Breve historia de la Orden del Temple

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Con Breve historia de la Orden del Temple nos ofrece Corral un clarificador y documentado estudio sobre las interioridades de la orden en el que se explican todo tipo de detalles curiosos: la jornada de un templario en tiempos de paz, las normas por las que se regía la orden, las circunstancias en que se implicó en las Cruzadas, la estructura jerárquica, el modo en que se financiaba, los principales hechos de armas en que participó…

Un completo y documentado estudio en el que prevalece la claridad expositiva y en el que no se rehuyen cuestiones como los ritos satánicos o los mitos y leyendas que a lo largo de los siglos han acompañado a una de las instituciones más controvertidas de la historia.

ANTICIPO:
¿Cuándo se fundó la orden? Tradicionalmente se había dado la fecha del año 1119, e incluso 3118, siguiendo al cronista Guillermo de Tiro, que hace coincidir el año de la fundación con el de la coronación de Balduino II; pero parece claro, atendiendo a lo que se lee en el preámbulo de la Regla de la Orden, que la fundación tuvo lugar entre el 14 de enero de 1120 y el 13 de enero de 1121. En efecto, en ese preámbulo se afirma que corría el año noveno de la fundación del Temple cuando se estaba celebrando el concilio de Troyes. Ahí se da la fecha del 14 de enero de 1128, día de San Hilario, pero se data por el año de la Encarnación, y no por el año del Señor. El año de la Encarnación comienza el 25 de marzo, de manera que el 14 de enero del año de la Encamación de 1128 corresponde al 14 de enero de 1129 del año del Señor, que es el único cómputo que se utiliza en la actualidad en el calendario gregoriano. Una investigación de Rudolf Hiestand, en la que documenta los itinerarios de los principales eclesiásticos presentes en ese concilio, parece refrendar claramente estos asertos.29 De la misma opinión es García Guijarro, que ajusta la fundación entre el 14 de enero y el 13 de septiembre de 1120, atendiendo a una donación que el 13 de septiembre de 1128 les hizo el conde de Flandes «en el noveno año del establecimiento del Temple».

Martínez Diez, siguiendo a Hiestand, ha precisado un poco más y, teniendo en cuenta lo que estaba pasando en Palestina en 1120, supone que la sanción real de Balduino II a la Orden del Temple debió de producirse en la segunda quincena del mes de enero de 1120, durante una asamblea o corte de los más notables personajes del reino que tuvo lugar en esas fechas en la ciudad de Nablus, también conocida como Neápolis.

Parece razonable. Tal vez tuviera mucho que ver en la motivación para fundar la Orden de los templarios un sangriento suceso que ocurrió en la Semana Santa de 1119; en abril de ese año un grupo de alrededor de setecientos peregrinos, desarmados y sin escolta, había salido de Jerusalén y se dirigía al Jordán para acabar allí su peregrinación. Los musulmanes los capturaron y asesinaron a unos trescientos, en tanto los demás fueron vendidos como esclavos. Tan sólo dos meses más tarde, el 18 de junio, un ejército árabe de Alepo derrocaba a los cruzados de Antioquia en la batalla de Samada, en el lugar que los cristianos conocerían desde entonces como «el Campo de la Sangre». Las cosas se tornaban peligrosas para los cruzados, que de alguna manera debían reaccionar. Tai vez esa reacción se concretó en la creación de la Orden del Temple.

Los cronistas que narran la fundación de la Orden coinciden en señalar que fueron nueve los caballeros que constituyeron el inicio de este "instituto armado» y que su número se mantuvo inalterado hasta 1125 al menos. Sus nombres se conocen; son los siguientes: Hugo de Payns, el flamenco Godofredo de Saint-Omer, Archambaud de Saint Aimand, Payen de Montdidier, Godofredo Bissot (o Bisol), Rossal (o Rolando), Andrés de Montbard (a veces citado como Hugo de Montbard), Guillermo de Bures y Roberto (¿de Craon?). Sin embargo, por esas mismas fechas hay documentados caballeros que también pertenecían a la orden, como Gondemaro y Hugo de Rigaud.

Todos estos caballeros eran miembros de la baja nobleza, señores de pequeños feudos sin apenas relevancia, como es el caso de Hugo de Payns, o caballeros desheredados de la fortuna que no tenían señoríos que gobernar y que sólo en la milicia templaría podían encontrar el modo y el ideal de vida al que aspiraban. Eran nobles, miembros de una aristocracia guerrera que durante siglos había entendido que su misión en la tierra no era otra que la lucha en la guerra.

