Brasyl

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São Paulo, 2032: Una ciudad con corazón de neón, de infinidad de millones de habitantes, de extraordinaria riqueza y extrema pobreza. Una ciudad vigilada, donde un ladrón de favela puede verse atrapado en el letal y desconcertante mundo de la computación cuántica.

Río de Janeiro, 2006: Una ciudad de observadores y observados que se alimenta de realities. Una ciudad donde una ambiciosa productora de televisión puede conseguir su próximo gran éxito y perder su vida.

Brasil, 1732: Un país de belleza paradisíaca, de oro y muerte, de locura y religión, donde un padre jesuita en busca de un sacerdote descarriado encontrará la fe y la realidad llevadas al límite

Ian McDonald es autor de muchas novelas de ciencia ficción, entre ellas El río de los dioses, publicado por La Factoría de Ideas en esta colección. Brasyl ha sido distinguida con el premio BSFA 2008 y diversas nominaciones. Ha sido considerada como la novela de C. F. del año en Estados Unidos.

ANTICIPO:
17 a 19 de mayo de 2006
Marcelina observaba como robaban el coche en la rua Sacopã. Era un Mercedes Clase C, el coche de un traficante de drogas que el equipo de diseño del programa Pimp My Ride brasileño había tuneado de arriba abajo con tapacubos y luces azules que recorrían todo el chasis trasero. Los altavoces eran del tamaño de una maleta. Los de diseño habían hecho un gran trabajo, parecía que el coche valiera más de los cuatro mil reales que Marcelina había pagado en el depósito.
La primera vez pasaron de largo: tres tíos con gorra, camiseta y pantalones de baloncesto. La primera vez era para echar un vistazo. Segunda vez, esta para inspeccionar, fingiendo que les interesaban el tapacubos y el rosario y el llavero del Flamengo que colgaba del espejo (un detallito) y… ¿eso era un multicambiador de CD o un soporte para el MP3?
Vamos, pequeños, lo estáis deseando, pensó Marcelina en la parte de atrás del coche perseguidor, que estaba en una entrada a doscientos metros cuesta arriba. Es todo vuestro, lo he puesto ahí para vosotros, no podéis resistiros.
Tercera vez, esta para robarlo. Le concedieron diez minutos, diez minutos que Marcelina se pasó mirando el monitor y preguntándose si volverían, si llegaría antes otra persona. No, ahí estaban, bajando la cuesta con esos andares de guaperas patilargos con ropa ancha. Eran buenos, muy buenos. Apenas vio como forzaban la puerta, pero el gesto de sorpresa cuando se abrió fue evidente.
No, no estaba cerrada. Y sí, las llaves estaban puestas. Ya estaban dentro: cerraron las puertas, arrancaron el motor, encendieron las luces.
—¡En marcha! —le gritó Marcelina Hoffman al conductor, y el despegue del todoterreno la lanzó contra el monitor. Joder, aquello sí que era ponerse en marcha de verdad, el motor rugía mientras salían a toda pastilla hacia la avenida Epitácio Pessoa.
—¡A todas las unidades, a todas las unidades! —gritó Marcelina por la emisora mientras el Cherokee esquivaba los coches—. ¡Tenemos un robo, tenemos un robo! Se dirigen hacia el norte por el túnel de Rebouças. —Le dio un puñetazo en el hombro al conductor, uno de la Associated Press que decía ser un gran amante de las carreras de coches—. No los pierdas de vista, pero tampoco los asustes. —No se veía nada en el monitor. Le dio un golpe—. ¿Qué le pasa a esta cosa? —La pantalla se llenó de imágenes, que llegaban de las minúsculas cámaras que habían instalado en el Mercedes—. Necesito el código de tiempo en tiempo real.
Te lo suplico, que no descubran las cámaras, le rogó Marcelina a Nossa Senhora da Valiosa Producão, su santa patrona. Eran tres tíos: el de negro y dorado que conducía, el de la camiseta Nike, y el que no llevaba camiseta e iba luciendo una pelusilla rizada entre las tetillas. El efecto doppler de las sirenas pasó junto a ellos. Marcelina levantó la vista del monitor y vio un coche de policía que giraba atravesando los cuatros carriles de la avenida de la laguna y los adelantaba.
—Ponme el audio.
