Britania conquistada

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Año de Nuestro Señor de 1597. Han pasado diez años desde que la Grande Armada conquistara Inglaterra. Con la hereje Elizabeth prisionera en la Torre de Londres, Isabel, hija de Felipe II, y Alberto, reinan sobre los ingleses para mayor gloria de España y Roma.

Pero la salud de su Católica Majestad empeora, y los invasores españoles encargan al dramaturgo local William Shakespeare la composición de una obra sobre el Rey Felipe que perdure en la memoria de los siglos.

Los invasores desean garantizarse la fidelidad del dramaturgo, bajo sospecha de servir a los rebeldes ingleses, se le asigna un vigilante, el aspirante a escritor e infalible seductor, el teniente Lope de Vega.

“La caracterización de los personajes es exquisita; el uso de la lengua admirable, y la mezcla de tragedia y comedia de esta novela sencillamente perfecta”

Paul di Filippo

“Turtledove usa su fértil imaginación y amplios conocimientos para no dejar escapar al lector de la historia”

CNN.com

“Turtledove teje un brillante, intrincado y completo retrato de la tradición teatral de una era”

Publishers Weekly

ANTICIPO:
Dos soldados españoles bajaban por Tower Street con paso altanero en dirección a William Shakespeare. Sus botas chapoteaban en el fango. Uno llevaba una coraza oxidada y un elevado morrión, el otro llevaba un casco similar y una chaqueta de algodón acolchado. De los cintos colgaban sendos estoques. El que llevaba la coraza iba armado con una pica que medía más que él, el otro cargaba un arcabuz al hombro. Los rostros delgados y morenos reflejaban lo que parecía una sonrisa sarcástica permanente.

La gente se apartaba de su camino: aprendices sin gorgueras y con sencillas capas de lana; un marinero que fumaba en pipa con un pantalón a rayas en espiral azules; la mujer de un mercader con un jubón rojo con lunares blancos de lana (en un estilo casi masculino) que se alzaba la larga falda negra para evitar mojarse en los charcos; un granjero harapiento procedente del campo con un burro cargado de sacos repletos de alubias.

Para camuflarse entre el resto de la gente, Shakespeare se precipitó hacia la entrada, áspera y desgastada por el tiempo, de una tienda. Hacía más de nueve años que los españoles habían conquistado Londres, la habían conquistado en nombre de la Reina Isabel, hija de Felipe de España, y el marido de ésta, Alberto de Austria. Todo el mundo sabía lo que podía acaecerles a aquellas personas lo suficientemente imprudentes como para mostrarles alguna falta de respeto ante sus narices.

Del cielo gris empezó a caer una fría y desagradable llovizna de otoño. Shakespeare se caló el sombrero hasta la frente para evitar que la lluvia le alcanzase los ojos y para evitar que la gente se percatase de lo fino que se le estaba volviendo el pelo de la parte delantera de la cabeza, a pesar de que tan sólo tenía treinta y tres años. Se rascó la perilla recortada. ¿Cuál era el papel de la justicia en todo aquello?

Los españoles pasaron. Uno de ellos le dio un puntapié a un perro escuálido y anaranjado que mordisqueaba una rata muerta. El perro se fue corriendo. El soldado casi cayó tendido en la calle mugrienta. Su compañero le cogió del brazo para devolverle el equilibrio.

Detrás de ellos, los ingleses volvían a sus quehaceres. Un tabernero con la cara picada cogió a Shakespeare de la mano.

—Pasaos por el Red Bear, amigo —le dijo el hombre, echándole a la cara el aliento a cerveza y el hedor a dientes podridos—. La bebida es buena, las mozas simpáticas…

—Shakespeare se zafó de su presa. Con enorme disgusto, se había percatado de que la mano mugrienta del tabernero le había manchado el jubón verde lima.

—¿Que desaparezca? ¿Que desaparezca? —chilló el tabernero—. ¿Acaso os parezco un escarabajo al que podéis aplastar sin más?

—Escarabajo o no, os daré un puntapié si seguís molestándome —le replicó Shakespeare. Era un hombre alto, tirando a delgaducho pero de constitución recia y bien alimentado. Alrededor de las mejillas y de la mandíbula, la piel del vendedor se estiró como la piel de un tambor. Se marchó sigilosamente a ganarse sus peniques, mejor dicho, sus cuartos de penique, a otra parte.

