas siempre tienen que ver con la muerte y el desafío de renacer. Con la asfixia, el miedo, con pan duro, con colchas llenas de moho, con la oscuridad, con la pérdida del rumbo.
Nueva York siempre representa una cierta forma de libertad. Una forma que no parece existir en Oriente Próximo. Nueva York siempre tiene que ver con personas que son personas: que toman café, pasean a sus perros, pintan, leen, salen, estudian, trabajan, comen, quedan, crecen, corren por el parque, ríen, aman, viven. Lo que he acabado comprendiendo (a fuerza de golpes) es que Nueva York también puede ser un monstruo.
Durante mi vida actual, que comenzó en el segundo milenio, el megaimperio mundial ha hecho todo lo posible por crear programas de televisión que me convenzan de que mi vida en Beirut no es apropiada. De que me estoy perdiendo cosas. De que Beirut no es lo bastante buena. En la televisión, Nueva York es glamour y éxito. Es ser un individuo que forja su camino en la vida. Es un gran grupo de amigos con los que puedes contar. Es el placer de ser independiente y de clase media. Encontrar y perseguir tus sueños. Navegar por el mundo empresarial amerikano.
Ganar dinero. :
Triunfar.
Todo lo que no llegue a un «café-moca-latte-mediano-con-leche-desnatada-y-sin-azúcar» no es lo bastante bueno.
Pero Nueva York también es un espejismo.
En Nueva York, no todo el mundo es bienvenido. Nueva York decide a quién acoge y a quién no. Te pedirá que entregues tu alma para pagar un alquiler altísimo que no te puedes permitir. Nueva York te meterá en una categoría. Te hará gordo, bajito, blanco o negro.
Te hará árabe.
Dos vidas antes de ésta, cuando era Husein, me dirigía a Nueva York para reunirme con mis padres. Aún no era artista. Pasarían ochenta y dos años hasta que conociera a Maya. Y noventa y cuatro hasta que viviera mi primera guerra.
Yo era un niño de una aldea recóndita situada en la cordillera del Líbano. Como dirían la mayoría de los cuentos orientales, mis padres fueron prometidos en matrimonio al nacer. Esa parte es cierta; sin embargo, es la historia sobre cómo fui concebido la que es poco corriente. Según cuenta la historia, un día mi madre estaba en el campo recogiendo los frutos de temporada, fueran los que fuesen. Cada narración de esta historia menciona una clase diferente: cerezas, manzanas, frambuesas, calabazas, aceitunas, una vez incluso berenjenas. Independientemente del producto que fuera, la historia dice que, por algún motivo, su vestido empezó a arder. Unos dicen que fueron cerillas; otros, que fue el reflejo del sol sobre su piel de cerámica. Milagrosamente, resultó ilesa. Salió del vestido de un salto y se encontró completamente desnuda en medio del cultivo de naranjas, limones, pepinos, brécol, alcachofas, mandarinas (inserte aquí fruta u hortaliza a su elección). Sintió un cosquilleo en los dedos de los pies al contacto con la tierra blanda. Un escalofrío recorrió su cuerpo y le endureció los pezones. Mi padre la vio e inmediatamente se excitó. Entonces, parece ser que fui concebido bajo la higuera, el ciruelo o el almendro, según quien cuente la historia.
Cómo acabaron en Nueva York estos dos amantes desventurados años más tarde es un misterio. Por qué se marcharon sin mí es algo que desconozco. Pero, por algún motivo, un tiempo después su suerte cambió, consiguieron riquezas en el Nuevo Mundo y pensaron que había llegado el momento de llevarme con ellos. Yo tenía once años.
