Carne muerta

CarneMuerta

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El 12 de noviembre de 2011, un total de sesenta depósitos virales se activaron en todo el mundo. Dos días más tarde, de los 7.000 millones de habitantes de nuestro planeta, cayó fulminado el 64% … todos ellos hombres.
El 14 de noviembre de 2011 fue conocido como el Día del Olvido, el día en que todos los hombres del planeta murieron.
Desde entonces, una cuarta parte de la población mundial intenta recomponer el mundo. Un mundo de mujeres, un mundo mutilado, un mundo sin esperanzas. Pero cuando pensaron que las cosas no podían empeorar… los hombres resucitaron.

ANTICIPO:

La general se aproximó a la celda de cristal y golpeó con los nudillos la jaula. Inmediatamente, el involucionado se lanzó contra ella y volvió a morder y a enseñar los dientes.
—Si nada es ficticio, entonces ofrézcame respuestas para esta sinrazón. Vuelva a poner orden en este caos. Al fin y al cabo, us­ted jugó a ser Dios y experimentó con la síntesis del ser humano.
Joana no supo si le dolía más los trallazos que llegaban de su cerebro o aquel continuo reproche que sacaba a flote los críme­nes por los que había sido condenada.
—Necesitaré tiempo.
—No lo va a tener. Le adelanto que no ha sido liberada de Picassent para dar una explicación a todo este entuerto, sino para aportar un remedio. Tenemos planes para usted, doctora Emmanuelle, y sentarse delante de un banco de trabajo con un mon­tón de probetas y tubos de ensayo no forma parte de él. Tiene un par de días para aclimatarse a la nueva situación y entonces se le transmitirá su misión. Hasta entonces, haga todas las conjeturas que quiera.
La general se retiró sin dar más explicaciones, dejándola en manos de la cabo Téllez, y Joana permaneció un buen rato de­lante de la celda, observando como la criatura luchaba desenfre­nadamente por encontrar su liberación. Poco a poco, toda la re­pulsión que comenzó sintiendo por aquella criatura se convirtió en pena al asumir que el hombre había acabado convirtiéndose en aquel residuo, en aquel estrato de personalidad que se perdía entre capas y capas de furia y rabia desencadenada. Ya no ha­bía sentimientos tras aquellos ojos rizados de ira, ni un ápice de color bajo esas mollejas desmenuzadas. Todo parecía muerto… todo parecía reducido a un simple impulso, un impulso elemen­tal y visceral que dirigía todo el organismo.
Joana se sintió muy frustrada cuando todos aquellos pensa­mientos pasaron por su cabeza, pero al contemplar detenidamente a la criatura y discernir ese impulso que dotaba de se­do a su pueril existencia, un pequeño claro se abrió paso en las tinieblas de su mente. Joana se quedó muy pensativa mien­tras miraba fijamente a la criatura que yacía en la celda, después se volvió hacia la cabo Téllez y le preguntó si no tenían pensado darle algo de comer.

Alicia Téllez se convirtió en una anfitriona más agradable de lo que la general o la presidenta habían sido hasta ahora. Se tra­taba de una mujer intuitiva y natural que, pese a su juventud, se adelantaba a las necesidades de Joana antes de que esta ni siquiera las manifestara. La llevó hasta los vestuarios que an­tiguamente habían servido a los futbolistas y le permitió que se diera un largo baño. El encuentro con el agua fue tonificante y regenerador. Joana se quedó absorta bajo el continuo chorro caliente que manaba de la ducha, sintiendo como el agua se llevaba las impurezas de varias semanas de enclaustramiento y buena parte de los pensamientos negativos que había acumu­lado a lo largo del día.
Fue el único instante en el que no le dio vueltas a la cabeza. Por unos minutos, el mundo dejó de girar y se quedó suspendi­do en una quietud armónica que resultó reconfortante.
-Doctora, está usted irreconocible —la agasajó la cabo en nanto salió del vestuario.
Joana respondió con un gesto condescendiente. Nunca había sido una chica modelo, en ese sentido, su hermana Claudia había salido mejor parada que ella. Sus jaquecas la habían hecho madurar prematuramente. Un estilo de vida sedentario, con un metabolismo continuamente sometido a las drogas, la habían convertido en el paradigma de mujer más preocupada por su trabajo que por sus necesidades físicas. Nunca le habían faltado amantes, en ella todavía latía cierto sex appeal francés que su padre definía como un don que ni siquiera el tiempo era capaz de marchitar, pero jamás se había embarcado en una relación plazo ni en ninguna aventura que hubiera durado más de dos semanas. Joana había decidido casarse con su trabajo y desde que Claudia fue dada por desaparecida en Faluya, su com­promiso profesional se había convertido en la única aspiración de su vida.
