Camino a Roma

CaminoARomaBenKane

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Desde la última y feroz batalla de la Legión Olvidada, Romulus y Tarquinius han viajado por medio mundo hasta llegar a Egipto. Tras ser reclutados por la fuerza para formar parte de las legiones de César en Alejandría, están a punto de ser aniquilados por los egipcios. Pero hay otro enemigo tanto o más peligroso: varios legionarios sospechan que los nuevos reclutas son esclavos que han huido y que por ello deben ser castigados con la crucifixión. 
Mientras, en Roma, Fabiola, la hermana gemela de Romulus, se enfrenta a un grave peligro. Amante de Bruto desde hace tiempo, está recibiendo atenciones del gran enemigo de éste, Marco Antonio, y se ve involucrada en la conspiración para asesinar a César. Una tragedia se avecina para Fabiola, quien debe decidir si llevar a cabo o dejar de lado sus planes de venganza contra el hombre de quien cree ser hija.
Desde los campos de batalla de Asia Menor y el norte de África, hasta las calles sin ley de la ciudad de Roma y las arenas repletas de gladiadores, los tres protagonistas deben usar sus habilidades para sobrevivir a las intrigas de la guerra civil. A medida que los eventos comienzan su despiadada marcha hacia los fatídicos Idus de marzo, la hora de la verdad los espera.
Con una fascinante combinación de historia y ficción que atrapa al lector hasta la última página, Ben Kane nos envuelve de nuevo en las apasionantes aventuras de estos tres personajes que se enfrentan por última vez a su destino. Desenlace de la trilogía iniciada con La legión olvidada y El águila de plata.

ANTICIPO:

Desatándose el barboquejo con una sola mano, Romulus se levantó ligeramente el casco y el forro de fieltro y se enjugó el sudor de la frente. Notó un cambio, aunque fugaz. Desfilaba cargado con una fajina, un grueso haz de varas de madera; cumpliendo órdenes de César, todos los soldados de la larga columna llevaban una, lo cual implicaba que, a pesar del terreno montañoso y las bajas temperaturas, sudaban con profusión. El ejército llevaba en marcha desde antes del amanecer y hacía varios kilómetros que habían dejado atrás el campamento provisional cercano a la ciudad de Zela.
Romulus alzó la vista al sol, el único ocupante del inmenso cielo azul. Ni una sola nube ensombrecía la tierra. Era temprano, pero los rayos del sol despedían una intensidad feroz que no había visto desde Partia. El día iba a tornarse más caluroso y además era muy posible que hubiera batalla y muerte. «Ojalá hubiera tenido la fortaleza necesaria para perdonar a Tarquinius antes de que desapareciera —pensó—. Ahora nunca podré decírselo.» El dolor volvió a abrumarlo y Romulus se dejó llevar. El hecho de intentar reprimir ese sentimiento no hacía más que intensificarlo.
Cada instante de aquel último día espantoso, con su correspondiente noche, en Alejandría estaba perfectamente presente en su mente. Lo más vivido era el mazazo inesperado de Tarquinius, la revelación de que había matado al noble agresivo que hacía ocho años se había enfrentado a Romulus y a Brennus en el exterior de un burdel de Roma. La pareja había huido, porque ambos pensaban que Romulus había sido el autor del asesinato. Sin querer, por supuesto.
La culpabilidad de Tarquinius seguía doliendo a Romulus, pero habría dado cualquier cosa para que el arúspice rubio reapareciera, con el hacha doble colgada del hombro. Sin embargo, sólo los dioses sabían dónde estaba. No le extrañaría que se contase entre los cientos de legionarios y marineros muertos aquella noche. Sin embargo, ellos tres habían estado a punto de sobrevivir, caviló Romulus con amargura. De no ser por los cabrones de los honderos, Tarquinius estaría con ellos en esos momentos.
Él y Petronius habían arrastrado desde el bajío al arúspice inconsciente y lo habían dejado en tierra firme. Acto seguido, aguijoneados por los gritos frenéticos de optiones y centuriones, se habían unido a la batalla para defender la isla. La lucha subsiguiente fue breve, cruel y contundente. Ninguna infantería del mundo superaba a los legionarios romanos en un espacio limitado como el Heptastadion. Las tropas enemigas se habían visto obligadas a retirarse a tierra firme, con un sinfín de bajas. Era un recuerdo agridulce para Romulus que, ensangrentado y magullado, había ido a buscar a Tarquinius de inmediato.
Por extraño que parezca, no había encontrado ni rastro del arúspice; no quedaba más que una marca enrojecida en la arena donde lo había dejado. Lo había buscado rápidamente por la zona, en vano. A pesar del destello del faro y del fuego de los muelles, había un sinfín de lugares donde esconderse entre las rocas erosionadas de la orilla.
En cierto modo, a Romulus no le había sorprendido la desaparición de Tarquinius. Seguía sin sorprenderle. En aquel momento, no había tenido ocasión de seguir buscando a su amigo. Su única opción habría sido desertar; pero, enfadado como estaba por la desaparición de uno de sus nuevos reclutas, el optio de Romulus lo había tenido vigilado día y noche. Además, la tarde de los trirremes de César habían evacuado a todo el ejército y navegado siguiendo la costa hacia el este de Alejandría. Preso de la desesperación, Romulus se contaba entre ellos. Había intentado levantarse el ánimo imaginando que Fabiola había oído lo que le había gritado y que pronto le haría llegar algún mensaje. En parte, le funcionó.