João-Batista, el técnico de sonido, meneó la cabeza como un indio, y los auriculares hicieron que el gesto pareciera aún más cómico. Jugueteó con el mezclador que llevaba colgado al cuello y levantó el pulgar tímidamente. Marcelina lo había ensayado, y reensayado, y requetensayado, pero ahora no recordaba ni una sola palabra. João-Batista la miró: venga, es tu programa.
—¿Os gusta el coche? ¿Os gusta? —Estaba chillando como una de esas estridentes presentadoras. João-Batista la miraba con lástima. Los chicos miraron a las cámaras del coche como si hubiera estallado una bomba bajo la hilera de luces de su Coche fantástico. No te achantes, arriba señorita, no te achantes—. ¡Pues es vuestro! Este es vuestro gran premio. No os preocupéis, ¡estáis en un concurso de televisión!
—Es un viejo Mercedes de mierda con un tuneado barato —murmuró Souza, el conductor—. Y lo saben.
Marcelina se apartó la emisora de la boca.
—¿Acaso eres el director? ¿Dime? ¿Lo eres? Servirá para el programa piloto.
El todoterreno giró bruscamente, y Marcelina se deslizó por el asiento trasero. Los neumáticos chirriaron. Dios, aquello le encantaba.
—Han decidido no ir por el túnel. Van a ir por Jardim Botânico.
Marcelina le echó un vistazo al GPS. Los coches de policía parecían banderas naranjas, una formación perfecta a lo largo de la Zona Sul de Río que se dispersaba y se reordenaba mientras el coche perseguidor se negaba a entrar en su trampa. De eso se trata, se dijo Marcelina. Esto es lo hace que la televisión sea genial. Volvió a coger la emisora.
—Estáis en La huida, el nuevo reality de Canal Quatro, ¡y vosotros sois los protagonistas! Eh, ¡vais a ser grandes estrellas! —Al oír aquello, se miraron los unos a los otros. La cultura de la atención. Seducir al carioca vanidoso nunca fallaba. Los mejores participantes del mundo para un reality, los cariocas—. El coche es vuestro, todo vuestro, garantizado, legal. Lo único que tenéis que hacer es evitar que la poli os atrape durante media hora, y ya les hemos dicho lo que habéis hecho. ¿Queréis jugar? —Aquello podría servir para el título: La huida: ¿quieres jugar?
El chico de la camiseta Nike estaba moviendo la boca.
—Necesito el audio —gritó Marcelina. João-Batista giró otro botón. El baile funk retumbó en el todoterreno.
—Y digo yo, ¿por este montón de mierda? —gritó el de la camiseta Nike por encima de ritmo bailón. Souza giró por otra esquina a toda velocidad, las ruedas volvieron a chirriar. Más banderas naranjas de la policía se iban reuniendo por todo el recorrido para evitar una posible huida. Por primera vez, Marcelina creyó que de ahí se podía sacar un buen programa. Apagó la emisora.
—¿Adónde vamos?
—Puede que a Rocinha o más arriba por Tijuca en la estrada Dona Castorina.
—El todoterreno se deslizó por otro cruce, apartando a los malabaristas rodeados de una cascada de pelotas y a los limpiadores de parabrisas con sus cubos y sus esponjas—. No, es Rocinha.
—¿Tenemos algo que nos sirva? —le preguntó Marcelina a João-Batista. Él negó con la cabeza. Todavía no había conocido a un técnico de sonido que no fuera un cabrón lacónico, y eso también iba por las mujeres.
—Eh, eh, eh. ¿Puedes bajar un poco la música?
El baile de dj Furação se calmó en cuanto João-Batista movió los pulgares.
—¿Cómo te llamas? —le gritó Marcelina al de la camiseta Nike.
—¿Te crees que te lo voy a decir en un coche robado con toda la policía de la Zona Sul pegada al culo? Esto es inducción al delito.
—Tendremos que llamarte de alguna manera —dijo Marcelina para intentar sonsacárselo.
—Bueno, Canal Quatro, podéis llamarme Malhação, y estos son América —el conductor apartó las manos del volante e hizo un gesto—, y O Clono.
—Pechopeludo lanzó un beso, tipo estrella del rock de la MTV, a la minicámara del reposacabezas del conductor.
—¿Esto es como el programa Bus 174? —preguntó.
