Boudica, la reina de los Celtas II: El sueño del toro rojo

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El sueño del toro rojo se inicia allí donde concluía El sueño del águila: Bán, el medio hermano de Boudica, forma parte ahora de las tropas del emperador Claudio y se hace llamar Julio Valerio, convencido como está de que todo está perdido para los celtas y que toda su familia ha sido exterminada. Por su parte, tanto Boudica como su amante Carataco no acaban de creerse que Bán se haya convertido en un traidor, y de ahí nace el conflicto central de la novela, en la que Carataco cobra un protagonismo mayor del que tenía en la primera entrega y del que tiene en la tercera. Sin embargo, El sueño del toro rojo es una obra autónoma, que acepta una lectura independiente y que relata el momento central de la lucha entre los celtas y el poderoso imperio romano, y deja a las puertas al lector del gran enfrentamiento final. Toda la historia está salpicada además de referencias y narraciones mediante las cuales Manda Scott presenta la mitología, las costumbres y los ritos celtas, para redondear una novela histórica muy sólida.

ANTICIPO:
Los senderos hacia el pasado, una vez recorridos, no eran fáciles de evitar. Valerio sabía por experiencia que se podía perder media noche mirando a la oscuridad tratando de decidir si las habladurías tenían razón y si la chispa con Corvo había existido durante los seis meses en que el joven oficial romano fue, realmente, cautivo de las tribus y un muchacho con cierto conocimiento del idioma galo se convirtió en confidente y amigo suyo. Hacía demasiado tiempo para estar seguro, y los recuerdos, cuando llegaban, portaban registrada una sensación de irrealidad, como si fueran cuentos de la vida de otro hombre, contados a menudo como para ganar crédito propio. Sólo algunas cosas volvían del todo, y ésas con frecuencia a plena luz del día, catastróficamente: las vividas imágenes como puñales del amor y el período subsiguiente; el relámpago de un manto azul y la sonrisa que lo coronaba; el poder exultante de una yegua roja tesalia, compitiendo con un hombre en un potro pardo; el relámpago del sol incidiendo en el bronce mientras una fila de jinetes trinovantes levantaban sus escudos y los ícenos, adiestrados por un romano, se lanzaban contra ellos. Todo aquello podía aparecer sin advertencia alguna, dejando a Valerio abatido, irritable y buscando a alguien o algo con quien desahogarse.

Durmiendo adecuadamente y sin soñar, podía dominar los peores excesos de su ira, pero la presencia constante de su madre y los juicios que ella emitía habían acabado por erosionar su ecuanimidad. Los primeros meses después de la invasión fueron caóticos, y todo el mundo vivía con mal humor y poco sueño. Los días más cálidos y largos de la primavera habían restaurado el humor de la mayoría de los hombres; sólo Valerio continuaba lanzando su rabia a cualquiera que se cruzase en su camino. Los hombres fueron soportándole cada vez menos y temiéndole cada vez más, y, aunque era casi seguro que se había ganado su promoción, aquello no había restaurado la paz de su alma.

Fue Corvo, al final, quien se llevó la peor parte y quien menos lo merecía, y a petición de Valerio aquella habitación en la casa de Corvo se dedicó a otro uso y él fue instalado junto con los demás oficiales de bajo rango de su tropa. En aquel momento creyó que era algo temporal, y que actuaba de ese modo para protegerse a sí mismo y a un hombre por quien, a fin de cuentas, sentía el máximo respeto, de sus propias salidas de tono, impredecibles, imperdonables, incontrolables y siempre en aumento. Aun en aquellos momentos, dos años después, seguía creyendo que un día podría volver.

Había visitado la casa sólo dos veces desde que fue construida, y ambas en el primer mes después de su cambio de alojamiento. En cada ocasión, una lámpara encendida en la puerta era la señal de que Corvo estaba solo y que recibía de buen grado la compañía. Parecía probable que todavía lo hiciese así. Era posible que la lámpara se encendiese en realidad por Valerio, y que, si él lo decidía, pudiese entrar sin anunciarse y seguir la habitual fila de candelas protegidas hasta los aposentos privados. Decidió no hacerlo.

La servidumbre de Corvo siempre se despertaba la primera y hacía frente a los acontecimientos de la noche. Habían quitado la nieve de las puertas, y cavado un hondo pasillo hacia la via, principalis, facilitando así el camino a los viandantes. Se agradecía ese gesto, pues eliminaba eficazmente la posibilidad de que cualquiera pudiese distinguir las huellas de un solitario par de botas de otros varios que habían pasado por aquella entrada particular.

