Clase nocturna

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Tras el regreso de las vacaciones navideñas, Caleb Prentiss hace un macabro descubrimiento: durante su ausencia, una chica desconocida ha sido brutalmente asesinada en su dormitorio. Para él, un estudiante frustrado por el tedio de los estudios, ese suceso supondrá algo más que un incidente extraño y se convertirá en una obsesión a la que aferrar su oscura vida de universidad. Emprenderá una búsqueda desesperada por averiguar la identidad de la chica y del misterioso asesino, una búsqueda que no podrá abandoar ni siquiera cando toda su vida empiece a derrumbarse a su alrededor.

Tom Piccirilli obtuvo el premio Bram Stoker con esta novela en el año 2003.

ANTICIPO:
Una frase de un libro de sicología sobre la Tortura China del Agua acudió a sus pensamientos: sentado en una cómoda silla, el corazón de la víctima explotaría de temor esperando una nueva gota.

No era muy académica, si uno lo pensaba, pero era así. De regreso en la sala de estar de su dormitorio, Cal se dejó caer en el sofá y trató de ver las noticias matutinas. El control vertical estaba un poco desajustado desde que Rocky, el guardia de seguridad, arrojara a un vendedor de marihuana contra el televisor, así que la imagen daba un salto cada pocos segundos. Caleb se descubrió anticipándose a cada sacudida de la pantalla, con un temblor en las rodillas, como un velocista preparado para emprender su carrera. Su respiración vibraba en sus cavidades nasales.

-Oh, tío -murmuró, mientras se echaba sobre el regazo un deshilachado cojín de felpa-. Esta mañana tengo la cabeza como un nido de víboras. -El tiempo reptaba con lentitud, como un ciempiés arrastrándose por su cuello. Al final iba a ser un día de aúpa.

La sección de deportes dejó de emitir repeticiones de las mejores jugadas de la semana.

-Y ahora volvemos con la encantadora Mary Grissom con el parte del tiempo.

Unos dientes muy blancos aparecieron fugazmente. Mary Grissom se alisó la falda plisada contra los muslos y levantó una mano hacia el mapa del tiempo.

-Gracias, Phil. Muy bien, quiero que todos tengáis en cuenta que aquí no soy más que la mensajera. La cosa va a estar mal todo lo que queda de hoy y todo el día de mañana, amigos, con nevadas que darán paso a granizadas antes de la medianoche de mañana… -Bisecada por la línea vacilante que la recorría con el detenimiento de un amante devoto, continuó señalando las flechas curvadas y azules que señalaban el frente frío que se les estaba acercando.

Cal se cubrió el rostro con el cojín y trató de escuchar. A esas alturas, el resto del dormitorio debía de estar preparándose para el desayuno y las clases de las 9:30. El ruido de los secadores, las duchas, los baños y las radios que sintonizaban la emisora de la universidad, la KLAP, ahogó el sonido de la televisión. Parecía que sus planes para llevar a Jodi aquella noche a la feria de invierno habían sido derribados en pleno vuelo. Últimamente no podían tomarse ni un pequeño respiro.

– Yippie, yappie, yahoooooey -murmuró-. Puede que esto sea la soga en una vida amorosa llena ya de fricciones.

Entraron dos chicas del tercer piso y sus bonitas y tímidas sonrisas lo flagelaron. Vaya, así que había estado de nuevo pensando en voz alta. Era parte de su encanto. Le pasaba a veces.

-Alzheimer, señoritas -les explicó-. Suele presentarse cuando uno termina su tesis de licenciatura.

Vestidas con camisones de algodón y zapatillas de andar por casa, se rieron de él, cambiaron de canal, se sentaron y empezaron a ver "La tribu de los Brady", aparentemente sin que les molestara, al menos por el momento, el movimiento de la imagen. Caleb se dio cuenta desde los primeros según dos de que se trataba del episodio en el que Cindy pierde a Jitty Guarda-todo -su muñeca, sospechosamente parecida a la señora Beasley, de "Cosas de casa" que la joven Buffy llevaba obsesivamente colgada del cinturón, solo que sin lasgafas de abuela. No recordaba el nombre verdadero de Buffy, de la actriz. El hermano, Johnny Whittaker, hizo Tom Sawyer y Sigmund and The Sea Monsters, y luego se alistó en los Cuerpos de Paz para escapar a la maldición de los niños actores-.

Buffy murió de una sobredosis, recordaba Cal.

Hay veces en que uno no puede pensar en nada bueno, ni aunque esté viendo "La tribu de los Brady". En el pasillo, el agua emitía ruidos metálicos al pasar por los radiadores y la condensación enturbiaba las ventanas que había sobre ellos. Su mirada se perdió entre los matorrales cubiertos de escarcha.