Alicia la acompañó hasta la zona de ocio del centro comercial que rodeaba el campo de fútbol, y en ese momento, Joana tomó conciencia del entorno social que se respiraba en los pasillos más concurridos. Lejos de las áreas paramilitares y administrativas, se encontraban las zonas destinadas a las refugiadas. Había un gran hipermercado controlado por la milicia y varias tiendas que permanecían con la persiana echada. Cada sección estaba vigilada por patrullas y voluntarias que habían sido reclutadas para empuñar un arma. Alicia le dijo que no habían tenido otra opción. Las Fuerzas Armadas nunca se habían distinguido por integrar a la mujer en sus filas, así que tras la pandemia, la se­lección de nuevos quintos se había tenido que llevar a cabo por conscripción ejecutiva.
—Cuando te comenté que había llegado el momento de arri­mar el hombro, no lo dije en balde.
—¿Y ahora yo a qué facción pertenezco: civil o militar? —in­quirió Joana, algo incómoda por el giro que estaban tomando los acontecimientos y por tener que llevar un uniforme.
—No tengo ni pajolera idea. Supongo que tarde o temprano te enterarás.
Las civiles, o refugiadas del mundo exterior, eran ancianas, niñas y adolescentes. También había mujeres heridas que ha­bían instalado sus tiendas de campaña en los pasillos del centro comercial. La mayoría tenía un aspecto tan lamentable como el de la propia Joana cuando pisó por primera vez aquel lugar. Al­gunos paramédicos se encargaban de ayudarlas, pero la mayo­ría permanecía acurrucada en el suelo, conversando en grupos dispersos o con la mirada perdida en el horizonte. Sus rostros reflejaban gran parte del horror que habían experimentado en los últimos días. Expresiones mutiladas en las que se aprecia­ba perfectamente la pérdida de los seres queridos y el golpe traumático que había supuesto verlos resucitar convertidos en monstruos antropófagos.
Apenas había contacto humano. La mayoría de las super­vivientes vagaba en soledad y ni siquiera se aproximaba a las soldados. Parecían almas enfermas, tanto física como espiritualmente, por un momento, Joana llegó a pensar que en los pabellones de la prisión donde había pasado los últimos años había más humanidad que en aquellos tristes pasillos. El régimen instaurado por la general Torán tampoco debía ayudar demasiado.
—Las puertas de Nuevo Mestalla no están abiertas para todo el mundo. Si así fuera, la situación sería insostenible. Aquí solo hay cabida para las más desvalidas. El resto se las tiene que apa­ñar ahí fuera.
—Con los involucionados.
Alicia se encogió de hombros.
—¿Y qué quieres que hagamos? Cada día que pasa, llegan nuevas inmigrantes de toda la Comunidad, atraídas por la no­ticia de que Valencia se ha convertido en una zona segura. Y lo cierto es que esa afirmación no deja de ser un disparate. Durante un tiempo sí conseguimos controlar algunos barrios, sobre todo los de la periferia, pero conforme pasan las semanas la pobla­ción aumenta y acuden las jaurías.
—¿Las jaurías?
—Las hordas de involucionados que buscan alimentos. Vie­nen a docenas por el norte y por el sur. Por ahí se rumorea que ciudades como Alicante y Castellón se han convertido en necró­polis vivientes y que las hordas se desplazan siguiendo el olor del miedo. En fin, que sea como sea, no podemos detenerlos, no hasta que logremos organizamos y formar un frente común, así que mientras nosotras no nos pongamos el mono de faena, va a ser imposible ofrecer ayuda humanitaria a toda la gente que sigue ahí fuera.
—Es decir, que las abandonáis a su suerte.
—¿Y qué otra opción nos queda? Hemos logrado crear varias zonas francas. Los distritos hasta Jesús, el Eixample, el Pía del Real y Algirós son nuestros. El resto es de la basura involucionada y de las bandas callejeras. Diariamente patrullamos las zo­nas limpias de la ciudad, registrando pisos y plantas bajas, es el momento adecuado porque los involucionados son vulnerables, y aun así siempre acusamos bajas. Por la noche, por supuesto, todo se vuelve más complicado y perdemos palmo a palmo la ciudad. El antiguo cauce del Turia supone una barrera infran­queable para las jaurías, pero el cordón cada vez se tensa más y el número de involucionados se multiplica, de ahí que sea preci­so el reclutamiento forzoso.
—Joder… vaya putada.
Llegaron a un Foster Hollywood reconvertido en comedor co­mún. Inmediatamente, el olor hizo que el estómago de Joana se quejara. Hacía semanas que no comía nada decente.
