Carbono alterado

CarbonoAlterado

En el siglo XXV, la humanidad se ha expandido por la galaxia supervisada por la ONU. Mientras las divisiones de clase, raza y religión persisten, los avances tecnológicos han redefinido la vida: la conciencia se almacena en un disco digital implantado en la base del cerebro, y resulta fácilmente descargable en un nuevo cuerpo, como si de un molde se tratara.

Después de ser implacablemente destituido como Enviado de la ONU, Takeshi Kovacs viaja a la Tierra encarnado en un investigador privado contratado por Laurens Bancroft, uno de los hombres más ricos y poderosos de Bay City. El magnate asegura haber sido asesinado, pero la versión de la policía es que se ha suicidado. A medida que investiga, Takeshi se sumerge en un submundio de drogas, sexo y violencia, destapando una sórdida trama de corrupción orquestada por una antigua enemiga.

Carbono alterado es una sólida novela de ritmo trepidante, que casa intriga e imaginación para crear un futuro y una historia tan fascinantes como verosímiles, lo que le ha valido un enorme éxito de público y crítica en Gran Bretaña y Estados Unidos.

ANTICIPO:
Fuera, el vestíbulo era enorme y estaba desierto. Se parecía un poco a la estación de Millsport. Debajo de un techo inclinado de largos paneles transparentes, el suelo pavimentado con cristal brillaba como el ámbar a la luz del sol de la tarde. Dos niños jugaban con las puertas automáticas de la salida y un solitario robot de limpieza aspiraba una pared. Nada más se movía. Ensimismados y dispersos sobre viejos bancos de madera, algunos humanos esperaban en silencio a que los amigos o familiares regresaran de su exilio de carbono alterado.

La central de transferencia.

Aquella gente no reconocía a sus seres queridos con sus nuevas fundas: correspondía a los recién llegados presentarse. La alegría del reencuentro inminente se veía enturbiada por una inquietud: ¿qué caras y que cuerpos iban a tener que prender a querer? O quizá se trataba de descendientes dos o tres generaciones más jóvenes, que aguardaban a unos parientes que para ellos no eran más que un vago recuerdo de infancia o personajes de una leyenda familiar. Una vez conocí a un tipo de las Brigadas, un tal Murakami, que esperaba a su tatarabuelo almacenado un siglo atrás. Lo recibió en Newpest con un litro de whisky y un taco de billar como regalos de bienvenida. Murakami se había criado estudiando las historias sobre las proezas de su tatarabuelo en las salas de billar de Kanagawa. El viejo se había hecho almacenar mucho antes de que Murakami naciera.

Reconocí a los miembros de mi comité de bienvenida mientras bajaba la escalera. Tres altas siluetas reunidas en torno a un banco que miraban a su alrededor, enmarcadas por motas de polvo que revoloteaban bajo la luz del sol. Una cuarta figura permanecía sentada, con los brazos cruzados y las piernas estiradas. Todos llevaban gafas de sol que, desde lejos, transformaban sus rostros en máscaras idénticas.

Me encaminé hacia la puerta, no hice el menor ademán de desviarme hacia ellos. Se dieron cuenta de mi intención cuando yo ya había atravesado la mitad del enorme vestíbulo. Dos de ellos salieron a mi encuentro con una calma de felinos que acaban de saciar su hambre. Eran corpulentos y macizos, teñidos y con una cresta al estilo mohicano: se interpusieron en mi camino dos metros más adelante y me obligaron a decidir entre detenerme o esquivarlos. Me detuve. Si uno acaba de llegar a un lugar, apenas reenfundado, es mejor no poner nerviosa a la milicia local.

Intenté mi segunda sonrisa del día.

-¿Puedo hacer algo por ustedes?

El más viejo de los mohicanos sacó una placa y en seguida la guardó, como si la intemperie pudiese deteriorarla.

-Policía de Bay City. La teniente quiere hablarle.

La frase sonó truncada, como si hubiese reprimido las ganas de añadirle un epíteto al final. Fingí estar considerando si ir con ellos o no, pero me tenían atrapado y lo sabían. Una hora después de salir del tanque no conocemos suficientemente nuestro nuevo cuerpo como para ponerlo a prueba. Olvidé las imágenes de la muerte de Sarah y me dejé conducir a donde la teniente me esperaba.

Era una mujer que rondaba la treintena. Bajo los discos dorados de sus gafas asomaban los pronunciados pómulos de algún antepasado amerindio. Su gran boca había quedado fijada en una mueca sarcástica. Las gafas descansaban sobre una nariz que hubiese podido servir de abrelatas. Una melena corta y mal peinada enmarcaba su cara. Llevaba una chaqueta de combate demasiado grande para ella, pero las largas piernas enfundadas en color negro que asomaban por debajo indicaban un cuerpo delgado.

Me miró durante casi un minuto, con los brazos cruzados, sin decir una palabra.

