César. Las cenizas de la República

En el invierno del 53 a.C, la vida cotidiana de Roma se ve agitada por las luchas entre facciones y los asesinatos políticos, mientras César, que está en las Galias protegiendo las fronteras del imperio, incrementa su poder y su riqueza, excesivos a los ojos del Senado. Decididos a detener su fulgurante carrera, Cicerón y otros políticos romanos fuerzan a Quinto Aurelio, antiguo centurión retirado, a espiar a César. Se alista como cocinero, pero pronto recuperará su rango de centurión y con él la confianza de César, convirtiéndose en el fiel cronista de los momentos más gloriosos, como la última guerra de las Galias , la batalla de Alesia y la derrota de Vercingetorix, la guerra civil con Pompeyo, la conquista de Egipto y su relacion con Cleopatra, hasta su ascensión al poder y finalmente su asesinato.

Como es habitual en Gisbert Haefs tras esta novela perfectamente estructurada y de un ritmo irresistible se coulta una interesantísima cala de la naturaleza humana, del poder y de sus límites.

ANTICIPO:
—Háblame de Milón y Clodio —Aurelio puso las manos alrededor del cuenco, que contenía un caldo caliente con tostones, y miró al poeta.

Sasila se echó la manta de cuero sobre la cabeza:

—Saber mucho tú, contar poco —dijo.

—Ah, ¿qué es lo que yo sé? —Catulo guiñó los ojos y miró hacia el norte bajo el alero de la taberna.

Era una fresca mañana de invierno, no demasiado fría y al contrario que los días anteriores, clara. Al menos aquí, fuera de la ciudad. En cambio, sobre Roma pesaba una capa amarillo grisácea formada por el humo de cien mil fogones y fuegos y las emanaciones de las gentes.

—Roma siempre es así —dijo el poeta—. Impenetrable. La distancia no cambia eso. Cuando se está allí se considera algo completamente natural, sin por eso ver más; desde fuera, desde aquí, tampoco se ve menos, pero se ve más claramente la opacidad.

—Gracias por la útil información —Aurelio dio un sorbo a la infusión que estaba desayunando—. ¿Y, aparte de opacidad, no tienes nada que ofrecernos?

Catulo se frotó los ojos. Estaban más claros que la última vez; por la noche había bebido menos.

—Milón —se interrumpió, sacudió la cabeza— Hoy aún no he tosido. Este frío seco me sienta bien; quizá debiera ir a un país seco.

—Al desierto con los poetas libertinos —dijo Aurelio—, ¿Qué pasa con Milón?

—Estoy bien, gracias. Mi cabeza está despejada, no toso, aquí fuera el aire es más soportable que en ese agujero apestoso ahí dentro, y si pudieras cerrar el pico de una vez, quizá pronto aparecieran flotando versos, leves y encantadores como la sonrisa de tu esclava o sombríos y funestos como el chocho de la diosa de la desgracia. ¿Qué interés tienes tú en Milón?

—Pura curiosidad. El hombre más importante de Milón me ha… nos ha quitado nuestro hogar; me pregunto para qué podría servir todo esto.

—Para el engrandecimiento de unos y el empequeñecimiento de otros, como todo —Catulo adelantó la mandíbula—. No quiero pensar en eso.

—No pensar, hablar —dijo Sasila; rió entre dientes—. Poeta bueno para eso.

—¿Ah, sí? —Catulo sonrió—. Si es así, hablaré sin pensar. Milón, ¿eh? ¿Qué planes tienes hoy en la ciudad?

—Recaudar el resto de tu dinero —dijo Aurelio—. Con él pagaré a unos antiguos soldados que van a ayudarme. Nunca se sabe quién puede venir a la entrega del dinero.

—Está claro que has tomado buena nota de mis advertencias. Pero, ¿qué tiene eso que ver con Milón?

—Gorgonio tenía invitados ayer; Volturcio estaba entre ellos. Quizás hoy también esté alguno de ese tipo.

—No es probable; no se manchan las manos en persona. Matones, quizá.

—¿De qué clase?

—Siempre los mejores. Gladiadores, luchadores bien formados y alimentados. Esclavos, naturalmente.

Catulo se echó hacia atrás y cerró los ojos. A media voz, deprisa, sin hacer pausas, contó lo que sabía de Tito Anio Milón. Cuatro años atrás había sido tribuno de la plebe y reunido una primera tropa de gladiadores para ir contra la gente de Clodio. Milón estaba de parte de los nobles, ricos, de los senadores y optimates. Se había desposado con Fausta, la hija del todavía temido —por otros venerado— dictador Sila; había sido pretor y había competido sin éxito por el consulado en el año que estaba a punto de acabar.