Tras aprender la lección en la capital egipcia, César se había trasladado para reunirse con sus aliados, liderados por Mitrídates de Pérgamo. Aunque se llamaba igual que el rey que había puesto a Roma contra las cuerdas, Mitrídates no guardaba ninguna relación con él y era un partidario leal de César. Su fuerza de relevo ya se había reunido con el ejército egipcio principal, que estaba al mando del rey adolescente Ptolomeo y sus asistentes. Tras un contratiempo inicial, Mitrídates mandó llamar a César para ayudar, y él estuvo encantado de dejar atrás las calles claustrofóbicas de Alejandría. Todos sus legionarios habían compartido ese sentimiento, con la clara excepción de Romulus. Ni siquiera una victoria aplastante contra los egipcios, en la que murieron miles de soldados enemigos y el joven rey acabó ahogado, le levantó el ánimo.
Con el control de Egipto en sus manos, César regresó a Alejandría junto a Cleopatra, la hermana del rey. Se había convertido en su amante, así que César la coronó reina. A Romulus poco le importaba. Fuera de sí y con el corazón roto, había reanudado la búsqueda de Tarquinius. Pero ya habían transcurrido varias semanas desde la batalla del puerto y cualquier pista posible estaría borrada desde hacía tiempo. En una ciudad con más de un millón de habitantes, ¿qué posibilidad había de encontrar a un hombre? Pidió dinero prestado a sus nuevos compañeros y se lo gastó en los templos y plazas de mercado con la vana esperanza de descubrir algo.
Pero no consiguió ni un triste dato.
Al cabo de dos meses, cuando las legiones abandonaban la ciudad, Romulus se había endeudado con una cantidad equivalente al salario de un año. «Hice lo que pude —pensó fatigado—. No he podido hacer nada más.»
Las bucinae sonaron y Romulus regresó al presente. La 11amada significaba «enemigo a la vista». El ejército se detuvo enseguida. Golpe tras golpe, las fajinas cayeron al suelo. Romulus miró a Petronius, que marchaba por el exterior de la fila. Tras la heroicidad que había supuesto que Romulus le salvara la vida, se habían convertido en muy buenos amigos. Petronius incluso le había ayudado a buscar a Tarquinius, lo cual Romulus aún agradecía.
—¿Ves algo? —preguntó.
Todos intentaban comprender por qué se habían detenido. En la mayoría de los ojos de los hombres se reflejaba un hambre palpable. Una batalla disiparía el aburrimiento de meses anteriores. Ansioso por consolidar su autoridad en todos los territorios vasallos, César había visitado primero Judea y Siria. Intimidados por la mera presencia de las tropas, los gobernantes locales se habían desvivido para jurar su lealtad a César. Una vez recaudados generosos tributos, los viajes plácidos de las legiones habían continuado por Cilicia, en la costa de Asia Menor.
César se dirigía a Ponto y Bitinia, donde el rey Farnaces causaba todo tipo de problemas. Farnaces, uno de los hijos de Mitrídates, el León del Ponto y el azote de Roma veinte años atrás, era tan belicoso como su padre. Mientras César y sus hombres estaban atrapados en Alejandría, él había reunido un ejército e iniciado una guerra brutal contra Calvinus, el comandante romano de la zona. Los hombres de Farnaces, que hicieron sufrir muchas pérdidas a Calvinus, habían castrado a todos los civiles romanos que cayeron en sus manos.
Razón por la que Romulus y sus compañeros se encontraron en un valle en el fondo de unas laderas pronunciadas en el norte del Ponto justo después del amanecer. César no se tomaba a la ligera tales afrentas y, tras meses sin siquiera una escaramuza, los legionarios se sentían aburridos e inquietos. Se alegraban de que las humildes propuestas de paz, cada vez más insistentes, hubieran caído en saco roto. Ahora iban a la caza de su ejército, empeñados en una confrontación. Los numerosos opositores republicanos a César en África e Hispania y los asuntos políticos de Roma podían esperar hasta que abordara este asunto.
Como oyó que el enemigo estaba acampado cerca de Zela, César condujo a sus legiones al norte desde la costa, a paso desenfrenado, por lo que llegaron a recorrer trescientos cincuenta kilómetros en menos de dos semanas. A Romulus le recordó la última parte de su decisivo viaje con el ejército de Craso. La diferencia más clara era que César era un genio militar, calificativo que sin duda su anterior aliado no se merecía. ¿Cómo iba a sobrevenir un desastre como Carrhae al general que esquivaba la derrota y la muerte a cada paso? Se sentía bien estando bajo el mando de César.
Para llegar al Ponto, también habían cruzado la provincia de Galatia. Deiotarus, su gobernante, era un feroz aliado de Roma desde hacía mucho tiempo, pero había prestado su apoyo a Pompeyo en Farsalia. Recientemente, había pedido el perdón de César, que se lo había concedido. La famosa caballería de Deiotarus y las diez cohortes de infantería fueron un añadido celebrado a las tres legiones minadas por la batalla y debilitadas del general. Instruidas en las costumbres romanas, las tropas eran leales y valientes.
Cuando habían llegado a las proximidades de Zela el día antes, las fuerzas combinadas habían acampado al oeste de la ciudad. Los jinetes galateos de Deiotarus habían hecho entonces un reconocimiento de la zona, y regresaron con la noticia de que el ejército de Farnaces estaba situado unos cuantos kilómetros al norte. Protegía el camino que conducía a la capital póntica, Amasia, y por ello se había situado en el mismo lugar que Mitrídates cuando derrotó a un gran ejército romano en la generación anterior. Era obvio que se trataba de un acto deliberado; aunque, si bien algunos legionarios lo consideraban un buen augurio, no puede decirse que no estuvieran preocupados. ¿Acaso Mitrídates no había acabado sucumbiendo al poder de la República?
