Berenice. La Hija de Agrippa

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El autor de títulos tan emblemáticos de la novela histórica del siglo XX como Moisés, príncipe de Egipto y Espartaco, aborda en Berenice. La hija de Agripa la personalidad de la biznieta del perverso rey Herodes el Grande, una mujer envidiada, amada, respetada y odiada por sus contemporáneos. Y, al hilo de la evolución de la bella princesa de Galilea, Fast crea un espléndido fresco en el que las culturas de Jerusalén y Roma aparecen en toda su complejidad.

La historia de Berenice, cuyo nombre significa «portadora de victoria», es también la historia del pueblo de Israel en los años previos a la destrucción del segundo templo de Jerusalén y el exilio de los judíos.

Considerada como la más importante entre las novelas de Howard Fast sobre la Antigüedad, Berenice. La hija de Agripa es también una de sus obras de mayor tensión emocional.

ANTICIPO:
Bajo el arco de acceso que llevaba a la sala del desayuno, dos soldados galileos con petos y perneras de bronce, altos, huesudos, de aire aburrido, se apostaron a ambos lados de la puerta cuando entró Agripa. Berenice escudriñó cuidadosamente a su padre sin saber cómo reaccionaría ante su presencia. Se veían por primera vez después de seis semanas, y el rey se sorprendería. Ignoraba que ella había resuelto ir a Cesárea, y Berenice había llegado la noche anterior, acostándose sin verlo. No habría efusivos saludos ni emociones desbordadas, pero quizás él optara por enojarse.

Berenice lo miró atentamente, tratando de adivinar la ira en su rostro. El rey Agripa era un hombre corpulento, que estaba engordando y echando vientre al promediar su vida, de boca ancha y carnosa bajo la barba pequeña y recortada, con la nariz roja e hinchada por exceso de vino y, bajo sus hirsutas cejas, los mismos traslúcidos ojos verdes –implacables en él– que eran tan extraordinarios y cautivadores en Berenice. Al pasear la mirada por la sala, sus ojos eliminaron a los sacerdotes por considerarlos gente que no valía la pena mirar ni reconocer y se posaron por un momento en su hijo, Agripa, evaluándolo, acusándolo; luego se fijaron en Berenice.

–Buenos días, hija –dijo.

Ella le sonrió a modo de saludo y le hizo una gran reverencia… ya que todos ellos se inclinaban y procuraban lisonjearlo. Agripa estaba enojado. Su voz temblaba, como siempre que la ira comenzaba a crecer en él…; en réplica, Berenice trató de dominarse. No estaba alarmada. En otros tiempos, se habría inquietado, pero no ahora.

–Estás lejos de Calcis, hija –observó el monarca.

–He tenido que hacer un largo viaje para estar contigo –repuso la joven.

–¿Y cómo debo interpretar eso?

–Como el amor de una hija.

–¿Ah, sí? –dijo él, y reprimió su irritación, observándola. Decidió tenderle una celada a su hija e investigar a fondo aquello, dondequiera que estuviese el fondo–. ¿Ah, sí? –repitió–. ¿Y cómo has dejado Calcis?

–Allí sólo se habla de una cosa –declaró ella, encogiéndose de hombros.

–¿Cuál?

–Del bondadoso y devoto rey que gobierna a los judíos.

Agripa miró a su hija con el ceño fruncido y meneó la cabeza. Adivinaba la creciente madurez de la voluntad de Berenice y su dominio sobre sí misma. Quizá le estuviera mintiendo, burlándose de él, zahiriéndolo… o diciéndole la verdad. Ésta sería agradable.

Berenice adivinó que hasta la sola posibilidad de habladurías en una ciudad tan pequeña y poco importante como Calcis sobre la bondad del rey Agripa era algo importantísimo. La bondad era una droga que su padre había empezado a ingerir cuatro años antes, pero ahora era un adicto a ella. Existía para la bondad; era capaz de matar, de intrigar y de urdir planes perversos con tal de sostenerla…, y nada se interpondría en el camino de la santidad que se había propuesto. Con ese fin, creería en lo asombroso.

–¿Qué dicen en Calcis, hija? –preguntó, observándola, mientras Berenice iba hacia el aparador y tomaba un puñado de uvas y dátiles.

Los demás también la observaban. El hermano de Berenice, Agripa, reía íntimamente ante la actitud de la joven. Los dos sacerdotes comprendieron la intención de Berenice y les asombró que el rey no lo advirtiera.