—Un hombre con deudas increíbles y una falta de escrúpulos también increíble —dijo Catulo—. Puedes estar seguro de que está detrás de todo lo que los optimates preparan, y que participa en todo. El no haber conseguido convertirse en cónsul le ha vuelto aún más brutal. Naturalmente que Cicerón o Pompeyo no andan gritando por los callejones y por las plazas. ¿Para qué iban a hacerlo? Para eso lo tienen a él.

—¿Y Clodio?

—Ah, Clodio, en realidad se llama Publio Claudio Pulcro, como probablemente sepas. Una de las más antiguas y nobles estirpes de Roma, los Claudios, junto con los Emilios, Comelios, Fabios y Valerios. A su lado los Julios son unos advenedizos, por no hablar de un trepa como Cicerón. Quizá por eso Cicerón no le quiere; Clodio ha renunciado voluntariamente a todo lo que Cicerón aún quiere lograr.

—¿Por qué?

Catulo se encogió de hombros.

—Nadie lo sabe muy bien. Siendo un Claudio, hubiera podido hacer la carrera habitual de cargos y honores. Unos dicen que no contaba con ello, porque siempre se le habrían atravesado gente como Craso, Lúculo y Pompeyo, y no es tan fácil rehuirlos. Por eso, dicen, se fue con el pueblo, con los populares. Otros dicen que está sencillamente loco. Otros a su vez afirman que, como oficial al mando de Lúculo, en Oriente, vio la miseria de las gentes explotadas y la vida miserable de los simples soldados y por eso se puso del otro lado.

—¿No hubo algo acerca de un proceso por sacrilegio?

—¿Esa historia de Bona Dea? —Catulo rió—. Del todo impenetrable, como el aire sobre Roma. Las esposas de los nobles (senadores, sacerdotes, chusma por el estilo), organizan esa misteriosa fiesta, y los hombres ni siquiera pueden estar cerca, no digamos en la propia casa, cuando tiene lugar. En el año… ¿cuánto hace de eso? ¿Ocho años? ¿Nueve? Más o menos. Sea como fuere, ese año la encargada era la esposa del sumo sacerdote, y ya sabéis quién era y sigue siendo Pontifex Maximus, ¿no?

—No saber —dijo Sasila—. ¿Quién?

—César —dijo Aurelio—. Eso tiene que haber sido poco después de su regreso de Hispania, ¿no?

—Puede ser. No, no es cierto; creo que fue antes de que pudiera ejercer en Hispania. Da igual; en cualquier caso acababa de ser elegido Pontifex Maximus, y su esposa, Pompeya, tenia que organizar la fiesta de la buena diosa. Se supone que Clodio tenía algo que ver con ella; dicen que se escurrió en la casa disfrazado de muchacha y le pillaron. Entonces hubo gran jaleo y un proceso por blasfemia. Supongo que sobornó a conciencia a los jueces, probablemente puso más de lo que Cicerón podía permitirse entonces, y fue absuelto. Pero César se divorció de su mujer. Dijo que todo eran tonterías sin fundamento, pero que la mujer de César tenía que estar por encima de toda sospecha. O algo así. Una imbecilidad, como os he dicho.

—Increíble —dijo Sasila—. Si Clodio con mujer de César, entonces secreto, ¿no? Entonces no en noche de fiesta… eso especialmente poco secreto, peligroso.

—Inteligente mujer. Pero acortemos esta larga historia; a no ser que quieras saber todos los detalles que yo desconozco. ¿No? Bien. Entonces. Es absuelto, y hace amistad precisamente con César, se hace adoptar por un plebeyo para poder presentarse al cargo de tribuno de la plebe; desde entonces se llama Clodio en vez de Claudio. Como tribuno de la plebe presentó un par de leyes en favor del pueblo que los otros, los optimates, tacharon de subversivas. Y mandó a Cicerón al destierro, por el asunto de Catilina.

—Ilústrame —Aurelio alzó las manos—. Soy un pobre y necio soldado, y por aquel entonces no estaba en Roma. ¿Qué pasó?

Catulo resopló y dijo que él no era más que un pobre y necio poeta. Los versos, las mujeres y el vino siempre habían sido para él más importantes que la política, sobre todo cuando se trataba de cuestiones carentes de gusto. Aun así, intentó acordarse de los retazos que le habían llegado.