Unas puertas más abajo, se encontraba la sastrería a la que solía acudir Shakespeare. Dentro, el hombre que estaba trabajando le miró a través de los anteojos que le engrandecían los ojos enrojecidos.

—Buenos días tengáis, maestro Will —le dijo—. Por dios, me alegro de veros sano.

—Yo también, señor Jenkins —le contestó Shakespeare—. Espero que vuestra buena esposa se encuentre bien. ¿Cómo está vuestro hijo?

—Ambos se encuentran muy bien —le respondió el sastre—. Os agradezco el interés. Peter estaría encantado de poderos saludar también, pero ha ido a llevar una capa que justo acabo de terminar al dueño de la pescadería, a su residencia en Thames Street, en Bridge Ward.

—Espero que el propietario de la pescadería la disfrute —dijo Shakespeare—. ¿Habéis acabado también la toga de rey que prometisteis para los actores?

Tras los gruesos anteojos, los ojos de Jenkins se hicieron aún más grandes y se abrieron todavía más.

—¿Se suponía que tenía que estar lista para hoy?

Shakespeare se dio con la palma de la mano en la frente, casi desprendiéndose de su sombrero.

—Por Dios, maestro Jenkins —dijo mientras volvía a colocárselo —¿cuántas veces os dije que lo necesitaba para el día de Todos los Santos? ¿Acaso no es hoy?

—Lo es. Lo es. Y sólo puedo rogaros que me disculpéis —dijo Jenkins afligido.

—Eso no me sirve de nada, y tampoco a mis compañeros actores —respondió Shakespeare—. ¿Pretendéis que Burbage se pavonee mañana en el escenario en mangas de camisa? Me matará cuando se entere y luego vendrá a por vos —negó con la cabeza al decir esto último, la furia precedía al sentido.

Para el sastre, la furia era más importante.

—Ya está casi acabada. Si tan sólo aguardarais un momento, puedo acabarla en una hora, o mi cabeza podría pagar por ello —hizo un gesto apaciguador y, para mayor convicción, dejó a un lado el jubón en el que había estado trabajando.

—¿Una hora? —Shakespeare suspiró profundamente mientras Jenkins asentía con energía. Tamborileando los dedos sobre el brazo, Shakespeare también asintió—. Que sea como decís, entonces. Si no fuera porque la toga de nuestro vestidor parece más bien la vestimenta harapienta y andrajosa de un vagabundo, no sería tan paciente.

—Verdaderamente, maestro Will, sois todo un caballero —Jenkins temblaba mientras sacaba la toga de terciopelo escarlata de debajo del mostrador.

—Confío en que este indecoroso retraso se refleje en el precio —dijo Shakespeare. Por la expresión del sastre, se dio cuenta de que Jenkins no había considerado esa afirmación en absoluto caballerosa. Mientras Shakespeare continuaba tamborileando los dedos, Jenkins cosía las últimas briznas de hilo de oro y le hacía el dobladillo a la toga.

—Podríais llevarla para ir por la calle, maestro Will, y hacer que la gente del pueblo se postrara ante vos como si en verdad fueseis un importante noble —dijo riendo entre dientes.

—Podría llevarlo para ir por la calle y que me detuvieran y me encerraran por ir vestido por encima de mi clase —le recriminó Shakespeare—. A los actores se les está prohibido, excepto cuando se encuentran sobre un escenario.

Jenkins volvió a sonreír entre dientes, lo sabía perfectamente.

Acabó casi tan rápido como había prometido, y desplegó la toga ante Shakespeare como si se tratara del encargado de vestuario preparado para ayudarle a ponérsela. —Estoy seguro de que bromeabais con lo del pago— le dijo.

—Por los clavos de Jesucristo, maestro Jenkins, no lo hacía. ¿Acaso carece de valor mi tiempo libre que debería malgastarlo alegremente por vuestra promesa rota?

—No la he roto, pues os prometí la toga para hoy, y aquí está.

—¿Y si hubiera venido esta tarde en vez de esta mañana? En ese caso, no la habríais cumplido. Puede que hayáis enmendado vuestra promesa, pero eso no significa que no la hubierais roto.

