Canaan negro y otros relatos de horror sobrenatural

CanaanNegroRobertEHoward

A pesar de la brevedad de su carrera literaria, Robert E. Howard (1906-1936), que nunca abandonó la casa familiar en la localidad texana de Cross Plains, contribuyó de un modo decisivo al surgimiento y auge de la literatura pulp norteamericana en los años veinte y treinta del pasado siglo con la publicación en revistas populares, como Weird Tales, de centenares de relatos de terror, aventuras, fantásticos, históricos, etc., fruto de su poderosa imaginación. Impulsó junto con su amigo epistolar H.P. Lovercraft y el californiano Clark Ashton Smith, «los tres mosqueteros de Weird Tales», el fenómeno fandom, que tanta influencia ha tenido en la cultura popular, y dio origen, anticipándose unos años a JRR Tolkien, al género de fantasía heroica (Espada y Brujería) con su héroe bárbaro Conan el Cimerio o el peregrino justiciero del siglo XVI Solomon Kane.

Sobre la variedad de registros y temáticas de que era capaz la fértil imaginación de Howard, el aficionado encontrará en este volumen, Canaan negro y otros relatos de horror sobrenatural, una buena muestra. Los dieciocho relatos reunidos en esta antología han sido traducidos directamente de los textos originales, la mayoría publicados en vida de Howard, desechando las ilegítimas adulteraciones que sufrieron en ediciones posteriores. Entre ellos se pueden destacar Los moradores bajo la tumba y Canaan negro, dos soberbias narraciones de horror sobrenatural; los cuentos de fantasmas La perdición de Dermod y Aguas inquietas; los relatos de civilización perdida Delenda Est, La Casa de Arabu y La marca del cabo, o dos piezas que podrían adscribirse al género de weird menace, La Cosa con pezuñas y El fantasma del anillo.

ANTICIPO:

EL HOMBRE EN TIERRA

[The Man on the Ground]

