Boudica, la reina de los Celtas I: El sueño del águila

boudica_1

La novela se ambienta entre los años 29 y 42 d.C., el momento previo a la invasión de las legiones romanas y ofrece una ambientación bastante verosímil de una época siempre nebulosa: la Britania prerromana, asolada por las rivalidades tribales, el encono entre los pueblos y las luchas territoriales.

La invasión de las legiones romanas supuso la aparición por primera vez de un enemigo común y, por consiguiente, de un elemento catalizador, pero también el fin de un período histórico aún hoy enigmático que ha fascinado a su autora, Manda Scott, una británica mucho más conocida por sus incursiones en la novela negra, que explora una época de la cual han quedado muy pocos datos históricos y, a la manera de Robert Graves, cubre las lagunas de los estudios académicos mediante la lógica y unas hipótesis que resultan del todo convincentes..

Con tan sólo once años, Boudica (la futura reina guerrera de los celtas), una niña icena cuyo destino la señalaba como soñadora del porvenir, se convierte inesperadamente en una guerrera cuando, en defensa de su madre, mata por primera vez. Así empieza su leyenda en la primera novela de la serie «El sueño del Aguila».

ANTICIPO:
PROLOGO

OTOÑO, 32 D.C.

El ataque llegó justo antes del amanecer. La niña se despertó con el olor de la techumbre en llamas y los gritos de su madre. Fuera, en el claro que había junto a la choza, oyó la respuesta de su padre y el choque de hierro sobre bronce. También oyó el grito de otro hombre, y ella se levantó arrojando a un lado las pieles, y tentó en la oscuridad detrás de su lecho en busca de su cuchillo de desollar, o mejor el hacha. No encontró ninguna de las dos cosas. Su madre volvió a gritar, esta vez de un modo distinto. La niña buscó desesperadamente, notando el calor del fuego que abrasaba su piel y el dolor resbaladizo del miedo que imponía la amenaza de un tajo de espada hasta la médula. Sus dedos tropezaron con una empuñadura de madera gastada, y se deslizaron por la cilíndrica superficie de un mango que conocía de memoria por las horas de aceitado y pulido y la reverencia de los jóvenes: era la lanza de cazar jabalíes de su padre. Con un solo movimiento, sacó la hoja de la funda de cuero. La luz que anunciaba el amanecer hirió de pronto sus ojos cuando la cortina de piel fue arrancada de un tirón y reemplazada también con rapidez por una sombra. El bulto de un cuerpo llenó la entrada. La hoja de una espada despidió un destello. Muy cerca, su padre gritaba su nombre: « ¡Breaca!».

Ella le oyó y dio un paso, saliendo de las sombras. El guerrero que estaba junto a la puerta sonrió, mostrando los dientes, y se arrojó hacia delante. Su espada captó una vez más la débil luz del sol y la reflejó, cegándoles a ambos. Sin pensárselo, mecánicamente, ella hizo lo que tantas veces había practicado en la seguridad de los cercados donde guardaban los caballos, y una vez en el bosque, más allá de la linde. Atacó también, poniendo todo el peso de sus hombros, curvando su espalda e impulsándose con ambas piernas al enderezarlas en la estocada del arma. Apuntaba al único fragmento de piel clara que distinguía. La hoja de la lanza mordió la garganta y se hundió en ella, justo en el sitio donde la guerrera terminaba y el casco no protegía todavía. La sangre brotó a raudales. El hombre se atragantó y se detuvo. La espada que había buscado la vida de la niña se precipitó hacia ella, impulsada por la velocidad del ataque. Ella se volvió hacia un lado, pero lo hizo con demasiada lentitud, y notó cómo el aguijón se deslizaba entre sus dedos. Soltó la lanza. El hombre cayó, apartado de ella por el peso de la empuñadura. La puerta se iluminó y volvió a oscurecerse de nuevo. Su padre estaba allí.

-¿Breaca? Oh dioses, Breaca… -también él se detuvo. El hombre que estaba en el suelo se apoyó en una mano e intentó incorporarse. La maza del padre bajó con un silbido y le detuvo para siempre. Sólo entonces levantó los brazos y rodeó a su hija con ellos, la abrazó muy fuerte, acarició su mejilla, y pasó sus ásperos y grandes dedos de herrero por el pelo de la niña—. ¡Le has matado! Ah, mi guerrera, mi niña querida. ¡Le has matado! Por todos los dioses, qué valiente. No habría podido resistir perderos a las dos…

La acunaba adelante y atrás, como acostumbraba cuando era una niña pequeña. Olía a sangre y a vómito. Ella le pasó las manos por la frente para asegurarse de que estaba entero, y vio que lo estaba. Trató de liberarse del abrazo para ver el resto de su cuerpo. El la apretó más fuerte aún, y ella notó cómo su respiración se entrecortaba: la cálida humedad de las lágrimas de su padre se deslizó por su cuello hasta la clavícula y desde allí hasta su plano pecho. Dejó entonces que el abrazo se prolongara, mientras el hombre sollozaba, y no le preguntó por qué su madre no había venido con él a buscarla. Su madre, embarazada de otro hijo

