Bucaneros de Venus

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Por primera vez en español, Los Libros de Barsoom presentan las novelas interplanetarias de Otis Adelbert Kline, unas obras directamente basadas en la saga barsoomiana del escritor Edgar Rice Burroughs, y que provocaron según algunos eruditos del pulp como Donald Wolheim, una acre disputa entre ambos autores, y que provocaría que Burroughs, en adelante, iniciara una nueva saga planetaria ambientada en Venus, con el fin de perjudicar a Otis Kline. Bucaneros de Venus, que también apareció en formato libro como El puerto del peligro narra las aventuras de Grandon de Terra, en busca de su amada la princesa Varnia, que ha sido secuestrada por una misteriosa nación de piratas, los Huitseni, que se dedican a saquear las costas de Venus desde su oculto Puerto del peligro. Pero dichos piratas no son sino el agente ejecutor de oscuras intrigas políticas entre las diferentes potencias venusianas, en esta novela repleta de aventuras, duelos a espada y terroríficos monstruos, en una novela que bien podría haber escrito el mismísimo E. R. Burroughs.

ANTICIPO:

Evidentemente, el monstruo con el que la barca de pesca de Grandon había chocado en la oscuridad no era del tipo de los animales feroces, porque se sumergió, cubriéndolos de agua, antes de que pudieran llegar a la quilla de su embarcación.
Pero todavía no estaban fuera de peligro. De repente, Kantar, el artillero, le dijo a Grandon que el barco había comenzado a hacer agua a consecuencia de la colisión, y que el pequeño navío se estaba llenando de agua rápidamente.
—Dirígete hacia el barco que está en el centro de la formación, —ordenó Grandon—; esperemos que sea la nave insignia. Yo remaré y achicaré a la vez; es nuestra única esperanza.
Con los poderosos golpes de remo de Grandon ayudando a la vela del veloz barquito, fueron capaces de alcanzar rápidamente la nave, que se encontraba en la punta de la flota desplegada en forma de cuña. Cuando se encontraban cerca, Kantar le avisó y le dijo:
—Majestad, esta es la nave insignia de la flota.
—Bien, —replicó Grandon—. A partir de ahora actuaremos en completo silencio; si es posible, subiremos a bordo sin llamar la atención.
Al poco tiempo se encontraron tan cerca como para poder oír los sonidos de las conversaciones, y los que producían los tripulantes al moverse. En ese momento, su barquito todavía no había sido descubierto, ya que las luces colocadas en los mástiles de la nave insignia iluminaban poco en la dirección en que se encontraban. Los poderosos rayos de búsqueda de los focos estaban dirigidos hacia delante, al igual que lo estaban los de todos los barcos que los flanqueaban a ambos lados.
Sin atraer la atención de nadie, llegaron a colocarse bajo la popa del barco pirata. En ese momento, su barca estaba ya medio llena de agua; a pesar del trabajo de achique de Grandon, era muy probable que se hundiera en cualquier momento.
Vieron dos cadenas que, colgando de dos poleas, se encontraban encima de ellos. Con estas cadenas, se movía el timón, desde la cabina del timonel que se encontraba en la parte delantera de la nave.
—Súbete a esa cadena mientras yo me subo a la otra, —ordenó Grandon—. Los dos tenemos, más o menos, el mismo peso, de forma que si nos subimos a la vez, cada uno le servirá de contrapeso al otro y el timonel no notará que pasa algo raro.
Saltando hacia timón, Grandon se aferró a la cadena que se encontraba en el lado opuesto al que se encontraban. Al mismo tiempo, Kantar agarró la cadena que se encontraba más próxima a su barca, y los dos fueron subiendo ayudándose con las manos. Justo cuando Kantar abandonaba el barquito, la barandilla quedó sumergida y, antes de que hubieran recorrido la mitad de su camino sobre las cadenas, la punta del mástil de su navecilla desapareció de su vista. Habían alcanzado la nave insignia justo a tiempo.
Juntos, los dos hombres saltaron la barandilla de la nave; cada uno empuñaba el scarbo como sólo ellos sabían hacer. Entre ellos se encontraba un sólo vigilante, que no tuvo tiempo ni de tocar un arma; un golpe proveniente de un lado y un corte del otro bastaron para derribarle.
Entre los dos arrojaron el cuerpo por la borda.
Con gesto severo, Grandon dijo:
—Ahora buscaremos en el barco.