–Mencionan un episodio. Se habla de él en toda la ciudad. Todos lo cuentan.

–¿Qué episodio?

–Oh… –Berenice se encogió de hombros, con aire desconfiado–. Es probable que lo hayas olvidado al día siguiente de haber sucedido. Dicen que te marchaste de Tiberíades vestido como un simple leñador, para poder mezclarte con tu pueblo y conocerlo; que llegaste a la cabaña de un leñador, y éste era pobre porque tenía artritis en las manos y los dedos, de modo que le diste dos monedas de oro, lo suficiente para vivir un año, pero no le revelaste quién eras. Lo mismo hiciste con otros dos pobres leñadores. Luego…, llegaste a una cabaña donde vivía un leñador y su familia que tenían la lepra…

Berenice inventaba a medida que hablaba, urdiendo la historia con una mezcolanza de habilidad y desprecio; y se detuvo, vacilando, en ese momento, pensando en lo que podía hacer un rey disfrazado en una cabaña de leprosos… tanto más cuanto que, como la sangre de los hasmoneos que fluía por las venas de la familia real era la sangre del santo sacerdote, pesaba poderosamente sobre ellos la prohibición de acercarse a los impuros. El rey lo sabía muy bien porque, desde el comienzo de su período de santidad, se había vuelto cada vez más estricto en su observancia de la ley.

–¡Sigue! ¡Sigue! –exclamó el rey.

–Bueno… Aquello era impuro, y aun la tierra que los rodeaba hasta treinta pasos a la redonda era impura… ¿Quién no sabe, en el mundo entero, que el rey de los judíos respeta la ley? Por eso, mientras estabas allí, con el corazón destrozado por la piedad, pero sin poder acercarte de ningún modo a aquella gente enferma y repulsiva, un ángel bajó del cielo, tomó el oro y se lo dio a los leprosos, diciéndote: «Bendito seas, Agripa, amado rey…».

La voz de Berenice se fue ahogando al terminar su relato, mientras miraba fijamente a su padre con los ojos muy abiertos. De pronto, su hermano sintió miedo y los dos sacerdotes esperaron con satisfacción que estallara la ira del rey y destruyera a aquella princesa altanera, astuta y desdeñosa, a quien odiaban tanto. Pero el estallido no sobrevino. Agripa había dejado de comer. Se quedó inmóvil un momento, con la fruta en las manos y los ojos cerrados, y luego meneó la cabeza.

–Niña tonta –dijo–. Naturalmente, tú sabes que esa historia no es verídica. Es una patraña de principio a fin. Ya han pasado los tiempos en que los ángeles bajaban a la tierra para intervenir en los asuntos de los hombres. Dios nos deja librados a nuestras propias soluciones y tenemos que castigarnos nosotros mismos si no cumplimos con él. Lo que me interesa es que haya aparecido y se haya divulgado semejante relato. ¿Has dicho que se difundió por toda Calcis?

–Por lo menos lo oí veinte veces –respondió Berenice.

–Creo que mi hermano me habría escrito sobre el particular.

–Sólo los muy grandes se complacen con la gloria ajena.

–¿De veras?

El rey había olvidado por completo su irritación. Ahora sonrió ante el elogio en que su hija los incluyera a los dos.

–¿Puedo servirte el vino, padre? –preguntó con vivacidad el hermano de Berenice.

Mientras el joven Agripa le escanciaba una gran copa de vino al viejo Agripa y lo cataba él mismo –ya que el rey nunca bebía un vino sin hacerlo probar antes por otro–, Berenice pasó junto a los dos gordos sacerdotes, volviendo la espalda al rey por unos instantes, y les sonrió desdeñosamente, o, mejor dicho, les hizo una mueca propia de una muchacha de dieciséis años. Luego se volvió para afrontar a su padre. Al rey lo ablandaba el hecho de que su hijo hubiese desempeñado las funciones de catador. Miró con cierta complacencia a sus dos hermosos hijos y, al devolverle su mirada, Berenice pensó: «Uno de estos días, querido padre, tus bellos ojos felinos estarán muertos, no verán nada…, pero mis ojos felinos estarán vivos. ¿Fue nuestro dudoso antepasado, el rey Salomón, quien dijo que un gato vivo puede mirar a un rey muerto… o dijo un perro vivo?». Sin embargo, sonrió a su padre con tanta dulzura y amabilidad que él se sintió impulsado a preguntar:

–¿En qué piensas, querida hija?

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