—¿Quieres terminar como el tío de Bus 174? —murmuró Souza—. Si consiguen que todo esto acabe en Rocinha, harán que Bus 174 parezca un convite de la primera comunión.
—Entonces, ¿me voy hacer famoso? —preguntó O Clono, que seguía lanzando besos a la cámara.
—Saldrás en Contigo. Conocemos a gente del programa, podemos arreglarlo.
—¿Podré conocer a Gisele Bundchen?
—Podemos conseguiros una sesión fotográfica con Gisele Bundchen, a todos vosotros, con el coche. Las estrellas de La huida y sus coches.
—A mí me gusta esa Ana Beatriz Barros —dijo América.
—¿Lo has oído? ¡Gisele Bundchen! —O Clono tenía la cabeza metida entre los reposacabezas y le gritaba a Malhação en el oído.
—Tío, no va a haber ni Gisele Bundchen, ni Ana Beatriz Barros —dijo Malhação—. Esto es la tele, dicen lo que sea para que haya espectáculo. Eh, Canal Quatro, ¿y qué pasa si nos pillan? Nosotros no hemos pedido salir en el programa.
—Habéis robado el coche.
—Vosotros queríais que lo robáramos. Dejasteis las puertas abiertas y las llaves puestas.
—La ética es buena —dijo João-Batista—. En los realities no es que haya mucha ética.
Sirenas por todas partes, cada vez más cerca, organizándose. Los coches de policía volaban como cuchillos por ambos lados, una oleada, una ráfaga sonora de luces borrosas. Marcelina sintió que le explotaba el pecho por la belleza del momento, cuando todo encaja, cuando todo es perfecto, automático, divino.
Souza puso el todoterreno en quinta y aceleró, pasando por un montón de materiales de construcción donde se estaba levantando el nuevo muro de favela.
—Pues no es Rocinha —dijo Souza cuando salió de detrás de un tren cisterna—. ¿Qué hay más abajo? Vila Canoas, creo. Madre mía.
Marcelina levantó la vista del monitor, ya estaba planeando el montaje. Había algo raro en el tono de voz de Souza.
—Me estás asustando, tío.
—Acaban de dar la vuelta en medio de la carretera.
—¿Dónde están?
—Vienen directamente hacia nosotros.
—Eh, Canal Quatro. —Malhação sonrió a la cámara del parasol. Tenía los dientes blancos y bien alineados—. Creo que hay un fallo en vuestro formato. Veréis, no me motiva demasiado lo de arriesgarme a ir a la cárcel por una mierda de Mercedes de segunda mano. Me interesaría más algo que se pudiera vender por partes…
El Mercedes venía directo por el carril central, luciendo por toda la autopista los gráficos del espléndido tuneado. Souza frenó gracias al antibloqueo. El todoterreno se paró a un pelo del Mercedes. Malhação, América y O Clono ya estaban fueran del coche, y sujetaban las pistolas de lado, al famoso estilo de la película Ciudad de Dios.
—Fuera, fuera, fuera. —Marcelina y el equipo se amontonaron en la carretera, en mitad del estruendo de los coches.
—Necesito el disco duro. Sin disco duro no tengo programa. Por lo menos dejadme eso.
América ya estaba al volante.
—¡Esto es genial! —dijo.
—Vale, toma —respondió Malhação, dándole a Marcelina el monitor y el LaCie de un terabyte.
—¿Sabes qué? Tienes el pelo más o menos como Gisele Bundchen —gritó O Clono desde el asiento de atrás—. Pero más rizado, y tú eres un poco más baja.
El motor rugió, las llantas echaron humo, América quitó el freno de mano, rodeó a Marcelina y salió a toda pastilla hacia el oeste. Unos segundos después, aparecieron los coches de policía.
—Esto —dijo João-Batista—, es precisamente lo que yo llamo buena televisión.