—¡Ahí! —exclamó Petronius con aire triunfante, señalando la colina que estaba en uno de los lados—. Debe de ser ahí.
Romulus se ciñó el barboquejo y observó el montículo plano en la parte superior. Estaba al otro lado de un arroyo prácticamente seco. En lo alto, divisaba la silueta de cientos de tiendas.
El ligero viento transportaba el relincho de los caballos, que se mezclaba con los gritos de alerta de los centinelas. Enseguida empezaron a salir siluetas de las tiendas y los chillidos de alarma ahogaron los ruidos anteriores. Los legionarios empezaron a murmurar emocionados. El hecho de que llegaran temprano había pillado por sorpresa al ejército de Farnaces.
Romulus se rio por lo bajo al reconocer la táctica de César. Tal como había aprendido en la arena, el conocimiento y la preparación eran factores determinantes en el éxito de una guerra, junto con un ojo infalible para aprovechar las oportunidades cuando se presentan. César era un maestro en los tres. Su orden de que cada hombre llevara una fajina había provocado unos cuantos quejidos, pero nadie estaba del todo descontento. Cuando se juntaran todas, formarían el núcleo de un terraplén defensivo.
Romulus se preguntó qué más tenía César en mente. Desde Zela, las legiones habían seguido el camino a Amasia, que discurría alternando uno y otro lado de un arroyo poco caudaloso. En aquel momento, estaban en la orilla oriental. El curso del agua que se veía bajo la colina que ocupaba el enemigo probablemente fuera una ramificación de éste, pero ninguno de los dos era lo bastante profundo para evitar el contacto con sus oponentes. Algo más allá, el valle se bifurcaba y formaba una especie de T. El arroyo que discurría bajo el ejército de Farnaces brotaba del lado izquierdo, mientras que su curso continuaba hacia el norte, entre las colinas. Era imposible seguir esa ruta sin arriesgarse a sufrir un ataque del enemigo desde el flanco. Tampoco es que César fuera a intentar evitar la batalla, pensó.
—Esos cabrones no cederán el terreno elevado —declaró Petronius—. Querrán que nos deslomemos subiendo la colina.
—César es demasiado astuto para eso —declaró un soldado de la fila de atrás—. Aunque nos encontráramos a esos cabrones echando la siesta.
Su comentario fue recibido con risas y murmullos de aceptación contenidos.
Romulus señaló la pendiente que estaba a su izquierda.
—Si nos situamos ahí arriba, nuestra posición será tan buena como la de Farnaces.
Los hombres dirigieron la mirada a quien había hablado. Los valles que protegían a sus enemigos también les servirían de defensa. Así, cada ejército podía observar al otro y alcanzar un punto muerto susceptible de durar días. En Farsalia, las legiones de César habían estado frente a frente con las de Pompeyo una semana antes de que empezara la lucha.
—¡Eso implica llevar las putas fajinas hasta ahí arriba! —gruñó una voz que estaba más atrás.
—¡Tonto! ¡Te alegrarás de tenerlas si el enemigo ataca! —bramó Petronius.
Las carcajadas y los abucheos cayeron sobre el legionario anónimo, que enmudeció.
Las bucinae sonaron y silenciaron el regocijo de los soldados.
—¡Media vuelta! —gritaron los centuriones—. ¡Volved a formar filas, de cara al oeste!
En menos de una hora, el ejército entero había llegado a la cima de la colina. La mitad de la infantería y la caballería galatea se desplegaron formando un muro protector, y los soldados restantes se pusieron a excavar una zanja para circundar el campamento. La tierra se mezcló con las fajinas para levantar una muralla más alta que un hombre. Mientras los legionarios romanos erigían las paredes delanteras y traseras, los soldados de Deiotarus construían los laterales. El resultado de sus esfuerzos no bastaba para soportar un ataque prolongado, pero bastaría por el momento.
Al cabo de un rato, la reata de mulas que cargaban las tiendas y sus yugos llegó al valle inferior. El hecho de dejar atrás el equipaje suponía que los legionarios estaban preparados para luchar sin previo aviso. Romulus sabía que era un ardid típico de César.
—Llega en un momento inesperado y la victoria suele estar al alcance de la mano —musitó mientras marchaban colina abajo para escoltar a las mulas hasta arriba. Pero ¿cómo podía hacerse ahí?
Sus contrincantes los observaron durante el resto del día. Los jinetes galopaban arriba y abajo de la colina de enfrente, llevando mensajes y órdenes a los aliados de Farnaces en la zona. La caballería de Deiotarus hizo incursiones hasta lo alto de las fortificaciones pónticas, para averiguar cuanto pudiera. Los jinetes enemigos hicieron lo mismo con la posición romana. Para cuando oscureció, los legionarios se dieron cuenta de que se enfrentaban a un ejército que los triplicaba en número. Farnaces poseía una caballería superior, una cantidad mayor de infantería y otro tipo de tropas que ni siquiera César tenía. Contaba con peltastas tracios, tbureopboroi, escaramuzadores judaicos y honderos de Rodas. Había caballería pesada parecida a los catafractos partos y grandes cantidades de carros falcados. Había que evitar la confrontación en terreno llano a toda costa. Asaltar la posición tan fortificada del enemigo tampoco parecía una buena opción. En la mente de Romulus empezó a tomar cuerpo una sensación de desasosiego permanente.
