Campo de concentración

CampoConcentracionThomasMDisch

Década de los setenta del siglo xx: Los Estados Unidos han declarado la guerra al resto del mundo y a gran parte de su propia ciudadanía, y están dispuestos a usar cualquier arma que les asegure la victoria. Louis Sacchetti, un poeta encarcelado por negarse a ser alistado, es llevado a una instalación secreta llamada campo Arquímedes, donde es testigo involuntario de los experimentos despiadados de «maximización de la inteligencia» llevados a cabo por el ejército. Los prisioneros a los que se les administra Pallidine, una droga derivada de la espiroqueta de la sífilis, pronto se convierten en genios, pero hay un desafortunado efecto secundario. El Pallidine resulta mortal en todos los casos.
Thomas M. Disch, autor de numerosas novelas, colecciones de relatos, libros de poesía, crítica, literatura infantil, libretos y obras de teatro, fue uno de los escritores de ciencia ficción más importantes de la Nueva Ola, junto con Samuel Delany, Roger Zelazny, Philip José Farmer y Harlan Ellison.

ANTICIPO:

11 de mayo

El joven R. M., mi vigilante mormón, por fin me ha traído papel. Han pasado tres meses desde que se lo pedí por primera vez. Encuentro inexplicable este cambio repentino. Quizá Andrea ha conseguido sobornarlo. Rigor Mortis lo niega, pero es posible. Hemos hablado de política y he podido deducir por ciertas alusiones lo que ha hecho R. M. para que el presidente McNamara haya decidido usar armas nucleares «tácticas». Por lo tanto, quizá sea a McNamara, no a Andrea, a quien le debo este papel, ya que R. M. ha estado obsesionado durante las últimas semanas con que al general Sherman, al pobre general Sherman, se le ha denegado la necesaria fuerza de ataque. Cuando, como hoy, R. M. está feliz, su temible sonrisa, con esos finos labios replegados tensamente sobre unos perfectos dien­tes cadavéricos, cobra vida ante la más ligera insinuación humorística. ¿Por qué todos los mormones que he conocido tienen esa misma sonrisa estreñida? ¿Es su educación con respecto al control de esfínteres excepcionalmente severa?
Este es mi diario. Aquí puedo ser sincero y lo seré. No podría estar más deprimido.

12 de mayo

Los diarios, como los que anteriormente he escrito, tienen la manía de convertirse en meras exhortaciones. Debo recordar ser circunstancial desde el principio, tomando como modelo ese extraordinario documento de la existencia carcelaria titulado: Memorias de la casa muerta. Debería ser fácil ser circunstan­cial aquí: desde la niñez nunca había estado tan tiranizado por la mera circunstancia. Las dos horas cada día antes de la cena se convierten en un Getsemaní de terror y esperanza. Terror a que nos vuelvan a servir de nuevo esos inmundos espaguetis. Esperanza de que haya un buen trozo de carne en mi cazo de estofado, o una manzana de postre. Peor que el papeo es el loco frenesí de cada mañana restregando y abrillantando las celdas antes de la inspección. Las celdas relucen tanto como un sueño de Philip Johnson (Gran Baño Central), mientras que noso­tros, los prisioneros, portamos el increíble e indestructible olor de nuestra rancia y exhausta carne.
Sin embargo, nuestra vida en este lugar no es peor que la que llevaríamos fuera de estas paredes si hubiésemos acudi­do a la llamada a filas. Por muy repugnante que sea esta prisión, tiene una ventaja: no conduce a una muerte tan repentina y segura. Por no mencionar la inestimable ventaja de la honestidad.
Ah, pero ¿quiénes somos ese «nosotros»? Aparte de mí mismo, no hay más de una docena de objetores aquí, y nos tienen bien separados para prevenir la posibilidad de que nos conjure­mos. Los prisioneros (los de verdad) nos desprecian. Tienen una ventaja aún más poderosa que la honestidad: la culpa. Así que nuestro aislamiento, mi aislamiento, es absoluto. Al igual, me temo, que mi autocompasión. Hay tardes que me quedo senta­do con la esperanza de que R. M. venga a discutir conmigo.
¡Cuatro meses! Y mi sentencia es de cinco años… Esa es la Gorgona de todos mis pensamientos.

13 de mayo

He de hablar de Smede. El vigilante Smede, mi archienemigo. Smede el arbitrario, quien aún me niega el privilegio de sacar libros de la biblioteca y que solo me permite leer el Nuevo Testamento y un libro de oraciones. Es como si se hubiera cumplido la amenaza de mi infancia y me hubieran abandonado durante las vacaciones de verano con mi aborrecible tío Morris (el mismo que le dijo a mis padres que iba a «perder la vista» de tanto leer). Calvo, gritón, con esa gordura de los atletas acabados: Smede. Podría odiársele por el mero hecho de tener ese nombre. Hoy he sabido gracias a lo poco que el censor (¿Smede?) no ha tachado de la carta mensual que recibo de Andrea, que las pruebas de Las colinas de Suiza que me habían enviado han sido devueltas al editor junto con una nota explicando las reglas que seguir para escribir a los prisioneros. Eso fue hace tres meses. El libro ya está en la calle y ¡ha sido reseñado! (Sospecho que el editor se ha dado prisa con la esperanza de conseguir un poco de publicidad gratis gracias al juicio.)
El censor, naturalmente, ha eliminado la reseña que Andrea había incluido. Qué martirio es la vanidad. Durante diez años no he podido presumir de ningún libro excepto de mi espantosa tesis sobre Winstanley. Ahora mis poemas están siendo impresos y puede que pasen otros cinco años antes de que se me permita verlos. ¡Ojalá los ojos de Smede se pudran como patatas en primavera! ¡Ojalá le den convulsiones por las fiebres malayas!
He intentado continuar con el ciclo de «Ceremonias», pero no puedo. El pozo está seco, totalmente seco.