Viajé con un amigo de la familia que accedió a ayudarme a hacer la travesía. Se llamaba John Abilmona. Su verdadero nombre no era John. Era una de esas cosas que hacían los hombres árabes antes de entrar en el Nuevo Mundo, adoptar un sobrenombre occidental para poder ascender con éxito por el escalafón. Cualquier nombre que se alejara de John, Mike o Steve no te permitiría llegar a Amrika. Cualquier cosa que suene remotamente oriental hará que te quedes en el lugar al que Amrika cree que perteneces. El verdadero nombre de John era Nasif. No está claro cómo el nombre de Nasif se convirtió en John. Sin embargo, hay algunos nombres que se traducen con bastante facilidad: Mustafa se convierte en Steve; Mohamed, en Mike; Fadi, en Freddy; Mazen, en Mark; Firas, en Frank; Munzir, en Joe; Dawud, en David, y Osama, en Owen.
Nasif Qasim Abilmona era un joven apuesto y seguro de sí mismo. Se sentía orgulloso de su nombre cuando era joven. Descendía de una larga línea de prósperos comerciantes, pero, por próspera que fuera su familia, Nasif (John) sólo pudo permitirse un billete en tercera clase para el Tita-nic. Como yo era menor de edad, viajaba con el mismo billete que él, el número 2699. Recuerdo al vendedor de billetes gruñéndonos cuando lo compramos: «Árabes no, perros no». Puede que ésa fuera la razón por la que Nasif viajó a bordo del Titanic con el nombre de John. Yo mantuve la boca cerrada.
Un día antes, dejé la calidez y la tranquilidad de la vida en el campo y viajé a la sofisticada Beirut, ciudad portuaria y prostituta al mismo tiempo. No tenía ni idea de que pudiera ser tan hermosa. Había hombres gordos con gorros fez de fieltro rojo y mujeres rollizas con maquillaje de color azul turquesa y los ojos perfilados y chorreantes de kohl.
Pasaría ahora a describir la comida, las especias y los aromas que flotaban en el aire, pero le prometí a alguien que, en este libro, esta escritora árabe no haría ninguna mención a la comida, las especias, los aromas o a llevar velo. Ahora estoy hablando de mí, de la autora en su vida actual, y no del niño que fue concebido bajo el jazmín/cactus/nogal. Esta mujer árabe en concreto, que a menudo habla de sí misma en tercera persona, vive su ciudad de formas más realistas. Al diablo con el romanticismo y la nostalgia. Al diablo con las recetas secretas de la abuela. Esta mujer árabe odia cocinar. Esta mujer árabe desprecia a las mujeres árabes que se expresan a través de la comida. Yo no tengo tiempo para estar todo el día sentada limpiando lentejas. No tengo la necesidad de hablar sobre la higiene femenina con las mujeres del campo. Puedo estar semanas sin ducharme. Puedo beberme una botella entera de vino yo sola. No tengo tiempo para asar berenjenas y machacar ajo. Me da pereza ponerme a discutir con los israelíes cuando afirman que el hummus y el falafel son invenciones suyas.
Pero volviendo a la historia de Husein… Cuando embarqué en el Titanic, yo era un niño. Dicen que normalmente te reencarnas en el mismo sexo, pero esa regla no es válida en mi caso. La historia me dice que mi nombre era Husein. La historia también me dice que los niños llamados Husein tienen un historial de muertes prematuras.
Nasif y yo nos encontramos en el puerto y emprendimos un viaje que me cambiaría la vida. Lo que le ocurrió al Titanio es bien conocido, así que me ahorraré los detalles sobre cómo ser el rey del mundo. Lo que voy a contar, sin embargo, es cómo me ahogué. No hay mucha gente que pueda describir eso.