El sol se ponía con un brillo rojizo que iluminaba a las parejas de centinelas romanos en las murallas orientales. No habría ataque sorpresa al amparo de la oscuridad. Sentados en el exterior de las tiendas de cuero, el resto de los soldados de César compartían acetum, vino agrio, y bucellatum, el bizcocho duro que comían cuando estaban de campaña. Petronius y los otros seis soldados del contubernium de Romulus se acomodaron junto a la pequeña hoguera, riendo y bromeando. La misma escena se repetía por todo el campamento, aunque no lograba evitar el desasosiego de Romulus. Si bien había entablado cierta amistad con sus compañeros, la soledad seguía royéndole las entrañas. Deseó, más que nunca, que Brennus siguiera vivo y Tarquinius no hubiese desaparecido.
Como es natural, lo que él pensara no tenía importancia. Romulus exhaló un suspiro. Ni siquiera Petronius, en quien tenía una fe ciega, podría llegar a saber la verdad sobre su pasado. Esa noche, sin embargo, lo que quería compartir no era su origen como esclavo, sino su duda. Romulus no era capaz de superar la arrogancia despreocupada de los soldados de César, la certeza de que Farnaces y su enorme ejército serían derrotados. ¿Acaso no había sido aquélla la actitud de la mayoría de los legionarios de Craso antes de Carrhae?
Sin embargo, mencionar su experiencia en ese malhadado ejército llamaría una atención no deseada. Como poco, lo calificarían de mentiroso y, a lo peor, de desertor. Lo único que Romulus podía hacer era mantener la boca cerrada y seguir confiando en César.
El día siguiente amaneció frío y claro, lo cual presagiaba otro día de sol. Sonaron las bucinae, que despertaron a los hombres como de costumbre. La rutina del ejército no cambiaba por el mero hecho de que hubiera un enemigo cerca. Después de un desayuno ligero, a la mayoría de los soldados se les asignaba la misión de reforzar la muralla que rodeaba el campamento. Si bien las fajinas y la tierra excavada habían cumplido con su cometido durante una noche, todavía quedaba mucho por hacer. En el exterior de la fortificación habían colocado estacas de madera afiladas, justo por debajo del nivel de paso de los centinelas. Excavaron fosos profundos en hileras irregulares y colocaron bolas de hierro con cuatro púas en el fondo. Partieron losas de piedra con martillos y cinceles que clavaron en la tierra, apuntando hacia arriba como los dientes de la boca gigantesca de un demonio. Romulus quedó fascinado al enterarse de que también se habían empleado esas defensas en Alesia, a lo largo de más de veinticinco kilómetros y encaradas en dos direcciones.
Sin duda, aquellos preparativos eran necesarios: la enorme fuerza a la que se enfrentaban estaba formada por guerreros fieros que ya habían saboreado el triunfo frente a un ejército romano. Además estaban en terreno sagrado, el emplazamiento de una victoria histórica de Mitrídates sobre Roma. En tales circunstancias, la derrota estaba a un paso.
Las ballistae, que se habían desmontado para facilitar su transporte, se ensamblaron. Encaradas al norte hacia el ejército de Farnaces, se colocaron en el intervallum, el terreno abierto que circundaba el terraplén por el interior. Enviaron grupos de trabajo con mulas a recoger piedras del tamaño adecuado para las catapultas de brazo doble. Probablemente la artillería fuera la mejor baza de César, pensó Romulus al recordar el fuego fulminante que enviaron las ballistae de la Legión Olvidada durante su última batalla.
El recuerdo le trajo una punzada de tristeza y culpabilidad. Como siempre, las emociones fueron seguidas de agradecimiento. «Si Brennus no hubiera sacrificado su vida, yo no estaría aquí», pensó Romulus. Aquel trago amargo hizo que le costara más no culparse también por lo que le había ocurrido a Tarquinius. Cuando recordó que el arúspice había sido quien había querido entrar en la capital egipcia, consiguió ahuyentar la sensación de culpa. Cada hombre era dueño de su propio destino, y Tarquinius no difería en ese sentido.
El sol radiante acabó animando a Romulus. Afortunadamente, la Vigésima Octava había sido elegida para formar el muro defensivo delante del campamento. Si bien parte de la caballería galatea de Deiotarus tenía la misma misión, habían enviado a la mayoría de los escuadrones a inspeccionar el terreno circundante. Encantados por lo fácil de su cometido, los hombres de la Vigésima Octava observaban a sus compañeros trabajar arduamente y se reían tapándose la boca con las manos para que los oficiales no los oyeran.
Al cabo de un tiempo, Romulus echó un vistazo a la posición enemiga.
—¡Por las pelotas de Júpiter! —exclamó—. Se están moviendo.
Petronius maldijo en voz bien alta. Al otro lado del valle, miles de hombres emergían desde detrás de las fortificaciones pónticas y se colocaban en formación. Las armas brillaban bajo el sol temprano de la mañana y el crujido de las ruedas de las cuadrigas y las órdenes dadas a gritos cruzaban el aire. Pronto resultó obvio que todo el ejército de Mitrídates abandonaba el campamento.
La respuesta de los oficiales romanos fue instantánea.