14 de mayo

Espaguetis.
En noches como esta (escribo estas notas después de que apaguen la luz, gracias al brillo de la perenne bombilla de veinte vatios sobre el retrete) me pregunto si he hecho bien al elegir venir aquí, si no estoy siendo un necio. ¿Es esto heroísmo?, ¿o masoquismo? Durante mi vida en libertad, mi conciencia nunca fue tan estricta. ¡Pero, joder, esta guerra es injusta!
Había pensado (o más bien me había convencido de ello) que venir aquí voluntariamente no era muy diferente a ingresar en un monasterio trapense, que las privaciones eran fácilmente soportables si se elegían libremente. Una de las cosas por las que me arrepiento de haberme casado es que se me ha negado la vida contemplativa en sus aspectos más idealistas. Mi imaginación concedía al ascetismo un valor único, convirtién­dolo en una delicia espiritual. ¡Ja!
En el catre que hay debajo del mío ronca a pierna suelta un pequeño mafioso burgués (enchironado por evasión de im­puestos). Los muelles chirrían en la oscuridad visible. Intento pensar en Andrea. En el instituto, el hermano Wilfred aconse­jaba que siempre que tuviésemos pensamientos lujuriosos rezásemos a la Virgen María. Quizá a él le funcionaba.

15 de mayo

Nel mezzo del camin di nostra vita. ¡Qué cierto! Mi trigé­simo quinto cumpleaños y un pequeño ataque de horror. Por unos breves instantes esta mañana, ante el espejo de metal mientras me afeitaba, mi doble, Louie II, se ha hecho con el mando. Se ha burlado, ha despotricado y ha mancillado la bandera de la fe, y la de la esperanza (que ya está bastante mancillada en la actualidad) con sus difamaciones. Recordé aquel lúgubre verano cuando tenía quince años, el verano que Louie II se apoderó por completo de mi alma. ¿Lúgubre? De hecho, sentía una gran euforia al repetir Non serviam,4 una euforia que aún se confunde con mis primeros recuer­dos sexuales.
¿Es mi situación presente muy distinta? Ahora digo pruden­temente Non serviam a César y no a Dios.
Cuando vino el capellán para escuchar mi confesión no hablé de estos escrúpulos. En su inocencia se habría visto inclinado a tomar parte por el cínico Louie II. Pero ya ha aprendido a no emplear los escasos recursos de su casuística contra mí (no es más que otro retrógrado tomista irlandés) y simula aceptar mis evaluaciones morales.
—Pero cuídate, Louis —me aconsejó antes de absolverme—, cuídate de caer en el orgullo intelectual.
Queriendo decir, siempre he supuesto, cuídate del intelecto.
¿ Cómo se distingue la honestidad de la obstinación ? ¿ Cómo distinguir a los dos Louises? ¿Cómo se puede parar una vez que empiezas a cuestionarlo todo? (Ese es el problema.) ¿Tiene alguien como R. M. estas preocupaciones? Da la impresión de que nunca ha tenido ni una sola duda en toda su vida (aunque los mormones parecen tener mucho más de lo que dudar).
No estoy siendo nada caritativo. Esos pozos también se están secando.

16 de mayo

Hoy hemos sido enviados fuera de la prisión con la misión de cortar y quemar árboles enfermos. Un nuevo virus, o quizá uno de los que ya tenemos, se ha descarriado. El paisaje en el exterior de la prisión es, a pesar de la época del año, casi tan desolado como en su interior. La guerra por fin ha devorado las reservas de nuestro bienestar y está dañando el tejido del día a día.
Al volver, tuvimos que desfilar por la clínica para una última inoculación. El doctor a cargo me retuvo después de que los otros salieran. Pasé unos instantes de pánico: ¿había reconocido en mí los síntomas de alguna de las nuevas enfermedades de la guerra? ¡No, era para mostrarme la reseña de Las colinas de S! Bendito sea. La había escrito Mons en New Dissent. Le gustó (¡hurra!), aunque se sintió ofendida, como era de esperar, por los poemas fetichistas. También se le han escapado las referen­cias a Rilke sobre las que tanto trabajé. ¡Ay! Mientras leía la reseña, el buen doctor me inyectó en el muslo lo que parecieron ser varios miles de centímetros cúbicos de alguna apestosa mezcla. Debido a la felicidad que sentía apenas lo noté. Me han hecho una reseña, ¡soy real! Tengo que escribirle una carta a Mons dándole las gracias. Quizá R. M. la eche al correo por mí. Quizá pueda incluso volver a escribir.