Discutieron durante algún tiempo más, de forma más o menos afable. Finalmente, el sastre descontó cinco chelines al precio establecido inicialmente.

—Más de lo que os merecéis; pero, por el bien de nuestros futuros negocios, lo haré —le aclaró a Shakespeare—. Lo cual hace que la suma a pagar ascienda a catorce libras, cinco chelines y seis peniques.

—Las telas que usáis son costosas —refunfuñaba Shakespeare mientras le daba a Jenkins el dinero. Algunas de las monedas de plata y cobre que depositó sobre el mostrador llevaban grabadas los rostros de Isabel y Alberto, otras (las más viejas y desgastadas) llevaban el de la depuesta Elizabeth, que seguía encerrada en la Torre de Londres, a tan sólo aproximadamente un estadio de distancia de donde se encontraba Shakespeare. Miró hacia fuera. Seguía lloviznando.

—¿Podéis darme algo con lo que cubrir esta toga, maestro Jenkins? De buen grado no desearía que estos cielos llorones me la percudieran.

—Creo que algo tengo. Dejadme que lo mire —Jenkins hurgó bajo el mostrador y apareció con un trozo de lona basta que ya había pasado sus mejores días—. Aquí tenéis, ¿os servirá esto? —Ante el brusco asentimiento de Shakespeare, el sastre envolvió la toga con la tela y la ató con un poco de bramante. Inclinó la cabeza hacia Shakespeare cuando le pasó el bulto—. Aquí tenéis, maestro Will, y disculpad los inconvenientes que pueda haberos ocasionado.

Shakespeare suspiró.

—Ya no puede hacerse nada. Lo que ahora necesito… —Empezaron a resonar cornetas y el ruido sordo de los tambores invadió las calles. Se sobresaltó—. ¿Qué es todo esto?

—¿No os acordáis? —el semblante del sastre cambió—. Por decreto de los españoles, hoy es el día del gran auto de fe.

—¡Oh, por todos los rayos! Tenéis razón, lo había olvidado por completo —Shakespeare miró hacia la calle mientras la llamada de las cornetas y el redoblar de los tambores volvía. En respuesta a la música, la gente surgía de todos los rincones para observar boquiabierta el espectáculo.

—Todo aquel capaz de olvidarse de los inquisidores es un hombre con suerte —dijo Jenkins—. Hace un mes, tal y como tienen por costumbre, bajaron por Toser Street para proclamar que esta… ceremonia se llevaría a cabo. —Parecía que iba a hacer algún comentario sobre el auto de fe; pero no lo hizo. Shakespeare no podía culparle por cuidar lo que salía de su boca. En Londres, por aquel entonces, una palabra que llegara a los oídos equivocados podía significar la condena al infierno de alguien.

Sintió que tendía que pasar por otro tipo de infierno, más pequeño.

—Entre este enjambre de personas, tardaré un siglo en volver a mi casa de huéspedes.

—¿Y por qué no acompañar el desfile hasta Tower Hill y ver lo que hay que ver? —preguntó Jenkins—. Después de todo, cuando a Roma fueres… y ahora somos todos romanos, ¿no es así? —Volvió a sonreír entre dientes.

Agriamente, Shakespeare hizo lo mismo.

—Claro, ¿por qué no? —respondió. En la época de Elizabeth, los opositores católicos habían tenido que pagar una multa por negarse a asistir a los oficios protestantes. Ahora, con sus reyes católicos gobernando, con la Inquisición y los jesuitas volviendo a reunir fervorosamente el país bajo el dominio del Papa, el hecho de no asistir a misa podía significar algo peor que las multas, y la mayor parte de las veces así era. Como la mayoría de las personas, Shakespeare se conformaba de la misma manera que había hecho bajo el mandato de Elizabeth. Algunos iban a misa porque era lo más seguro; otros, después de nueve años o más de gobierno católico, porque habían llegado a creer. Pero casi todo el mundo iba.

—¿Por qué no, qué? —repitió Jenkins—. Pensad lo que queráis sobre los españoles y los monjes, pero ofrecen un buen espectáculo. Quizás veáis algo que os sirva de inspiración para alguna de vuestras obras de teatro.

Shakespeare había pensado que no había nada que pudiera despertarle el deseo de asistir a un auto de fe. Ahora, se dio cuenta de que estaba equivocado. Asintió al sastre.