—¡Formación cerrada! ¡Alzad los escudos! —rugieron, caminando arriba y abajo delante de las filas. Los legionarios levantaron las jabalinas y obedecieron de inmediato. Aunque la pendiente que tenían delante era pronunciada, si el enemigo atacaba sería peligroso. De todos modos, no tenía por qué cundir el pánico: tardarían un rato en descender al valle y subir luego hasta su posición. Si eso ocurría, sus compañeros de las murallas dispondrían de tiempo más que suficiente para unirse a ellos.
—Debe de ser un desfile —dijo Petronius con desdén—. Mitrídates quiere demostrar a sus soldados lo valientes que son.
—Tal vez quiera que César despliegue más hombres aquí —replicó Romulus.
Petronius frunció el ceño.
—¿Para ralentizar la construcción de las fortificaciones?
Romulus inclinó la cabeza. Si todo su ejército tenía que defender el campamento constantemente, jamás llegarían a construirlo.
—Probablemente esté alardeando de ejército. Para que se sientan más seguros. Al fin y al cabo, son muchos más que nosotros —masculló Petronius.
Aquella teoría resultaba bastante convincente. Romulus sonrió, satisfecho de la ventaja psicológica de los legionarios romanos con respecto a otros ejércitos.
La pareja echó un vistazo al campamento, preguntándose cómo iba a responder su general. Al poco tiempo apareció una silueta enfundada en una capa roja en las murallas, seguida de un grupo de altos mandos y un solo bucinator. La aparición de César, que pretendía ver mejor al enemigo, fue recibida con una fuerte ovación. César alzó una mano para protegerse los ojos y atisbo a lo lejos. Observó el ejército de Mitrídates durante un buen rato.
Romulus hizo lo mismo. En la parte delantera distinguía grupos de honderos y arqueros, las tropas con proyectiles que lideraban la mayoría de los ataques con la misión de causar el mayor número de bajas posible. Detrás de ellos, en el centro, estaban formados los carros de guerra, con miles de peltastas y thureophoroi dispuestos en un compacto recuadro que los seguían muy de cerca. A la izquierda se encontraba la caballería pesada póntica, y al otro lado, una masa revoltosa de jinetes tracios con armas ligeras.
—A mí me parece que están en formación de batalla —murmuró Romulus.
—Pues sí —convino el otro con un gruñido receloso—. Ahora llega Mitrídates.
Extasiados, contemplaron a un jinete montado en un magnífico semental negro que cruzaba las puertas del campamento entre los vítores cada vez mayores del ejército que le aguardaba. Lo seguían varios guerreros con cota de malla a lomos de corceles parecidos. Gritando con voz profunda, Mitrídates avanzó lentamente hasta situarse delante del ejército. Los soldados reaccionaron profiriendo fuertes gritos de admiración, y el sonido inconfundible de las espadas golpeando los escudos se mezcló con el choque de los platillos y el redoble de los tambores. Como los soldados de cualquier otro ejército, los pónticos se deleitaban con las atenciones de su señor. Cuando llegó al centro, Mitrídates se pasó un buen rato dando órdenes a los aurigas y Romulus se puso más nervioso. Para cuando el rey se hubo dirigido a la fuerza entera, el nivel de ruido al otro lado del valle había alcanzado un crescendo amenazador.
—Que griten —dijo Petronius con desprecio—. A nosotros nos da igual.
Desconcertado, Romulus echó una mirada a César, que no había cambiado de postura. «Parece que no hay nada que ponga nervioso a este general», pensó aliviado.
César se volvió para deliberar con sus oficiales. Al cabo de unos instantes, se colocó de cara a la Vigésima Octava, bajo la mirada atenta de todos los hombres que la componían.
—No hacen más que alardear, camaradas —declaró con seguridad—. No hay de qué preocuparse. Hoy no habrá batalla. Es mucho más importante terminar nuestras fortificaciones. —Después de estas palabras, se oyó un suspiro de alivio. Satisfecho, César bajó al intervallum y desapareció.
—Como estabais —gritaron los oficiales—. Volved al trabajo.
Los picos y las palas volvieron a alzarse y descender. Las mulas que rebuznaban mientras cargaban piedras para las ballistae fueron empujadas hacia los muros. Un agrimensor salió por la puerta delantera charlando con un colega; un esclavo correteaba tras él sujetando el groma, el dispositivo que ayudaba a su amo a trazar una cuadrícula rectangular del campamento todos los días. El groma, un par de palos rectos entrecruzados en un bastón vertical, contaba con un plomo que colgaba de cada uno de los cuatro brazos.
Petronius y el resto de los compañeros de Romulus se relajaron y empezaron a charlar. Les había vuelto a tocar el trabajo más fácil. Los optiones y centuriones no hicieron nada para impedir sus chanzas. Si a César le daba igual, a ellos también.
Sin embargo, Romulus no aflojó la observación del enemigo. Mitrídates seguía hablando, y al final una ovación larga y entusiasta brotó de las tropas allí reunidas. Romulus soltó una maldición.
—César se ha equivocado —señaló—. Esos cabrones van a atacar.
Petronius le dedicó una mirada incrédula, pero cambió de expresión al observar a los pónticos. Hubo otros soldados que también se dieron cuenta.
Mitrídates ya se había hecho a un lado para permitir que los honderos y arqueros fueran los primeros en bajar por la ladera. A continuación aparecieron los carros falcados, cuyos ejes chirriaban con fuerza. A su lado trotaban la caballería pesada y los jinetes tracios, que formaban una segunda oleada de hombres y corceles. La retaguardia estaba ocupada por los peltastas y otros soldados de infantería. No obstante, lo que más preocupaba a Romulus eran los carros pónticos y la enorme cantidad de apoyo montado que tenían a cada lado. Si el ejército de Mitrídates tomaba la descabellada decisión de atacar colina arriba, él y sus compañeros tendrían que pelear para contener un ataque frontal. La mayoría de los jinetes de Deiotarus aún estaba por llegar.
