Centurión

CenturionSimonScarrow

Palmira es apenas un pequeño reino en pleno desierto objeto de deseo tanto de Roma como de Partia; no hay duda de que puede convertirse en una auténtica pesadilla para el Imperio, y, cómo no, para el prefecto Macro y el centurión Cato.

Una revuelta en Palmira hace que el Imperio mande tropas para ayudar al rey y defender las fronteras, pero la intimidante presencia de los legionarios lleva a Partia a desencadenar una guerra de consecuencias insospechadas en un territorio que Macro y Cato conocen mal, pero que no tardan en aprender a odiar, y en el que la táctica de las falanges resulta insuficiente ante jinetes y arqueros tan hábiles como los partos. Y lo único que les faltaba era la sospecha de que existe un traidor en sus propias filas, quizás en círculos muy próximos al propio rey; o que Cato se enamorara de la aristócrata hija del embajador romano…

En esta ocasión Simon Scarrow nos deleita con una estupenda novela sobre la durísima vida de las legiones en el desierto.

ANTICIPO:
Todos los días empezaban con el mismo ritual. Al primer atisbo de luz en el horizonte el centurión de servicio de cada cohorte despertaba a los demás oficiales. Éstos, a su vez, recorrían las líneas de soldados gritando la orden de levantarse y prepararse para la marcha, deteniéndose aquí y allá para propinar un puntapié a los más lentos en reaccionar. Los soldados se levantaban con refunfuños, estiraban los miembros fríos y entumecidos y se sacudían la arena con la que el viento los había cubierto durante la noche. Sujetaban el equipo a las horcas y luego tomaban un rápido desayuno de carne seca y pan duro de las raciones que llevaban en la mochila con unos tragos de agua. Los centuriones y optios, conscientes de la importancia del agua, supervisaban atentamente a sus hombres cuando éstos bebían de sus cantimploras.

En cuanto los soldados habían formado por centurias se pasaba lista rápidamente y a continuación Macro daba la orden de iniciar la jornada de marcha. Al amanecer la atmósfera todavía era tranquila y fresca y las cohortes marchaban a buen ritmo, con el pesado crujido de sus botas claveteadas acompañando el irregular golpeteo del equipo y las conversaciones apagadas. Las primeras horas eran las mejores para marchar y Macro mantenía deliberadamente un paso rápido antes de que el calor del día ahogara el desierto en su abrasador abrazo. Antes de esta campaña Cato creía que el amanecer era el momento más hermoso del día. Ahora, mientras el sol se alzaba por encima del horizonte y proyectaba sombras alargadas por la llanura desierta, llegó a considerarlo una fuente de tormento.

Las sombras se iban acortando gradualmente y la luz se intensificaba convirtiéndose en un resplandor deslumbrante que obligaba a los hombres a entrecerrar los ojos y mantener la mirada baja mientras se adentraban pesadamente en aquel páramo. Después venía el calor. Este se imponía rápidamente a los restos de aire fresco del alba y envolvía a las dos cohortes. En aquellos momentos tanto el veterano curtido como el recluta sin experiencia empezaban a sentir el peso del equipo y de las horcas en los hombros, sus expresiones se contraían en unas máscaras adustas y ponían un pie delante del otro sin pensar en la jornada que aún tenían por delante. A medida que el sol ascendía en el cielo los soldados se empapaban de sudor, y a muchos les provocaba un intenso picor que a lo largo del día llegaba a ser insoportable.

Al fin, cuando el sol llegaba a su cenit, Macro daba el alto y los soldados soltaban las horcas con suspiros y gemidos de cansancio, tras lo cual se dejaban caer en el suelo y tomaban el correspondiente trago de mediodía de sus cantimploras. Hacían sombra como podían con los escudos y capas y descansaban hasta que pasaba el sol de mediodía y de nuevo se daba la orden de continuar la marcha. Los soldados volvían a levantarse, alzaban de nuevo las horcas y formaban en el camino. Avanzaban arrastrando los pies y seguían caminando pesadamente el resto de la tarde hasta que el sol descendía en el horizonte. La marcha no terminaba hasta que la luz se desvanecía.

La tercera noche después de abandonar Calcis, Cato organizó las guardias y a continuación fue a informar a Macro. Más hombres se habían quedado atrás durante la marcha y tres monturas de la caballería cojeaban. En circunstancias normales las bestias se hubieran sacrificado y su carne se habría distribuido entre los soldados. Sin embargo, puesto que no construían campamentos de marcha, Macro había prohibido que se encendiera ninguna hoguera —aunque no hubieran podido hacer mucho fuego con los lastimosos árboles raquídeos que se encontraban junto al camino—, por lo que sacrificaron a los animales y dejaron atrás sus cadáveres.