La grava helada crujía bajo sus pies cuando Valerio llegó a la puerta. A un lado se encontraba un pequeño cuenco de bronce, con un martillito encima. Golpeó suavemente el uno con el otro y esperó mientras el sonido inundaba la noche. Todo a su alrededor se veía blanco. Incluso las paredes estaban embadurnadas de cal, de una blancura pura, como la nieve, distinguiéndose de las pinturas y mosaicos de las casas tribunicias de los legionarios, que se alzaban a cada lado. El gong fue respondido, como Valerio sabía que ocurriría, por Mazoias, el babilonio. El jefe de la servidumbre de Corvo era un anciano con el pelo blanco y un hombro lisiado. Cuando bebía, Mazoias aseguraba que era pariente de los príncipes de Babilonia y de la casa real de Persia. Sobrio era un esclavo a quien Corvo había comprado en el mercado, en Iberia, y posteriormente liberado, el cual decidió seguir con él porque prefería una vida al servicio de Corvo que cualquier otra que pudiese contemplar. El anciano reconoció a Valerio. Sus rasgos arrugados se helaron a medio pronunciar el mensaje de bienvenida y la puerta, que se había abierto, empezó a cerrarse.

Valerio metió el pie en el hueco de la jamba.

—No. Tengo un mensaje para el prefecto. Dile que se ha acumulado nieve del grosor de un brazo en el tejado de la principia, y que para limpiarla hacen falta más hombres de los que yo mando. Si desea que el gobernador pronuncie su primer discurso público a sus legiones con plena seguridad y calor, tendrá que enviar al menos a un escuadrón entero de hombres. Dile también que las tuberías de la letrina principal están heladas. He enviado a un hombre a buscar a Basiano, pero tal vez el prefecto desee…

Cada hombre tiene su propio perfume. Quizá disminuya un poco cuando está caliente y untado de aceite del baño, o mezclado libremente con la sangre de otros hombres en la batalla, pero nunca desaparece del todo. Tras una noche entera envuelto en una piel de oveja para protegerse del frío, huele más que nunca, a menos que aquella noche la haya pasado en compañía, en cuyo caso es aún más fuerte. Corvo, pensó Valerio, había pasado la noche solo, pero quizá no el tiempo transcurrido desde que se despertó. Ningún trabajo, ni responsabilidad, ni oraciones a los dioses podía proteger totalmente a Valerio de ese impacto. Apartó su pie de la jamba, fijó la mirada en la pared opuesta y saludó.

Corvo dijo:

—Gracias, Mazoias. Hablaré con este oficial.

Hubo un breve choque de voluntades, el resultado del cual nunca se puso en duda. Con una mirada que prometía la condenación eterna si su jefe sufría algún daño, el anciano se retiró.

Estaban solos. Ninguno de los dos hablaba. La nieve absorbía el silencio, suavizándolo. La lámpara que tenían más cerca de la puerta era de arcilla, con un Capricornio pintado con grueso esmalte en el cuenco. Nunca había quemado con limpieza, y ahora seguía sin hacerlo. Por pura costumbre y por hacer algo. Corvo se acercó a ella y alteró la posición de la mecha. Una espiral de humo se alzó y manchó el techo, y la luz brilló con más fuerza después, de modo que ambos se vieron perfectamente. Corvo no hacía mucho que se había despertado; su cabello castaño estaba todavía húmedo por el precipitado lavado matinal, y no se había peinado bien. En realidad, nunca iba bien peinado. La parte posterior la llevaba bien cortada, si bien el remolino que tenía delante formaba una curva rebelde ante su frente que hacía eco con el arco de sus cejas. Decía de una sola mirada todo lo necesario acerca del hombre y su actitud hacia la autoridad. Las cicatrices y la piel tostada por la intemperie decían lo mismo. Sólo sus ojos podían contar algo más, si él así lo decidía, pero ahora se habían escondido en las sombras. Sus palabras procedieron del mismo espacio sombreado.

— ¿Cómo debo llamarte ahora? —Su última pelea, la más dañina, fue sobre el uso por parte de Corvo del viejo nombre, ahora abandonado. Nunca lo habían resuelto.