Pero apenas habían salido de su boca estas palabras, se oyó un gripo proveniente de la parte superior de un mástil.
—¡Enemigos a bordo! Hay dos extraños en cubierta. Han matado al centinela.
El vigía les iluminó con su antorcha y una bala se enterró en el espacio de cubierta que se encontraba entre ellos. El fuego prosiguió, pero, afortunadamente, la iluminación era muy pobre, y los dos hombres pudieron encontrar un refugio temporal en un camarote de la parte trasera del navío, que se encontraba vacío.
—Esto es una trampa, —dijo Grandon—. No podemos seguir aquí.
—A pesar de todo, —replicó Kantar—, no es un mal lugar para tomar un descanso.
Pero la decisión de irse o quedarse, no les correspondía a ellos. La puerta se abrió de repente, y un pirata amarillo saltó dentro del camarote, gritando como un demonio. En una mano empuñaba un cuchillo largo y pesado, y, en la otra, un scarbo listo para ser usado.
Grandon lo silenció rápidamente con un golpe en la garganta, pero su lugar fue inmediatamente ocupado por dos más. Otros empujaban desde atrás, ansiosos de enfrentarse con los intrusos.
Sin embargo, Grandon y Kantar era un par de espadachines difíciles de superar con cualquier clase de arma blanca; por ello, al poco tiempo, el suelo que se extendía ante ellos se encontró lleno de montones de cuerpos de sus enemigos. De repente, una voz, desde fuera, dio una orden, y los piratas, a pesar de encontrarse en lo más reñido de la pelea, se retiraron en silencio, dejando a los dos atacantes solos en la habitación.
Cuando Kantar se giró, mirando extrañado a Grandon, el terrestre vio como un globo de cristal penetraba en la habitación, rompiéndose en mil pequeños fragmentos contra la pared que se encontraba detrás de ellos. Al instante, Grandon se percató de un intenso olor ácido. La habitación comenzó a darle vueltas, Kantar cayó al suelo;, la habitación no paraba de girar. Luego llegó la oscuridad total.
Evidentemente, los efectos del gas contenidos en el pequeño globo sólo eran momentáneos. Cuando Grandon recuperó el conocimiento, se encontraba tendido en el suelo de un camarote, sujetado por dos piratas. Habían retirado los cadáveres de sus enemigos amarillos. Kantar se encontraba también tendido en el suelo a su lado, sin sus armas, y con las manos atadas a la espalda. Grandon intentó mover sus brazos y descubrió que se encontraban fuertemente atados.
Un oficial con el uniforme de un mojak ordenó que los llevaran a un gran camarote en la parte delantera de la nave. Otro oficial, cuyo uniforme indicaba que se trataba del romojak de la flota, se encontraba sentado frente a una mesa, tomando kova.
Cuando los dos prisioneros fueron llevados ante el romojak, éste preguntó:
—¿A quién tenemos aquí, San Thoy? Parece que hemos capturado a un prisionero de la realeza, si es que el más alto lleva con derecho la púrpura.
San Thoy se apresuró a contestar:
—Sí, excelencia; le he reconocido a partir de las descripciones; es Grandon de Terra, torrogo de Reabon.
—Entonces no me extraña que nuestros guerreros fueran segados como cuando se cosechan las plantas de frella, —dijo el romojak —; pocos hombres pueden enfrentarse con él, con un scarbo en la mano, y sobrevivir —se levantó, dedicó una reverencia a Grandon, y, a continuación, dijo—: Su majestad, me siento honrado por su inesperada visita a mi humilde barco. Ahora que estáis aquí, confío que vos y vuestro guerrero permanezcáis como nuestros huéspedes.
—¿Quién eres tú, perro amarillo? –preguntó Grandon—. ¿Qué le has hecho a la torroga de Reabon?
El romojak le devolvió su altiva mirada y con una exagerada deferencia le respondió:
—Me llamo Thid Yet, romojak de las flotas de Huitsen. He de comunicarle que no sé absolutamente nada de su majestad imperial la torroga de Reabon. Si la busca aquí, es que está mal informado sobre sus andanzas.
—Veo que eres tan hábil en el arte de la mentira como en el del secuestro, —repuso Grandon—. Escúchame. Vosotros los huitsenni os habéis estado librando de vuestro merecido castigo durante muchas generaciones. Pero no escaparéis esta vez. Ahora Huitsen es una palabra repugnante, pero cuando la flota de Reabon haya terminado su misión, sólo será un recuerdo maloliente, salvo que hagas lo que te ordene.