El vómito era de su madre. Yacía junto a la puerta, y también llevaba una lanza en la mano. La había usado una vez, y con fortuna, pero eran dos contra ella, y el niño que llevaba dentro había hecho más lentos sus movimientos. La hoja, al penetrar, la había abierto desde el pecho hasta las caderas, y todo lo que debía estar dentro se había desparramado. La vacilante luz del nuevo día iluminaba ahora levemente la escena. La niña se agachó para examinar la pequeña forma arrugada que yacía junto a su madre, y le dio la vuelta. El padre estaba junto a ella.

-Habría sido un niño -dijo.

-Ya lo sé -la mano del hombre descansaba en su hombro.

Los dedos estaban quietos. Su llanto había cesado. El se arrodilló y la abrazó con fuerza. La barbilla del padre se apoyaba en la cabeza de la niña, y cuando hablaba su voz retumbaba desde su garganta en el pecho de Breaca.

-¿Para qué quiero otro hijo, cuando tengo una hija capaz de enfrentarse a un guerrero armado y sobrevivir?

Su voz era cálida y llena de orgullo, aun en medio de la espantosa desdicha, y ella no tuvo fuerzas para decirle que había actuado por puro instinto, no por valor, ni por tener el corazón de un guerrero.

Su madre era líder de los Ícenos, primogénita de la estirpe real, y fue honrada tras su muerte como lo había sido en vida. Su cuerpo fue envuelto en finos lienzos y pieles de animales, y volvieron a introducir al niño en su abdomen. Construyeron una plataforma de avellano y olmo, y colocaron el cuerpo encima de ella, acercándola más a los dioses, y fuera del alcance de lobos y osos. Los tres guerreros cómanos muertos, que habían roto las leyes de los dioses al matar a una mujer embarazada, y de los ancianos al matar a la líder de una tribu vecina en una batalla traicionera, fueron despedazados y arrojados al bosque para que alimentasen al primer animal que los encontrara. A Breaca le dieron la espada del hombre a quien había matado. Pero ella no la quería. Se la regaló a su padre, que la rompió encima de su yunque y dijo que le forjaría otra mucho mejor, una de tamaño grande, para cuando hubiese crecido del todo. En su lugar, Airmid, una de las muchachas más jóvenes, le dio una pluma de cuervo con el cañón teñido de rojo y con pelo de caballo azul trenzado, para señalar que había matado a un coritano. Su padre le enseñó cómo entrelazarla con sus propios cabellos a los lados, como hacen los guerreros en la batalla, con la pluma colgando libremente en la sien.

A ultima hora de la mañana, Eburovic, guerrero y herrero de los Ícenos, llevó a su hija al rió para lavarle la sangre de la batalla y vendarle el corte de la mano, y luego la acompañó hasta la casa redonda, dejándola al cuidado de Macha, la hermana de su madre y madre de Bán, primer y único hijo varón que le quedaba.

compra en casa del libro Compra en Amazon Boudica, la reina de los Celtas I: El sueño del águila
Interplanetaria

8 Opiniones

Escribe un comentario

  • ilice
    on

    segun la descripcion parece interesante, hace poco me he leido la yegua blanca y me ha gustado la cultura celta.

    esta bien este de boudica?

  • moldar
    on

    Yo no pude con él… a pesar de los 33 eurazos que cuesta, que se fueron a la basura directamente. No es que sea mala… es que es aburrida (bueno, vale: al menos, la parte que he leído. Aunque confieso que, con la pila que tengo, tampoco doy demasiadas oportunidades, si un libro no me atrae o no me interesa, lo dejo sin demasiados remordimientos).

  • Anónimo
    on

    La yegua blanca es un libro mucho más logrado. Además, entretiene. A la pobre Boudica la han convertido muchos novelistas en un personaje revolucionario moderno, lo cual no tendría por qué ser malo si al menos el texto fuera divertido.

    El libro es muy flojito y cuesta leerlo.

  • I
    on

    Sin entrar en comparaciones, lo veo innecesario, Boudica es una novela decepcionante en ritmo y nervio narrativo. Me ocurrió como a otro forero, tuve que dejarla inacabada.

  • D
    on

    La novela es más pesada que una vaca en brazos.

  • Caesar
    on

    Me da en la nariz que es una recreación libre, muy libre, en el espíritu, que no en el dato, de esa Britania preromana tan saturada. Ahora bien, no soy experto y admito que es una intuición.

    El libro en sí no vale dos duros.

  • Cro
    on

    Te equivocas, son treinta y tres eurazos del ala.

  • NormanBates
    on

    ¡Qué manera de pasarse la historia por el forro, y lo que es peor, para que se cierren los ojos!

Leave a Comment

 

↑ RETOUR EN HAUT ↑