Macro estaba de pie en un pequeño altozano situado a una corta distancia de sus soldados y desde allí reconocía el terreno que tenían por delante bajo la creciente penumbra. Se volvió al oír el sonido de las botas de Cato al acercarse. Macro esbozó una sonrisa forzada con los labios resecos y lo saludó con la mano.

—Dos días más y esto habrá terminado. Cato. Sólo dos días más.

—Terminará de un modo u otro.

—Cierto. Pero nos ocuparemos de la situación en Palmira cuando lleguemos allí.

Cato intuía que su amigo estaba agotado y asintió.

—Por supuesto. Pero primero salgamos de ésta.

Macro se lo quedó mirando un momento y luego se echó a reír por el tono de preocupación de Cato.

—Pareces mi madre. Estoy bien, de verdad —volvió la mirada hacia el desierto—. Sólo me estaba preguntando por qué alguien querría luchar por la posesión de un territorio como éste. Es un erial.

—Es un erial con una ciudad encaramada en lo alto de una lucrativa ruta comercial al lado de un oasis —repuso Cato.

Macro movió lentamente la cabeza en señal de asentimiento y frunció los labios.

—Bueno, si lo planteas así.

Un repentino estallido de gritos enojados hizo que ambos se dieran la vuelta hacia el campamento. Había varios soldados agrupados en torno al carro donde se rellenaban las cantimploras. Mientras los dos oficiales miraban, aparecieron más soldados de la penumbra circundante.

—¡Mierda! Más problemas —Macro suspiró al oír el coro de gritos—. Vamos. Un ruido así se oirá desde una gran distancia.

Bajaron apresuradamente del montículo y corrieron hasta el carro.

—¡Salid de en medio! —ordenó Macro gritando todo lo que pudo. En la penumbra era difícil que los soldados distinguieran su rango y se abrió camino a empujones entre el tumulto. Cato agarró a un soldado del brazo y lo apartó a la fuerza para dejar paso a Macro.

—¡Deja pasar a tu oficial al mando, maldita sea!

Delante de él había unos cuantos hombres enzarzados en una violenta pelea arremetiendo unos contra otros a patadas y puñetazos. Mano alzó su vara de vid y la hizo descender delante de él describiendo un arco. La vara golpeó con un chasquido y un soldado retrocedió dando un grito y aferrándose la cabeza con las manos.

—¡Dejad ahora mismo esta maldita tontería! —grito Macro brevemente, y arremetió con la vara contra dos hombres que seguían lanzándose puñetazos—. ¡Ahora mismo, he dicho!

La pelea cesó de pronto y los contendientes se separaron en tanto que Macro se mantuvo firme junto a la parte trasera del carro, fulminando con la mirada a la multitud, una mezcla de auxiliares y legionarios.

—¿Qué demonios está pasando? ¿Dónde está el optio a cargo de la distribución del agua?

—Aquí, señor —un oficial de las tropas auxiliares se levantó del suelo con vacilación.

—¡Informa, hombre! ¿Qué significa esto?

El optio se puso en posición de firmes. Dirigió una rápida mirada a los hombres de su alrededor y tragó saliva, nervioso.

—Hubo un malentendido, señor.

Macro soltó un resoplido de desdén.

—¡Vaya! ¿No me digas? Y ahora explícame qué diantre pasa.

El optio se dio cuenta de que no había posibilidad de que la situación quedara entre las filas y continuó hablando con tono monótono.

—Yo estaba de servido, señor. Supervisando las raciones de agua. Los portadores de las cantimploras de la Segunda iliria llegaron primero, justo delante de los muchachos de la Décima. Cuando empecé a llenar las cantimploras, uno de los legionarios se coló en la fila y me exigió la parte de su sección antes de que hubiera terminado con mis chicos. Yo le dije que esperara su turno. Me dijo que los legionarios van primero y que mis muchachos tenían que ceder el paso a… bueno, a los soldados de verdad, dijo.

—¿Quién dijo eso?

El optio miró por encima del hombro de Macro, pero antes de que pudiera identificar al legionario, éste dio un paso al frente.

—Fui yo, señor.

Macro se volvió hacia ese hombre y lo miró con recelo.

—¿Y tú eres?

—Décimo Tadio, señor. Sexta centuria.

—¿Y exactamente qué creías que estabas haciendo, soldado?

—Fue tal como él ha dicho, señor. Las legiones siempre son las primeras en recibir lo que corresponde.