—Sus amenazas no me impresionan, —replicó Thid Yet—, pero por cortesía, le pregunto: ¿Qué es lo que me ordenaría?
—Que nos desembarques inmediatamente y con seguridad, a mi mujer, a mi guerrero, y a mí mismo, en suelo reaboniano.
—Sólo puedo volver a repetir lo que ya dije, —afirmó Thid Yet—; que no sé nada de las andanzas de su mujer. En lo referente a desembarcarles con seguridad a su soldado y a vos mismo en suelo reaboniano, estaremos encantados de haceros ese favor. Sin embargo, esto supondrá algunos gastos y no poco peligro para nosotros. Tenga en cuenta, majestad, que ha llegado a este barco sin que se le pidiera que lo hiciera; por ello nos parece justo que se nos reembolse estos gastos; nos basta con cien mil esclavos blancos, y un millón de keds de oro.
—¡Qué dices! –exclamó Kantar—. Estás pidiendo lo que vale un imperio, simplemente por desembarcarnos en la costa, y además cien mil esclavos.
—Uno no desembarca en la costa todos los días al torrogo de Reabon, —le contestó Thid Yet, haciendo una mueca con su boca desdentada.
—Desembarca con nosotros a mi mujer, sin que haya sufrido daño, —dijo Grandon—, y te pagaré dos millones de keds de oro. El segundo millón es para sustituir a los cien mil esclavos, un bien con el que yo no trafico.
De Nuevo, Thid Yet volvió a hacer una mueca.
—Me temo que tengo que rogarle que sean nuestros huéspedes durante un período indefinido de tiempo. San Thoy, enséñales sus habitaciones.
Grandon y Kantar fueron empujados fuera del camarote y llevados a lo largo de la cubierta hasta una escotilla que conducía a la bodega. Los bajaron como si fueran mercancías, y cada uno fue agarrado por un gesticulante bucanero amarillo.
—Llevadlos a las habitaciones de los invitados, —ordenó San Thoy; luego dio la vuelta y se marchó.
Los dos nuevos guardianes arrastraron a los prisioneros a través de pasadizos pobremente iluminados, y, finalmente, los arrojaron, con las manos todavía atadas a sus espaldas, en una pequeña habitación maloliente. Luego salieron, cerraron la puerta y echaron el cerrojo.
Al haber sido arrojado violentamente en aquella habitación, la cabeza de Grandon chocó con las poderosas cuadernas que abrazaban los costados de la nave, desmayándose momentáneamente. La llamada de Kantar hizo que recuperara el conocimiento por completo.
—¿Está herido, majestad?
—Un poco atontado, —contestó Grandon—, pero en un momento estaré bien, ¿y tú?
—Sólo tengo unos pocos arañazos.
—Entonces ven aquí y déjame probar a ver si podemos soltar nuestras ataduras. Debemos salir de aquí como podamos, y buscar en el barco.
Al poco tiempo, los dos hombres se encontraban sentados espalda contra espalda, sobre aquel suelo húmedo y sucio. Grandon luchó desesperadamente contra las ataduras que sujetaban las muñecas de Kantar. Desatar los nudos apretados que habían hecho los marineros amarillos, no era tarea fácil ni aunque pudiera usar los ojos para guiarse y tuviera las manos libres. A pesar de todo, trabajó pacientemente, con tenacidad, hasta que, finalmente, un nudo quedó deshecho. Pronto lo fue un segundo, y Kantar, con una exclamación de alivio, pudo frotarse sus entumecidas manos durante un momento. Rápidamente comenzó la tarea de desatar las manos de Grandon; esto le llevó menos tiempo, ya que el artillero podía trabajar con las manos por delante, viéndolas.
Cuando Grandon hubo restablecido la circulación en sus muñecas, intentó abrir la puerta. Estaba formada por unas gruesas placas de madera y encajada con tanta fuerza que no pudo moverla lo más mínimo. Ahora bien, las planchas, después de haber sido encajadas juntas, evidentemente habían encogido un poco y se habían formado grietas entre ellas, y a cada lado entre la puerta y el marco.
Kantar examinó la cerradura y dijo:
—Con solo que tuviera un cuchillo, podría levantar el cerrojo y abrir la puerta.