La muchedumbre agitada de carros y jinetes llegó enseguida al pie de la ladera contraria. Se produjo una pausa significativa y todos los miembros de la Vigésima Octava contuvieron el aliento. ¿Avanzaría el enemigo por el fondo del valle o tomaría la decisión fatídica de atacar hacia arriba, hacia sus líneas?
Romulus se alegró al ver que su optio también estaba observando, pero ni él ni los centuriones parecían alarmados. No era tan extraño, supuso. Atacar colina arriba era una insensatez. Romulus frunció el ceño, preocupado por que aquello no fuera más que una maniobra del enemigo. No tenía nada de malo prepararse, advertir a César. ¿Acaso los oficiales tenían tanta fe ciega en él que no veían lo que ocurría delante de sus narices?
Los primeros honderos y arqueros saltaron al agua, seguidos rápidamente por sus compañeros. Manteniendo los arcos y hondas en alto, pronto alcanzaron la otra orilla levantando la vista hacia la posición romana. Los caballos relincharon al ser obligados a entrar en el arroyo, si bien la caballería pesada cruzó de forma ordenada. Como cabe esperar de las tropas irregulares, los tracios cruzaron sin orden ni concierto, gritando y riendo. De los carros surgían fuertes retumbos y salpicaduras, pues también atravesaban sin vacilar el agua que les llegaba a la altura de la pantorrilla. Los soldados pónticos se reagruparon en una zona de terreno más o menos llano y rápidamente retomaron sus posiciones originales. Todos ellos miraban entonces hacia arriba, mientras los oficiales señalaban y daban órdenes a gritos.
—No es posible que sean tan estúpidos —susurró Petronius.
—Yo no estaría tan seguro —replicó Romulus de manera sombría.
Se produjo un pequeño retraso cuando los guerreros enemigos espolearon sus monturas para que se pusieran en fila. Luego, a instancias de los aurigas que iban en cabeza, soltaron un grito airado y empezaron a avanzar al unísono. Colina arriba.
—¡Por Júpiter! —exclamó Petronius—. Están locos.
Su centurión por fin reaccionó.
—¡Nos atacan! —gritó—. ¡Dad la alarma!
El bucinator más cercano se llevó el instrumento a los labios y emitió una serie de notas cortas y agudas una y otra vez. La Vigésima Octava respondió rápido, los oficiales obligaron a las cohortes a colocarse en formación cerrada al tiempo que reducían el espacio con el vecino a cada lado. Los jinetes de Deiotarus, apenas un centenar, avanzaron juntos con inquietud. Poco después, los legionarios que trabajaban en las zanjas y murallas se fijaron en las filas bien apretadas que ascendían la colina. Liderados por sus oficiales, corrieron hacia el intervallum para coger los escudos y los pila.
«Van lentos —pensó Romulus—. Demasiado lentos.»
La protección que necesitaban —el resto de la caballería de Deiotarus— no aparecía por ningún sitio. Además, las legiones del campamento tardarían media hora en encontrar todos sus aperos, montarlos y marchar hacia la batalla. Para entonces, toda la Vigésima Octava estaría aniquilada. Romulus miró a su alrededor y vio la misma constatación en el rostro de los demás hombres. No obstante, tenían que quedarse donde estaban: sin su protección, sus compañeros poco preparados del interior de los muros correrían la misma suerte.
El ambiente de confianza que había reinado toda la mañana se evaporó. Lo que había parecido pan comido iba a significar la muerte de todos ellos. Nadie habló mientras observaban al enemigo avanzar colina arriba, tomándose su tiempo para que los caballos conservaran la energía. Los hombres de Mitrídates, que habían luchado contra los romanos con anterioridad, sabían que no corrían el riesgo de estar a tiro de las jabalinas hasta que se encontraran a treinta pasos, o quizá cincuenta en una pendiente como aquélla. Las ballistae seguían tras los muros, por lo que no había forma de evitar que el enemigo ascendiera la ladera sin problemas. Los caballos pónticos dispondrían de tiempo más que suficiente para reagruparse antes de cargar. Romulus notaba la boca seca ante tal panorama.
Un silencio incómodo se apoderó de la Vigésima Octava; se oían gritos airados y chillidos procedentes del campamento mientras el resto del ejército se preparaba a toda prisa. Seis centurias de unos ochenta hombres tenían que juntarse para formar una cohorte; diez de ellas juntas formaban una legión. Si bien la maniobra se realizaba con fluidez, llevaba su tiempo. «Un buen general no hace marchar a sus hombres a la batalla sin antes prepararlos», pensó Romulus. Él y sus compañeros tendrían que apañárselas.
La hueste enemiga no tardó demasiado en situarse a doscientos pasos de su posición. Entonces Romulus distinguió a los honderos y arqueros. Ataviados con unas sencillas túnicas de lana, se parecían a los mercenarios contra los que habían luchado en Egipto. Cada hombre llevaba dos hondas, una para distancias cortas y otra para las largas. Llevaban la de recambio alrededor del cuello y una bolsa de cuero con una correa con la munición. Había muchos que también llevaban navajas. Los arqueros, vestidos con túnicas blancas, iban mejor armados. Aparte de los arcos recurvados, muchos portaban espadas en los cinturones rojos de cuero. Con alguna que otra coraza de piel o tela y cascos, aquellas tropas podían entrar en combate con el enemigo además de lanzar flechas desde una distancia considerable.