17 de mayo

Los dos maricones con los que, a regañadientes, Mafia y yo compartimos nuestra celda (no la consideramos suya) de re­pente no se hablan. Donny se sienta todo el día y toca blues. Peter medita con pose de machote sobre el camastro. De vez en cuando, Donny me dirige una queja a grandes voces sobre las infidelidades de Peter, sean reales o imaginarias. (¿Cuándo encuentran oportunidades para ser infieles?) Donny, joven y negro, es femenino incluso cuando se pone de mala hostia, resultando astuto pero ineficiente. Peter, treintañero, sigue siendo bastante atractivo, aunque su rostro tiene un aspecto sórdido, como de segunda mano. Ambos se encuentran aquí acusados de posesión de narcóticos, aunque Peter se distingue porque en una ocasión fue juzgado por asesinato. Da la impre­sión de que se arrepiente de haber sido absuelto. La pasión que se demuestran tiene un componente de necesidad demasiado pronunciado como para que resulte convincente. Si fueras el único chico sobre la faz de la tierra y yo fuese el otro… ¿Quién tiene ahora mala hostia?
He de decir, sin embargo, que encuentro este tipo de relacio­nes más agradables cuando me vienen de segunda mano; en Genet, por ejemplo. Mi liberalidad siente arcadas ante el hecho en sí.
De modo que, en este contexto, existe una ventaja en estar tan gordo como yo. Nadie en sus cabales sentiría lujuria por mi cuerpo.
En una ocasión pensé en escribir un libro de ayuda para gordos llamado Quince gordos famosos, el doctor Johnson, Alfred Hitchcock, Salinger, Tomás de Aquino, Melchior, Buda, Norbert Wiener, etc.
Los muelles de la cama no suenan esta noche, pero de vez en cuando, entre los ronquidos del mafioso, Donny o Peter suspiran.

18 de mayo

He pasado una hora esta tarde con el joven Rigor Mortis. El epíteto puede que sea injusto, ya que R. M. es lo más parecido a un amigo que he encontrado aquí. A pesar de todas sus ortodoxias, es un hombre serio y de buena voluntad y nuestras charlas son, espero, algo más que meros ejercicios retóricos. Por mi parte, sé que, más allá de mi deseo evangélico de convencerlo, siento un deseo casi desesperado de entenderlo, pues es R. M. y gente como él quienes perpetúan esta guerra increíble, quienes creen, con una sinceridad de la que no puedo dudar, que al llevarla a cabo están realizando un acto moral. ¿ O acaso he de aceptar la tesis de nuestros neomillsianos (neomaquiavélicos, más bien) que mantienen que el electorado es algo sobre lo que se actúa, simples terrícolas de un drama mundial, cuyas opinio­nes son moldeadas por sus secretos maestros en el Olimpo de Washington con la misma facilidad con que, de manera admi­tida, controlan la prensa?
Incluso deseo que sea así. Si la persuasión fuese una tarea tan fácil, quizá las pocas voces ecuánimes podrían tener la esperan­za de ejercer algún efecto. Pero es un hecho que ni yo, ni cualquier otro que conozca en el Comité para la Paz Unilateral, jamás hemos convencido a nadie que no estuviese ya de por sí convencido de lo absurda e inmoral que es esta guerra. Ningu­no necesitaba ser persuadido, solo reafirmarse.
Quizá Andrea tenga razón, quizá debería dejar la guerra a los políticos y a los propagandistas —a los expertos, que es como se les llama. Es justo que Eichmann fuese proclamado «exper­to» del problema judío. Al fin y al cabo hablaba yiddish—. Quizá deba abandonar esta controversia para consagrar mis talentos exclusivamente a las musas.
¿Y mi alma? ¿He de consagrarla entonces al diablo?
No, aunque la oposición sea una tarea desesperada, la confor­midad sería peor. Piénsese en el caso de Youngerman. Un hombre que consintió, que dejó las cosas tal y como estaban, que amordazó la conciencia. ¿Fue la ironía lo que lo sostuvo? ¿Quizá las musas? Cuando te levantas para pronunciar un discurso de graduación y la mitad de la audiencia se marcha, ¿dónde está entonces tu majestuosa indiferencia, oh, poeta? Además su último libro es tan malo, ¡tan malo!
Pero al menos Youngerman sabía el significado de su silen­cio. Cuando hablo con R. M. el propio lenguaje parece transformarse. Trato de asir los significados, pero se me escurren entre los dedos como pececillos en un arroyo de montaña. O, una metáfora aún mejor, es como una de esas puertas secretas que solían aparecer en las películas de terror. Parece formar parte de la librería, pero cuando el resorte oculto se acciona y se da la vuelta ves que el reverso es una áspera pared de piedra. He de examinar y desarrollar esta imagen.
Un último comentario sobre R. M.: no nos entendemos y me temo que no podemos entendernos. A veces me pregunto si se debe simplemente a que es muy estúpido.

19 de mayo

La musa desciende adoptando, como es usual, la forma mortal de un ataque de diarrea inducido por un dolor de cabeza. Auden observa en algún lugar (¿en la «Carta a Lord Byron» ?) con qué frecuencia los vuelos más soberbios de un poeta se deben, tachán, tachán, a la gripe.
Aunque sea una pequeña paradoja, debería ser evidente que no me he sentido mejor en meses. Para celebrar la ocasión, transcribiré un pequeño poema (se trata de un simple momen­to lírico, pero, ¡Dios!, ¿cuánto tiempo ha pasado desde el último?):

La canción del gusano de seda
¿Cómo puedo estar listo para entrar en esa caja de cedro? ¿Acaso no es obvio que no es el momento? Estoy en lo mejor de la vida
El rocío está apenas seco detrás de mis oídos no hay palabras para describir mis lágrimas y la canción Escúchalo
las piedras están mudas de éxtasis ¿Cómo puedo bajar
a esa oscuridad dejando mi alma atrás? Escucha la canción. Mariposas y vasijas rotas entran en la caja
No no no podré detener los giros
de las mariposas y de las vasijas rotas. ¡Oh, parad!