-Kovacs, ¿verdad?

-Si.

-¿Takeshi Kovacs? -Su pronunciación era perfecta. ¿De Harlan? Millsport, vía el servicio de almacenaje de Kanagawa, ¿no?

-Siga hablando, sólo la interrumpiré si se equivoca en algún dato.

Hubo un pausa prolongada, y ni un reflejo en sus gafas espejeadas. Se soltó los brazos y se miró la palma de la mano.

-¿Tiene permiso para hacerse el gracioso, Kovacs?

-Lo siento. Me lo he dejado en casa.

-¿Y qué lo trae por la Tierra?

Hice un gesto de impaciencia.

-Usted ya lo sabe, si no no estaría aquí. ¿Tiene algo que decirme o se trata sólo de una práctica educativa para sus colegas?

Sentí que una mano me apretaba el brazo. La teniente hizo un gesto breve con la cabeza y me soltaron.

-Tranquilícese, Kovacs. Sólo estoy manteniendo una conversación. Sé que Laurens Bancroft lo ayudó a salir. De hecho, estoy aquí para saber si quiere que lo llevemos a la residencia de Bancroft. -De pronto se levantó y me di cuenta de que era casi tan alta como mi nueva funda. Soy Kristin Ortega, del Departamento de Lesiones Orgánicas. Me ocupaba del caso Bancroft.

-¿Se ocupaba…?

-El caso está cerrado, Kovacs.

-¿Es una advertencia?

-No, es un hecho. Se trata de un suicidio.

-Bancroft no parece tener la misma opinión. Él asegura que lo mataron.

-Sí, es lo que he oído -dijo Ortega encogiéndose de hombros-. Bueno, está en su derecho. Debe de ser muy difícil para un hombre así admitir que se ha volado la cabeza.

-¿Un hombre cómo?

-Oh, vamos. -Se detuvo y me dedicó una sonrisita- Perdone, lo había olvidado.

-¿Olvidado qué?

Hubo otra pausa y de pronto, por primera vez, Kristin Ortega se mostró menos segura de sí misma. Cuando volvió a hablar su tono denotó una cierta vacilación.

-Usted no es de aquí.

-¿Y eso?

-Si fuera de aquí sabría qué clase de hombre es Laurens Bancroft croft. Nada más.

Fascinado ante la idea de que alguien pudiera mentirle tan descaradamente a un extranjero, intenté que volviera a sentirse cómoda. -¿Un hombre rico? -aventuré-, ¿Poderoso? Kristin Ortega sonrió tímidamente.

-Ya lo verá. Bueno, ¿quiere que lo lleve o no?

La carta decía que un chófer me esperaría fuera de la estación. Bancroft no había mencionado a la policía. Me encogí de hombros.

-Nunca he rechazado un taxi gratis.

-Bien. ¿Vamos?

Los dos polis me acompañaron hasta la puerta y se me adelantaron, como guardaespaldas, con sus cabezas giradas hacia atrás y miradas escrutadoras. Ortega y yo los seguimos y el calor de] sol me dio en plena cara. Entorné mis nuevos ojos para protegerme de la luz y distinguí unos edificios angulosos detrás de las vallas, al otro lado de una pista abandonada. Estructuras de color hueso, probablemente del milenio anterior. Más allá de las paredes, extrañamente monocromas, pude ver tramos de un puente metálico gris parcialmente oculto a mi vista. Una serie de vehículos de superficie y aéreos estaban estacionados allí de forma desordenada. De pronto se levantó una ráfaga de viento que trajo el olor fugaz de las malas hierbas que crecían en las grietas del asfalto del aparcamiento. A lo lejos se oía el ruido familiar del tráfico, el resto parecía el decorado de una película de época.

-¡… y no olvidéis que sólo hay un juez! No hagáis caso a los científicos cuando os dicen…

Las distorsiones de un megáfono chapuceramente manejado nos molestaron mientras bajábamos la escalera de salida. Eché una mirada a la pista y vi una muchedumbre congregada en torno a un hombre vestido de negro subido a una caja. Carteles holográficos flotaban de forma espasmódica sobre las cabezas del público.

NO A LA RESOLUCIÓN 653. SÓLO DIOS PUEDE RESUCITAR. D.H.= MUERTE.

Las aclamaciones estallaban desde los altavoces.

-¿Qué es eso?

-Son católicos -respondió Ortega torciendo la boca-. Una antigua secta religiosa.

-¿Ah, sí? Nunca había oído hablar de ellos.

-Claro, es normal. Ellos no creen que se pueda digitalizar a un ser humano sin que éste pierda su alma.

-No es una creencia muy difundida, entonces, ¿no?

-Sólo en la Tierra -dijo ella con tristeza-. Creo que el Vaticano, su iglesia central, ha financiado un par de misiones a Starfall y Latimer…

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