Los «pobres caballeros de Cristo» adoptaron las costumbres conventuales de los frailes del Santo Sepulcro, se comprometieron a llevar una vida similar a los canónigos regulares y prometieron ante el rey Balduino II y ante Gormundo de Picquigny, patriarca de Jerusalén, cumplir los votos de pobreza, castidad y obediencia. Y añadieron uno más: someterse tan sólo al poder del papa,

Eran caballeros, y se ha dicho de ellos que eran orgullosos, promiscuos y privilegiados, pero aceptaron una vida de abstenciones, renuncias y reglas que difería radicalmente del ideal de la naciente caballería. El Temple sólo se parecía a la caballería seglar en el carácter militar, lo que a su vez la diferenciaba del resto de órdenes religiosas, cuya misión era contemplativa o asistencial. Los templarios se fijaron como objetivo principal la protección física de los peregrinos y fueron los primeros en hacer compatibles las dos vocaciones que, como ya se ha señalado, se consideraban hasta entonces incompatibles: la milicia y el convento.

Así narran la fundación del Temple los dos principales cronistas, Guillermo de Tiro, hacia 1170, y Jacques de Vitry, hacia 1220:

El mismo ano [el de la coronación de Balduino II] ciertos nobles caballeros llenos de devoción, religiosos y temerosos de Dios hicieron voto de vivir en castidad, obediencia y pobreza perpetua, poniéndose en las manos del señor patriarca al servicio de Cristo como canónigos regulares. Entre ellos, los primeros y más importantes eran los venerables Hugo de Payns y Godofredo de Saint-Omer. Como ellos no tenían iglesia ni lugar para vivir, el rey les cedió temporalmente un lugar donde pudieron vivir en su palacio, debajo del Templo del Señor, en el sur. Bajo ciertas condiciones, los canónigos del Templo del Señor les concedieron un terreno que ellos poseían cerca de ese lugar para que sirviera a la Orden. Además, el señor rey y sus nobles, así como el señor patriarca y sus prelados, les dieron ciertos beneficios a perpetuidad o temporal, a fin de que pudieran alimentarse y vestirse. El primer compromiso de profesión prescrito por el señor patriarca y los otros obispos para la remisión de sus pecados era que ellos deberían proteger las rutas y las vías tanto como pudiesen de las emboscadas de los ladrones y de los atacantes, en particular, para la seguridad de los peregrinos. (Guillermo de Tiro)

En tanto ricos y pobres, jóvenes y doncellas, ancianos y niños acudían a Jerusalén desde todas partes del mundo para visitar los Santos Lugares, bandidos y salteadores infestaban los caminos públicos, tendían emboscadas a los peregrinos que avanzaban sin des confianza, despojando a gran número de ellos e incluso masacrando a otros. Unos caballeros, amados por Dios y sacrificados a su servicio, renunciaron al mundo y se consagraron a Cristo. Mediante profesión de fe y votos solemnes pronunciados ante el patriarca de Jerusalén, prometieron defender a los peregrinos contra los grupos de bandoleros, proteger los caminos y servir como caballería al rey. Observaron la pobreza, la castidad y la obediencia según la regla de los canónigos regulares. Los principales de entre ellos eran dos hombres venerables y temerosos de Dios, Hugo de Payns y Godofredo de Saint-Omer. Al principio sólo fueron nueve los que tomaron tan santa decisión, y durante nueve años sirvieron con hábitos seculares y se vistieron con las ropas que les daban los fieles a modo de limosnas. Y como quiera que no tenían ninguna iglesia de su propiedad, ni una residencia estable, el rey les cedió una pequeña vivienda en una parte de su palacio, cerca del Templo de Señor. El abad y los canónigos del Templo les entregaron también la plaza que ellos tenían junto al palacio real. Y como desde entonces tuvieron su morada cerca del templo del Señor, fueron denominados en adelante caballeros del Temple. (Jacques de Vitry)

La ubicación de la nueva orden en la mezquita de al-Aqsa constituía toda una declaración de intenciones. Allí había estado el Templo de Salomón, era por tanto uno de los lugares más sagrados de la tierra, y los templarios se habían convertido en sus guardianes.

La gran explanada del monte Moriá o de la Roca se ubica en el ángulo sureste del recinto amurallado del Jerusalén medieval, un cuadrilátero irregular de unos 800 metros de lado, unas 64 hectáreas de superficie, cuyo nivel del suelo estaba en el siglo Xll varios metros por encima del que tuvieran las ciudades judía y romana. El espacio de la explanada del Templo era enorme; ocupaba una quinta parte de la ciudad, en un rectángulo casi perfecto de 440 por 275 metros. En ese amplio recinto, además de la mezquita de al-Aqsa, situada en el lado sur, se levantaba la magnífica mezquita de Ornar, o de la Roca, llamada así porque para los musulmanes la roca que ocupaba el centro de la mezquita había sido el lugar desde el que su profeta Mahoma había ascendido al cielo.

Para adecuar al-Aqsa como residencia de los templarios apenas había que hacer obras; las dependencias de la mezquita se utilizarían como habitaciones y bastaba con colocar una cruz sobre la cúpula y un altar ante el antiguo mihrab para convertir la sala de oración de la mezquita en una iglesia cristiana.