También Catilina, dijo, se había apoyado en el pueblo para alcanzar el poder, y decían que había preparado una sublevación. Cicerón, entonces cónsul, le acusó y luego, cuando Catilina huyó de la ciudad, hizo ejecutar a sus compañeros de conspiración. Él no era ningún leguleyo, sino poeta, así que no podía reproducir las sutilezas —que para él eran tosquedades— de manera fiable; en el procedimiento que Clodio instó después contra Cicerón, se trató al parecer de la cuestión de si las ejecuciones no debían haberse producido sólo después de otra decisión del Senado o de reunir a todos los jueces.

—Sea como fuere lo echó de la ciudad, y al mismo tiempo consiguió librarse del otro defensor a voz en cuello de la supremacía del Senado, Catón; lo trasladó, en cierto modo: lo envió a Chipre como cuestor. Incluso con buenas razones. Le habíamos robado la isla a los egipcios, y allí había gran confusión, explotación a manos de los publicani y todo eso que ya conocemos, y Clodio dijo que la limpieza tenía que hacerla un hombre especialmente honesto, y que el más honesto era Catón.

—¿Qué importancia tiene Clodio hoy?

—Es el defensor del pueblo —dijo Catulo— Creo que ahora mismo está volviendo a aspirar a un cargo, pero no lo sé con exactitud. ¿Dices que vas a tener que ver con él? ¿En la ciudad? ¿Qué intenciones tienes exactamente, aparte de coger el resto de mi dinero, y el diezmo que te daré por recaudarlo?

—No es necesario.

—¡Y qué es necesario! No olvides que has de recorrer cojeando un largo camino y quizá bailar con unos matones, así que te corresponde algo.

—Intentaré hablar con Balbo.

—¿Balbo? Buen hombre, y se ha hecho rico a conciencia —dijo sonriendo Catulo.

—¿Quién Balbo? —dijo Sasila.

—El hombre de César en Roma —Aurelio cerró los ojos por un instante—. De Gades, en Hispania. Fue jefe de campamento, señor de los operarios y proveedores; primero en Hispania, luego César se lo llevó a la Galia, con nosotros… con la cohorte. Mamurra…

—¡No menciones ese nombre! —el poeta apretó los labios hasta asemejarse a una raya. Luego rió—: Llámale como yo hago en algún que otro verso: El rabo.

Sasila levantó una ceja:

—¿Grande?

—Le hubiera gustado ser todo rabo. Pero hablemos de otra cosa. Le odio.

Entre los escritos que había rescatado del Contubernium también estaban los versos del poeta. Aurelio sabía quién era la Lesbia a la que cantaba, y que Mamurra se la había arrebatado a Catulo. Se preguntó si era una buena ocasión para pedir una conferencia sobre el amor y el odio, y decidió que no. «Tengo que ir a la ciudad —se dijo—. Si le pregunto ahora, en caso de duda empezará a beber y a declamar, y de pronto se habrá hecho de noche.»

—Balbo y Mamurra. Los dos nombres van juntos —dijo a media voz—. Ambos reparten el dinero que César envía de la Galia, y por todo lo que he oído lo hacen bien.

—De ese modo, dentro de un par de años habrá comprado los suficientes políticos como para defenderse de Catón, que sigue queriendo llevarlo ante los tribunales por la indecente guerra de agresión contra Ariovisto.

Sasila sacudió la cabeza.

—No saber quién —dijo—, pero, ¿por qué Catón no llevar ajuicio todos los generales romanos? ¿De la historia?

Catulo rió a carcajadas y se incorporó:

—Eso pide a gritos el primer vino del día —dijo— Tienes razón, hermosa. Siempre hemos librado guerras de agresión, salvo cuando hemos conseguido inducir al adversario a dar el primer golpe.

—Pero, si eso es así —dijo Aurelio—, ¿por qué quiere Catón procesar a César?

—¿Por qué se procesa a alguien? Porque ha hecho algo que se desaprueba, porque no le es útil a uno mismo. Y él le teme. Porque cuenta con que César abolirá de algún modo ese montón podrido, la República dirigida por un Senado putrefacto y por los ricos. Y a Catón con ella.

Aurelio se levantó a su vez.

—¿Abolir? ¿Y por qué va a sustituirla?

—Quizá por una jarra de vino. Antes o después igual de vacía, pero hasta ese momento más sabrosa —Catulo torció el gesto—. Mal dicho, poeta —gruñó—. No es la jarra la que está sabrosa, sino su contenido. Al que pienso acercarme ahora.

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