[Aquí acaba la parte manuscrita del diario de Louis Sacchetti. Los siguientes pasajes estaban mecanografiados en un conjun­to de papeles de diferente tamaño. Ed.]

2 de junio

¡Estoy prisionero! He sido secuestrado de la prisión donde según la ley he de estar y me han traído a una prisión a la que no pertenezco. Se me ha negado consejo legal. Mis protestas son ignoradas con una indiferencia exasperante. Desde las tiranías del recreo de la infancia nunca habían sido derogadas las reglas del juego de manera tan absoluta y arrogante. No puedo defenderme. ¿A quién me puedo quejar? Me dicen que ni siquiera hay capellán en este lugar. Solo Dios me escucha ahora, y mis guardias.
En Springfield era prisionero por una razón declarada, por un periodo establecido. En este lugar (donde sea que esté) nada se dice, no hay normas. Demando incesantemente que me devuel­van a Springfield, pero lo único que hacen es agitar el papel firmado por Smede aprobando mi traslado. Si por él fuera, habría aprobado que me gasearan. ¡ Maldito Smede! ¡ Malditos sean estos nuevos seres anónimos con sus elegantes uniformes negros que los hacen inidentificables! Maldito sea yo, por haber sido tan estúpido como para colocarme en una situación donde algo así podía pasar. Debería haber sido más astuto, como Larkin o Revere, y simular una psicosis para no tener que ingresar en el Ejército. Esto es lo que he conseguido gracias a mi puñetera moralidad remilgada. ¡Estar jodido!
Lo que remata la situación es que el mediocre viejo ante quien me llevan regularmente para ser interrogado me ha pedido que lleve un registro de mi experiencia. Un diario. ¡ Dice que admira mi forma de escribir! Este viejo mediocre dice que tengo un verdadero don para las palabras. ¡Cielo santo!
Durante más de una semana he tratado de comportarme como un buen prisionero de guerra (nombre, rango y número de la seguridad social), pero he obtenido el mismo resultado que con la huelga de hambre que comencé hace mucho tiempo en la cárcel de Montgomery: los que no pueden aguantar cuatro días seguidos sin comer no deberían intentar huelgas de hambre.
De modo que aquí tienes tu diario, viejo gilipollas. Ya sabes lo que puedes hacer con él.

