Capitán Blood

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Aunque la imagen característica de tan memorable aventura de piratería sea la de Errol Flynn y Olivia De Havilland gracias al film de igual título, dirigido por Michael Curtiz en 1935, lo cierto es que se trata una de las novelas más inspiradas del italiano afincado en Inglaterra, se nacionalizó inglés durante la Primera Guerra Mundial Rafael Sabatini (1875-1950). Entre sus más de cuarenta títulos destacan: La vergüenza del bufón (1908), El halcón del mar (1915), Scaramouche (1921), El cisne negro (1932) y El capitán Blood (1936).

Peter Blood es un personaje fascinante al que los avatares de la vida le arrastran a la piratería y a cambiar de partido en función de los vaivenes de la guerra. Las acciones bélicas, las audaces maniobras marineras y los inevitables enfrentamientos de un espíritu indómito con sus superiores dotan a esta novela de un ritmo trepidante que envuelve al lector en una vorágine de emociones e intriga, pero, sin duda, el mayor logro de Sabatini es haber construido un protagonista de carne y hueso que muestra sus dudas, su deseos de justicia, su inquebrantable sentido del honor, sus pasiones y sus flaquezas, y que acaba por convertirse en todo un símbolo de la lucha contra la injusticia y la marginación.

ANTICIPO:
Al oír el portazo que siguió a la salida del almirante, lord Julian volvió el rostro hacia Arabella, esta vez con una franca sonrisa. Sentía que su actitud había sido ahora más airosa y esto le producía una satisfacción casi infantil; completamente infantil.

-Decididamente, yo he sido quien ha dicho la última palabra -observó, echándose hacia atrás las rubias guedejas.

Sentada junto a la mesa del camarota, la señorita Bishop le miró fijamente sin corresponder a su sonrisa.

-¿Tan inportante es decir la última palabra? Estaba pensando en esos infelices del Royal Mary. Muchos de ellos han dicho también su última palabra, ciertamente. ¿Y para qué? Un hermoso garguero echado apique, muchas vidas perdidas, el triple de éstas en grave peligro ahora, y todo esto, ¿para qué?

-Estás sobreexcitada, señorita. Yo…

-¡Sobreexcitada! -exclamó la joven con una nota de risa aduga y única-. Os aseguro que estoy tranquila. Estoy haciéndoos una pregunta, lord Julian. ¿Para qué ha hecho todo esto ese español? ¿Con qué fin?

-Ya lo habéis oído -contestó él levantado los hombros irritado-. Sed de sangre -añadió a modo de breve explicación.

-¿Sed de sangre? -preguntó ella asombrada-. ¿Existen semejantes pasiones? Esto es demente, monstruoso.

-Diabólico, sencillamente -dijo su señoría.

-No lo comprendo. Hace tres años sufrimos en Bridgetown una incursión y se hicieron cosas que ahora recuerdo como otros tantos episodios de una horrible pesadilla. ¿Esque los hombres no son más que fieras?

-¿Los hombres? -dijo lord Julian, mirándola-. Decid ciertos hombres, y estaré conforme con vos -pues era un inglés y estaba hablando de la raza rival de la suya-. Estas son las costumbres en el Nuevo Mundo. Y a fe mía, que este caso justifica a los hombres como Blood y todo lo que hacen.

Arabello tembló como si tuviese frío, y apoyando los codos en la mesa, se cogió la barbilla con las manos y se quedó con los ojos fijos.

Observándola, advirtió su señoría cuán blanco y melancólico se había puesto su rostro. Razón había para ello y para mucho más. No conocía él a ninguna otra mujer que en semejantes circunstancias hubiera podido dominarse hasta tal punto, y de miedo, por lo menos, la señorita Bishop no había dado signo alguno. Era imposible que él no la encontrase admirable.

En aquel momento entró en el camarote un criado español con un servicio de chocolate de plata y una caja de dulces del Perú, que colocó sobre la mesa delante de Arabella.

-Con los saludos del señor almirante -dijo al retirarse.

La señorita Bishop no había advertido su presencia ni la del obsequio traído y continuó con los ojos fijos, perdida en sus pensamientos. Lord Julian dio un paseo por la estancia, que estaba alumbrada por una claraboya en el techo y por dos grandes ventanas cuadradas en la proa; su decorado era lujoso, el suelo estaba cubierto de ricas alfombras orientales, en las paredes se veían estanterías repletas de libros, y había también allí un aparador de nogal esculpido que contenía una vajilla de plata. Sobre una gran arca colocada bajo la ventana del medio se veía una guitarra adornada con cintas de colores. Lord Julian la cogió, punteó las cuerdas un momento con ademán nervioso y volvió a dejarla en su sitio. De nuevo se volvió hacia la señorita Bishop para deicrle:

-He venido aquí para acabar con la piratería; pero… ¡vive Dios! Me parece que los franceses hacen bien alentándola, para contener a los demás.

Esta opinión debía quedar confirmada en su ánimo aún con más fuerza antes de que pasaran muchas horas. Entretanto, don Miguel los trató con gran consideración y cortesía, lo que daba la razón a ARabella, quien había observado que, puesto que iba a comprárseles su libertad, no debían temer daños ni violencias. Se puso un camarote a la disposición de la joven y su aterrorizada camarera, y otro a la de lord Julian. Uno y otro quedaron libres de recorrer el buque e invitados a sentarse a la mesa del almirante. Por lo demás, nada se les dijo ya sobre las intenciones de don Miguel acerca de su porvenir ni del destino inmediato del buque.

El Milagrosa, acompañado del Hidalga, continuó pues su ruta hacia el sur con algunos grados al oste. Luego, efectuaron una virada hacia el sudeste para dar la vuelta al cabo Tiburón, y después, manteniéndose alejados de tierra, que aparecía como una silueta brumosa por el lado de babor, viraron de nuevo hacia el este, marchando directamente, sin sospecharlo, al encuentro del capitán Blood, quien, como ya sabemos, se dirigía al estrecho de las islas de Barlovento. El encuentro tuvo lugar en las primeras horas de la mañana siguiente. Después de perseguir a su enemigo en vano durante un año, don Miguel tropezaba con él de un modo inesperado y enteramente fortuito. Y esto sucedía en un momento en el que el ARabella, separado del resto de la flota, tendría que luchar con desventaja. A don Miguel la pareció que la suerte, que durante tanto tiempo había favorecido a Blood, iba por fin a ponerse de su parte.

La señorita Bishop, que acababa de levantarse del lecho, había salido a tomar el aire sobre cubierta, donde encontró a lord Julian, quien, como galante caballero, se colocó a su lado inmediatamente. Ella enseguida advirtió la presencia del gran buque rojo que se llamaba Cinco Llagas cuando salió de Cádiz.

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