Cal Reynolds se pasó la mascada de tabaco al otro lado de la boca y miró con los ojos entrecerrados por el cañón azul opaco de su Winchester. Movía las mandíbulas metódicamente, cesando el movimiento para encontrar su punto de mira. Se quedó petrificado en una rígida inmovilidad; a continuación enroscó el dedo y apretó el gatillo. El impacto del disparo hizo que el eco retumbase por las colinas, y como un eco llegó un disparo en respuesta.
Reynolds se agachó, aplastando su largo cuerpo contra la tierra, maldiciendo en voz baja. Una esquirla gris saltó de una de las rocas cercanas a su cabeza y una bala rebotada pasó silbando y se perdió en el espacio. Tembló involuntariamente. El sonido era tan mortal como el siseo de una pitón escondida.
Se incorporó con cautela lo suficiente para poder echar una ojeada entre las rocas que tenía al frente. Separado de su refugio por una ancha franja recubierta de matorrales de mezquite y chumberas, se elevaba un amasijo de rocas y cantos rodados similar al que le cobijaba a él. Por detrás de esos cantos rodados flotaba una fina voluta de humo blanquecino. Los entrenados ojos de Reynolds, acostumbrados a distancias abrasadas por el sol, detectaron entre las rocas un pequeño círculo de acero azul que brillaba tenuemente. Aquel anillo era la boca de un rifle, pero Reynolds sabía perfectamente quién estaba apostado tras aquel cañón.
La disputa entre Cal Reynolds y Esau Brill había durado demasiado tiempo para ser una disputa texana. Arriba, en las montañas de Kentucky, algunas guerras familiares podían durar varias generaciones, pero las condiciones geográficas y el temperamento humano del suroeste no favorecían las hostilidades duraderas. Allí, por lo general, las disputas terminaban con atroz y definitiva brusquedad. El escenario podía ser un salón, las calles de una pequeña ciudad vaquera, o a campo abierto. El tiro desde la distancia tras un matorral de laurel fue reemplazado por el estruendo a corta distancia de pistolas de seis tiros y escopetas recortadas que decidían las disputas rápidamente, de una forma u otra.
El caso de Cal Reynolds y Esau Brill de alguna manera se salía de lo normal. En primer lugar, la disputa tan sólo les concernía a ellos. Ni amigos ni familiares estaban involucrados. Nadie, incluyendo los propios participantes, sabía cómo empezó. Cal Reynolds simplemente sabía que había odiado a Esau Brill casi toda la vida, y que Brill le correspondía con igual sentimiento. En cierta ocasión, en su juventud, pelearon con la violencia e intensidad de jóvenes gatos monteses rivales. Desde aquel encuentro Reynolds llevaba la cicatriz de una cuchillada cruzándole un costado de las costillas, y Brill un ojo permanentemente dañado. Nada había quedado decidido. Luchaban hasta un sangriento y jadeante punto muerto, y ninguno de los dos sentía el menor deseo de estrechar la mano y hacer las paces. Es ésta una hipocresía desarrollada por la civilización, en la que los hombres no tienen el estómago de luchar hasta la muerte. Cuando un hombre ha probado el cuchillo de su adversario rasgándole los huesos, cuando el pulgar de su enemigo se ha hundido en la cuenca de sus ojos, o las botas de su adversario han pateado su boca, éste difícilmente se halla en disposición de perdonar y olvidar, y entonces importan bien poco los motivos originales de la disputa.
Así pues, Reynolds y Brill siguieron alimentando el odio mutuo hasta la madurez. Y, del mismo modo que si fueran vaqueros que trabajasen para ranchos rivales, encontraron numerosas ocasiones para continuar su guerra privada. Reynolds robó ganado del jefe de Brill, y Brill le devolvió el cumplido. Ambos se enfurecían ante las tácticas del otro, y ambos se consideraban justificados para eliminar a su enemigo de cualquier forma posible. Brill pilló a Reynolds desarmado una noche en un salón de Cow Wells, y tan sólo gracias a una infame huida por la puerta trasera, con las balas mordiéndole los talones, Reynolds salvó el pellejo.
En otra ocasión Reynolds, agazapado en un chaparral, derribó limpiamente a su enemigo de su montura a casi quinientos metros con un proyectil de calibre .30-.30. Y, de no haber sido por la inoportuna aparición de una diligencia de línea, la disputa habría acabado allí. Pero Reynolds, al ver que había testigos, renunció a su intención original de abandonar su escondite y machacar los sesos del hombre herido con la culata de su rifle. Brill se recuperó de sus heridas, ya que tenía la vitalidad de un toro de cuerno largo, como todos los de su linaje, de nervios de acero y curtidos bajo el sol, y tan pronto como estuvo en pie salió pistola en mano en busca del hombre que lo había abatido.
Ahora, sin embargo, tras esta sucesión de escarceos y escaramuzas, los enemigos se hallaban frente a frente a tiro de rifle, entre solitarias colinas en las que una interrupción resulta poco probable.
Durante más de una hora habían estado tumbados entre las rocas, disparando al mínimo movimiento del otro. Ninguno había dado en la diana, aunque las del calibre .30-.30 silbaban peligrosamente cerca.