3 de junio

Me dio las gracias, eso es lo que hizo. Dijo:
—Puedo entender que encuentre todo esto muy irritante, señor Sacchetti —señor Sacchetti, ¡encima!—. Créame, quere­mos hacer todo lo que esté en nuestra mano aquí en Campo Arquímedes para que la transición resulte fácil. Esa es mi función. Su función es observar. Observar e interpretar. Pero no hay necesidad de comenzar de inmediato. Lleva un tiempo ajustarse a un nuevo entorno, puedo entenderlo perfectamen­te. Pero creo que puedo decir sin peligro a equivocarme que una vez que haya logrado tal ajuste, disfrutará de su vida aquí, en Campo Arquímedes, mucho más de lo que la habría disfrutado en Springfield, o de lo que la disfrutó en Springfield en el pasado. ¿Sabe?, he leído las pocas notas que escribió allí…
Lo interrumpí para decir que no lo sabía.
—¡ Ah, sí!, el guardia Smede fue muy amable al enviármelas. Las leí con gran interés. De hecho, se le ha permitido iniciar ese diario a petición mía. Quería tener una muestra de su trabajo, por así decirlo, antes de traerlo aquí.
»Realmente presentaba una imagen desgarradora de su vida en Springfield. Puedo honestamente decir que me dejó impactado. Se lo aseguro, señor Sacchetti, aquí no sufrirá ninguna clase de acoso. Y tampoco hay tejemanejes. ¡Se lo puedo asegurar! Estaba malgastando su tiempo en aquella prisión, señor Sacchetti. No era lugar para un hombre de sus logros intelectuales. Yo mismo soy una especie de experto en el departamento de I+D. Quizá no sea exactamente lo que usted llamaría un genio, no iría tan lejos, pero sí ciertamente un experto.
—¿I+D?
—Ya sabe, investigación y desarrollo. Tengo olfato para el talento y, de manera bastante humilde, soy bastante conocido en el sector. Me llamo Haast, Haast con dos aes.
—¿El general Haast? —pregunté—. ¿Quien tomó esa isla del Pacífico?
Lo primero que pensé fue que por fin el Ejército me había atrapado. (Algo que, según sé, puede ser cierto.)
Bajó los ojos hasta la superficie del escritorio.
—Anteriormente, sí. Pero, como creo que usted mismo ha señalado, ya soy demasiado mayor —alzó los ojos con resenti­miento—, demasiado viejo… para seguir en el Ejército.
Pronunció viejo con extraño acento.
—Aunque, a pesar de mi edad, mantengo algunos lazos con la Armada, un círculo de amigos que aún respetan mi opinión.
Me sorprende que relacione mi nombre con Auaui… 1944, aquello ocurrió mucho antes de que usted naciera.
—Pero leí el libro que apareció en… ¿Cuándo? ¿1955?
El libro al que me refería, como Haast supo de inmediato, era Marte en conjunción, de Fred Berrigan, un relato poco novelado de la campaña de Auaui. Conocí a Berrigan años después de que se publicase el libro, en una fiesta. Era un tipo intenso y espléndido, aunque parecía exudar un halo sombrío. Fue justo un mes antes de que se suicidara. Pero eso es otra historia.
Haast frunció el ceño.
—También por entonces tenía olfato para el talento. Pero el talento va a veces de la mano de la traición. Sin embargo, no tiene sentido discutir con usted el asunto Berrigan, pues es evidente que ha cambiado de idea.
Volvió entonces a hablar del paquete de bienvenida: yo dirigiría la biblioteca, tendría una paga semanal de cincuenta dólares (¡!) para gastar en la cantina, películas las noches de los martes y de los jueves, café en el salón, ese tipo de cosas. Sobre todo, tenía que sentirme libre, sentirme libre. Se negó, como hasta entonces había ocurrido, a explicar dónde estaba, por qué estaba allí o cuándo sería liberado o enviado de vuelta a Springfield.
—Simplemente escriba un buen diario, señor Sacchetti. Eso es todo lo que le pedimos.
—¡Oh, puede llamarme Louie, general Haast!
—Bueno, gracias… Louie. Y ¿por qué no me llamas H. H.? Todos mis amigos lo hacen. —H. H.
—Es por Humphrey Haast. El nombre Humphrey tiene connotaciones negativas en estos tiempos liberales. Como decía tu diario. ¿Por qué no vuelves y sigues donde te quedaste antes de que te trajeran aquí? Queremos que el diario sea tan minucioso como sea posible. Hechos, Sacchetti, disculpa, Louie, ¡hechos! El genio, como dice el adagio, consiste en una capacidad infinita para el dolor. Escríbelo como si intentases explicar lo que le está ocurriendo a alguien que esté fuera de este… campo. Además, quiero que seas brutalmente honesto. Di lo que pienses. No ocultes ningún sentimiento.
—Lo intentaré.
Una ligera sonrisa.
—Inténtalo y mantén en mente siempre un principio. No te pongas demasiado, ya sabes… oscuro. Recuerda, lo que quere­mos son hechos. No… —Se aclaró la garganta.
—¿Poesía?
—Como entenderás, no tengo nada personal contra la poesía. Se te anima a que escribas toda la que quieras. De hecho, hazlo, hazlo a toda costa. Encontrarás aquí a un público que aprecia la poesía. Pero en el diario has de intentar que todo tenga sentido. Jódete, H. H.
(He de intercalar aquí un recuerdo de mi niñez. Cuando repartía periódicos a los trece años, tenía a un cliente en mi ruta que era un oficial jubilado del Ejército. Los jueves por la tarde era el día de cobro y el viejo comandante Youatt nunca pagaba a menos que entrase en su sala de estar oscura y llena de recuerdos y lo escuchara un rato. Había dos cosas sobre las que le gustaba hablar en sus soliloquios: mujeres y coches. Sobre el primer tema, sus sentimientos eran ambivalentes; cierta curio­sidad picarona por mis amiguitas se alternaba con oraculares advertencias sobre las enfermedades venéreas. Los coches le gustaban más: su erótica no se veía complicada por el miedo. Guardaba fotos en su cartera de todos los coches que había tenido y me las mostraba regodeándose tiernamente, como un viejo verde que acaricia los trofeos de pasadas conquistas. Siempre sospeché que no aprendí a conducir hasta los veinti­nueve años debido al horror que sentía hacia aquel hombre.
Lo importante de la anécdota es esto: Haast es la imagen especular de Youatt. Están cortados por el mismo patrón. Lo que los asemeja es la buena forma física de ambos. Me imagino que Haast aún hace veinte flexiones por las mañanas y recorre unos cuantos kilómetros imaginarios en su bicicleta estática. La arrugada corteza de su rostro está tostada por una lámpara solar que le deja un sabroso tono dorado. El poco pelo canoso que le queda lo lleva cortado al rape. Es la personificación extrema del maníaco credo americano de que no existe la muerte.
Cuando lo más probable es que sea una selva de cánceres. ¿No es así, H. H.?)
Más tarde:
He sucumbido. Fui a la biblioteca (¿del Congreso? ¡Es enor­me!) y hojeé unas tres docenas de libros que ahora descansan en los anaqueles de mi habitación. Es un cuarto, no una celda. La puerta está abierta de noche y de día, si es que se puede hablar de noche y día en este mundo laberíntico y sin ventanas. Lo que le falta al lugar en ventanas lo suple con puertas. Hay infinitos espacios de pasillos blancos sacados de AlphavilleJ puntuados por puertas numeradas, la mayoría de las cuales están cerradas con llave. Como en el castillo de Barba Azul. Las únicas puertas que encontré abiertas daban a habitaciones idénticas a la mía, aunque aparentemente estaban desocupadas. ¿Formo parte de la vanguardia? Un constante zumbido de aparatos de aire acondicionado domina los pasillos y me acuna, como se suele decir, hasta quedarme dormido. ¿Es una profunda Pellucidar? Al explorar los pasillos vacíos, mi mente oscila entre un terror mudo y una hilaridad también callada, como cuando se ve un espectáculo de horror poco convincente aunque no del todo torpe.
Mi habitación (¿quieres hechos?, toma hechos):

La adoro. Mira lo oscura
que es. Casi podría llamarse inhóspita.
La pintura blanca ya no es blanca.
Se asemeja más a la luz de la luna
que a la pintura blanca.
Mientras la miro,
casi me desmayo.
Creo que es amarilla,
pero no sabría decir.