—Os doy las gracias, maestro Jenkins. No había pensado en eso. Quizás lo haga. —Guardó el bulto bajo el brazo, se recolocó el sombrero más firmemente, y salió a Tower Street.

Soldados españoles -y algunos ingleses de barba rubia leales a Isabel y Alberto- con cascos y corazas sujetaban las picas horizontalmente frente a sus cuerpos para contener a la multitud y permitir que la procesión pudiera proseguir su camino hacia Tower Hill. Parecía como si estuvieran dispuestos a utilizar las lanzas, y las espadas que colgaban de sus cintos, ante la más mínima excusa. Quizás por eso, nadie les daba semejante excusa.

Delante de Shakespeare se encontraban dos o tres filas de personas, pero no tenía problemas para ver por encima de las cabezas, a excepción de una mujer cuyo sombrero en forma de cucurucho le llegaba justo al nivel de los ojos. Miró en dirección este, hacia la iglesia de Santa Margaret en Pattens Lane, desde la cual procedía la procesión. A la cabeza avanzaban los trompeteros y los tamborileros, que empezaban a tocar otra fanfarria justo cuando se dio la vuelta para observarles.

Les seguían más soldados de semblante sombrío: nuevamente, españoles e ingleses entremezclados. Algunos llevaban picas. Otros llevaban arcabuces o mosquetes más largos y pesados. Diminutas volutas de humo surgían de las mechas de encendido que cargaban los hombres con armas. La llovizna ya casi había cesado durante el tiempo que Shakespeare había esperado a que el sastre finalizara la toga. Con ese tiempo húmedo, las armas de mecha habrían servido de poco más que de garrotes. Mientras marchaban, hablaban los unos con los otros en una jerga que había nacido desde el desembarco de los hombres de la Armada, con ceceos y vibraciones españolas mezclándose con las sonoridades pausadas del inglés.

Tras los soldados, caminaban cientos de madereros en la librea chillona propia de su compañía. “Uno de esos trajes podría también hacer las veces de traje del rey como el que tengo yo aquí”, pensó Shakespeare. Pero los madereros, cuyos bienes alimentarían los fuegos que quemarían a los herejes de hoy, parecían estar interpretando el papel de soldados: al igual que los hombres con armaduras que iban delante, ellos también marchaban con arcabuces y picas.

Desde la ventana de un segundo piso, al otro lado de la calle en la que se encontraba Shakespeare, un mujer gritaba:

—¡Deberías avergonzarte, Jack Scrope!

Uno de los madereros armado con una pica se volvió para ver quién había gritado, pero por aquella ventana no se asomaba nadie. Las mejillas del hombre se ruborizaron sensiblemente mientras seguía el paso.

Luego, apareció un grupo de frailes dominicos vestidos de negro (por sus miradas, la mayoría eran españoles) a los cuales precedía una cruz blanca. Cantaban salmos en latín mientras desfilaban hacia Tower Street.

Tras ellos marchaba Charles Neville, Conde de Westmorland, protector de la Inquisición inglesa. Su rostro nórdico era duro, reservado y orgulloso. Una generación antes, se había sublevado contra Elizabeth, había pasado años exiliado en Flandes y, seguramente, disfrutaba de cada oportunidad que se le presentaba de vengarse de los protestantes. El viejo portaba el estandarte de la Inquisición, y lo mantenía bien en alto.

Por un instante, la mirada de Shakespeare se dirigió hacia la izquierda, hacia la enorme construcción gris de la Torre, aunque la iglesia de Allhallows Barking impedía ver parte de la fortaleza. Se preguntó si, desde una de esas torres, Elizabeth estaría observando el auto de fe. ¿Qué debería estar pensando la reina encarcelada si lo estaba viendo? ¿Le estaba agradecida al rey Felipe por perdonarle la vida después de que los soldados del Duque de Parma acabaran con sus levas inglesas? -Aunque ella también acabara con la vida de una reina, no me rebajaré a hacer lo mismo-, había dicho Felipe. ¿Era eso generosidad? ¿O Elizabeth, al ver cómo se desvanecía todo aquello por lo que había luchado durante tanto tiempo, consideraba que su reclusión era como una especie de infierno en la tierra?

“Sería una tragedia espléndida”, pensó Shakespeare.

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