En ambas sienes de Reynolds una pequeña vena palpitaba enloquecidamente. El sol le golpeaba y tenía la camisa empapada de sudor. Los mosquitos revoloteaban alrededor de su cabeza, se le metían en los ojos, y no dejaba de proferir venenosas maldiciones. Tenía el cabello aplastado contra el cráneo; los ojos le ardían con el brillo del sol, y el cañón del rifle le abrasaba la mano encallecida. Se le estaba durmiendo la pierna derecha y cambió de posición con cautela, maldiciendo el tintineo de la espuela, aunque sabía que Brill no podía oírla. Todas estas incomodidades añadían leña al fuego de su ira.
Sin ningún proceso de razonamiento consciente, atribuía todo su sufrimiento al enemigo. El sol se desplomaba deslumbrante sobre su sombrero, y sus pensamientos estaban ligeramente confundidos. Hacía más calor entre aquellas rocas desnudas que en la fragua del infierno.
Se acariciaba los labios abrasados con la lengua reseca.
A través del barullo de su cerebro ardía el odio por Esau Brill. Se había transformado en algo más que una emoción: era una obsesión, un íncubo monstruoso. Cuando escapó del disparo del rifle de Brill, no lo hizo por miedo a morir, sino porque la idea de morir a manos de su enemigo le producía un horror tan intolerable que hacía que su cerebro se pusiera a dar vueltas con un frenesí enrojecido. Se habría jugado la vida como un demente si con ello pudiera enviar a Brill a la eternidad tan sólo tres segundos antes que él.
Jamás analizaba estos sentimientos. Los hombres que viven de sus manos tienen poco tiempo para el autoanálisis. Era tan poco consciente de la naturaleza de su odio hacia Esau Brill como lo era de sus manos o sus pies. Formaban parte de él, e incluso aún más que una parte: ese odio lo envolvía, lo engullía; su mente y cuerpo no eran más que su manifestación material. Él era el odio; era toda su alma y espíritu. Libre de los paralizantes y enervantes grilletes de la sofisticación y el intelecto, sus instintos manaban de su lado más puramente primitivo. Y desde allí cristalizaban en una abstracción casi tangible… un odio demasiado fuerte para que incluso la muerte lo destruyera; un odio lo suficientemente poderoso para encarnarse a sí mismo, sin la ayuda o la necesidad de sustancia material.
Durante un cuarto de hora ninguno de los dos rifles habló. Imbuidos por un instinto de muerte, como serpientes de cascabel que se enroscan entre las rocas y se empapan de veneno bajo los rayos del sol, los rivales yacían esperando su oportunidad, obcecados en el juego de resistir hasta que los nervios tensos del otro se quebrasen.
Fue Esau Brill quien se rompió. Aunque su desplome no fue en forma de ataque salvaje o explosión nerviosa. Los desconfiados instintos primitivos eran demasiado fuertes en él para eso. Pero, repentinamente, gritando una maldición, se apoyó sobre el codo y disparó ciegamente al amasijo de piedras que ocultaba a su enemigo. Tan sólo la parte superior del brazo y el trozo de la camisa azul que cubría el hombro se hicieron visibles durante unos instantes. Fue suficiente. En aquella fracción de segundo Cal Reynolds apretó el gatillo y un terrorífico alarido le hizo saber que su bala había dado en la diana. Y ante el dolor animal de aquel alarido, la razón e instintos de toda una vida fueron barridos y reemplazados por un torrente demente de terrible alegría. No fue un grito exultante ni un brinco de alegría; pero destapó sus dientes en una sonrisa lobuna e involuntariamente levantó la cabeza. En ese momento recobró súbitamente el instinto de supervivencia y volvió a esconderla. Fue el azar lo que acabó con él. Aunque volvió a agazaparse, el disparo de Brill tronó en el aire abrasado. Cal Reynolds no lo oyó porque, al mismo tiempo que sonaba el disparo, algo explotó en su cráneo, lanzándole a una total oscuridad, brevemente salpicada de chispas rojas.
La oscuridad fue sólo momentánea. Cal Reynolds miró frenéticamente a todos lados y percibió con un sobresalto que se encontraba tirado al descubierto. El impacto del disparo le había lanzado rodando entre las rocas, y en aquel breve instante fue consciente de que no le había alcanzado directamente. El azar había enviado la bala a ras de una piedra, y aparentemente le había rozado ligeramente el cráneo al pasar. Pero eso no era lo que importaba. Lo importante era que se hallaba tirado a plena vista, donde Esau Brill podía llenarle de plomo. Echando una mirada enloquecida, vio su rifle tirado cerca de él. Había caído al otro lado de una roca con el cargador contra el suelo y el cañón apuntando hacia arriba. Con otra ojeada pudo ver a su enemigo totalmente erguido entre las rocas que antes lo habían ocultado.
Con esa ojeada Cal Reynolds pudo percibir en detalle la alta y delgada figura: los pantalones manchados medio caídos por el peso de las pistolas de seis disparos que llevaba enfundadas, las piernas embutidas en las gastadas botas de piel; el reguero escarlata que le caía por el hombro, la camisa azul aplastada contra el cuerpo cubierto de sudor; el despeinado cabello negro, del cual chorreaban gotas de sudor que empapaban el rostro sin afeitar. Distinguió el destello de unos dientes amarillentos y manchados por el tabaco que brillaba tras una sonrisa salvaje. Aún salía humo del rifle que sujetaba en sus manos.