En las paredes todavía se conservaban algunos retratos de galanes del cine clásico. Bogart y Bergman a punto de besarse ante el Café de Rick, James Dean apurando un cigarrillo, Marión Brando inmortalizado sobre su Harley y arropado por su chu­pa de cuero e incluso Brad Pitt y Angelina Jolie espalda contra espalda en una película que Joana jamás había llegado a ver. Lo más curioso era que a ellas les habían borrado el rostro y ellos se convertían en los únicos protagonistas de aquellas ventanas a un pasado que adquiría tintes legendarios. En la imagen de James Dean alguien había escrito con pintalabios: «Puedo ser in­mortal, mientras los que me aman lo deseen».
Compartieron una insípida ración de judías que a la excon­victa le hizo recordar las comidas en el centro penitenciario y después bajaron al terreno de juego. A Joana se le encogió el corazón al salir por el foso y contemplar por primera vez las gradas que rodeaban la grama. Allí el caos se enaltecía como una llama inconmensurable que acababa de filtrarse desde el exterior. Habían arrancado las sillas y el cemento mostraba sus
cicatrices como recuerdo de que incluso en aquella plaza había imperado la muerte no hacía demasiado tiempo. Rodeada por los anfiteatros y los voladizos que cubrían el terreno de juego, Joana se sintió insignificante. Una mácula minúscula ante las torres de granito que subían y subían hasta besar el cielo.
La iluminación estaba encendida y bañaba la hierba, convir­tiéndola en una alfombra empapada de rocío. El contraste entre el anillo verde y un cielo que comenzaba a prender en colores rojizos, se le antojó a Joana de una belleza ilimitada, máxime cuando estaban rodeadas de tanta desolación.
Había más mujeres desperdigadas a su alrededor, formando grupos que conversaban entre sí o pequeñas familias que sim­plemente permanecían tumbadas sobre la hierba fresca. Un coro de niñas cantaba junto a una portería y sus vocecillas llegaban hasta ellas como un trino encantador que sensibilizaba el am­biente. Joana se sintió un poco más frustrada al comprender que eran hijas de aquella nueva sociedad, huérfanas de padres que tenían como único hogar aquel lugar infecto de intransigencia y dolor. Se cogían de la mano y simplemente cantaban, llevando sus voces a las gradas donde había miles y miles de fotos de familiares perdidos, a las cabinas de periodistas donde las guardianas no escondían los fusiles o a las atormentadas almas que se dejaban llevar por la melancolía.
Alicia la condujo hasta el círculo central y se encontraron con Cala, la compañera isleña de la cabo. La grandullona había cam­biado su uniforme por un pantalón vaquero muy ajustado y una camiseta que dibujaba milimétricamente un busto imponente. Tenía el cabello suelto y pegaba caladas a un canuto de maría. A su lado había un botellín de cerveza abierto.
—¡Cámbate! La flaca está hecha una doña. No se parece en nada a la bobamierda que saqué de la jaula.
Alicia se sentó junto a Cala y le robó el canuto que estaba fumando. Le pegó una buena calada y luego se lo pasó a su nue­va compañera. Joana aceptó la maría como si se le ofreciera un manjar de Dios. Inspiró el aire de golpe y sintió como la boca­nada llegaba a sus pulmones y de ahí se expandía por todo su sistema nervioso. A la tercera inspiración, un suave manto de insonoridad subió hasta su cerebro y rebajó los espasmos de las pulsaciones. Joana cerró los ojos y se dejó llevar por aquella re­pentina paz que abotargó sus neuronas hipersensibles. Se hizo el silencio en su cerebro, como si un maestro de ceremonias se hubiera plantado en medio de la pista y hubiese fulminado con un gesto el griterío del público enfervorizado, y las ideas a las que había estado dando vueltas desde el momento en que vio por primera vez al involucionado comenzaron a cobrar relevancia.
—Esta mañana sacamos los cuerpos de un buen puñado de niñas de una casa en ruinas —murmuró Cala mostrando por primera vez un rostro de humanidad que Joana todavía no ha­bía discernido—. Les habían machacado la cabeza y estaban he­chas mierda.
Alicia puso su mano sobre la pierna de su compañera y esta buscó sus dedos para enlazarlos con los suyos. Fue algo más que un gesto de ternura. Joana percibió claramente el deste­llo de turbación que reflejaron los ojos verdes de Alicia y que solo podía indicar una preocupación que iba más allá del mero compañerismo.
—Y lo peor es que esas pobres no tenían huellas de bocados.
Las habían acuchillado. Ya no solo tenemos que vérnoslas con embobados comecarne, sino que las zorras que quedan en los suburbios se dedican a matarse unas a otras.
Cala se dejó caer sobre el césped y continuó bebiendo cerveza mientras el cielo se iba tiñendo de negro. Tenía la piel de gallina, el crepúsculo era gélido y húmedo, pero en ningún momento se quejó del frío. La cerveza le hacía hervir la sangre y los recuer­dos despertaban el fuego de sus iris.
—Todo esto pasará algún día —suspiró Alicia.