Valerio dijo:

—Soy Julio Valerio según los registros, como ya sabes. Mis hombres me llaman duplicarlo, o caballerizo mayor. Ambos son aceptables.

—Bien. Intentaré recordarlo. ¿Qué tal está?

— ¿Quién?

—Tu caballo asesino. Aquel al cual dominas.

Había un deje de humor en su voz. Cogido con la guardia baja, Valerio replicó en el mismo tono:

—Está bien. Te enorgullecerías de él. Ha conseguido morderme esta mañana. Del susto casi nos mata a los dos.

Aunque empezó a notar que le dolía el hombro, el dolor todavía no formaba parte de él plenamente. Como la marca, ansiaba que volviera, como si el dolor fuese algún sitio real en el cual pudiera esconderse. Probó a girar su brazo hacia atrás e hizo una mueca de dolor. Había olvidado en qué compañía estaba. Corvo se llevó una mano a su manto y volvía el cuello hacia atrás antes de que ninguno de los dos recordase que ya no tenía permiso para hacer aquello… Entonces recordó también que era prefecto, y que podía hacer cuanto desease con el manto y la persona de cualquier oficial de bajo rango. Valerio se echó hacia atrás al notar su contacto y se puso tieso otra vez, como si estuviera en un desfile.

Corvo siseó entre dientes y apartó la mano.

—Lo siento.

—No importa. —Valerio lo creía así.

El manto podía estar echado hacia atrás, pero la caída de su túnica le cubría el hombro. Sólo después averiguó que el hematoma le había subido por el cuello, poniéndole la carne de un azul casi negro desde el hombro a la oreja, y desde la clavícula a la escápula, y que la gran ala de mariposa que formaba aparecía claramente visible a la luz de la lámpara. Longino Sdapeze seguramente lo habría visto también, pero tuvo el buen sentido de no decir nada.

Corvo miraba hacia delante sin decir nada. Raramente se mostraban tan formales en compañía el uno del otro. Aquello les hacía daño a los dos y destruía cuanto habían sido. Valerio dijo, colocándose bien el manto:

—Lo siento, estaba distraído. Uno de los hombres de la caballería tracia me ha dado la noticia de que las tuberías del baño están heladas. Longino Sdapeze. Es astuto. Piensa en los problemas antes de que ocurran.

Los hombres así escaseaban. En el Rin, Valerio y Corvo habían rivalizado para encontrarlos, destacarlos y entrenarlos, y apartarlos de la gran masa de brutalidad irreflexiva que constituían la legión y sus auxiliares. No se preocupaban de las otras formas por las cuales los hombres pueden singularizarse.

Como si siguiera su pensamiento, Corvo comentó:

—He oído que te has consagrado al matador de toros. Que has tomado el cuervo.

No era ningún secreto. Todo el mundo conocía los nombres de los iniciados. El secreto residía en la naturaleza de las pruebas y los juramentos requeridos a los acólitos; en ello residía la fuerza primordial del dios. Sólo con Corvo significaba tanto el voto de un hombre.

Valerio dijo ahogadamente:

—Creía que sería constructivo en el desarrollo de mi carrera.

Corvo levantó una ceja.

—Estoy seguro de que lo será.

Ambos esperaban. El fino viento del norte bajaba por la via principalis. Con él venían órdenes, gritos. Se habían despertado ya los hombres suficientes para darse cuenta del peligro que suponía la nieve. La parte de Valerio que estaba genuinamente preocupada por el futuro de su carrera vio que la urgencia de su mensaje disminuía, y con ella el crédito de haber sido el que dio la alarma.

Corvo se pasó la lengua por los dientes. Al cabo de un momento se echó atrás, abriendo la puerta.

— ¿Quieres entrar? He ordenado que los decuriones hagan que las compañías quinta y sexta limpien el tejado de los edificios principales de la principia. La cuarta se ocupará de la pretoria, aunque está provista con hipocaustos y sospecho que la servidumbre del gobernador habrá mantenido los fuegos encendidos a lo largo de estas últimas noches para ahuyentar el frío. No me sorprendería que las tejas estuvieran brillantes y libres de nieve, humeando cuando salga el sol.

—El rango tiene sus privilegios —dijo Valerio, secamente.

—Cierto. Y por eso creo que deberías conocer al hijo del gobernador. Está dentro, y le he dejado solo demasiado tiempo. Estábamos hablando del levantamiento en occidente. ¿Quieres unirte a nosotros?

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