Estos odiados detalles tan familiares resaltaban con asombrosa claridad durante el brevísimo instante en el que Reynolds luchaba alocadamente por liberarse de unas cadenas invisibles que lo mantenían pegado a tierra. Reflexionando aún acerca de la parálisis inducida por un golpe indirecto en la cabeza, algo pareció romperse y rodó libre. Rodó no es el término adecuado; más bien pareció casi volar hasta el rifle al otro lado de la roca, tan ligeros sentía sus miembros.
Aterrizando tras la roca, tomó el arma. Ni siquiera tenía que levantarla. Al caer, el rifle ya había quedado apuntando directamente hacia el hombre que ahora se aproximaba.
Su mano se detuvo momentáneamente ante el extraño comportamiento de Esau Brill. En lugar de disparar o retroceder de un salto a su escondite, el hombre se acercó en línea recta, con el rifle apoyado en su brazo doblado y aquella maldita mueca aún sobre sus labios sin afeitar. ¿Se había vuelto loco? ¿No veía que su enemigo se había incorporado de nuevo, pletórico de vida y con un rifle apuntándole al corazón? Brill no parecía mirarle a él, sino a un lado, al lugar en el que Reynolds había caído desprotegido.
Sin esperar un segundo más a encontrar explicación a las acciones de su enemigo, Cal Reynolds apretó el gatillo. Con la despiadada detonación del disparo, un jirón de tela azul salió disparado del amplio pecho de Brill, que se limitó a dar unos traspiés hacia atrás con la boca totalmente abierta. Y la expresión que se dibujaba en su rostro volvió a dejar a Reynolds petrificado. Esau Brill provenía de una raza que peleaba hasta el último aliento. No había nada más cierto que al caer apretaría el gatillo hasta que el último rastro rojo de vida lo abandonase. Sin embargo, la mueca de feroz triunfo desapareció del rostro de Reynolds cuando sonó el disparo y fue reemplazada por una terrible expresión de aturdida sorpresa. Brill no hizo ningún intento de levantar el rifle, que resbaló mansamente de sus manos, ni tampoco se encogió para cubrirse la herida. Levantó las manos de una forma extraña, sin sentido, y se tambaleó hacia atrás desvalido, combando lentamente las piernas, con los rasgos congelados en una máscara de estúpido estupor que hizo que su observador se estremeciese con un terror cósmico.
La sangre le manaba a borbotones a través de los labios entreabiertos, tintando de rojo la húmeda camisa. Y como un árbol que se balancea y se desploma abruptamente sobre la tierra, Esau Brill se derrumbó entre los matorrales de mezquite y quedó inmóvil.
Cal Reynolds se levantó, dejando el rifle donde estaba tirado. Las colinas de hierba ondulante que flotaban entre la niebla se hacían cada vez más borrosas ante sus ojos. Incluso el cielo y el sol abrasador poseían un aspecto brumoso e irreal. Pero su alma estaba embargada por una alegría salvaje. La larga disputa por fin había acabado, y tanto si había recibido una herida mortal o no, había logrado enviar a Esau Brill a que le allanase el camino hacia el infierno.
Entonces, en ese preciso instante pegó un violento respingo al posar la mirada en el lugar donde había rodado tras recibir el impacto. Miró horrorizado… ¿Acaso le estaban gastando sus ojos una mala pasada? Algo más allá, sobre la hierba, yacía muerto Esau Brill… y justo a unos pocos pasos de distancia descansaba otro cuerpo. Petrificado por la sorpresa, Reynolds observó detenidamente la alta y delgada figura, desplomada grotescamente junto a las rocas. Se apoyaba parcialmente sobre un costado, como si hubiera sido lanzado allí por una sacudida cegadora, con los brazos estirados y los dedos crispados como aferrándose a algo enfebrecidamente. El rubio cabello corto estaba salpicado de sangre y, de un espantoso agujero en la sien, rezumaba cerebro. De un extremo de la boca goteaba un fino hilo de jugo de tabaco que le manchaba el cuello de la camisa.
Y, mientras lo examinaba, una espantosa familiaridad se hizo evidente. Conocía el tacto de aquellas muñequeras de piel lustrosa; conocía con escabrosa certeza de quién eran aquellas manos que sostenían la funda de la pistola; el sabor fuerte y picante de aquel jugo de tabaco aún permanecía en su paladar. En un solo segundo devastador supo que estaba mirando su propio cuerpo sin vida. Y con ese conocimiento llegó el verdadero olvido.

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3 Opiniones

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  • tonibrasil
    on

    Es la reciente publicación de relatos de Robert E. Howard en la colección Gótica.

    Un saludo,

    Tony.

  • Antruejo
    on

    Opinión doble y contraria. Por un lado howard es muy howard. Siempre podemos encontrar relatos destacables. Pero por el otro lado empieza a pasar lo que con cualquier clásico. Tiene los cuentos que tiene y ya todo está editado, reeditado, etc.

  • Alberto
    on

    Esta edición no la he leído, pero hace años me leí el cuento de [i]Canaan Negro[/i] en una edición de Martínez Roca ([i]El rostro de la calabera[/i]) Es divertido, en el tono habitual de [b]Howard[/b] aunque destila un racismo que me echo algo para atrás (aún teniendo en cuenta lo habitual en [b]Howard[/b])

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