H. H. no va a estar contento, eso es seguro. (Honestamente, H. H., es algo que acaba de ocurrir.) Como poesía instantánea no llega al nivel de «Ozymandias», pero con toda modestia me conformaría con menos, sí.
Mi habitación (intentémoslo de nuevo):
Color hueso (esa es la diferencia, en pocas palabras, entre los hechos y la poesía); originales cuadros abstractos al óleo en estas paredes color hueso, siguiendo el impecable gusto corpo­rativo del Hilton de Nueva York, cuadros tan neutros en contenido como unas paredes descarnadas o como las tarjetas Rorschach; caros tablones de madera de cerezo al estilo holan­dés adornados acá y allá con alegres cojines cúbicos a rayas; una alfombra Acrilan en ocre oscuro; el lujo extremo del espacio malgastado y de las esquinas vacías. Estimo que tengo unos cuarenta y cinco metros cuadrados de suelo. La cama tiene su propio codo en ele y se la puede ocultar de la sala principal por unas insípidas cortinas de flores. Hay cierta sensación de que las cuatro paredes color hueso no son más que un cristal y de que cada lechoso globo de luz que pende del techo enmascara un microscopio.
¿Qué está ocurriendo?
Es una pregunta que toda cobaya tiene en la punta de la lengua.
El hombre que surte la biblioteca tiene un gusto más exqui­sito que el decorador de interiores, pues no hay una ni dos, sino tres copias de Las colinas de Suiza en la estantería. Incluso, que Dios me asista, hay una copia de Gerard Winstanley, utopista puritano. He leído Las colinasy me ha agradado comprobar que no tiene erratas, aunque los poemas fetichistas han sido colo­cados en un orden incorrecto.
Aún más tarde:
He estado intentando leer. Cojo un libro, pero tras unos pocos párrafos pierdo el interés. Uno tras otro, aparto a Palgrave, Huizinga, Lowell, Wilenski, un texto de química, las Cartas provincianas de Pascal, la revista Time. (Como sospechaba, estamos usando armas nucleares tácticas. Dos estudiantes han sido asesinados durante una manifestación en Omaha.) No he sentido una inquietud parecida desde mi segundo año de universidad en Bard, cuando cambié de carrera tres veces en un semestre.
El vértigo infecta mi cuerpo por completo. Siento un vacío en el pecho, sequedad en la boca y una inoportuna inclinación hacia la carcajada.
A ver, ¿qué gracia tiene todo esto?

4 de junio

Una mañana más sobria.
Tal y como Haast me ha pedido, relataré los sucesos del ínterin para que puedan ser usados como prueba contra mí.
El día después de «La canción del gusano de seda» (debía de ser el 20 de mayo), aún me encontraba enfermo y me quedé en la celda mientras Donny y Peter, ya reconciliados, y el mafioso salían a una tarea laboral. Me convocaron al despacho de Smede para recibir de su mano el paquete que contenía mis efectos personales. Me hizo compararlo objeto por objeto con el inven­tario que habían realizado el día que entré en prisión. Sentí punzantes explosiones esperanzadoras mientras me imagina­ba que algún milagro en forma de protesta pública o conciencia judicial me había liberado. Smede me estrechó la mano y, con delirio, le di las gracias. Tenía lágrimas en los ojos. El hijo de puta se lo debió de pasar en grande.
Entonces me entregó, junto con un sobre del mismo color amarillento y enfermizo de mi carne encarcelada (seguramente era el expediente Sacchetti), a dos guardias con uniformes negros y ribetes de plata; muy germánicos y, como solíamos decir, duros. Llevaban botas hasta las pantorrillas, correas de cuero que formaban un auténtico arnés, gafas de espejos: el equipo completo. Peter habría gemido de envidia, Donny de deseo. No dijeron nada, sino que llevaron a cabo su cometido sin demora: esposas y una limusina con cortinas. Me senté entre ellos e hice preguntas a sus pétreos rostros, a sus ojos ocultos. Un avión. Anestesia. Y así, por una ruta ni siquiera punteada por migas de pan, hasta mi cómoda celda en Campo Arquímedes, donde la bruja me alimenta de manera excelente. Tan solo tengo que hacer sonar el timbre del servicio de habitaciones.
Me dicen que llegué aquí el veintidós. Al día siguiente tuve la primera entrevista con H. H. Me tranquilizó cálidamente y se mostró obstinadamente misterioso. Como he precisado, estuve incomunicado hasta el dos de junio. Aquellos nueve días los pasé con una empírea paranoia, pero, como todas las pasiones, se retrajo, disminuyó hasta un rutinario y común horror, y por fin se convirtió en una inquietante curiosidad. ¿Confesaré que hay cierto placer en tal situación? ¿Que un castillo extraño es más interesante que la misma mazmorra de siempre?
Pero, confesarle, ¿a quién? ¿A H. H. ? ¿A Louie II, con quien me tengo que enfrentar en el espejo casi cada día?
No, simularé que este diario es solo para mí. Mi diario. Si Haast quiere una copia, tendrá que darme papel carbón.
Más tarde:
Me pregunto, mientras releo «La canción del gusano de seda», si el quinto verso es el adecuado. Quiero conseguir un efecto de falso patetismo; quizá no he conseguido más que un cliché.

