Cartago triunfante

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Cartago triunfante es la continuación iniciada con Ash: La historia secreta, una de las ucronías más originales de los últimos tiempos, a la par que bizarra, al combinar una historia alternativa con un manejo de la acción y de la violencia poco usuales. No sin motivo esta novela se alzó con el premio Sidewise de ucronía y el British Award.

Las legiones de Cartago campan a sus anchas por los reinos de Europa. Mientras, Borgoña se encuentra sola en el camino de la horda visigoda y su legendaria general, el Faris. Sola y en el meollo del asunto: el tesoro más valioso de Europa y la llave del mundo; la joya de la campaña cartaginesa.

ANTICIPO:
Dijon resuena con el traqueteo de los molinos de agua.

La blanca luz de media tarde resplandecía sobre la: color mostaza. Hileras de viñas podadas de color verde se abrazaban al suelo entre franjas de tierra marrón. Los campos estaban atestados de labriegos. El reloj de la ciudad hacía sonar las cinco menos cuarto mientras Ash conducía a Godluc por entre una caravana de carros tirados por bueyes hasta el puente principal de entrada a Dijon.

Bertrand le dio en la mano sus guanteletes articulados alemanes y retrocedió sin aliento hasta quedar a la altura de Richard, dentro de la nube de polvo levantada por los caballos. Ash se apartó de los miembros de su compañía enviados como avanzadilla de exploración y que ahora estaban aferrados a sus estribos, informando casi sin aliento, para ponerse en su sitio entre John De Vere y su propia escolta.

-Mi señor Oxford.

Ash habló en voz alta y levantó la cabeza mientras salían del puente a la puerta de la ciudad. Los olores hicieron que se le erizara el pelo de la nuca: hollejo de trigo, piedra recalentada, algas, estiércol de caballo. Levantó la visera del yelmo y bajó el barbote para aprovechar el aire fresco sobre el río que servía de foso.

-Tengo las últimas estimaciones de las fuerzas visigodas en las afueras de Auxonne -dijo el conde-. Son casi doce mil

Ash asintió.

– Eran doce mil cuando yo estuve fuera de Basilea. Desconozco el tamaño exacto de sus otros dos contingentes principales. El mismo o mayor. Uno está en territorio veneciano, intimidando a los turcos para que no se muevan; el otro está en Navarra. Ninguno podría llegar aquí en un mes, ni a marchas forzadas.

El olor acre del roce de la madera de las norias de los molinos al girar llenaba el aire, junto con una tenue neblina dorada. Las cotas de mallas de los guardias de la puerta, y las almillas, calzas y faldas de los hombres y mujeres que entraban y salían por la puerta estaban teñidas del más fino hollejo de trigo. El sabor se le quedó pegado a la lengua.

¡Dijon es dorada! , pensó, y trató de dejar que el calor y los olores tranquilizaran el frío y duro miedo que sentía en las tripas.

-Aquí viene nuestra escolta. -John De Vere tiró de las riendas de su caballo y dejó que su hermano se adelantara para hablar con los nueve o diez caballeros borgoñones, completamente equipados, que espera¬ban para conducirlos a palacio. El rostro curtido y de ojos claros de De Vere se volvió hacia ella-. ¿Se os ha ocurrido, señora capitana, que Su Gracia el duque de Borgoña pudiera ofreceros ahora un contrato a su servicio? Yo no puedo financiar esta incursión contra Cartago.

-Pero tenemos un contrato. -Ash habló tranquilamente, su voz apenas audible sobre el chirriar de las norias de los molinos-. ¿Acaso me estáis pidiendo que encuentre un pretexto para romper mi palabra, que yo no di, a un conde inglés exiliado y deshonrado, porque el extremadamente rico duque reinante de Borgoña quiere mi compa¬ñía…?

John De Vere bajó los ojos desde su silla. Lo que ella pudo ver de su rostro, con la visera del casco levantada, fue una boca apretada en una línea firme.

-Borgoña es rica -dijo él en tono neutro-. Yo soy Lancaster. O la única posibilidad de los Lancaster. Pero, señora, en este momento estoy al mando de tres hermanos y cuarenta y siete hombres, y solo tengo dinero para alimentarlos durante seis semanas. Esto, comparado con un posible empleo con el duque de Borgoña, que podría comprar Inglaterra si quisiera…

-Tenéis razón, mi señor. No tendré a Borgoña en cuenta ni por un minuto -dijo Ash, inexpresiva.

-Señora capitana, como jefe de mercenarios, los bienes más preciosos que poseéis son vuestra reputación y vuestra palabra.