—Desgraciadamente, no tenemos ningún cuchillo ni nada que se le parezca, —repuso Grandon—. Sin embargo es posible que podamos convencer al guardia para que abra la puerta.
—¿Cómo?
—Haciéndole creer que uno de nosotros está intentando matar al otro. Los prisioneros muertos son inútiles para los huitsenni. Primero le haremos creer que estamos riñendo. Tú te tenderás en el suelo con las manos atrás, como si aún estuvieras atado. Comenzaremos discutiendo; luego tú darás golpes con tus manos en el suelo y gritarás, diciendo que te estoy pateando a muerte. A ver si funciona.
De acuerdo con lo que había dicho, Kantar ocupó su sitio en el suelo, mientras Grandon se colocaba donde debía estar, detrás de la puerta para cuando se abriera, y miró al pasadizo. Tan pronto como se acercó el guardia, alzó la voz y comenzó a insultar a Kantar, empleando palabras de argot escogidas, acusándole de haberlo metido en aquel desgraciado asunto y amenazándolo con matarle allí y ahora.
Kantar le respondió, aparentemente pidiéndole clemencia. Grandon vio como el guardia se detenía fuera y escuchaba, mientras se dibujaba una amplia mueca en su rostro. Pero, cuando Kantar comenzó a golpear el suelo con las palmas de sus manos, y a gritar que lo estaban matando, la expresión de la cara del guardia pasó a ser seria, y rápidamente abrió la puerta.
Apenas había dado un paso en el interior, cuando Grandon saltó sobre él. Le agarró desde atrás con una presa extraña y arrastró al guardia hacia atrás, apretándole la tráquea. Al mismo tiempo, Kantar se puso en pie de un salto y rápidamente le quitó sus armas. —Kantar –dijo Grandon— cierra la puerta hasta que hablemos con este individuo. Cuando el artillero hizo lo que se le había mandado, el terrestre dijo: —Ahora, queremos saber dónde se encuentra prisionera su majestad de Reabon. Si vienes con nosotros tranquilamente, y nos indicas el lugar, seguirás vivo; si no lo haces así, morirás. Asiente con la cabeza si estás de acuerdo. El guardia, cuya voz estaba totalmente impedida, asintió débilmente con la cabeza; entonces Grandon dejó de apretarle la garganta, permitiéndole que respirara de nuevo. —Kantar, –dijo Grandon— dame el scarbo y quédate para ti con el tork y el cuchillo. Mantén agarrado a este individuo por el arnés y no dudes en usar tu cuchillo si hace algún movimiento para traicionarnos. Con una mueca adusta, Kantar contestó: —Majestad, si se da este caso, lo usaré con gran placer. Grandon abrió cuidadosamente la puerta y miró al exterior. No había nadie en el corredor. —¿Dónde está el otro guardia? —le preguntó a su cautivo. Respetuosamente, el prisionero respondió: —Majestad, patrulla el corredor que se encuentra en la parte delantera. Ese corredor se encuentra conectado con este por dos pequeños pasadizos que se ramifican a partir de la escotilla central. Mi compañero no viene a este corredor salvo que le llame. —De acuerdo; llévanos por la ruta más segura a donde se encuentra la princesa. Recuerda: si se nos descubre por tu culpa, morirás.
Así advertido, el guardia, que era un cobarde, les condujo a una escalera que descendía hasta un corredor lateral. Kantar le sujetaba el arnés con una mano, empuñando su afilado cuchillo con la otra, ascendieron2 cuidadosamente. Llegaron a la cubierta cerca de la popa y rápidamente se dirigieron a la parte delantera del barco, manteniéndose en la sombra que proyectaban los camarotes, a fin de no ser descubiertos por el vigilante que se encontraba en la parte superior del mástil. Habían recorrido la mitad de la distancia que les separaba del camarote delantero, hacia el que se dirigían, cuando Grandon se percató de que un individuo, bajo y fuerte, había salido, aparentemente, de uno de los camarotes, llevando un bulto en sus brazos y dirigiéndose a toda prisa hacia uno de los cuatro pequeños botes que colgaban en este costado de la nave. Tras depositar en el bote el bulto, que era casi tan largo como él, el individuo, a quien Grandon reconoció ahora como San Thoy, subió también en la navecilla y rápidamente la bajó hasta el agua con la ayuda de dos cuerdas que pasaban a través de dos poleas sujetas al pescante. Él y sus dos acompañantes se aplastaron contra la pared del camarote hasta que el pequeño bote desapareció de su vista, pasando debajo de la barandilla. Luego prosiguieron avanzando hacia delante, una vez más. Finalmente, su guía se detuvo delante de una puerta y les susurró. —Este es su camarote.