5 de junio

Haast me informa, por medio de un memorándum interno, de que la máquina de escribir eléctrica que uso es parte de una conexión maestro-esclavo que automáticamente reproduce en otra sala dos, tres y hasta cuatro impresiones de todo lo que escribo. H. H. consigue su diario recién salido de la imprenta y se regocija pensando en todo el dinero que ahorra al no tener que darme papel carbón.
Hoy, la primera prueba de vida que merece ser mencionada en este diario:
De camino a la biblioteca para conseguir cintas que poner en mi equipo de música (un B&O, nada menos), me encontré con uno de los espíritus que habitan este círculo de mi nuevo infierno. El primero, si he de pasar por ellos según el orden dantesco, es el Limbo. Y este espíritu, extendiendo la analogía un poco más, sería mi Homero en este oscuro claro.
Oscuro era, pues las aplicaciones fluorescentes habían sido eliminadas en aquel tramo del pasillo, y al igual que en un claro de un bosque, un viento constante y frío recorría el puro espacio euclidiano. Alguna anomalía en el sistema de ventilación, supongo. Allí estaba, bloqueándome el paso, con el rostro hundido en las manos, el pelo, entre blanco y maíz, enlazado en los nerviosos dedos, tambaleándose mientras parecía susurrar algo. Me acerqué bastante, pero no se despertó de su medita­ción, así que dije en voz alta:
—Hola.
Al ver que no se producía respuesta alguna, decidí ir un poco más lejos.
—Soy nuevo aquí. Estaba encarcelado en Springfield. Soy objetor de conciencia. He sido traído aquí ilegalmente, Dios sabe con qué fin.
Se apartó las manos del rostro y me miró a través de los cabellos alborotados con los ojos entreabiertos. Tenía un rostro ancho y joven, eslavo y cándido, como un héroe secundario en una película épica de Eisenstein. Los anchos labios se ampliaron formando una fría e inconsciente sonrisa, como la salida de la luna en un teatro. Alzó la mano derecha y me tocó el centro del pecho con tres dedos, como para asegurarse de mi corporeidad. Una vez complacido, la sonrisa fue más convincente.
—¿Sabes dónde estamos? —pregunté con urgencia—. ¿O qué van a hacer con nosotros?
Los pálidos ojos miraron de lado a lado. No pude decidir si con miedo o confusión.
—¿Qué ciudad? ¿Qué estado?
De nuevo, la fría sonrisa de reconocimiento después de que mis palabras cruzaran la larga distancia hasta su entendi­miento.
—Bueno, todo lo que sabemos es que estamos en los estados montañosos. Por el Times, ya sabes.
Señaló la revista que yo tenía en la mano. Hablaba con la voz nasal típica del Medio Oeste, con un acento que se había visto modificado por la educación o los viajes. Era, tanto en su habla como en su aspecto, un típico granjero de Iowa.
—¿Por el Times? —pregunté algo confuso.
Miré el rostro en la portada (el general Phee Phi Pho Phum de Malasia del Norte, o cualquier otro peligro amarillo) como si él pudiese explicarlo.
—Es una edición regional. El Times tiene diversas ediciones regionales con fines publicitarios. A nosotros nos llega la de los estados montañosos. Los estados montañosos son Idaho, Utah, Wyoming, Colorado…
Citó los nombres como si estuviese rasgueando acordes en una guitarra.
—¡Ah! Sí, ahora entiendo. He estado lento.
Soltó un profundo suspiro.
Extendí la mano y la contempló con evidente renuencia. (Hay zonas del país, sobre todo en la costa oeste, donde, debido a la guerra contra los gérmenes, ya no está bien visto dar la mano.)
—Me llamo Sacchetti. Louis Sacchetti.
— ¡Ah! ¡Ah, sí! —Me zarandeó la mano de manera compulsiva—. Mordecai dijo que vendrías. Me alegra tanto conocerte que no puedo expresarlo…
Se contuvo profundamente sonrojado y retiró la mano.
—Wagner —murmuró como si se le acabase de ocurrir—. George Wagner. —Y por fin con cierta amargura—: Pero no creo que hayas oído hablar de mí.
Me había topado a menudo con aquella forma de presentarse en lecturas y simposios. Siempre eran escritores de pequeñas revistas o profesores adjuntos más de poca monta que yo mismo. Mi respuesta surgió casi de forma automática.
—No, me temo que no, George. Lo siento. De hecho, me sorprende que hayas oído hablar de mí.
George se echó a reír de manera burlona.
—Está sorprendido… —dijo arrastrando las palabras—, de hecho… ¡de que haya oído hablar de él!
Todo resultó bastante desconcertante.
George cerró los ojos.
—Disculpa —dijo casi en un susurro—. La luz. La luz es demasiado brillante.
—¿Ese Mordecai que mencionas…?
—Me gusta venir aquí por el viento. Puedo respirar de nuevo. Respirar el aire. Aquí —o quizá lo que dijo fue «escucha», pues continuó— si estás totalmente en silencio puedes escuchar sus voces.
El caso es que estaba totalmente en silencio pero el único sonido que había era el rugido, parecido al de una concha de mar, del aire acondicionado que expulsaba aquella ominosa ráfaga de aire frío a través del pasillo lleno de habitaciones.
—Las voces, ¿de quién? —pregunté con cierta vacilación.
George arrugó sus blancas cejas.
—¡Cómo!, de los ángeles, por supuesto.
Está loco, pensé, y después comprendí que George había estado citando mi propio poema; la parodia y paráfrasis que realicé de Las elegías de Duino. Que George, aquel ingenuo chico de Iowa, recitase de manera tan casual un verso de uno de mis poemas inéditos era incluso más desconcertante que supo­ner que simplemente estaba chiflado.
—¿Has leído ese poema? —pregunté.
George asintió y el revoltijo sedoso color maíz cayó sobre sus pálidos ojos, como con timidez.
—No es un poema muy bueno.
—Supongo que no.
Las manos de George, que hasta ahora habían estado ocupa­das detrás de su espalda, comenzaron a reptar hacia el rostro. Se apartó con ellas el mechón de pelo de los ojos y las dejó encima de lo cabeza, como si lo hubiesen atrapado.
—Pero es verdad… se pueden oír las voces. Voces de silencio. O el aliento, es lo mismo. Mordecai dice que el aliento también es poesía.
Las manos bajaron lentamente hasta los pálidos ojos.
—¿Mordecai? —repetí con cierta urgencia.
Ni entonces, ni ahora, logro librarme de la sensación de que he oído ese nombre antes en algún sitio.
Pero era como hablar con alguien en un bote que la corriente se lleva de manera ineludible. George se puso a temblar.
—Vete —susurró—. Por favor.
Pero no lo hice, no de inmediato. Me quedé frente a él, aunque parecía haberse olvidado del todo de mí. Se mecía hacia adelante y atrás dulcemente, desde los talones hasta la punta del pie, y de vuelta a los talones. Sus delgados cabellos aleteaban en la constante exhalación sibilante del ventilador.
Hablaba en voz alta consigo mismo, pero pude entender poco de lo que dijo:
—Enlaces de luz, pasillos, escaleras…
Las palabras sonaban familiares, pero no podía ubicarlas.
—Espacios de ser y escudos de dicha.
Abruptamente, se retiró las manos del rostro y me clavó la mirada.
—¿Aún sigues ahí? —preguntó.
En la semioscuridad del pasillo su iris se había dilatado y quizá por eso parecía tan triste. De nuevo me colocó tres dedos en el pecho.
—La belleza —dijo solemnemente— no es otra cosa que el comienzo de un terror que apenas podemos soportar.
con estas palabras George Wagner vomitó un abundante desayuno sobre aquel prístino espacio euclidiano. Casi de inmediato se nos echaron encima los guardias, una banda de negras gallinas cluecas, que le enjuagaron la boca, fregaron el suelo y nos llevaron por distintos caminos. También me dieron algo de beber. Sospecho que un tranquilizante, si no, no habría tenido la presencia de ánimo de documentar el encuentro.
¡ Pero qué tipo más extraño! Un granjero citando a Rilke. Los granjeros deberían citar como mucho a Whittier, o incluso a Carl Sandburg. Pero ¿las Duinoser Elegien?