A la mayoría de los historiadores les ha llamado la atención que Balduino II concediera un espacio tan enorme a tan sólo nueve caballeros, puesto que podía albergar a varios centenares de personas. Es también extraño que durante los primeros años de existencia del Temple fueran admitidos muy pocos caballeros. Estas dos circunstancias han dado pábulo a un sinfín de especulaciones sobre a qué se dedicaron tos templarios durante los primeros años de su andadura.

Sin prueba documental alguna, se ha dicho que los primeros templarios se dedicaron a excavar en el suelo del solar del Templo de Salomón en busca de reliquias, sobre todo del Arca de la Alianza. Lo que hicieron fue desescombrar para adecentar los enormes establos donde ubicar a sus caballos, tal vez aprovechando antiguos espacios como cisternas y aljibes subterráneos. En el concilio celebrado en Troyes en el mes de enero de 1129, donde se ratificó la Orden del Temple y se aprobó su primera regla, Hugo de Payns hizo un relato en el que contó a los padres conciliares cómo fueron las costumbres y las observancias de los primeros años de la Orden; lamentablemente, el notario que redactó las actas del concilio no tomó en este caso ninguna nota sobre el parlamento del maestre.

Bien sea porque apenas hicieran nada, bien porque no se ha conservado documentación de su actividad entre 1120 y 1125, lo cierto es que de los seis primeros años del Temple no se conoce otra cosa que su propia fundación y la dotación de un espacio en al-Aqsa como sede de la Orden. Y no parece demasiado creíble que durante ese tiempo no estuvieran interesados en que se produjeran nuevos ingresos de caballeros, pues el objetivo inicial era sin duda constituir un grupo de choque para la defensa armada de los peregrinos, y para ello era necesario disponer de un numeroso contingente de caballeros. Da la impresión de que en estos primeros momentos la capacidad de captación de nuevos soldados para la milicia de Cristo fue muy escasa, pero una incorporación muy notable iba a cambiar la tendencia de forma sustancial.

El poderoso señor Fulco, conde de Anjou, que había estado en Tierra Santa en los años 1120 y 1121, mostró su simpatía hacia el Temple, y dotó a la Orden con una renta permanente de treinta libras angevinas antes de regresar a Europa. Fulco era un gran noble y su ingreso en el Temple hubiera supuesto un impulso notable, pero no lo hizo.

Habría que esperar hasta 1125. En ese año regresó por tercera vez a Tierra Santa el conde Hugo de Champaña. Era ya un hombre mayor que había sufrido un tremendo desengaño familiar y personal: estaba seguro de que su esposa lo había engañado con otro hombre y que el hijo que había engendrado no era suyo. El conde tomó en consecuencia unas decisiones drásticas: repudió a su esposa por adúltera, desheredó al hijo que consideraba ilegítimo, cedió la corona condal a su sobrino Teobaldo y, probablemente para calmar su alma y purgar su convulso espíritu, decidió pasar el resto de sus días en Jerusalén. Ya en la Ciudad Santa se encontró con su antiguo vasallo, Hugo de Payns, que pugnaba, sin demasiado éxito hasta entonces, por sacar adelante la nueva orden.

Hugo de Champaña se hizo templario en 1125 y dio a la Orden una nueva dimensión. Hasta ese momento, los templarios —tal vez unos quince caballeros, aunque otros señalan que eran unos treinta— pertenecían todos a la baja nobleza, en muchos casos probablemente incluso eran segundones carentes de feudos que administrar y de un medio propio del que vivir, pero con la incorporación del conde de Champaña el Temple ganaba para sus menguadas filas a uno de los más poderosos y ricos aristócratas de la cristiandad, señor además de una de las regiones de Europa donde más arraigo había alcanzado el ideal cruzado.

Se ha dicho, aunque algunos historiadores lo han puesto en duda alegando que todos ellos eran ricos caballeros, que en estos primeros años los templarios vivieron de las limosnas; y así parece que debió de ser, pues ni siquiera tenían dinero para poder disponer de un uniforme reglamentario, sino que cada uno de ellos vestía como podía, a la manera de los caballeros seglares, e incluso esos vestidos de tipo seglar tuvo que proporcionárselos el rey Balduino II. Desde luego, los primeros caballeros no parecen demasiado ricos, sino mas bien pobres aristócratas que han tenido que emigrar a Tierra Santa precisamente para salir de una situación personal difícil, como único medio para lograr el ascenso social y económico que en su tierra de origen les estaba vedado.

Parece probable que en estos primeros años de existencia los templarios se fijaran para su organización y su ideario en los «hombres del ribat», los guerreros musulmanes que renunciaban a su mundo a cambio de prestar su servicio militar en forma de cofradías de caballeros juramentados al servicio del ideal islámico. Claro que en este caso el servicio temporal era habitual, y en cambio en el Temple se apostó muy pronto por un servicio de por vida, y aunque se mantuvo el servicio temporal en algunos casos, el espíritu de los pioneros «desapareció o pasó a un segundo plano muy pronto».

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