Mientras Kantar vigilaba a su guía, Grandon intentó abrir la puerta del camarote, pero, al encontrarla abierta, pasó al interior. Los rayos de los faroles iluminaban la pequeña habitación, así que el terrestre pudo comprobar de un vistazo que se encontraba vacía. La mirada se le enturbió; el pirata amarillo que le había traído hasta aquel camarote habría tenido serios problemas, si no hubiera sido por algo que descubrió en el suelo, brillando con la luz que penetraba en la pequeña habitación. Lo recogió, e inmediatamente lo reconoció como una de las joyas del peinado de Vernia. Volvió a salir de la cabina y agarró el hombro del guardia con su puño de hierro.
—La princesa no está aquí, —dijo con severidad; luego alzó el scarbo como si estuviera a punto de abrir por la mitad la cabeza de aquel individuo.
—¡Majestad, perdóneme! –imploró el pirata amarillo—. ¡Este era su camarote, se lo juro!
—Entonces, ¿cómo explicas su ausencia? Habla rápidamente si quieres vivir.
De repente, el guardia dijo:
—Majestad, lo vi todo. ¡Llegamos demasiado tarde!
—¿Demasiado tarde? ¿Qué quieres decir?
—Su majestad pudo ver a San Thoy cargando un bulto. Este individuo es el degenerado que gasta todo su dinero en hermosas esclavas jóvenes. Ahora intenta poseer a la mujer más hermosa de Zorovia.
—En ese caso seguiremos a San Thoy –dijo Grandon—. Tú vendrás con nosotros; quizá puedas darnos una idea de hacia dónde ha ido. Kantar, vamos al bote más cercano; si nos descubre el vigía emplea tu tork.
—No nos descubrirá, —dijo el guardia—, de eso estoy seguro. San Thoy se habrá ocupado de que esté drogado o muerto, siendo lo más probable lo segundo.
La predicción del guardia amarillo fue acertada, ya que, mientras bajaban el bote al agua y se alejaban del navío, ni desde el mástil, ni desde ningún otro lugar del barco se produjo alarma alguna. La navecilla se encontraba bien equipada; tenía una pequeña vela, que izaron tan pronto como la flota se encontró lo suficientemente lejos, como para hacer improbable que pudieran ser observados.
—Dinos ahora –comenzó Gradon—. ¿Qué rumbo crees que ha seguido San Thoy?
—No puedo estar seguro, —repuso el guardia—, pero la isla más cercana es la isla de los valkars. En ella se encuentra una cueva pequeña, accesible con un bote pequeño. Allí, los huitsenni atracan frecuentemente para conseguir agua fresca. Han construido un refugio, pequeño pero bien fortificado, en el que se puedan retirar en el caso de que sean sorprendidos por una gran fuerza de los terribles habitantes del lugar. Es posible que haya ido a ese refugio para pasar la noche, e intente embarcar mañana en dirección a otro sitio más seguro.
—¿Puedes guiarnos hasta ese refugio?
—Majestad, puedo intentarlo. Yo no soy un navegante como San Thoy, que probablemente sepa atravesar con seguridad los bancos de arena y llegar a la cueva, incluso sin la ayuda de la luz. La isla es grande y yo sé, más o menos, la dirección en que se encuentra. Si dirigimos el bote adecuadamente, podremos alcanzar alguna parte de su escarpada costa en poco tiempo.
Con aire severo, Grandon le dijo:
—En ese caso, procura que la dirección sea la adecuada, si quieres vivir lo suficiente para ver la luz de mañana.
Las luces de los mástiles de la flota, parpadeaban débilmente en la lejanía cuando el pirata amarillo empuñó la caña del timón y le hizo oscilar para cambiar su curso. Después de tomar la precaución de amarrar los tobillos del prisionero con una cuerda, Kantar se sentó a poca distancia delante del pirata y comenzó a ocuparse de la vela, mientras Grandon vigilaba desde la proa de la nave.
No habían navegado apenas, cuando comenzaron a oír, delante de ellos, el estruendo de las olas estrellándose contra la costa.
