Bohemundo de Antioquía

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Hijo desheredado de Roberto Guiscardo (descrito en su propia lápida como “Terror del mundo”), Bohemundo I de Antioquía pertenecía a la estirpe de caballeros normandos que se desplazaron a Italia en busca de fortura y que sólo contaban con su españa para abrirse camino en el mundo. Encontró su oportunidad con el llamamiento del papa Urbano II a una cruzada que liberara Tierra Santa, y supo aprovecharla, convirtiéndose en uno de los principales líderes.
En Bohemundo se daba una rara combinación de ardor guerrero, carisma y astucia diplomática que le permitió, tras un largo e infructuoso asedio, apoderarse de Antioquía la víspera de la llegada de un descomunal ejército que exterminó a los cruzados ante las murallas de la ciudad. Capturado por los sarracenos y posteriomente liberado, regresó en busca de refuerzos a la Francia de Felipe I (con cuya hija se casó), para acabar sus día en Bari, no sin antes haber librado nuevamente batalla con su gran enemigo íntimo, el emperador de Constantinopla Alejo Comnemo, pues nunca abandonó el proyecto de conquistar y legar a sus descendientes la capital del Imperio bizantino.

ANTICIPO:

No sabemos casi nada de los años juveniles de Bohemundo.
Tras la nueva boda de Guiscardo, probablemente fue educado en la «corte» de su padre, donde pudo codearse con personajes de orígenes diversos: normandos, claro está, pero también «italianos», lombardos, griegos e incluso sarracenos. La sociedad de Italia del Sur y de Sicilia era, desde siempre, multirracial y multicultural. Los normandos —aún imponiendo su poder con una ferocidad que dan testimonio todas las fuentes— supieron preservar y acentuar en sus Estados este carácter, especialmente en Sicilia, del que la corte de Rogelio II dará poco después, el ejemplo más consumado. De ello resultó, por yuxtaposición, fusión y asimilación, una cultura original, propia de los Estados normandos de Italia. Una coexistencia única en la Edad media, que despertó el asombro de los viajeros y sorprende todavía a los historiadores de hoy.
El joven Marcos lo aprovecha para observar el comportamiento de esos griegos y esos sarracenos con quienes muy pronto va a enfrentarse en sus países, con dureza, es cierto, pero también con habilidad y astucia. Conoce la lengua hablada de los normandos pero también el latín, que utilizará en Antioquia en una misiva y una carta firmadas por su mano. Aprende le griego en una fecha que ignoramos: en octubre de 1085, en Tarento, suscribe en efecto una carta redactada en esa lengua; como veremos más adelante, es también capaz de hablar en griego con el armenio que le entrega la ciudad de Antioquia. Tal vez sabe algo de árabe.
Sus relaciones con su madrastra Sichelgaita, mujer de carácter, enérgica y belicosa (se la ve guerreando junto a su marido), no fueron sin duda siempre as idóneas. Defiende ella con uñas y dientes los intereses de sus hijos, tres varones y siete hembras, nacidos de su unión con Guiscardo. Quiere ante todo que se reconozca a su primer hijo, Rogelio «Borsa», como legítimo heredero de su padre, descartando así a Bohemundo, primogénito del príncipe normando, quien le guarda rencor por ello.
Orderico Vital menciona a este respecto ciertas habladurías —sin fundamento histórico pero probablemente procedentes del propio Bohemundo o de sus compañeros— que tal vez le fueran transmitidas por algunos anglonormandos que conocieron a Bohemundo. Había intentado, unos veinteavos antes, envenenarle cuando él estaba de campaña con su padre en Albania. Advertido de aquella infamia, Roberto Guiscardo había jurado, sobre el Evangelio y la espada matar a su mujer si su hijo sucumbía. Asustada por esa amenaza, ella se habría adelantado entonces y habría envenenado a su marido mientras Bohemundo se refugiaba en lugar seguro, en Italia. Antes de morir, Guiscardo habría hecho a sus caballeros un verdadero discurso de cruzada incitándoles a proseguir el proyecto de su vida: vencer al emperador griego y liberar Jerusalén de los sarracenos. Necesitaba para ello elegir como jefe al mejor de la tierra: a su hijo Bohemundo. Este héroe, afirmaba en efecto, no era inferior en el arte de la guerra y el valor en el combate al griego Aquiles y al francés Roldán.