—Eso se aplica al botín, Tadio, y tú lo sabes. No a las raciones. Y mucho menos a las raciones en esta situación. Mientras yo esté al mando, todos los soldados tendrán la parte que les corresponda cuando les toque. Tanto si se trata de un auxiliar como de un legionario. —Macro se acercó a Tadio y golpeó la armadura de escamas de aquel hombre con su vara de vid—. ¿Lo has entendido?

—Sí, señor.

—Bien, porque si causas más problemas te echaré de mi cohorte y haré que sirvas con la Segunda iliria. Puede que así aprendas algo.

Tadio abrió la boca para protestar.

—¡No digas nada! —le advirtió Macro—. Y ahora, todos vosotros, volved a formar la fila y coged el agua cuando os toque. ¡Venga, moveos!

—Espera —añadió Cato en voz baja, dirigiéndose a Tadio mientras los demás se alejaban arrastrando los pies—. Tú no, Tadio. No te muevas.

—¿Qué estás haciendo, Cato? —gruñó Macro—. El asunto ya está resuelto.

—Todavía no, señor. Este hombre desobedeció la orden del optio. Eso es una clara infracción de las normas.

Macro se volvió a mirar a los soldados y vio que los más cercanos los observaban con curiosidad mientras intentaban aparentar que no lo hacían. Se acercó poco a poco a Cato y continuó hablando en voz baja:

—Mira, se ha terminado. No ha pasado nada. No tiene sentido exagerar la importancia del asunto.

—No podemos evitarlo, señor. Este hombre desafió a un oficial superior delante de testigos. No podemos dejarlo pasar. Tiene que ser castigado.

Macro suspiró con exasperación.

—Escucha, Cato. No tengo tiempo para esto. Ya tenemos bastante sin tener que aplicar algún castigo de campaña.

—Aun así, insisto en que este hombre reciba castigo de acuerdo con el reglamento.

Macro se frotó la frente con irritación y contestó entre dientes:

—Está bien —se volvió a mirar a Tadio y alzó la voz—. ¡Legionario Tadio!

—Sí, señor.

Macro pensó rápidamente. Allí en el desierto no tendría sentido ponerle una multa, encomendarle una fajina o azotarlo. Sólo había un castigo adecuado a la situación, con el que Tadio sufriría profundamente.

—Se te privará de tu ración de agua durante un día. Regresa con tu centuria.

Tadio tragó saliva y respondió con los dientes apretados:

—Sí, señor. —Saludó y, al tiempo que se colgaba la cantimplora al hombro, dio media vuelta y se alejó caminando con rigidez, revelando a cada paso la furia y el malestar de haber sido víctima de una injusticia. Macro hizo una señal con la cabeza al optio que estaba junto al carro del agua.

—Continúa.

Mientras las exiguas raciones de agua se vertían en las cantimploras de los soldados, Macro hizo señas a Cato y empezó a caminar alejándose de la fila de hombres. Cuando estuvieron suficientemente lejos para que no pudieran oírles, se detuvo y se enfrentó a su amigo con expresión feroz.

—¿De qué demonios iba todo esto?

—Disciplina, señor.

—Puedes dejar lo de "señor" cuando no hay soldados escuchando, Cato.

—Está bien —Cato asintió—. No te entiendo. ¿Cuándo has dejado que un soldado se quede tan fresco ante una cosa así? Sí estuviéramos en el campamento habrías tenido a Tadio sacando mierda de las letrinas durante el resto de su vida.

—Puede que sí —admitió Macro—. Pero no estamos en el campamento. No podemos estar más lejos de cualquier parte. Ya hay bastante resentimiento entre tus muchachos y los míos sin necesidad de avivar aún más la llama.

—¿Tus muchachos y los míos? —repitió Cato—. Parecería que no estuviéramos en el mismo bando.

—Ésa es la cuestión. Si estos soldados se consideran enemigos tendremos grandes problemas en cuanto aparezca uno de verdad. Los agravios insignificantes son un lujo que no nos podemos permitir.

—¿Y qué pasa con la disciplina?

—A veces hay que transigir. De todos modos, parece que ya te has encargado tú de la disciplina —Macro suspiró—. Si un día sin agua no mata a Tadio, te habrás hecho un enemigo de por vida. Te felicito.

Cato estaba a punto de replicar cuando se oyó un grito proveniente del lugar donde habían acampado.

—¡Se acerca una patrulla montada!

Macro meneó la cabeza con aire cansado.

—¿Es que no voy a poder descansar en toda la puñetera noche? Vamos, algo pasa.

El golpeteo de los cascos por el desierto anunció el regreso de una de las patrullas de caballería de Cato y los dos oficiales se apresuraron hacia el lugar en el que el decurión y sus hombres frenaban sus monturas al borde de la línea que formaba la columna para dormir.