—Esta es la isla de los valkars, —dijo el prisionero—, pero no sé cómo encontrar la cueva. Si intentáramos tomar tierra en cualquier otro lugar, es casi seguro que seríamos machacados por lo abrupto de la costa, o bien el bote se hundiría al chocar con alguno de los arrecifes puntiagudos y ocultos que circundan la isla. Si atracáramos con seguridad, no estaríamos mucho mejor; seríamos atrapados, en la oscuridad por los valkars que se nos llevarían y nos devorarían.
—¿Qué son estos valkars? –preguntó Grandon.
—Yo, que he navegado por todos los océanos de Zarovia, nunca he visto criaturas más horribles –contestó el pirata amarillo—. Se encuentran dotados con inteligencia humana y fabrican y usan armas y herramientas de metal, pero no son humanos; ni siquiera son mamíferos. Son anfibios. Nosotros hemos luchado dos veces contra ellos, cuando hemos venido a por agua. Yo era parte del grupo de desembarco. Aunque, en las dos ocasiones, nosotros éramos más numerosos, en ambas perdimos varios hombres en cada encuentro. Algunos fueron hechos trizas y devorados ante nuestros ojos. Algunos de nuestros muertos y heridos fueron retirados del campo de batalla por estos seres.
“Pero esto no es todo; cuando tuvimos el primer encuentro con los valkars y nuestro barco hubo abandonado la isla, aquellos de nuestros hombres que habían sido acuchillados, habían sufrido cortes o mordiscos, o simples rasguños en la batalla, aunque fueran muy ligeros, comenzaron a sufrir muertes horribles. Nuestro mojak, que era más sabio que la mayoría, mató a uno de nuestros valkars prisionero, y, de acuerdo con una antigua costumbre, ordenó que todos los hombres que hubieran sufrido alguna herida, por pequeña que fuere, bebieran un trago de la sangre del valkar o comieran un trozo de su carne. Los hombres que cumplieron, a tiempo, esta orden vivieron, pero no supimos la causa hasta más tarde.
“Llevamos dos valkars prisioneros a Huitsen, donde fueron examinados por nuestros más insignes científicos. Descubrieron que estas criaturas tienen unas glándulas en la boca con las que segregan veneno; antes de entrar en batalla, empapan sus armas y dientes con este veneno. En su sangre tienen una sustancia tal, que una pequeña cantidad de la misma es capaz de contrarrestar los efectos del veneno. Dado que ellos eran venenosos, a lo que se ve, pensaron que nosotros también lo éramos. Esta es la razón por la que algunos de nuestros hombres fueron hechos trozos en el campo de batalla, y sus fragmentos distribuidos entre nuestros enemigos que los devoraron.
Mientras estaban hablando, Grandon no dejaba de forzar sus ojos para poder ver algo en medio de la oscuridad que se extendía ante ellos. De repente exclamó:
—Veo una luz mortecina, justo delante de nosotros.
—En ese caso, he dirigido la nave mejor de lo que podía esperar, —repuso el pirata amarillo—, porque esa debe ser la luz de la cabaña que se encuentra junto a la cueva. Llegaremos allí en breve, si somos capaces de pasar a través de los bancos de arena sin sufrir daño.
Dirigió la nave recta hacia delante, pidiéndole a Grandon que siguiera observando la luz y le dirigiera, ya que a él le era imposible ver la luz desde la popa, donde se encontraba dirigiendo la vela. Grandon lo hizo así, y quedó sorprendido por lo que observó. Aunque, la primera vez que la vio, le había parecido que la luz no se encontraba a más de una milla, y aunque navegaban rápidamente hacia ella, no le pareció que aumentara su brillo, ni que, aparentemente, se encontraran más próximos. La luz parecía tener un antinatural brillo fosforescente, que no parecía probable viniera de una lámpara encendida en una cabaña.
Conforme avanzaban, el rugido de las olas, era cada vez más fuerte. De repente, el casco, se deslizó sobre una roca sumergida, fue arañado por una segunda y sufrió una rotura por parte de una tercera. Se produjo un tremendo crujido; luego, el bote se balanceó y dio media vuelta, golpeado por las olas; permaneció un instante inmóvil y, finalmente, una ola enorme lo engulló.
Justo más allá del traicionero banco de arena, dos hombres luchaban desesperadamente sobre la espumeante superficie del agua, llena de burbujas, esforzándose por alcanzar la costa. El tercero se había hundido para nunca más alzarse de nuevo.

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