Todavía hoy me sigue dando miedo el océano. Me da miedo el mar abierto. Me da miedo la oscuridad y le echo la culpa de todo al Titanic, porque, sí, todavía recuerdo cómo me ahogué. Es cierto lo que dicen sobre ahogarse. Es silencioso. Es terriblemente íntimo. El momento de la noche en el que más ruido hubo fue cuando chocamos contra el hielo. Hubo un crujido ensordecedor que resonó en todo el barco, más fuerte que cualquier explosión sónica o cualquier bomba antibúnker. A partir del momento en que chocamos, hubo bastante silencio. Sí, todo el mundo gritaba, pero yo no los oía. Tenía los ojos y los oídos fijos en el mar oscuro, de color negro. Empecé a desprenderme de una parte de mí. Supe que iba a morir y lo asumí rápidamente. Pensé en mis padres durante un instante, acurrucados en la cama el uno junto al otro, quizá sin poder dormir siquiera por la emoción de reencontrarse conmigo. Pensé en Nasif, que estaba intentando subirme a un bote salvavidas. Pensé en lo que estaba pasando dentro de su cuerpo. Vi su sangre circulando de una vena a otra. Vi su cena removiéndose y convirtiéndose en mierda. Me pregunté si Nasif iba a sobrevivir a todo aquello. Cuando subirnos desde tercera clase, yo iba sobre sus hombros. Iba volando por encima de la multitud; todo estaba por debajo de mí, el reflejo de las lágrimas brillaba en las paredes. El agua ya había empezado a entrar en el barco. Era de color azul turquesa, no del color negro con el que me encontraría más tarde.
Ir por encima de la gente era surrealista. Ya no tenían aspecto de seres humanos. Sólo era carne que se apretujaba contra más carne.
Una orgía descomunal.
Un festival de excrementos humanos.
Cuando en los libros de historia los hombres rememoran sus episodios heroicos, suelen hablar de la espada que atravesó el corazón, del escudo que protegió la verdad y del coraje que se abrió camino a través del miedo. Lo que no cuentan es la verdad sobre cómo responde el cuerpo humano a la presión. Cómo los intestinos se vuelven flácidos. La pérdida de control. Los vómitos involuntarios. El debilitamiento del estómago. El sabor de la bilis. El sabor del ácido. El sentimiento de desesperanza y desolación. El miedo que impide actuar. El frío en las palmas de las manos. El martilleo en la cabeza. Las lágrimas, la mierda y aún más mierda. Yo flotaba sobre los hombros de Nasif y miraba a la gente a mi alrededor. Acepté que había llegado mi hora. No estaba enfadado. Simplemente lo sabía.
Lo cierto es que no fue hasta que comencé a ahogarme cuando empecé a sentir un miedo atroz. No era miedo a la muerte, sino a estar en un espacio tan oscuro y extenso. El mar era inmenso. Infinito. Y cuanto más me hundía, más oscuro se volvía; el silencio era ensordecedor.
Lo pienso ahora y me doy cuenta de que yo mismo decidí cuándo había llegado el momento de morir. Recuerdo que pensé para mis adentros que estaba dispuesto a aceptar la muerte simplemente porque no podía soportar estar rodeado por aquel silencio. Lo que me mató fue el silencio, no el mar. Fue una muerte verdaderamente solitaria.
Lo que mejor recuerdo es el color del agua.
Era púrpura.
Nasif (John) es un superviviente del Titanic. Es una de las 705 personas que sobrevivieron. No se ahogó como las otras 1.523. Su cadáver no yace junto al mío a cuatro mil metros bajo la superficie del mar. Tuvieron que pasar veintiséis navidades, veintiséis días de Año Nuevo y veintiséis ramadanes para que Nasif pudiera perdonarse a sí mismo lo suficiente como para contar su historia.
Nasif me había subido a un bote salvavidas. Su intención era reunirse conmigo en ese mismo bote una vez que llegara al agua, donde estaba seguro de poder sortear la norma de «sólo mujeres y niños». Se deslizó por la cuerda que colgaba junto a mi bote salvavidas, el número 15, mientras lo bajaban hasta el agua. No dejé de mirarle a los ojos en ningún momento. Calculó el tiempo que tardaríamos en descender, decidido a llegar al agua al mismo tiempo que yo.