—¡Ni jarta de grifa, mi niña! Estamos más jodidas que unas putas de jarana el sábado por la noche. ¿Quién va a arreglar esto? —Alicia miró de reojo a Joana, que permanecía tumbada en el césped, dándole caladas al canuto de maría—. ¿La flaca? ¡Tú estás en el aire!
—Para algo la habrán traído, ¿no? La metieron en el trullo porque se pasó de la raya y domina que no veas todo el rollo ge­nético. Cuando vio a un involucionado se puso a hablar de virus y de no se qué historias, dejó pasmada incluso a la general.
—La han traído para cerrarnos la boca y para darnos espe­ranzas que no hay.
—Siempre tan optimista —se enfurruñó Alicia.
—¿Es que crees que las yanquis o las franchutes, que están un montón más avanzadas que nosotras, no estarán experimentando ya? Si ellas no lo han logrado, mucho menos lo vamos a hacer aquí.
—¿Y tú qué sabes cómo están las americanas o las francesas? Si ni siquiera tenemos idea de lo que pasa en la Malvarrosa y está a dos calles de distancia.
Cala dejó escapar el aire por la boca y volvió a pegarle otro trago al botellín de cerveza.
—Contemplad el cielo desde este vacío inconmensurable — las interrumpió Joana—. ¿Sabéis cuál es una de las leyes fun­damentales de la física? La de la unidad. Desde que a Newton le cayó la manzana a la cabeza hasta que Albert Einstein des­cubrió la teoría de la relatividad, el ser humano ha estado bus­cando el elemento unificador que nos explique el inicio del uni­verso y por qué se comporta de la manera en que lo hace. La ciencia quiso resumir la conducta de todo cuanto nos rodea en unos pocos signos matemáticos, desde el movimiento errático de las partículas subatómicas hasta la gran sinfonía cósmica del tejido espacial. Newton, Einstein, Maxwell o Bohr desve­laron el funcionamiento del universo, dieron forma a la gran teoría unificadora que explica las leyes del Todo que nos rodea, pero, ¿dónde nos deja eso? ¿Dónde sitúa al ser humano ese uni­verso unificado que nos sobrecoge? ¿Estamos dentro o fuera de la gran obra de Dios?
Cala se volvió hacia Alicia y dibujó una sonrisa en la que de­jaba bien claro el mensaje de \»ya te lo decía yo\», pero Alicia no le prestó atención.
Joana se estiró sobre la hierba, cerró los ojos y se dejó llevar por el arrullo del aire frío, por las voces atipladas de las niñas que seguían cantando, por la sensación de encontrarse en un límite en donde la tierra y el abismo espacial se abrazaban hasta convertirse en un solo elemento.
—¿Acaso no sentís aquí mismo la comunión de las leyes fundamentales de la física? ¿En este espacio inconmensurable? Cuando Newton visualizó por primera vez el universo lo hizo como algo simétrico, elegante, puro y aquí, en este mismo lugar, si prestas un poco de atención, puedes mezclarte con esa noble­za, con esa pureza, con esas leyes desnudas, simples y exquisitas que el ser humano desenterró de las matemáticas —Joana le dio una última calada al canuto y se lo pasó a Alicia. Hacía tiempo que no se sentía tan bien. Aquella claridad que nacía en su cabe­za parecía filtrarse por cada poro de su piel y expandirse hasta el infinito—. ¿Cómo Dios nos pudo dar la espalda en la catarsis de la creación? ¿Qué significado tendría nuestra vida si no estuvié­ramos plenamente integradas en este universo unificado? Hoy lo he visto… He visto ese significado por primera vez.
Alicia y Cala se observaron sin llegar a comprender lo que quería decir su compañera.
—He visto a un ser humano sin vida mantenerse erguido. He visto la materia muerta transpirar vida —Joana sonrió abierta­mente—. Eso solo puede ser una señal, una señal del universo magno y elegante que nos rodea. Formamos parte de él, ellos y nosotras… Todos formamos una simbiosis con la gran unidad cósmica —la mujer se incorporó del suelo y observó a las dos mi­litares con gesto vidrioso—: ha sido la señal. Un simple impulso de sus ojos. Un impulso elemental que de una manera u otra queda grabado en el espacio y pasa a formar parte del gran cam­po que nace a nuestro alrededor y se expande hacia las estrellas.
Joana prorrumpió en carcajadas y se estiró y se volvió a encoger en el suelo, extendiendo las extremidades hasta formar una gran aspa que quedó gravada entre la grama y la tierra.
—Un solo día y ya se le largó es discursito —apostilló Cala mientras componía un gesto de pesadumbre.
Alicia, en cambio, no supo si reir o llorar. Continuó observando a Joana hasta que la oscuridad total se hizo sobre el Nuevo Mestalla y los alaridos comenzaron a llegar de todas partes de la ciudad.

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