—¿Dónde está el prefecto? —gritó el decurión en tono preocupado.

Gato alzó una mano.

—Aquí. ¿Qué ha ocurrido?

—Si me permite, señor, informo de que hemos avistado una gran fuerza de jinetes, señor. —El decurión respiraba trabajosamente mientras tranquilizaba a su montura, que seguía resoplando sin aliento tras galopar de vuelta al campamento—. Al sur.

—¿A qué distancia? —preguntó Macro con brusquedad.

—A no más de dos millas, señor. Daba la impresión de dirigirse hacia nosotros.

—¿Pudiste identificarlos?

—Estaba demasiado oscuro, señor. Los observé el tiempo suficiente para calcular su rumbo y luego vine a informar. Estoy seguro de que no nos vieron.

Cato lo interrumpió.

—¿Dices que eran jinetes? ¿Montaban caballos o camellos?

El decurión hizo un momento de pausa.

—Las dos cosas, señor.

—Entonces lo más probable es que sea más una fuerza de Palmira que de Partía. Se supone que los partos prefieren los caballos —Cato miró a Macro—. Según mis fuentes, señor.

—¿Tus fuentes?

—Lo que leí en la biblioteca de Antioquia.

—Entonces seguro que es verdad —rezongó Macro en tono sarcástico—. Bueno, no tenemos tiempo de apartarnos de su camino. Por lo tanto tendremos que pasar desapercibidos y no movernos hasta que hayan pasado.

—¿Y si vienen directos a nosotros? —preguntó Cato.

—Entonces les daremos la sorpresa de su jodida vida. Cato llamó de vuelta a las patrullas montadas y mandó retroceder a la caballería para que se ocultara en una pequeña depresión por la que la columna había marchado antes de detenerse a pasar la noche. Si se producía un combate los romanos no podían arriesgarse a confundir su caballería con los jinetes que se aproximaban en la oscuridad. Cuando oyeran la señal de la bocina tenían que reunirse con la columna. Mientras tanto, la infantería de legionarios y auxiliares se pondría la armadura, desenvainarían las espadas y se tumbarían en el suelo junto a sus escudos. Si se llegara a combatir, la proximidad crearía confusión. Las jabalinas resultarían demasiado incómodas de manejar, por lo que la espada corta, tan propia del ejército romano, zanjaría la cuestión. Los oficiales recorrieron las líneas agachados, susurrando a sus hombres que se mantuvieran en silencio y que no movieran un músculo hasta que no diera la orden. Macro y Cato avanzaron un trecho a rastras en dirección a los jinetes que se acercaban y allí se acuclillaron y aguzaron la vista para escudriñar el monótono paisaje que tenían delante.

—Si se trata del enemigo —dijo Macro en voz queda— sólo vamos a tener una oportunidad de darles fuerte. Si consiguen alejarse de nosotros de manera ordenada la columna se va a convertir en pasto de las flechas cuando empiece a clarear.

—Lo sé.

—De manera que, en el momento adecuado, tú y tus hombres atacad con dureza.

—Confía en mi, Macro. Sé hacer mi trabajo.

El oficial de más edad se volvió a mirar a su joven amigo y sonrió abiertamente. Bajo la tenue luz de las estrellas sus dientes parecían excesivamente blancos en las apagadas sombras de la noche. Dio una palmada en el hombro a Cato.

—Pues claro que sabes hacer tu trabajo. Aprendiste del mejor.

Ambos se rieron un momento y Cato sintió que la tensión nerviosa de su cuerpo disminuía un poco. Si se producía el combate, no podía tener a su lado a nadie mejor que al centurión Cato. Entonces se quedó inmóvil mirando el desierto con los ojos entrecerrados.

—¡Allí! —se inclinó más cerca de Macro para que éste pudiera seguir la dirección que le indicaba y señaló hacia el horizonte con el dedo. Al principio Macro no vio nada. Parpadeó para aclararse la vista y miró de nuevo.

—No veo nada. ¿Estás seguro?

—Por supuesto que sí—respondió Cato con irritación—. Utiliza los ojos.

Esta vez Macro los vio, o mejor dicho, vio una mancha oscura que surgía de una oscuridad más intensa a menos de una milla de distancia. Cuando las figuras se hicieron más nítidas vio incluso la débil penumbra de la arena que levantaban los cascos de los caballos. Mientras la columna se acercaba, Macro reflexionó.

—Marchan en silencio —susurró—. Se mueven como fantasmas.