Exactamente a las 2:43 de la madrugada, el bote salvavidas 15 se enredó en sus propias cuerdas y se detuvo. El bote 4 estaba justo encima y, sin darse cuenta del alboroto que se había desatado debajo, descendió hasta chocar contra nuestro bote. Ninguno de los pasajeros de mi bote salvavidas sobrevivió. Nasif observó horrorizado cómo se rompía en un millón de astillas. Le miré a los ojos un segundo antes de hundirme. Fue la última vez que nos vimos.
Nasif necesitó veintiséis años para poder hablar de su dolor. Al final, en 1938, accedió a conceder una entrevista a un periódico local de Roxboro (Carolina del Norte). El artículo aún puede leerse hoy en día, aunque lo que cuenta no es del todo cierto. Nasif hablaba un inglés imperfecto y vivía con el peso, con la vergüenza, de ser un superviviente. Se suponía que los hombres no tenían que sobrevivir al hundimiento del Titanic, y menos los hombres de tercera clase.
En realidad, el artículo es una versión pulida de Nasif. Por ejemplo, dice que Nasif ya estaba casado con una mujer, Nayma, que le dio cinco hijas: Yamal, Dalal, Suad, Wedad y Samia. Sin embargo, lo cierto es que Nasif aún no estaba casado con Nayma cuando cruzó el Atlántico a bordo del Car-pathia después de haber sido rescatado del Titanic. En aquel momento estaba casado con su primera mujer, Salha, que, milagrosamente, dio a luz a su hijo Mohamed (conocido más tarde como Mike) la misma noche en que se hundió el Titanic. Convencida de que su marido no había sobrevivido, Salha dejó a la familia de Nasif y, pasado un tiempo, volvió a casarse.
Nasif conoció a Nayma años después, cuando volvió a viajar al Líbano. Se casaron y Nayma dio a luz a Wedad, que más adelante daría a luz a May, que más adelante me daría a luz a mí, Zena, la autora, en mi vida actual.
Siendo Husein, estuve casi cinco años y medio en el fondo del mar. Vagué solo por la oscuridad, en busca del lujo y el glamour al que llamaban Nueva York. No conseguí encontrarlo. Caminé en vano durante años. Mis piernas se volvieron delgadas y mi corazón, cansado. Me salieron ampollas del tamaño de continentes. Caminé y caminé hasta que olvidé por qué estaba caminando. No me querían en el Nuevo Mundo, ni vivo ni muerto. Me derrumbé. Estaba cansado y me sentía solo. Y perdido. Un recuerdo vago me vino a la memoria: «Árabes no, perros no».
Estaba escrito que no podía ser.
Cerré los ojos y pensé en mis padres. Siento no haber podido estar con vosotros. Siento haberos defraudado. No quería que pareciera que había fracasado, pero ¿cuánto tiempo podía seguir con aquel juego? ¿Durante cuánto tiempo tenía que caminar para convencerme de que no era bienvenido?
Ya está bien, decidí.
Volví a ponerme en pie y empecé a caminar hacia el este. Crucé el Atlántico y atravesé el estrecho de Gibraltar. Pasé por delante de Malta y de sus grandes acantilados. El idioma empezó a resultarme familiar. Pasé entre las islas de Grecia, y fue allí donde oí hablar de una invasión en el desmembrado Imperio Otomano. Aceleré el paso y corrí junto a la costa de Anatolia hasta que no pude más. En algún punto entre Siria y Beirut, decidí que había llegado a casa. Era el 23 de noviembre de 1917.
Emergí a la vida en forma de una niña con unos preciosos ojos entre verdes y azules. Había pasado tanto tiempo bajo el agua que me traje conmigo algo de allí. Los nacimientos en el mar eran peligrosos por aquel entonces y no tenía muchas probabilidades de sobrevivir; esta vez, sin embargo, mis nuevos padres estaban decididos a conservarme. Por eso me llamaron Amal, que significa «esperanza». El resto del mundo acababa conociéndome como Asmaban.

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