«No obstante, ninguno de estos tipos supondrá una amenaza para el muro de escudos de los legionarios», pensó Romulus. Los que sí lo supondrían eran los aurigas de las cuadrigas que los seguían, y los jinetes armados hasta los dientes a ambos lados. Aunque estaba al corriente del fracaso de los persas al intentar utilizar carros falcados contra Alejandro en Gaugamela, Romulus seguía sintiéndose intranquilo. Los hombres que lo rodeaban, a diferencia de los de Alejandro, no habían aprendido a luchar contra tales vehículos. Tirados por cuatro caballos acorazados y controlados por un único guerrero, disponían de cuchillas curvas como un brazo de largas que sobresalían del extremo de los ejes y de ambas ruedas. Transmitían una promesa de devastación.
Los carros persas tampoco habían contado con el apoyo de la caballería pesada, como ocurría con los pónticos. Estos jinetes podían dar media vuelta y situarse en la retaguardia para evitar así cualquier retirada. Romulus se quedó aterrado al recordar los catafractos partos. Con los cascos cónicos de hierro, cota de malla de escamas hasta debajo de la rodilla y armados con jabalinas largas, quienes tenían delante se parecían mucho a los guerreros con cota de malla que habían machacado sin piedad a las legiones de Craso. Los rayos del sol destellaban en la cota de malla que cubría el pecho y los flancos de sus caballos, lo cual hacía que en el rostro de los legionarios se reflejara una luz cegadora.
La amenaza que suponía el ejército de Farnaces fue calando en torno a Romulus. Los hombres parecían muy preocupados. «Si supieran lo que yo vi en Carrhae —pensó—, muchos echarían a correr.» Por suerte no lo sabían, así que mantuvieron las temblorosas filas. Su optio miró al centurión, que carraspeó con timidez.
—¡Firmes, muchachos! —ordenó—. No tendremos que contener a esos cabrones demasiado tiempo. César está en camino.
—Más le vale al muy cabrón —comentó Petronius.
Una risa nerviosa recorrió las filas de soldados.
No tenían la oportunidad de andarse con contemplaciones, ya que los arqueros y honderos pónticos lanzaron la primera ráfaga. Cientos de flechas y espadas salieron disparadas y oscurecieron el cielo. En la mayoría de las batallas aquélla era la primera maniobra, cuya intención era causar el máximo número de bajas y mermar al enemigo antes de una carga. Aunque su escudo se componía de varias capas de madera curada y estaba recubierto de cuero, Romulus sintió que apretaba la mandíbula.
—¡Fila delantera, de rodillas! —gritaron los oficiales—. ¡El resto, alzad los escudos!
Cientos de scuta chocaron entre sí cuando los hombres se aprestaron a protegerse. En cambio, los que ocupaban la parte delantera, como Romulus y Petronius, se dejaron caer al suelo para que sus escudos los cubrieran por completo, mientras los hombres de la segunda fila colocaban los suyos en un ángulo oblicuo delante de sí. Quienes estaban más atrás alzaron los scuta directamente por encima de la cabeza. Se trataba de un método empleado por la Legión Olvidada para aguantar las flechas partas, y Romulus se alegró de que César también lo utilizara. El despliegue normal, en el que los hombres de la primera fila se quedaban de pie, hacía que muchos soldados sufrieran lesiones en la parte inferior de las piernas a causa de las astas que daban en el blanco.
Se produjo un instante de demora antes de que el aire se llenara del suave zumbido de las flechas contra el suelo. Al cabo de un instante, un fuerte estruendo anunció la llegada de las piedras. Con los músculos agarrotados por la tensión, Romulus aguardó sabiendo qué sonido cabía esperar a continuación. Lo odiaba tanto como la primera vez que lo había escuchado. Oír los gritos de los hombres le parecía mucho más duro ahora que durante la furia e inmediatez del combate cara a cara, cuando formaba parte del fragor de la batalla.
Como era de esperar, gritos ahogados de dolor brotaban por doquier. Los soldados se desplomaban, golpeándose las astas que habían encontrado los huecos existentes entre los escudos para atravesarles la piel. Otros habían conseguido el impulso suficiente para atravesar los scuta de los legionarios y clavárseles en los brazos y la cara. Por suerte, la mayoría de las piedras rebotaban en los escudos y caían en otro sitio, pero unas cuantas dieron en el blanco y quebraron huesos y mellaron cascos. Teniendo en cuenta la cantidad de proyectiles lanzados, resultaba inevitable que hubiera bajas. No muchas, pero los pocos desventurados se desplomaron en la tierra y las armas se les cayeron de las manos inertes.
El sueño de Romulus de llegar a Roma se estaba desvaneciendo. Observó inquieto la tropa enemiga apelotonada y pidió el favor constante de Mitra.
Los demás también rezaban a sus dioses preferidos.
Una vez cumplida su misión, los honderos y arqueros se replegaron. Había llegado el momento de que atacaran los carros. Romulus distinguía al menos cincuenta. Suficientes para alcanzar de frente a la mayoría de la Vigésima Octava mientras los tracios y la caballería pesada de los pónticos cabalgaban alrededor de la retaguardia desguarnecida. En esos momentos su situación era desalentadora, incluso crítica. Y seguía sin haber ni rastro de César o de las demás legiones.