Ash resopló.

-No se lo digáis a mis muchachos. Todavía tengo que venderles a ellos la idea de Cartago…

Al frente, GeorgeDe Vere y los caballeros borgoñones parecían estar intercambiando respetuosos saludos y discutiendo el orden de marcha al mismo tiempo. Los adoquines de Dijon transmitían una sensación resbaladiza bajo los cascos de Godluc debido al calor. Ash se inclinó hacia delante y le puso una mano tranquilizadora en el cuello, donde sus manchas color gris hierro se decoloraban hasta tornarse de una tonali¬dad plateada. El caballo levantó la cabeza, lleno de lo que Ash se dio cuenta que era un deseo de exhibirse ante la gente de Dijon. Alrededor de ella resplandecían las paredes encaladas de la ciudad y sus techos de pizarra azul.

Ash levantó la voz para hacerse oír por encima del fuerte ruido de los molinos.

-Este sitio parece sacado de un libro de horas, mi señor.

-¡Ojalá vos y yo también lo pareciéramos, señora! -Maldición, sabía que iba a echar de menos mi armadura… George De Vere se dio la vuelta en la silla, haciéndole un gesto al grupo para que avanzara. Ash cabalgó tras el ahora sonriente conde de Oxford hasta el centro del grupo de caballeros borgoñones.

Emprendieron la marcha, avanzando lentamente a caballo por las calles adoquinadas a pesar de la escolta con la librea roja de Carlos; serpenteando entre la muchedumbre de aprendices fuera de sus talleres, mujeres con sombreros altos comprando en los tenderetes de la plaza del mercado y carros tirados por bueyes en su continuo camino de ida y vuelta a los molinos. Ash se levantó un poco más la visera del yelmo y respondió con sonrisas a los alegres saludos y los comentarios de los súbditos del Duque Carlos.

– ¡Thomas! -siseó.

Thomas Rochester picó espuelas a su castrado bayo y se reunió rápidamente con el grupo. Una jovencita de ojos brillantes lo siguió con la mirada desde donde estaba, asomada a la ventana de un primer piso.

-Déjala, chico.

-¡Sí, jefa! -Una pausa-. ¿Tendremos tiempo para descansar y divertimos?

-Tú no… -un tironcito a las riendas la devolvió a la izquierda del conde de Oxford.

-Pensaba que nunca rompíais una condotta, señora. Y sin embargo ahora lo estáis considerando.

-No, yo…

-Sí que lo estáis haciendo. ¿Por qué?

No eran ni el tono ni el hombre apropiados para escabullirse sin dar una respuesta. Ash gruñó en un susurro, mirando de soslayo a los caballeros borgoñones.

-Sí, yo opino que deberíamos hacer la incursión contra Cartago. ¡Pero eso no quiere decir que no tenga miedo! Si me acuerdo bien de Neuss, Carlos de Borgoña podría tener aquí más de veinte mil hombres entrenados; y suministros, y armas, y cañones. Y si yo pudiera elegir, ¡preferiría que esos veinte mil estuvieran entre el rey califa y yo! ¡No solo cuarenta y siete hombres y vuestros hermanos! ¿Acaso os resulta sorprendente?

-Solo los tontos no tienen miedo, señora.

El rítmico golpeteo de las norias de los molinos ahogó la conversa¬ción durante un minuto. Dijon se asienta entre dos ríos, el Suzon y el Ouche, justo en la punta de flecha de tierra donde se unen.

Ash cabalgaba por la ribera. En aquella zona, las murallas encerraban al río dentro de la ciudad. Observó cómo subían los cangilones de las norias de molino bajo el sol, derramando diamantes. El agua bajo las norias era negra, densa como el cristal, y Ash podía sentir su atracción desde donde se encontraba, entre los caballeros de la corte del duque.

Pasaron junto al molino más cercano.

La conversación era imposible, y Ash no hizo nada más por un momento que estudiar las calles por las que pasaban. Un grupo de hombres vestidos con camisas y calzas remangadas, que estaban arreglando la rueda de una carreta tirada por bueyes, se apartó. Se quitaron los sombreros de paja, pero Ash notó que ni apresurada ni temerosamente; y uno de los jinetes borgoñones se adelantó para hablar con el capataz.

Ash vislumbró un espacio abierto al frente, entre edificios con ventanas de cristal emplomado. La calle se abría en una plaza que, según comprobó al entrar, tenía forma triangular. Los ríos fluían por dos de sus lados, ya que aquel sitio se encontraba en la misma confluencia de ambos. Las altas murallas de la ciudad resplandecían, y los hombres que montaban guardia en ellas se apoyaban en sus armas y miraban hacia abajo con interés. Estaban bien pertrechados, limpios, con esa clase de rostro que no ha sufrido el hambre en el pasado más inmediato.