La Pájara Negra fumaba en la sala de edición. Marcelina lo odiaba. Odiaba casi todo de la Pájara Negra, empezando por la ropa de los años cincuenta que llevaba sin ningún tipo de ironía, desafiando cualquier moda o tendencia («sin estilo personal no hay moda, querida») y que, no obstante, le quedaba fantástica, desde las auténticas medias de nailon con costuras («nunca pantis, tordo malo») hasta la chaqueta Coco Chanel. Si pudiera llevar gafas de sol y un pañuelo en la cabeza en la sala de edición, se los pondría. Odiaba a una mujer tan evidentemente segura de su estilo, y tan correcta. Odiaba que la Pájara Negra pudiera subsistir con una dieta a base de vodka de importación y cigarrillos Hollywood, que nadie la hubiera visto hacer el más mínimo ejercicio y que, aun así, incluso después de una edición nocturna, resplandeciera con el encanto de una radiante Grace Kelly, y no pareciese una puta calavera puesta hasta las cejas de guaraná azucarado. Lo que más odiaba era que, con toda su elegancia y su estilo retro tan estudiado, la Pájara Negra había acabado los estudios de Comunicación un año antes que Marcelina Hoffman y era su jefa de sección. Marcelina había aburrido a tantos documentalistas y realizadores en las fiestas de los viernes en el café Barbosa con las hazañas y escarceos de la Pájara Negra para llegar a ser jefa de la sección de realities en Canal Quatro, que podían repetirlos como si estuvieran en misa: «Ella no sabía que el micro estaba abierto y los tíos del escáner la escucharon decir…», todos juntos: «… fóllame como a una perra…».
—La banda sonora es una PUV clave. Sería algo retro, como la de Grand Theft Auto de los ochenta. Sí, la de ese grupo neorromántico inglés que hizo una canción sobre Río, pero que grabó el vídeo en Sri Lanka.
—Yo creía que era Save a prayer —dijo Leandro acercándole un cenicero de terracota con una maceta al revés como tapadera a la Pájara Negra. Era el único editor en todo el edificio que no había excluido a Marcelina de su séquito, y se le consideraba tan imperturbable como el dalái lama, incluso después de una juerga—. Rio se rodó en Río. Es evidente.
—¿Qué eres? ¿Una especie de maestro ninja de la música neorromántica inglesa de principios de los ochenta? —respondió Marcelina—. ¿O es que naciste en el 84?
—Si no me equivoco, esa canción de Duran Duran en particular es de 1982 —dijo la Pájara Negra, que apagó con cuidado el cigarrillo en el cenicero y volvió a colocar la tapa—. Y el vídeo se grabó en Antigua, en realidad. Marcelina, ¿qué ha pasado con el coche del equipo?
—La policía lo encontró desmontado hasta el chasis trasero a las afueras de Mangueira. El seguro lo cubrirá todo. Pero eso demuestra que funciona, quiero decir, el formato necesita algunos retoques, pero la premisa es sólida. Es buena televisión.
La Pájara Negra encendió otro cigarrillo. Marcelina se estaba consumiendo junto a la puerta de la sala de edición. Dámelo, dámelo, dámelo, vamos, dame el programa.
—Es buena televisión. Me interesa. —Eso era lo máximo que podías conseguir de la Pájara Negra. A Marcelina se le paró el corazón, pero seguramente era por los estimulantes. Hay que bajar poco a poco, eso decían, y después echar un buen sueño. Eso, por experiencia, era lo mejor para recuperarse de una noche de juerga. Obviamente, si se lo daban, iría directa al café Barbosa, aporrearía la puerta de Augusto con el toque masónico especial y se pasaría el resto del día bebiendo champán y mirando a los patinadores pasar a toda velocidad con sus patines en línea y sus culitos prietos—. Es ingenioso, tiene gancho, y llegaría a todo nuestro perfil demográfico, pero no lo vamos a hacer. —La Pájara Negra levantó una mano negra enguantada para prevenir las quejas de Marcelina—. No podemos hacerlo. —Le dio un golpecito al botón del mando a distancia y puso el canal de noticias de Quatro.
Ausiria Menendes estaba por las mañanas. Seguramente Heitor la llamaría a mediodía para quedar a comer. Los miedos y preocupaciones de un presentador de informativos de mediana edad eran lo último que necesitaba en esos momentos. Fue como si la pantalla registrase un fragmento de lo que le pasaba por la cabeza: los coches de policía rodeaban un vehículo a un lado de la autopista. En el subtítulo ponía «São Paulo». Corte, y plano desde un helicóptero de coches militares y vehículos para el control de disturbios aparcados en la puerta de la cárcel de Guarulhos. El humo subía en espiral desde dentro del recinto; se veían figuras por toda la azotea, medio destrozada, con una pancarta hecha de sábanas y letras rojas pintadas con espray.