El relato huele a la propaganda habitual de Bohemundo. Coincide con otros textos del mismo tenor, como veremos más adelante. Probablemente imaginario, no por ello deja de traducir el rencor de Bohemundo contra su madrastra, pero también su voluntad de disculpar a su padre de la elección de Rogelio Borsa como heredero. Al mismo tiempo, convierte a Bohemundo en el heredero natural de la misión que le corresponde a su padre: pues la liberación de Jerusalén exige meter en cintura al basileus.
Volvamos a 058. La segunda boda de Guiscardo acrecienta sus ambiciones. Piensa en unir bajo su autoridad toda la Italia del Sur, dividida hasta entonces en principados, opulentos a veces, pero rivales: en la costa oeste las ciudades marítimas de Gaeta y, sobre todo, Amalfi, enriquecida ya por su comercio con el Oriente griego, Siria-Palestina y el Egipto fatimí; al norte, los Estados lombardos de Capua, Benevento y Salerno; al este, la propia Sicilia, cuya conquista sueña en emprender con su hermano menor Rogelio, como le incitan a hacerlo los términos del juramento de Melfi.
La isla pertenecía antaño al Imperio bizantino, pero, desde hacía más de dos siglos, estaba en manos de los sarracenos. Su conquista no planteaba, pues, problema moral y político alguno y podía ser fácilmente sacralizado por el Papado, al que beneficiaba. Fue así, en efecto, como atestigua Godofredo Malaterra, su cronista durante una campaña que duró unos treinta años, a partir de 1060. Los dos hermanos participan juntos en ella como «caballeros de Cristo», apoyados por Dios, ayudados a veces por un guerrero celestial, el propio san Jorge. Se reparten cada una de las ciudades conquistadas, en una especie de «coseñorío», hasta la toma de Palermo, en enero de 1072. Tras esa fecha, según un mutuo acuerdo roto a veces por disputas fraternas que no tardan en resolverse, Roberto deja a Rogelio el cuidado de llevar hasta el fin, por su propia cuenta, la conquista de la isla «devuelta a la fe cristiana» y se consagra exclusivamente a la Italia del Sur.
Ahí, en cambio, no faltan las complicaciones políticas. La región, de obediencia bizantina, en teoría, es dominada por los príncipes Lombardas, griegos o normandos rivales de Guiscardo; es directamente codiciada también, en Benevento por la Santa Sede, que por lo demás se pretende soberana de los príncipes normandos. Reina el desorden pero tras la victoria de Civitate (1053), los normandos se han convertido sin discusión en los dueños de la Italia del Sur. El concilio de Melfi, en 1059, reconoció su supremacía.
Queda por saber cuál, pues su unión en Civitate ante el peligro común no dura. Roberto Guiscardo impone su ley por la espada. En Apulia, los barones turbulentos, apoyados por el basileus de Constantinopla, se levantan sucesivamente. Entre ellos, uno de los sobrinos de Guiscardo, Abelardo, hijo de Onofre, a quien Roberto había expoliado antaño de su herencia. Vencedor, éste perdona a Abelardo y extiende su conquista en detrimento de los griegos. En 1071, tras un sitio de veinte meses por tierra y por mar, se apodera de Bari, que tiene fama de inexpugnable, gracias a que su flota supera a la de Bizancio. También entonces, magnánimo, respeta a los vencidos y prohíbe el saqueo de la ciudad. Meses más tarde, debe abandonar precipitadamente las operaciones de Sicilia, en las que ha ido a participar junto a Rogelio: Abelardo, levantándose de nuevo, se ha aliado a Ricardo de Aversa. Roberto acaba con al rebelión en la primavera de 1073, somete a los conjurados, «perdona» de nuevo… Ningún texto nos permite afirmar que Bohemundo, adulto ya, interviniera en esos múltiples enfrentamientos.