Esa idea le produjo un escalofrío momentáneo. Sin duda en aquel territorio se había derramado sangre suficíente para que lo rondaran las huestes de los espíritus de los muertos.

—Tranquilízate. De momento están muy vivos —le respondió Cato en voz baja—. Van muy silenciosos, sí. La cuestión es, ¿qué diablos están haciendo ahí? ¿Y por qué avanzan de noche? No forman parte de una caravana, eso seguro. Dada la situación, seguro que son hostiles.

—¿Cómo podemos estar seguros?

—Nosotros somos los únicos romanos que hay por aquí y yo diría que todos los amigos que tenemos están dentro de la ciudadela en Palmira. Además… —se le ocurrió algo horrible—. Parece que estuvieran buscando algo. A nosotros, tal vez. En cuyo caso dudo que sean amistosos.

—¿A nosotros? ¿Cómo pueden estar buscándonos? No pueden saber que estamos aquí. Todavía no.

—¿Por qué no? Bien podría ser que alguien de Calcis se nos hubiera adelantado a caballo para dar la alarma.

—Mierda, tienes razón —Macro apoyó un puño en la arena. Entonces miró a Cato—. Si nos buscan a nosotros, ¿por qué no hay exploradores?

Cato lo consideró unos instantes.

—Quizá porque no crean que no hemos avanzado tanto. Sea como sea —Cato le dio un codazo—, vienen hacia aquí. Tenemos que regresar a la columna.

Los dos oficiales se pusieron en cuclillas y se encaminaron de vuelta con sus hombres cuidando de no remover demasiado la arena y revelar así su presencia. Macro volvió sigilosamente con sus legionarios y Cato se tumbó al lado de su portaestandarte, desenvainó la espada y colocó el escudo junto a su cuerpo. Miró a su alrededor y vio que sus hombres estaban muy pesados al suelo y en la oscuridad probablemente los jinetes no los verían, a menos que pasaran demasiado cerca o, peor aún, tropezaran con los romanos agazapados A Cato le lana el corazón como un martillo y el sonido y los olores de la fría noche del desierto abrumaban sus sentidos excitados. Por un momento no percibió nada pero luego oyó el débil sonido amortiguado de unos cascos y la cabeza de la columna volvió a hacerse visible contra el horizonte levemente más claro.

Cerca de él uno de sus soldados murmuró aleo y Cato volvió la cabeza para lanzar una mirada fulminante en esa dirección y dejó escapar un leve sonido entre dientes. «¡Chsss!» Cuando averiguara quién había sido lo haría azotar pensó con furia. Si es que sobrevivían a esta noche

Cato oía el crujido de las sillas y las correas y los resoplidos y el mascar de los caballos, pues los jinetes se acercaban a los romanos en diagonal. Intentó calcular desesperadamente el rumbo que llevaban y se dio cuenta, con una angustiosa sensación de inevitabilidad que iban directos hacia Macro y su cohorte, situados a la izquierda de Cato.

—Mierda —murmuró entre dientes, y se enfureció consigo mismo por haber proferido aquel sonido. Apretó los labios y asió la espada y el escudo con más fuerza Seguían acercándose, surgiendo de la oscuridad de manera que ahora podía distinguir claramente el perfil de los cascos, las lanzas y los escudos. Percibió incluso el suave rumor amortiguado de la conversación mientras se aproximaban.

De repente un caballo que iba al frente de la columna soltó un relincho y se empinó y a punto estuvo de arrojar a su jinete. Un grito de dolor hendió la oscuridad y Cato se dio cuenta de que el caballo había pisado a un romano.

—¡Levantaos y matadlos! —bramó Macro, y entonces una oscura oleada de hombres armados se alzó repentinamente del desierto y cargó contra los jinetes con un rugido ensordecedor.

compra en casa del libro Compra en Amazon Centurión
Interplanetaria

1 Opinión

Escribe un comentario

  • Alberto
    on

    Nueva entrega de las aventuras de Cato y Macro. Como en la anterior entrega, [b]Scarrow[/b] se centra cada vez más en las batallas (En este libro mete cuatro) y deja más a un lado la intriga (que tampoco es que sea su punto fuerte) Diría que este libro es para los habituales de la serie (como yo) pero le veo un par de problemillas (para mi gusto) Uno, que vuelve a poner a Cato en el centro de la acción (lo que más me gustaba de las anteriores es que Macro tenía más protagonismo) y que no me gusta demasiado el nuevo diseño de la serie (Que, por lo que veo están imitando en las reediciones) pero supongo que así venderá más, con lo que tampoco es para quejarse mucho.

Leave a Comment

 

↑ RETOUR EN HAUT ↑