—El PCC le ha declarado la guerra a la policía —dijo la Pájara Negra—. Ya han muerto al menos una docena de polis. Tienen rehenes en la cárcel. La de Benfica será la siguiente y luego… No, no podemos hacerlo.
Marcelina se apoyó en la puerta, pestañeando suavemente mientras la imagen de la pantalla se alejaba, convirtiéndose en una diminuta mota que se movía sin rumbo al final de un largo y oscuro túnel en el que se escuchaba el zumbido de latas de guaraná Kuat y los botes de anfetaminas, en el que Leandro y la Pájara Negra trataban de atraparla jugando al corre que te pillo. Escuchó su propia voz, como si estuviese saliendo de unos altavoces.
—Se supone que tenemos que ser provocadores y sensacionalistas.
—Seríamos provocadores y sensacionalistas, pero no nos renovarían el permiso de emisión. —La Pájara Negra se levantó y se limpió la ceniza de los preciosos guantes—. Lo siento, Marcelina. —Sus pantorrillas enfundadas en medias de nailon se rozaron al entrar en la sala de edición. La luz era cegadora, y la Pájara Negra una sombra amorfa en medio del resplandor, como si hubiera entrado en el corazón del sol.
—Pasará, todo pasa… —Pero Marcelina había infringido sus propias leyes: nunca protestes, nunca cuestiones, nunca supliques. Tienes que creer en ello lo suficiente como para hacerlo, pero no tanto como para no poder dejarlo marchar. Su género preferido, los realities, tenía un índice de éxito de un inestable dos por ciento, y ya se había creado una coraza, había aprendido la doctrina: no te fíes hasta que la tinta esté en el contrato, e incluso entonces, el programador nos lo da y el programador nos lo quita. Pero cada rechazo le robaba un poco de ímpetu y energía, como si intentaran detener un superpetrolero a base de balonazos. No recordaba la última vez que había creído en algo.
Leandro estaba cerrando la emisión del programa piloto y archivando la lista de decisiones de edición.
—No quiero agobiarte, pero Lisandra ya está con lo de Cirugía plástica a mediodía.
Marcelina recogió sus carpetas y el disco duro, y se planteó llorar. Pero no, ahí no, delante de Lisandra no.
—Eh, oye, Marcelina, bueno, siento mucho lo de La huida. Ya sabes, no es un buen momento…
Lisandra se apoyó en la silla de Marcelina y colocó su libreto y su botella de agua meticulosamente en la mesa. Leandro levantó la tapa de la papelera.
—Así es el negocio.
—Mujer, te lo tomas con demasiada filosofía… Si yo fuera tú, probablemente me iría a algún sitio a emborracharme.
Bueno, esa era una opción, pero ahora que lo mencionas, antes me pintaría los labios con mierda que ir a emborracharme al café Barbosa. Marcelina se imaginó echándole a Lisandra el ácido de una batería de coche en la cara, poco a poco, dibujándole gota a gota los rasgos, al estilo Jackson Pollock, en su suave piel de melocotón. Eso sí que sería Cirugía plástica a mediodía, puta.
El gunga marcaba el ritmo, el traqueteo del bajo, el compás de la ciudad y la montaña. El médio era el charlatán, el chismorreo fresco y descarado de la calle y del bar, los cotilleos sobre famosos. La violinha era la cantante, por encima del bajo y el ritmo, el cántico por encima de todo, y caía poco a poco en el ritmo del gunga y del médio y después se alejaba dando una voltereta, como el espíritu de la capoeira, con juegos y vuelos rítmicos, fintas e improvisaciones, meneando el culo por toda la estancia.
Marcelina estaba descalza en un círculo de música, le palpitaba el pecho, se defendía con el brazo. El sudor le corría copiosamente desde la barbilla y los hombros hasta el suelo. Tenía sus trucos, engaños que se utilizaban en el juego de la roda. Le hizo un gesto para que se acercara con el brazo que tenía levantado, con la insolencia adecuada. Su adversario bailaba en ginga, listo para atacar y ser atacado, con todos los sentidos alerta. Llamar a un adversario de un modo tan insolente tenía jeito, era malicioso.
Los capoeiristas cantaban:
«É, fui caminando,
en la fría mañana.
Encontré a São Bento Grande
jugando a las cartas con el Perro».

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