-¿Comprendéis, Vuestra Gracia, que están corriendo rumores? -dijo Ash-. Que si oigo voces, que si no oigo voces, que si el León Azur realmente sigue a sueldo de los visigodos porque soy hermana de la Faris… Ese tipo de cosas.

De Vere la miró.

-¿No queréis que os abandonen por ser mala compañía?

-Exactamente.

-Señora, las obligaciones de un contrato funcionan en ambos sentidos.

La voz de De Vere, endurecida por el combate, no puso especial énfasis en aquellas palabras, pero Ash se encontró a sí misma abando¬nando, dolorosa y temerosa mente, su habitual cinismo. El sol la deslum¬bró. Sintió que le fallaba la voz.

-Su general, su Faris, nació esclava. No lo lleva en secreto. Y yo…soy idéntica a ella. Como dos cachorros de la misma camada. ¿En qué me convierte eso?

-En valiente -dijo amablemente el conde de Oxford. Cuando los ojos de él se cruzaron con los de ella, Ash miró al frente, con dureza-. Porque vuestro método de esconderos es proponerme un plan: atacar al enemigo en su ciudad más fuerte. Yo podría tener razones para dudar de vuestro juicio imparcial en ese asunto si quisiera, pero no tengo dudas.

Vuestros pensamientos están en sintonía con los míos. Esperemos que el duque también esté de acuerdo.

-Si no lo está -dijo Ash mirando las ricas panoplias de los caballeros de la escolta-, no hay una maldita cosa que podamos hacer acerca de ello. Estamos arruinados. Y él es un hombre muy rico y muy podero so con un ejército en las afueras de esta ciudad. Seamos realistas, Vuestra Gracia, dos órdenes y soy su mercenaria, no la vuestra.

-¡Tengo responsabilidades hacia mis hermanos y demás parentela!! -le espetó Oxford-. ¡Y hacia alguien a quien he tomado bajo mi protección!

-Así no es como la mayoría de la gente se toma las condottas… –Ash contuvo a su caballo para poder mirado a los ojos-. Pero vos sí. ¿O no?

Al observado, se reforzó su opinión de que la gente seguiría a John De Vere más allá de los límites de la razón. Y solo después se pregunta¬rían el porqué, cuando ya fuera demasiado tarde.

Ash respiró hondo. Sentía más que de costumbre el peso de la brigantina que llevaba. Godluc resopló con su ancho hocico. Automáticamente, la mercenaria cargó el peso hacia atrás para detener¬lo y miró a ver qué había inquietado a su montura.

A unos dos metros de distancia, una hilera de patitos había salido de la ribera del río y avanzaba aleteando por la plaza adoquinada. Precedi¬dos por la madre pata, se dirigieron graznando y aleteando hacia el molino que había al otro lado de la plaza y el río.

Doce caballeros borgoñones, un conde inglés, sus nobles hermanos, un vizconde, una capitana mercenaria y la escolta de esta se detuvieron y esperaron hasta que hubieron pasado los patitos.

Ash se incorporó en la silla para hablar con John De Vere, y se encontró mirando al palacio ducal de Dijon. Altísimas murallas blancas de estilo gótico, contrafuertes, torres rematadas por pináculos, techos de pizarra azul; un centenar de estandartes ondeando.

-Bueno, señora. -El conde de Oxford sonrió levemente-. En toda la cristiandad no hay otra corte como la de Borgoña. Veamos qué opina el duque de mi pucelle y sus voces.

Al desmontar, Ash se encontró con un sudoroso Godfrey Maximillian a pie, que se unió a los demás hombres de Thomas Rochester tras el estandarte.

Dentro del palacio, la cantidad de espacio envuelto por la piedra la dejó impresionada. Altísimos y delgados pilares entre esbeltas y largas ventanas apuntadas; toda la cantería era del color claro de las galletas recién hechas; y bajo el sol de media tarde, pensó ella, parecía miel calada.

Cerró la boca, que tenía abierta de asombro, y se obligó a avanzar tras la estela de John De Vere, mientras resonaba una trompeta, y un heraldo gritaba sus nombres y posiciones, lo bastante alto para sacudir los estandartes que colgaban a ambos lados de la estancia; y un centenar de rostros, hombres ricos y poderosos, se volvieron para mirarla.

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