Mientras estaba en clase no se le ocurría nada más apetecible que pasar el día entero retozando, pero ahora no se sentía con ganas de leer, dormir, o hacer la colada, que realmente hacía mucha falta. Por la ladera de la colina marchaban manadas de estudiantes en dirección a los edificios de física y biología, mientras otros cruzaban el césped para dirigirse a los departamentos de humanidades de Camden Hall o al gimnasio. Nunca había entendido que la gente hiciera ejercicio al comenzar el día, aunque Willy lo hacía a menudo. Un teléfono sonó en algún lugar cercano.

A lo mejor debería ir a hablar con Fruggy Fred. Consultó su reloj, que tenía el cristal empañado de sudor.

No tenía por qué haberse molestado. Era imposible que Fruggy estuviera despierto a esas horas de la mañana. El tío era capaz de dormir dieciséis horas al día y dormitar algunas de las restantes. Lo llamaba terapia de sueño, de modo que trataba el asunto con solemnidad y reverencia. Caleb sentía a menudo como si un grueso descorchador estuviera atravesándole el pecho cuando Fruggy hablaba de ello.

-Si controlas el sueño del mundo controlas el mundo dijo en una ocasión Fruggy Fred, con voz soñolienta, a las ondas de la KLAP, antes de quedarse dormido sobre el panel de control. La lúgubre canción de los Doors, "When The Music Is aver" había sonado ininterrumpidamente cuatro veces antes de que Rocky y los demás guardias de seguridad echaran la puerta abajo.

Fruggy no estaba disponible al menos hasta las tres de la tarde, cuando empezaba su turno en la radio.

9:05.

9:06.

Caleb pensó en ir a buscar a Jodi y tratar de persuadida para que se saltara las clases restantes, pero sabía que no lo conseguiría. Ella siempre se había tomado los estudios con mucha seriedad -demasiada seriedad-, incluso en la escuela elemental, hasta tal punto que había aparecido en la prensa local por no haberse perdido un solo día de clase hasta su graduación. Entendía las razones pero hubiera preferido que las cosas fueran diferentes. En aquel momento estaba al borde de un ataque de melancolía.

Ella creía que tenía que ser infatigable si quería escapar al destino de la miseria que sufría el resto de su familia. Dos hermanos y dos hermanas, todos menores que ella y ya con familias propias y cada vez más numerosas -niños a los que no podían mantener, antecedentes por robo, tráfico de drogas y por disparar contra perros, un par de niños retrasados que nunca podrían recibir la atención especializada que precisaban-.

A su hermano Johnny lo habían apuñalado en seis ocasiones diferentes, y disparado en otras dos, y el tío seguía en la calle robando coches, a pesar de que le faltaba la mitad del intestino delgado. A Rusellle iba más el allanamiento de morada y por las noches solía deslizarse por tuberías y enrejados, cuando la gente estaba cenando y viendo la televisión. Lo habían detenido en cinco o seis ocasiones ya, pero la policía no podía encerrado demasiado tiempo porque nunca robaba nada que valiera más de cincuenta pavos. Sobre todo monederos, zapatos de mujer, relojes-radio, fotografías antiguas en blanco y negro y cualquier ejemplar del Reader Digest que pudiera encontrar. Caleb sabía que en realidad no era un ladrón sino una especie de fetichista.

Tenía también el desagradable presentimiento de que sus hermanos podían haber abusado sexualmente de ella en alguna ocasión, y sus dientes manchados, sus barrigas de cerdo y sus tatuajes proyectaban en su mente imágenes especialmente pavorosas, aunque lo cierto es que ella nunca había dicho nada. En ocasiones daba patadas y lloraba mientras dormía. Caleb se preguntaba si podría pedide a Fruggy Fred que la siguiera en una de sus pesadillas, entrara en su subconsciente y regresara con toda la verdad.

Una de las cosas más incongruentes era que su madre, una alcohólica, guardaba todavía los primeros cuadernos de matemáticas y caligrafía de Jodi, llenos de estrellas doradas y con sonrisas pintadas por todas partes. Los había ojeado en alguna ocasión, página tras página en las que hasta los primeros signos y símbolos eran perfectos. Cada proyecto, realizado sin tacha: el tracto digestivo dibujado a escala precisa, el sistema límbico, mapas del tiempo más detallados que los de Mary Grissom, todo elaborado de manera exhaustiva y precisa, año tras año. ¿Qué niña de cinco años no mezclaba las b y las d?

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