Sacudiendo las riendas, los aurigas instaron a los caballos a trotar. Por fin se les veía con claridad. Iban enfundados en unas corazas de escamas superpuestas y protecciones laminadas para los brazos, y los cascos con penacho ático no diferían demasiado de los que llevaban los oficiales romanos subalternos. Cada uno de ellos portaba un látigo de mango largo, que utilizaban para espolear las monturas. Al cabo de un momento, iban a medio galope. Como habían dosificado la energía de los corceles, tenían margen para pedirles lo que quisieran. Los carros avanzaron en tropel con el chirrido de los ejes y las cuchillas de las ruedas girando y lanzando destellos. Aunque la pendiente parecía inclinada, el terreno no era demasiado irregular y rápidamente ganaron velocidad. Las fuerzas de caballería, con sonoros alaridos y gritos de entusiasmo, se desplazaron hacia los lados, ansiosos por llevar a cabo el movimiento de tenaza. Por último llegaron miles de peltastas y thureopboroi, con las armas en alto y preparadas. Ellos se encargarían de rematar la faena, cargar contra las líneas romanas después de que los carros y jinetes los hubieran obligado a separarse y evitaran todo intento de reagrupamiento.
El temor de los legionarios resultaba cada vez más palpable y la Vigésima Octava empezó a flaquear de nuevo, a pesar de las garantías y amenazas que mascullaban los oficiales. Hubo más centuriones que se colocaron en la primera fila, y los portaestandartes alzaron los postes de madera para que estuvieran a la vista de todos. En cierto modo, la táctica ayudó. Nadie echó a correr, por el momento. Los hombres miraban nerviosos a sus colegas, murmuraban oraciones impacientes y alzaban la vista al cielo. Todos iban a morir: descuartizados por los carros o abatidos en el sitio por los jinetes. Por todos los dioses, ¿dónde estaba César?
Al final, los centuriones de la retaguardia ordenaron a los soldados que se giraran y plantaran cara al enemigo. «Ojalá tuviéramos algunas de las lanzas largas que utilizó la Legión Olvidada», pensó Romulus. Aquellas armas eran capaces de frenar a cualquier caballería. Sin embargo, sólo tenían los scuta, espadas y un par de jabalinas por cabeza. En menos de veinte segundos, los carros llegarían a sus filas. Entonces cientos de soldados de caballería los alcanzarían por detrás, antes de que los soldados de infantería enemigos remataran el trabajo. Romulus escupió en el suelo. Esperaba que sus muertes concedieran el tiempo suficiente a César y las demás legiones para aparecer preparados como era debido.
Menos de cien pasos distaban entre los carros abarrotados y las primeras filas romanas. No tenían adónde ir. Las opciones eran acabar aplastados por caballos blindados que circulaban a toda velocidad o rebanados por las cuchillas que éstos arrastraban.
—¡Preparad los pila! —aullaron los centuriones. Los soldados temerosos obedecieron echando el brazo derecho hacia atrás y preparándose para lanzar.
Entonces los legionarios veían las aletas de la nariz de los corceles hinchadas por el esfuerzo mientras movían la cabeza arriba y abajo. Los cascos resonaban en el terreno duro y los arreos tintineaban. A Romulus le pareció oír el zumbido de las cuchillas al girar en las ruedas.
Los separaban cincuenta pasos. El tiempo empezó a transcurrir de forma borrosa. La rueda de un carro chocó contra una piedra y lo colocó en un ángulo grotesco que hizo saltar al auriga. Volcó, y arrastró los caballos contra los de otro equipo. Ambos carros acabaron deteniéndose a lo loco y los legionarios entonaron una ronca ovación. Pero el resto seguía acercándose con rapidez. Un hombre situado detrás de Romulus maldijo su mala suerte, a César y a todos los dioses. Otro empezó a gemir de miedo. Ansioso por lanzar la jabalina, Petronius cambiaba el peso de un pie a otro junto a Romulus.
«Veinticinco pasos», pensó Romulus. Veía claramente la barba incipiente en el rostro del auriga que se dirigía hacia ellos. Era una distancia adecuada para matar con los pila, y su única posibilidad de causar bajas en el enemigo. Miró al centurión, que abría la boca para dar la orden. Antes de poder darla, un trozo de plomo alcanzó al oficial en plena frente. Lo había lanzado un hondero a modo de despedida y era la muerte más limpia que Romulus había visto jamás. El crujido con que la pequeña pieza de metal impactó no dejó lugar a dudas de su capacidad mortífera. El centurión se desplomó sin emitir ningún sonido y sin dar la orden de disparar.
A Romulus, la cabeza le daba vueltas con frenesí; buscó al optio, pero estaba en la retaguardia con el tesserarius para impedir que nadie intentara desertar.
Las centurias que los rodeaban lanzaban jabalinas. Altas como un hombre, las largas astas de madera estaban coronadas por un extremo de hierro piramidal capaz de atravesar escudos y armaduras. Se alzaron en el aire formando nubes elegantes y cayeron entre los aurigas como una lluvia de extremos letales. Muchos guerreros enemigos fueron abatidos y perdieron el control de los grupos de caballos, que cayeron presas del pánico y chocaron entre sí. Sin embargo, los tres que iban a alcanzar a Romulus y sus compañeros estaban ilesos, y los aurigas sonreían con satisfacción.
Tras ellos corrían miles de peltastas y soldados de infantería.
No había ni rastro de César.

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