En Bari donde, enfermo, descansa de sus esfuerzos, Guiscardo se debilita. Le creen moribundo. Sichelgaita, sin perder ni un instante, prepara su sucesión; reúne a los caballeros normandos, obtiene de ellos (a excepción de Abelardo) que preste juramento de fidelidad a su hijo Rogelio Borsa, adolescente aún: no ha llegado a los quince años y tiene en Bohemundo un temible rival, apreciado por los caballeros. ¿Advierte ella también al papa para obtener su apoyo? Los rumores de la muerte de Guiscardo, en todo caso, llegan a Roma cuando agoniza Alejandro II, el 21 de abril de 1073. Amado de Montecasino menciona el tono de la carta de «condolencia» que su sucesor, Gregorio VII, dirige a Sichelgaita como respuesta. El pontífice deplora en ella la muerte del «queridísimo hijo de la Santa Iglesia romana» y tranquiliza a su viuda en estos términos: «Pero para que tu nobleza conozca la benevolencia del señor papa, el amor y el afecto manifestados por tu marido se transmiten a su hijo de modo que, por la consagración de la Santa Iglesia, recibe de manos de la Iglesia todo lo que su padre había recibido de los pontífices predecesores nuestros».
El documento no figura en el corpus de las cartas de Gregorio VII, bien editados por Erich Caspar. No hay en ello motivo de asombro: Amado añade en efecto, no sin malicia, que el propio rey, Roberto Guiscardo, restablecido entretanto, agradece al pontífice su mensaje y le promete seguir sirviéndole fielmente. La metedura de pata papal no podía ser oficializada sin suscitar la ironía. La curia romana la descartó, pues, con prudencia. Pero Rogelio Borsa había sido, en efecto, designado heredero en detrimento de Bohemundo, y el papa había tomado nota de ello.
Tras aquella fecha, se tensan las relaciones entre Guiscardo y Gregorio VII, que negocia con los adversarios del duque de Apulia, Landolfo de Benevento, Ricardo de Aversa, Jordano de Capua, el basileus y algunos más. El pontífice quiere, en efecto, llevar más lejos que Nicolás II la liberación de la Iglesia el dominio de las potencias laicas. Quiere incluso invertir la dependencia y piensa en una especie de dominium pontificio ejercido sobre los reyes y los príncipes. Expone poco después este programa, en 1075, en sus dictatus papae, donde establece la superioridad del papa sobre los emperadores y los reyes, a quienes puede «hacer y deshacer» a su guisa si les considera infieles. Se presenta como campeón de la cristiandad entera ante la amenaza musulmana, tras la resonante victoria de los turcos sobre los ejércitos del emperador bizantino Romano IV Diógenes en Mantzikert (1071). El 2 de febrero de 1074, en una carta al conde Guillermo de Alta Borgoña, pide a todos los príncipes que se dicen «fieles a San Pedro» que le manden contingentes militares, pues quiere reunir tras él un ejército para ir, más allá de Constantinopla, a sustituir a los musulmanes y obligarlos así a someterse a la justicia. Añade que primero necesita, en Italia, «pacificar» a los normandos, pero considera que dispone para ello de un número suficiente de milites.
En marzo de 1074, excomulga a Roberto Guiscardo y se pone a la cabeza de una coalición contra él, pero no tendrá demasiada consistencia. No por ello abandona la idea de cruzada, que pretende llevar a cabo, hasta el sepulcro del Señor, pero advierte con amargura dos meses más tarde, en enero de 1075, que es abandonado por todos ante sus numerosos adversarios. Los designa: son los italianos, romanos, normandos y lombardos, ¡mas nefastos que los judíos y los paganos! También los griegos, pues su proyecto de unión de las Iglesias de Oriente bajo la égida de Roma ha fracasado. Gregorio VII, entonces, comprende que debe pactar con Guiscardo, convertirlo en un aliado, puesto que no puede vencerle, para afrontar a otros adversarios, comenzando por el rey de Germania Enrique IV, a quien su humillación ante el pontífice en Canossa (1077) no ha abatid y que se prepara para la revancha.
Roberto, por su lado, prosigue su «pacificación» de Apulia y de Calabria. En 1078 y 1079 debe enfrentarse con una gran rebelión de los barones de Apulia, entre los que figura, de nuevo, su sobrino Abelardo. Esta vez, como es sabido, Bohemundo toma parte en la empresa de su padre; le vemos mandando un destacamentote tropas en Troia. Sin demasiado éxito: es derrotado por Abelardo, que le pone en fuga y ocupa por algún tiempo la ciudad, recuperada más tarde por Guiscardo. La represión del duque normando es severa, radical: confisca los bienes de los felones, los ejecuta o encarcela. Su mano de hierro impone la «paz normanda».

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