6 de junio

Habitación 34
Impasibles números de acero inoxidable pegados a una prosaica puerta de madera amarilla y debajo, en letras blancas grabadas sobre un rectángulo de plástico negro (como los que por un lado tienen escrito el nombre del empleado de banco y en el reverso: «La otra ventanilla, por favor»):
Doctora A. Busk
Mis guardias me llevaron dentro y me confiaron a la severa tutela de dos sillas compuestas por marañas de cuero negro enlazadas a bandas de acero cromado que no eran sino las abstracciones (el aceite esencial, por así decirlo) de los propios guardas. Sillas de Harley-Davidson. Contra las paredes se aplastaban unos cuadros de afilados marcos (elegidos para dar placer a las sillas), anhelando hacerse visibles.
La doctora A. Busk camina por la sala y me amenaza con la mano. ¿He de estrechársela? No, solo me está haciendo un gesto para que me siente. Estoy sentado, ella está sentada, cruza las piernas, chis, chas, mientras se tira del borde de la falda, sonriendo. Es una sonrisa creíble cuando no amable, quizá demasiado fina, demasiado tensa. Porta la alta y despejada frente y las reticentes cejas de una noble isabelina. ¿Cuarenta años? Más probablemente cuarenta y cinco.
—Disculpe si no le ofrezco la mano, señor Sacchetti, pero nos llevaremos mucho mejor si nos evitamos tales hipocresías desde un principio. No es que esto sean para usted unas vacaciones, ¿ verdad ? Es un prisionero y yo soy… ¿el qué ? Yo soy la prisión. Ese es el principio de una relación honesta, aunque no del todo agradable.
—Por honesta, ¿se refiere a que también podré insultarla?
—Con impunidad, señor Sacchetti. Ojo por ojo. Ya sea aquí o a su placer, en el diario. A mí me envían la segunda copia, de modo que puede estar seguro de que cualquier cosa desagrada­ble que tenga que decir no será en vano.
—Lo tendré en mente.
—Mientras tanto, hay algunas cosas que debería saber sobre lo que hacemos aquí. Ayer conoció al joven Wagner, pero en su diario evitó de manera notable hacer cualquier especulación con respecto a su peculiar comportamiento. Aunque es seguro que debe de haber pensado bastante sobre el asunto.
—Ciertamente, debo de haberlo hecho.
La doctora A. Busk apretó los labios y dio golpecitos con una irregular uña en el sobre adjunto a la tablilla (de nuevo el expediente Sacchetti).
—Seamos francos, señor Sacchetti. Debe de habérsele ocu­rrido que el comportamiento del joven George no era del todo coherente, y también debe de haber asociado esa incoherencia con ciertas afirmaciones que mi colega, el señor Haast, ha ido deslizando, no de manera accidental, lo admito, sobre su fun­ción en este lugar. En definitiva, debe de haber llegado a sospechar que el joven George es el sujeto (uno de los sujetos) de un programa experimental que se lleva a cabo aquí.
Alzó una reticente e interrogadora ceja. Asentí.

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